Tenemos una concepción infantil del final, del Gran Final, como niños que juegan a dispararse con el dedo índice sin haber experimentado nunca los efectos de una bala en su propia carne. Solemos concebir el apocalipsis en base a descripciones legadas por la Biblia: Ruedas de fuego descendiendo sobre la tierra y acabando con media humanidad, una bestia con el 666 tatuado… en cualquiera de las formas que Hollywood haya querido imaginar. Sin embargo el apocalipsis, el verdadero Apocalipsis, es (como tantas otras cosas) algo subjetivo y ligado a la experiencia personal. De hecho estamos rodeados de apocalipsis personales, ajenos para nosotros pero absolutos para sus víctimas. La gente sin comida ni techo de Darfur, las inmigrantes atrapadas por las redes de tratas de blancas, las madres embarazadas que se ahogan al naufragar la patera… todos ellos experimentan un verdadero y dramático fin del mundo, sin mayor diferencia para ellos que un cataclismo cósmico que acaeciera sobre la tierra entera. Sin embargo, continuamos con nuestras vidas al lado de estos pequeños apocalipsis, sin inmutarnos. Ahítos de nosotros mismos, de nuestros buches cebados, nos alienamos en el juego infantil de imaginar finales espectaculares, por los que valga la pena haber vivido, ignorantes de la muerte cotidiana, del sufrimiento del que somos responsables.
"Comamos y bebamos que mañana moriremos", como decían los romanos. Sí, comamos y bebamos, porque para los que no tienen qué comer o qué beber, no habrá mañana.
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