Mis deberes paternos me han obligado en la última década a ver tres o cuatro películas de la saga Harry Potter. Cada vez que ha ocurrido, he intentado disfrutar del capítulo que me había tocado en suerte. No lo he conseguido. Medio mundo y casi toda la blogosfera está epatado con esta franquicia, y no faltan los calificativos de 'obra maestra' para algunas de sus entregas. A mí, aunque con matices, casi todas ellas me han parecido una patata. Una patata con magníficos efectos especiales y buenas interpretaciones, pero patata al fin y al cabo. Sin magia (y no es un juego de palabras), sin tensión dramática, sin crescendo alguno en el desarrollo de sus historias, con finales siempre anticlimáticos... algo que puedes ver o no ver, porque no hay diferencia alguna.
Pero he dicho antes "casi todas ellas". Porque, para mi sorpresa, el último capítulo de la saga (la primera parte de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte) resultó ser una película austera y solvente, centrada más en el drama interior de sus adolescentes protagonistas que en rayitos mágicos o en el pesado de lord Voldemort.
Lo mejor de la película, sin embargo, es un corto de animación alojado en medio del relato, pequeña gran maravilla creada por ordenador pero inspirada en los delicados movimientos de las marionetas, los claroscuros de cierta animación centroeuropea y la brevedad exigible a todo relato incrustado dentro de otro.
Disney apenas existe ya (no hablo de Pixar, hablo de Disney). Quizás deberían repasar escenas como ésta, de El Castillo Ambulante, de Estudio Ghibli. Tal vez podrían así recuperar la magia. O tal vez no.
O más bien grandes. La historia de Pixar es un imprescindible documental sobre la trayectoria de la única empresa que ha aportado imaginación (y obras maestras) al cine de la última década y media. Y la página web en que lo encontré alojado es digna de repasar.
Con El Viaje de Chihiro todos descubrimos a Hayao Miyazaki y su maravilloso arte. Con El Castillo Ambulante algunos (entre los que me incluyo) caímos rendidos ante unas películas que por muchos motivos suponen auténticas obras de arte. El siguiente paso (a la espera de que su versión de la Sirenita deje en un rincón oscuro a la Disney), era inevitablemente rastrear su (extensa) obra anterior.
Tras visionar la interesante y entretenida Porco Rosso, y la juguetona Kiki's Delivery Service me he quedado sorprendido, admirado, abducido ante la impresionante Princesa Mononoke.
Siempre me ha interesado la cuestión siguiente: ¿Cómo juzgar una película de animación? ¿Sólo por su técnica? ¿Por su argumento? ¿Por sus momentos dramáticos, por su guión?
Por lo que a mí respecta, una de las felicidades continuas de las películas de Miyazaki es la increíble calidad de los fondos dibujados para cada escena: auténticas obras semipictóricas que en algunas ocasos bordean el hiperrealismo. Los edificios, los ladrillos erosionados y llenos de moho de los callejones de El Castillo Ambulante, los espacios umbríos, nebulosos y multicolores del bosque en La Princesa Mononoke, etc, nos muestran un mundo real, creíble. Cada escena de estas películas, con sus atrevidas perspectivas, son una delicia para la vista. Nada que ver con la triste pobredumbre visual de los fondos en las últimas películas de animación clásica de Disney (Aladin, Rey León, Pocahontas), que tampoco han levantado el vuelo por cierto en sus animaciones digitales (Little Chicken).
Otras cuestiones evidentes y fascinantes del arte de Miyazaki son la imaginería técnológica desarrollada en sus filmes: desde el hiperrealismo de los aeroplanos de Porco Rosso, hasta los ingenios volantes propios del steam-punk del Castillo Ambulante o de Laputa, el Castillo en el Cielo. También la inserción inopinada de elementos fantásticos en un entorno real (Porco Rosso), o la indefinición de la época histórica en el que se desarrolla la historia (Castillo Ambulante).
Y en la Princesa Mononoke, todo este coktel tiene nuevos ingredientes: inspirada en mitos y leyendas japoneses, muchas de sus escenas adquieren un marcado carácter onírico que te deja atado al sillón (ahí queda el espíritu de bosque o los kodamas, recuerdo imborrable por encima de los dioses del film). La calidad de la animación es en mi opinión superior a la del viaje de Chihiro: las batallas mostradas en perspectiva lejana, o las escenas de acción en primer plano, ofrecen un naturalismo y nitidez de movimientos que servidor no había visto antes, con un efecto en la retina muy superior a cualquier animación por ordenador. Y su banda sonora... mejor escúchenla por separado del film, para opinar sobre su belleza.
Por otra parte la historia es original y atractiva, evitando el maniqueísmo radical: en casi todos sus protagonistas se adivina motivaciones tanto nobles como perversas,. Y la moraleja (si la hay) esquiva la cansina ensalada respetoporlanaturaleza-bondad-amistad que empalaga tantas producciones americanas.
Tan sólo dos peros: los minutos finales se deslizan por momentos hacia la escena apocalíptica tan querida de las producciones niponas (aunque sin llegar a caer de lleno en ella). Y la escena final, como en Porco Rosso, es breve y precipitada.
Por lo demás, la película arrasó en Japón, y marcó un hito en cuanto a realismo y a combinación fluida entre animación clásica y animación digital. En esta página web podéis encontrar, entre otras cosas, la historia (muy interesante) de la gestación de la película y la elaboración del guión.
Un último detalle: no es especialmente adecuada para niños. ¿Conocen alguna producción Disney en la que salga una fundición manejada por putas rescatadas de los burdeles, o una fábrica de armas cuyos obreros son leprosos en estado terminal?
Venga, calma, relajémonos un poco, descansemos el intelecto, paremos un poco nuestra mañanita laboral... Un pedazo de humor visual inteligente y divertido, sin grandes aspavientos técnicos pero con imaginación y mucho trabajo de programación artesanal.