Leyendo hace poco el “Glosario de las marcas” de la consultora Interbrand, me anoticié del concepto de cult brands (marcas de culto), que define como”marcas que gozan de una fidelidad de cliente que va más allá de la simple lealtad para convertirse en una devoción semejante al culto. La intensidad con que sus devotos viven la marca es algo esencial en sus vidas. También se las conoce como marcas tribales”. ¿Ejemplos?: Los propietarios de una Harley, o los que acuden todos los días a Starbucks. Madre mía. “Algo esencial en sus vidas”. Madre mía. Todos, en mayor o menor medida, realizamos los que los psicólogos llaman transferencia, algo así como “transferir parte de nuestra vida emocional hacia una persona”. Vivimos “como algo nuestro” los triunfos (o fracasos) de Nadal, de nuestro equipo de fútbol, de nuestro actor favorito o nuestro ídolo mediático. Pero hacer esto respecto a algo tan puramente mercantilista, irreal e instrumental como una marca, es todo un (triste) símbolo de nuestro tiempo. No voy a hacer de Namoi Klein de tercera, pero, realmente, cada vez estoy más convencido que el homo sapiens, inmerso en esta sociedad del espectáculo, va a extinguirse antes por la atrofia de su limitada mente, que por la caída de un meteorito o por la aparición de otra especie mejor dotada para la supervivencia.
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