Una de las consecuencias del positivismo racionalista que triunfó con las revoluciones industriales (y francesa) es que las sociedades del primer mundo y sus habitantes establecen su seguridad sobre los cimientos de la supuesta solidez de ciertos principios abstractos e inamovibles. Existe, sin embargo, un sano ejercicio (apto eso sí sólo para los fuertes de espíritu), que consiste en inquirir sobre el origen de dichos principios hasta alcanzar su raíz última, su esencia, aquello absoluto en lo que radica su solidez. Peroy hacerlo sin ayuda externa, partiendo de lo que cada uno cree que es la definición. Dado que se trata de un ejercicio de introspección conviene partir de definiciones personales, especialmente si vamos a reflexionar sobre conceptos abstractos. Propongamos, por ejemplo, la literatura, a la que, a buen seguro, todos creemos poder definir objetivamente (al igual que política, sociedad, ciencia, honradez, etc). Al decir "objetivamente" queremos decir que en esa definición no hay elementos de juicios arbitrarios como buen gusto, calidad, ni nada parecido. Hagámoslo ahora... (pausa recomendada para la reflexión). Si ya lo hemos hecho, o creemos haberlo hecho, pasemos a la segunda fase: Porque toda definición si es objetiva y absoluta, conlleva una acotación, un establecimiento claro de los límites infranqueables que determinan qué es y qué no es (literatura, en este caso), y por tanto deberíamos, en este punto, ser capaces de explorar los límites con rigor discriminando ovejas blancas y negras. Pero es imposible. Si creemos haber cubierto la primera etapa de este ejercicio con éxito nos daremos cuenta de una de estas dos cosas: • Los términos absolutos con los que hemos definido el concepto abstracto no son, en realidad, tan absolutos como creíamos. • No hay nada en nuestra definición por lo que pueda establecerse esa discriminación de los límites sin incurrir en arbitrariedades. Hace tiempo un conocido mío, filólogo de profesión y vocación, cayó en esta cuenta de Pero Grullo y durante un tiempo se empeñó en realizar análisis comparados de fragmentos aleatorios del Quijote, una novela cualquiera (preferiblemente un best seller) y textos de folletos promocionales. Desarrolló toda una metodología rigurosa, científica, absoluta, y ciertamente sus primeros resultados fueron sorprendentes, pero pronto abjuró de ellos, seguro de haber cometido errores en el diseño del método. No hay que decir que nunca acabó su trabajo. Sin embargo demostró un valor fuera de lo común para tentar los cimientos de todo su sistema de valores, escrutándose a cada paso para estar seguro de que sus preferencias personales no influían en el resultado de su análisis. ¿Sería capaz uno sólo de nosotros de intentarlo con sus convicciones más profundas?
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