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En Defensa de la Obra Menor

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Cuando una obra discográfica, cinematográfica o literaria no alcanza el nivel de profundidad, excelencia o extensión de otras anteriores del mismo autor, los críticos  se suelen apresurar en denominarla "obra menor", como si inevitablemente fuera inferior al resto de sus creaciones. Yo creo que ese criterio es, en muchas ocasiones, sesgado y por tanto equivocado.
Los consumidores de obras culturales, por denominarlos de alguna forma (alguno preferirá “degustadores” para no traicionar sus principios), no podemos estar consumiendo constantemente obras del calado intelectual, ideológico, estético o simplemente físico que comporta toda “obra maestra”, o al menos las obras que son así catalogadas por el discurso social imperante (es decir, la obra magna, larga, profunda y susceptible de múltiples lecturas a distintos niveles). Consumir una tras otra las obras de tales características nos puede llenar de gozo el espíritu al principio, pero pronto e inevitablemente nos encontraríamos saturados de genialidad, por decirlo en parco castellano. Es bien sabido que hasta los habituales lectores y relectores de obras maestras universales (género muy escaso por cierto) intercalan, entre estas lecturas, novelas históricas estilo Dumas u obras jocosas de autores clásicos, para “engrasar las neuronas” y reequilibrar el fiel de la balanza del gusto (y ni siquiera me molestaré en la reivindicación como  mayor del género de aventuras, de tan obvio que me parece). De la misma forma, si estuviéramos consumiendo todos los días las mejores obras de la nouvelle cuisine o de Ferrán Adria, nuestro paladar podría quedar “devastado por la finura”: un bocata de atún con pimientos o un plato de arroz a la cubana se haría necesario de vez en cuando para recuperar o recordar el gusto de lo básico. Fernando Savater hizo al respecto un aporte muy interesante en el prólogo a una novela de ciencia ficción escrito en el año 2000:

Con cierta altanería, algunos dómines enseñan que la diferencia cualitativa que hay entre la Gran Literatura y las orillas del mero entretenimiento es que las primeras admiten periódicas y suculentas relecturas, mientras que las segundas son de usar y tirar. Es decir, que si volvemos sobre éstas nos dan cada vez menos (entretenimiento) mientras que las obras maestras cada vez nos dan (lo que nos den) más y mejor. Sin oponerme frontalmente a esta doctrina rigurosa, que considero cierta en lo esencial, aventuro dos reservas y una restricción mental ante tal jerarquía literaria. Objeciones: primera, que no hay por qué devaluar lo que hace disfrutar una vez y nunca más, como los grandes vinos, los mejores cigarros puros y los condones; segunda, algunos buenos libros de entretenimiento, dejando pasar el tiempo suficiente y gracias a la pérdida de memoria propia de la edad, pueden ser releídos de modo satisfactorio… siempre que uno  no exagere demasiado las ventajas compensatorias de la madurez (léase envejecimiento). En cuanto a la restricción mental, es muy sencilla y se refiere a que cada cual tiene derecho a añadir a lista oficial de Grandes Obras algunas otras fruto de su gusto personal, que quizás para los demás sean de simple “entretenimiento”.

Volviendo a la tierra, es por esta visión que no me avergüenzo de mi pasión por la buena música disco o por las obras de Terry Pratchett. Hay un momento para cada cosa…
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06/10/2009 ir arriba
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Grande Savater
En realidad nadie sabe por qué una obra maestra lo es pero, en términos generales, podría decirse que la respuesta deriva de la proporción de lectores que así lo piensan.
Y el hecho de que lo piensen tiene que ver por una parte con la influencia externa (la educación o el márquetin) previa a la lectura, y por otra parte con la intensidad y variedad de emociones y reflexiones que suscita la lectura en ellos (y éso sólo tiene que ver con la preparación del propio lector).
Ahora que nadie nos oye, diré que sólo encontré que el Quijote era una obra maestra la tercera vez que me lo leí, que fue, curiosamente, cuando descubrí que era desternillante.
No creo que ninguna de las grandes obras maestras hayan sido escritas con esa ambición: Dumas -que que ha sido mencionado- publicaba por suscripción, Dostoievski escribía para jugar a la ruleta, Carroll sólo pretendía entretener a una niña, Shakespeare o escribía (y actuaba) o moría de hambre...
Sólo los petimetres de la generación Beat...
maranzano - [07/10/2009 09:06:08] - ip registrada
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