Ahora que estoy convaleciente y de baja, he comenzado a leer algunas novelas del póstumamente aclamado Jim Thompson. Concretamente 1280 almas, El asesino dentro de mí y Al sur del paraíso (en orden consecutivo, no simultaneo). No, no voy a contar la historia de este escritor por muy interesante que sea , para eso esta la interné, con sus miles de informaciones copypasteadas a disposición del gran publico, léase vulgo, entiéndase tú y yo. Pero algo (tal vez el teclear cansinamente con la mano izquierda) me mueve a comentar la primera impresión recibida, esa que nunca olvidamos cuando descubrimos la obra de un autor (¿o acaso no recordais las primeras líneas que leísteis de por ejemplo Vargas Llosa? ¿o el primer pleonasmo disfrutado de Garcia Marquez? ¿o… ?).
Las historias contadas por JT son duras, implacables, escritas a cuchillo. Y me parece olfatear (por lo menos en las tres que he leído) aromas de predestinación, de sino maldito, la imposibilidad para sus protagonistas de escapar a su destino fijado de antemano. Curiosamente intente adentrarme hace poco en la obra de Cormac McCarthy, y tuve que dejarlo a las veinte paginas (que siiii Toni, que lo volvere a intentar), mientras que el señor Thompson (con muchos puntos de estilo en común, según dicen) me captó desde el comienzo. Pero lo mas llamativo fue lo que me paso al acabar la segunda novela, la fracturada y sanguinolenta El asesino dentro de mí. Termine de leer el ultimo párrafo, y a pesar de haber disfrutado hasta el final, sentí que mi cerebro se ahogaba. Demasiada crudeza, demasiado realismo trágico. Necesitaba un calmante. ¿Y cual fue ese calmante? Ni mas ni menos que su antítesis, el pausado, blanco, entrañable (que no sentimental) Azorín. Leer Tomas Rueda fue el balsamo adecuado para recuperar el equilibrio, como quien tras una semana de tragar comida mejicana bien picante, descansara zambulliéndose en un caldo de pollo a la antigua. ¿Cómo explicarlo mejor que con estas burdas metonimias culinarias? Tal vez, tal vez, poniendo, uno detrás de otro, un fragmento de cada una de las novelas. Hagamos el experimento, y concluyamos con él este post(ín):
—Lou —no comprendía nada—. ¡No permitiré que le hagas ningún daño a Elmer! No debes hacerlo, cariño. ¡Te cogerán y te llevarán a la cárcel! Y... ¡Oh, cariño, no se te ocurra!
—No me cogerán —exclamé—. Ni siquiera sospecharán de mí. Pensarán que Elmer estaba medio borracho, como de costumbre, que os peleasteis y os matasteis el uno al otro.
Seguía sin entenderlo. Se reía, aunque un poco inquieta.
—Pero, Lou... eso es una tontería. ¿Cómo voy a estar yo muerta si...?
—Muy fácil —dije, y le di una bofetada. Pero aún seguía sin entenderlo. Se frotó con lentitud la mejilla.
—No hagas eso, Lou, ahora no. Tengo que salir de viaje y...
—No vas a ninguna parte, preciosa. Y le volví a pegar. Al fin lo entendió. Se puso de pie de un salto, y yo también. La hice girar como una peonza y le di un rápido uno—dos, salió disparada hacia atrás, hasta chocar contra la pared, tambaleándose. Consiguió mantenerse en pie, dando manotazos, farfullando no se qué, para casi caer ante mí. Entonces volví a golpearla. La estampé contra la pared, pegándole una y otra vez, y era como machacar una calabaza. Dura al principio, para luego ablandarse de repente. Se derrumbó, con las rodillas dobladas, y la cabeza colgando.
Luego, lentamente, centímetro a centímetro, logró enderezarse otra vez. No veía nada: no sé cómo lo consiguió. No sé cómo podía sostenerse ni seguir respirando. Pero alzó la cabeza, tambaleante, levantó los brazos y los extendió hacia mí. Se me acercó, vacilante, al tiempo que un coche entraba en el garage.
—Ah... ah diós... bes s… am am… Tomé impulso y le lancé un gancho al mentón. Se oyó un craack seco, y todo su cuerpo fue proyectado hacia arriba, para caer otra vez hecha un guiñapo. Y ya no se movió. Limpié los guantes en su cuerpo; la sangre era suya y le correspondía por derecho. Saqué el revólver del armario, apagué la luz y cerré la puerta.
Las bellas manos que cortaban las flores del huerto han desaparecido ya hace años. Hoy sólo vive en la casa un señor y un niño. El niño es chiquito, pero ya anda solo por la casa, por el jardín, por la calle. No se sabe lo que tiene el caballero que habita en esta casa. No cuida del niño; desde que murió la madre, este chico parece abandonado de todos. ¿Quién se acordará de él? El caballero -su padre- va y viene a largas cacerías; pasa temporadas fuera de casa; luego vienen otros señores y se encierran con él en otra estancia, se oyen discusiones furiosas, gritos. El caballero, muchos días, en la mesa regaña violentamente a los criados, da fuertes puñetazos, se exalta. El niño, en un extremo, lejos de él, le mira fijamente, sin hablar.
¡Qué extraña es esta casa! Un día ha desaparecido del salón un magnífico escritorio con labores de plata y nácar. ¿A dónde se lo habrán llevado? ¿No era aquí donde la madre guardaba sus labores, sus joyas? Otro día han descolgado los tapices y se los han llevado también. Ya el niño no verá un anciano de barbas blancas, tan bondadoso, que él veía siempre en uno de esos tapices. Otra vez han formado en la biblioteca grandes montones en el suelo, con libros, y después los han colocado en espuertas y los han bajado a la calle, donde esperaban unos carros. El niño, en esta estancia, pasaba largas horas, olvidado de todos, desdeñado por todos, él venía aquí, y con un ancho libro sobre la mesa, iba pasando las hojas con cuidadito y viendo las estampas. Ya no verá el niño ni el escritorio -que abría y cerraba mamá-, ni el anciano con la barba blanca del tapiz, ni el libro de las estampas. Otras muchas cosas se han llevado de casa.
"la vida es algo bastante insensible cuando llegas al fondo de ella: la insensibilidad es más sutil en los niveles de superficie; acuchillas a un hombre cortándole su crédito o traicionándole si eres su socio. Abajo, en el lodo en que estábamos, simplemente le acuchillabas"
Me he fracturado el cúbito patinando (o aprendiendo a), así que este blog no se actualizará ralentizará su ritmo de publicación de posts durante por lo menos dos semanas. Teclear con la mano izquierda es un suplicio que casi supera la satisfacción de publicar un post, créanme.
Sólo me queda tener paciencia, creo que sabré manejarlo, como decía la buena de Dee Edwards.
Pues se me ocurren muchas maneras, pero creo que lo mejor es iniciar la semana con una canción rotunda y optimista, creada por la (última) gran esperanza blanca del soul,Eli Paperboy Reed.
Ahora sí, me voy de vacaciones al país galo, les dejo para la espera :-) dos muestras de uno de los más grandes. Y aunque parezca mentira, el primer vídeo es un spot publicitario, raro y sugerente, esperad al final y lo comprobaréis. Chau!!
La coartada (ya sabéis que todo en este mundo necesita una coartada) es que forma parte de la BSO de Slumdog Millionaire. Bigbrother me recomienda no poner estas banalidades en el blog porque hacen que éste pierda sus ya escasas referencias. Pero brother, es verano y el arrepentimiento futuro es como la tempestad de mañana, hasta que no te calas no reniegas.
Que una buena canción soporta versiones en cualquier estilo es algo bien conocido. Pero esto que he descubierto gracias a Emily reconozco que me ha dejado maravillado. La canción estandarte de cierto movimiento rock de Seattle (y no diré más), crooneada por un antiguo teen idol reconvertido a cantante de estándars. La versión sorprendentemente no sólo funciona (y muy bien), además me sirvió para comprobar que Paul Anka, a pesar de su avanzada edad, conserva el swing y un pedazo de voz que sinceramente nunca le habría supuesto.
Para quien no reconozca la canción, he puesto a continuación la original.
Prince es un pequeño gran genio que nos donó sus mejores creaciones en los ochenta, década en la que por lo demás no tuvo rival alguno. Sin embargo, quien tuvo retuvo, y con cierta frecuencia se descuelga con impresionantes canciones, auténticas masterpieces que se elevan sin dificultad sobre el mainstream imperante.
Una de ellas es esta epatante Mr. Man, auténtica lección de fusión jazz-funk -soul, que deja al resto de creadores de la música negra muy, muy lejos.
Disney apenas existe ya (no hablo de Pixar, hablo de Disney). Quizás deberían repasar escenas como ésta, de El Castillo Ambulante, de Estudio Ghibli. Tal vez podrían así recuperar la magia. O tal vez no.