Si el arte ya no lo es en función de la habilidad demostrada en su ejecución sino que su valor intrínseco radica, como sostienen algunos, en la capacidad individual de un indivíduo de transmitir, mediante la elaboración plástica, conceptos abstractos que induzcan a la reflexión del espectador entonces no hay salvación posible y se confirma la tesis de esta serie de micro artículos. La razón es bien simple (si Vd. se considera artista de vanguardia le ruego que no siga leyendo): el valor del arte, entonces, no es intrínseco sino extrínseco, es decir depende de la capacidad individual de interpretación y ésta, a su vez, de convencionalismos tan maleables como el mercado. Aceptar esto, sin embargo, significa acabar con el principal (el único) valor del arte contemporáneo: su precio. Para esquivar esta realidad a la que conduce cualquier reflexión sobre el tema el artista contemporáneo actual viene obligado a forzar esa supuesta reflexión, para reafirmar unos valores cada vez más devaluados y la única forma que tiene de hacerlo es mediante la provocación, porque sólo lo realmente extraño es capaz de suscitar porqués. ¿Pero qué es la provocación? Usando la misma terminología, la provocación es un valor en retroceso que incrementa su exigencia con cada nuevo uso. La provocación es, en último término, la puesta en cuestión del marco de seguridad necesario para la estabilidad personal y, por ende, social. Provocación fue, en su día, la blasfemia, el anticlericalismo, la mal llamada revolución sexual, la cultura underground, y otras muchas cosas que todos tenemos en mente. En la actualidad sólo a los imbéciles se les ocurre pretender ser revolucionarios con esas cosas. Y sin embargo en el imperio actual de la corrección política aquellos argumentos, convertidos en clichés inútiles de tan manidos como están, siguen siendo materia prima de infinidad de presuntos productos artísticos (no unicamente de las artes plásticas). No hace falta, pues, ser demasiado aventurado para predecir el advenimiento de una nueva fase: aquella en la que los nuevos tabúes sean el objeto de provocación. Y no me preocuparía en exceso (de hecho agradecería que alguien sacudiera los cimientos del papanatismo reinante) si no fuera porque el camino fácil, que es el que siempre se acaba tomando, no pasa por la tala de ese bosque que es lo políticamente correcto, lo que supondría un enfrentamiento con el poder establecido para el que se necesita una valentía rayana en la locura, sino por hacer leña del árbol caído, esto es: la defensa de lo sensatamente indefendible. Así, no falta mucho, y ya está sucediendo, para que alguien descubra que llama la atención con una nueva estética nazi, una reinvención o reivindicación del lado más tenebroso de nuestra historia reciente, pero si la batalla se sigue librando en el campo conceptual la vencedora más probable será una ideología capaz de bañar de sangre nuestros pies, de nuevo. Y en este punto me niego hasta a seguir empleando la ironía.
Relativamente pocas personas han oído hablar de John Myatt y John Drewe, pero tuvieron su momento de infame fama a mediados de los 90 (por una de aquellas serendipias, durante la gestación de la segunda parte de "El Restaurador y la Madoninna della Creazione") cuando casi por azar se descubrió su singular modus vivendi.
Ambos formaban una sociedad de falsificación cuyos éxitos dejaron en evidencia a marchantes, coleccionistas, conservadores y "expertos" en general. Myatt, un pintor con un gran sentido del humor (y, como todo buen conocedor, muy escéptico al respecto del mundo del arte) valiéndose de su especial habilidad para la imitación estilística pintaba cuadros con el estilo de los pintores señalados por Drewe, el cual, y esta es la parte más fascinante de su estrategia, falsificaba no sólo la documentación para justificar la procedencia de las obras, sino los catálogos de, entre otros, el Victoria and Albert Museum y la Tate Gallery para justificar la presencia de dichos cuadros en exposiciones acaecidas años atrás, es decir, la documentación que autentificaba la otra documentación.
A pesar de lo interesante del planteamiento, que evidencia que para ser experto en arte no se necesita criterio alguno, lo rudimentario de sus métodos acabó por pasarles factura justo cuando Myatt había comenzado a cansarse.
Éste se ha negado siempre a desvelar cuántos cuadros habían conseguido sacar al mercado y a ninguno de sus compradores les interesa desvelar su antigua relación pues perderían, además de lo pagado, las plusvalías de una futura venta. Serán, pues, cómplices, tan culpables, ahora que lo saben, como los autores materiales, pero nadie irá nunca a por ellos pues el mercado de arte entraría en recesión inmediatamente. De modo que la próxima vez que se extasíe ante una obra de arte contemporáneo recuerde que podría encontrarse frente un genuino John Myatt el cual, por cierto, vive en la actualidad (y bastante bien, por cierto) de la venta de sus falsificaciones, éstas con su correspondiente certificado: "este Magritte es una obra auténtica de John Myatt".
Los conceptos realmente revolucionarios, aquellos que podrían hacer tambalear los pilares de esta sociedad, suelen pasar inadvertidos o, peor aún, suelen ser fagocitados por el sistema e integrados como extravagancias y boutades sin posibilidad de desarrollo posterior. Algo así pasó hace tres cuartos de siglo con un texto de Walter Benjamin. Se titula "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica", y sus implicaciones debían haber derrumbado la idea del Sagrado Objeto Artístico y haberla sustituido por la volátil mirada artística. La pregunta era, y sigue siendo: ¿Qué sentido tiene que en una época en la que original y copia pueden ser exactamente iguales, el original tenga más valor, y sigamos experimentando una sensación singular cuando creemos estar ante un original? Pero en lugar de la respuesta evidente (“ninguno”), el sistema hace caso omiso y lleva ciclos enzarzado en reinventos conceptuales intentando encontrar una esencia ajena a la destrucción que implica esa respuesta.
Pero no la hay. O, al menos, no en la forma en la que se la busca, pues el motivo último no es conocer la naturaleza del arte, sino encontrar aquello que permita sostener el valor económico del objeto artístico contemporáneo. Baste por ahora esta tesis que pretende inaugurar una línea de breves reflexiones sobre el arte actual.
La ciencia ficción cinematográfica ha encontrado su mejor contexto en los escenarios distópicos, consistentes en la recreación de sociedades futuras caracterizadas fundamentalmente por el triunfo de elementos negativos como la opresión del tirano de turno, el recorte absoluto de libertades, la anulación de los sentimientos, la falta de espacio vital, la pobreza, y cuantos otros se nos puedan ocurrir.
Los ejemplos, muchos de ellos basados en obras escritas, son interminables e incluyen grandes películas, como Blade Runner, La naranja mecánica, Gattaca, 1984, Brazil, Doce Monos, Minority Report, V de Vendetta, etc.
En teoría, las obras basadas en entornos distópicos cumplen una función de advertencia o aviso de lo que podría venir; pero no puedo dejar de pensar que su éxito se debe a que colman un afán que siempre ha acompañado al ser humano: el de sentirse felizmente consolado con la intuición de que podría encontrarse mucho peor de lo que se encuentra. O acaso ¿a qué creéis que se debe esa sensación de reconciliación con lo que os rodea, esa contenida alegría que irremediablemente sentís cuando aparece el The End, se encienden las luces y volvéis a la realidad tras una película distópica?
Es innegable que el ser humano, especialmente el occidental, se encuentra inmerso en una profunda crisis de identidad, resultado de de la sociedad que él mismo ha creado. Ya no encontramos el lugar que como especie hemos ocupado desde el advenimiento de la civilización, y la causa de esta confusión es precisamente la transformación del entorno que nosotros mismos hemos realizado los últimos dos siglos. Somos incapaces de adaptarnos al nuevo habitat, a las reglas que nosotros mismos hemos dictado. El ejemplo más claro es la forma que tenemos de percibir ese supuestamente tan extraño fenómeno que es Al Qaeda.
El hecho me lo hizo ver un amigo periodista al transmitirme la opinión de un experto, curiosamente americano.
Al Qaeda, ese enemigo invisible, gran Leviathan, dragón devorador de todo lo que alguna vez conocimos y amamos no es, en realidad, nada, no existe físicamente o, al menos, no existe como nosotros creemos, sino como nosotros la creamos.
Porque lo cierto es que nuestro gran enemigo bebe de nuestras fuentes mercantiles y su propia naturaleza responde mucho más fielmente a la esencia del liberalismo occidental que nosotros mismos, por lo que puede decirse que es creación nuestra. En nuestro imaginario Al Qaeda se configura como una gran multinacional de la muerte al estilo de la Spectra de James Bond, con algún super-cuartel-general a kilómetros bajo las montañas de Afganistán, donde sus miembros se adiestran en universidades del mal para aprender misteriosos sistemas de comunicación corporativa. Pero lo cierto es que Al Qaeda no es así. Su fuerza no es la de nuestros ejércitos, ni tan siquiera consiste en que puedan matar en cualquier lugar y momento (eso podemos hacerlo también los que no somos de Al Qaeda). El verdadero poder de Al Qaeda radica en su capacidad de aglutinar voluntades y adhesiones en torno a un símbolo, y hacer que se identifiquen con él multitud de colectivos dispares, inconexos entre sí.
¿Les suena?
Hablamos del poder de una MARCA.
Al Qaeda es una marca, nada más queuna marca, pero conmás éxito y difusión (y por ello poder) que Coca-Cola, Virgin y Google juntos.
Pero hemos sido incapaces de entender este axioma, tan simple, tan occidental, tan producto de nuestro tiempo. Ben Laden sí lo ha entendido (o su asesor de marketing, vaya usted a saber)...
Y por eso estamos condenados a eternizar esta guerra con invasiones militares, bombardeos, resoluciones de la ONU y bloqueos internacionales. De nada vale controlar el balón si equivocaste el campo donde se juega el partido. Cuanto más hablan los mass media de Al Quaeda, más poder le dan.
La principal batalla de Al Qaeda no es militar, sino de valor de marca, y por tanto no puede alcanzarse la victoria mediante el empleo de armas, sino mediante el empleo del marketing y con las estrategias habituales de las batallas de marcas.
Conquistar la marca enemiga, o destruirla, es destruir su elemento de cohesión, la luz, el norte y guía de algunos locos dispuestos a diseminar las entrañas propias y ajenas en su extraña encuesta de popularidad.
Si no lo entendemos es que la evolución de nuestro occidente ha superado tal vez nuestra capacidad de adaptación como especie. Y por tanto, según las leyes básicas del darwinismo, no sobreviviremos. Pero... ¿deberíamos aceptar nuestra extinción?
El pobre de Cicerón, que seguramente lo era, no tiene, sin embargo, culpa alguna de que lo llamemos así, pero el hecho de ser recordado como uno de los más grandes oradores de la historia conlleva riesgos como éste.
Porque la retórica clásica tiene, en último término, la culpa de que las razones de cualquier contienda dialéctica sean inaprensibles para el ciudadano de a pie. Ya puede tratarse de una campaña electoral, de un programa del corazón o de la pugna intelectual entre Nabokov y Salinger, la dialéctica de todas ellas responde a tres mecanismos básicos (cada uno con su correspondiente término griego, que a nadie importa, y que Cicerón ya se encontró), que se recomiendan ante la debilidad de los argumentos propios (hey, es importante recordar esto para el análisis de los discursos a partir de ahora)
-El primero de los métodos consiste en demostrar la falsedad de una parte del argumento contrario, hecho lo cual, sólo cabe inferir la falsedad de todo el argumento contrario.
-El segundo se basa en afirmar una parte del argumento contrario y, haciéndolo, llevar tal afirmación hasta el extremo, hasta tal punto que las consecuencias de tal afirmación sean intolerables y el paroxismo acabe desvirtuando la totalidad del argumento contrario.
-El tercero es, desafortunadamente, el más habitual en la actualidad, y no es otro que desacreditar públicamente al orador oponente, con lo que su argumento pierde crédito.
-Habría un cuarto, método menor, derivado del anterior, a utilizar en casos desesperados, consistente en tomar un ejemplo, sensible, emocional, de las consecuencias de la generalización del argumento opuesto, para demostrar la bajeza moral de quien lo propugna o defiende.
Se trataba, entonces como ahora, de destruir razones sin exponer las propias, de lo que se colige que jamás en pugna dialéctica alguna será posible llegar a una conclusión basada en argumentos.
No es algo nuevo pero lo peligroso es tomárselo demasiado en serio, como bien sabían Quevedo y Góngora y como, sin duda alguna, habría comprendido el hideputa de Cicerón, con el que he utilizado el tercero de los métodos.
Pero no olvidemos que estas recomendaciones se dan sólo para casos de debilidad argumental, de manera que es muy probable que yo tampoco esté en lo cierto... O sí?
Según nos cuenta el universo web, Osamu Tezuka fue el auténtico creador del manga moderno, quien le dio su carácter y protagonismo que no ha perdido en Japón hasta el día de hoy. Curiosamente nos dice la wiki (copio y pego): uno de los rasgos más característicos de la animación y el manga
japonés ,
los ojos desproporcionadamente grandes, es uno de los más importantes
legados de Tezuka al manga, influenciado en buena parte por los dibujos
animados de Walt Disney. Ajá, una vez más, nada es original, o los extremos se tocan, o el arte nace de la inicial imitación... en fin, lo que prefieran. Simplemente les quiero dejar uno de sus cortos más curiosos. Original, fresco y fácil de ver. Con ustedes, "Jumping".
¿Se puede resumir la historia de la humanidad en una sola viñeta? Pues sí, con un poco de imaginación, capacidad de síntesis y habilidad con el pincel:
Este post quiere hablar de la responsabilidad que Disney, en su calidad de uno de los principales generadores de contenidos infantiles, tiene en el ahogamiento actual de la infancia como etapa de desarrollo del individuo.
Me explico:
Hace apenas una
generación el espacio natural de la infancia se extendía hasta la
adolescencia, e incluía el inicio de los dolores: la pubertad. Durante
todo ese tiempo, lo que se esperaba de un niño era lo que cabía esperar
de un niño y lo que se ofrecía a un niño era lo que a un niño cabía que
le fuera ofrecido.
En los contenidos de las películas Disney estos parámetros eran diáfanos e indiscutibles, pues la conducta de sus personajes infantiles correspondía siempre a modelos infantiles
y la conducta de los personajes adultos cuyo modelo se proponía
(argumento éste injusta y repetidamente empleado por los
requetemoderniprogres para denigrar aquellos clásicos) no quebraban la
inocencia de la visión infantil, aunque algunos aspectos argumentales
de los clásicos Disney se alejan notablemente de lo que hoy
consideraríamos políticamente correcto. Cabe notar en este punto dos cosas...
El circo como gran espectáculo está obviamente en franca retirada desde hace décadas, devorado y sustituído por el cine, luego la televisión y en los últimos años por Internet y por las Playstation,XBox y demás.Realmente
no es que lo hayan sustituido, simplemente la sociedad ha cambiado, los
padres no pueden (ni quieren) invertir tiempo en llevar a sus hijos a
un espectáculo que dure más de dos horas, y a los niños ya les llega
muy poco del sentido de lo maravilloso que el circo les puede aportar, hiperestimulados como están desde su más tierna infancia por dosis masivas de publicidad televisiva, DVDs, escuelas bilingües y trilingües, videojuegos, consolas portátiles, Yu-Gi -Oh!, Pokemon, etc etc. Un espectáculo en directo para menores es casi algo raro hoy en día, donde lo digital es casi más real que la realidad (y en unas décadas tal vez será lo único real).
Por cierto que iniciativas renovadoras como el CirqueduSoleil
son de agradecer, pero difícilmente sobrevivirían fuera de un esquema
de espectáculo audiovisual multimedia dirigido en buena medida más a los adultos que a los niños.Por
todo lo dicho, siempre me llama la atención las imágenes de la gente de
circo de hoy en día (de esos circos que siguen itinerantes de ciudad en
ciudad, siempre como espectáculo menor, casi orillero). Dan la
impresión de ser casi outsiders, marginados, gente abocada a un camino sin futuro, peleando por una magia que ya poca gente siente.
Por ello, no me podía dejar de fascinar las imágenes de gente de circos mejicanos, vietnamitas e indios que puedes encontrar aquí
(pinchen en "Gallery" a la izquierda). Bajo mi personal visión, toda
una experiencia en ver esas figuras, esas miradas, llenas de dignidad y
en muchas ocasiones de (desde luego) justificado orgullo. Porque son
gente de circo, y el espectáculo es lo primero.