No son muchos los artistas que desde cero fueran capaces de crear ellos sólos su propio universo musical, y por tanto ser los forjadores únicos de su éxito. Antes al contrario, muchos grandes artistas alcanzaron su cénit cuando coincidieron en tiempo y espacio con grandes productores, arreglistas y/o compositores, y crearon con ellos una simbiosis artística en la que se gestó la genialidad. Así, el inmenso Teddy Pendergrass alcanzó sus prodigiosas cimas musicales gracias a las composiciones de Gamble y Huff y a sus suntuosas producciones. Al Green encontró en el sello Hi Records y su manager Willie Mitchell el cauce para dar rienda suelta a su excelsitud vocal.
Igualmente, la simpar Aretha Franklin alcanzó el olimpo del soul cuando recaló en Atlantic y comenzó a trabajar con el productor Jerry Wexler. Cuando abandonó el sello y el productor, su carrera perdió pie, y no ha encontrado rumbo desde entonces, hace ya más de treinta años. Pero durante esos años en los que todas las piezas encajaron, resulta sorprendente la cantidad de brillantísimas canciones que supo (supieron) crear, de forma que aun dejando a un lado sus mayores éxitos, es fácil encontrar composiciones maravillosas entre las menos conocidas.
Ésta es una de ellas (aunque de hecho sea una versión): bajo palpitante, metales acerados, piano omnipresente, coros rotundos, una hermosa composición y una voz suprema: un tema poco conocido pero lleno de genialidad próxima y digerible.
Tal vez sea un tópico a estas alturas hablar de Aretha Franklin. Pero leí hace poco en algún lugar que se cumplen 40 años del LP que la catapultó a su trono, ("Lady Soul", 1968), y no pude evitar pensar en la frase que titula este post. Porque sí, Aretha es una reina en el exilio.
Lo fue todo, el alfa y omega del soul, la voz más vibrante y emotiva de la música negra, pero lleva ya treinta años sin hacer un disco soul.Su carrera fue esplendorosa desde la segunda mitad de los sesenta y durante buena parte de los setenta, con un manojo de clásicos inigualables por composición, instrumentación y, por encima de todo , por su inimitable estilo de cantar desde lo más profundo de su alma. Sparkle fue su último disco que hacía honor al género. Producido por el gran Curtis Mayfield, tenía pequeñas grandes joyas como ésta. Luego, a partir de ese momento, la mediocridad. Discos insustanciales, uno tras otro, embebidos del mainstream más insulso, perdidos en el pop absurdo y en composiciones que quieren sonar a soul. Tal vez sería difícil para ella hacer en el 2008 lo que hacía en los sesenta.
O tal vez no. Bastaría una composición simple y directa. Un bajo que marque el ritmo. Un piano sin florituras. Unos vientos omnipresentes. Y su voz haría el resto, es decir, poner el alma. Es decir, todo.
Mientras que eso no llegue (y ya le queda poco tiempo para hacerlo), sus admiradores seguiremos esperando a que la reina Aretha vuelva a casa.