Viendo hace pocas semanas un programa de Sanchez Dragó sobre literatura, entre los asistentes figuraba un escritor cuyo nombre y personalidad ignoro. Dragó le comentaba que contrariamente a lo que se podía imaginar leyendo sus novelas, él era una persona muy callada y tímida. El escritor, sin abandonar su cara afable pero seria, dijo: "pues sí, soy tímido, y es más, yo reivindico la timidez, estoy ya un poco cansado de tanta gente extrovertida y brillante, parece que existe una obligación en esta sociedad de ser brillante y un gran comunicador". Me quedé pensando en esa afirmación, sobre todo porque, además de estar de acuerdo,con ella, secretamente me quitaba cierto peso de encima, aunque su emisor fuera un completo desconocido para mí. Es cierto, ¿no?. Todos los mensajes, todos los manuales de liderazgo, todos los exámenes y pruebas, todo lo que en definitiva “se espera” de nosotros (por la sociedad, por nuestros padres, nuestros hijos, nuestros jefes, nuestras empresas, nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros ligues de una noche, los desconocidos que nos cruzamos por la calle, por el MUNDO), todo versa sobre la necesidad y obligación de ser brillantes, equilibrados, tener la palabra justa, el análisis perfecto, las ideas claras, la empatía adecuada, la brillantez expositiva, la imagen correcta y el cuerpo sano… ¿Y qué ocurre con los que no alcanzan semejante grado de excelsitud? ¿Deben quedarse rumiando en su interior sus “deficiencias” sociales, su enorme pecado de no ser perfectos en todos los ámbitos y situaciones? ¿O dedicarse en cuerpo y alma a transformar su manera de ser, sus hábitos, su esencia, para triunfar en su vida social y privada?
¿Realmente es tan importante? ¿No nos están introduciendo en un modelo basado en el self-made man, el mercantilismo social y el economicismo a ultranza que lo único que consigue es ser una fuente de secreta frustración para mucha gente normal? Normales del mundo entero, no os diré “uníos”, os digo seguir con vuestras vidas, tal vez intentando ser un poco mejores cada día, pero aceptar que sois (somos) limitados, no como un fracaso, sino como una característica inherente a ser humanos. Porque lo somos, y eso no es malo, ¿no?
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