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Arte, cultura y subcultura

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EL NECIO CULTO
maranzano

A menudo no sabemos distinguir la información en sí, del fruto obtenido tras el procesado de esa misma información. Así tendemos a evaluar el nivel cultural de alguien en función de la datos nuevos que puede proporcionarnos, sin preocuparnos de si dichos datos van acompañados de un análisis coherente o no.
Se trata (tal vez) de la sustitución de la inteligencia por la memoria. En estos tiempos parece que ya no hace falta entender (palabra con la misma raíz etimológica que inteligencia) sino sólo repetir. Eso sí, con un tono y unos ademanes que dejen muy claro la seriedad y “nivel” del memorista de turno.
Pero además, la concepción mercantilista de la cultura nos ha traído la necesidad (casi social) de aportar información nueva, diferente, sorprendente, lo que obliga a quien quiere seguir manteniendo una imagen de persona culta a focalizarse en áreas poco exploradas, en muchas ocasiones áreas reservadas a estudiosos especializados.
Así, para cultivar una imagen de persona erudita sólo hacen falta dos cosas: una memoria sólida y un extenso acerbo de datos inconexos sobre temas banales, especialmente anécdotas históricas. No es fácil, pero es mucho más sencillo que cultivar el intelecto, intentar sacar conclusiones o por lo menos hacerse preguntas (en definitiva dudar, que no es malo) a partir de la información digerida. De la otra manera, qué duda cabe que cualquiera (usted y yo) podemos salir cultamente airoso de cualquier conversación sin mostrar nuestra realidad oculta, de forma que sólo nosotros  podemos saber si somos una persona que valora la cultura o un necio que sólo pretende mantener una imagen pública.
Hagamos esta sencilla prueba, básica y simple pero no por ello menos efectiva:
 Si se alegra de que los demás sepan tanto como usted, o sólo una pequeña fracción, tal vez usted disfruta y comparte la cultura, pues la circunstancia citada sólo puede mejorar sus posibilidades de conversación y reflexión con sus congéneres. Pero si a usted le molesta, siente cierto resquemor cuando alguien adquiere por otro medio que no sea usted mismo una parte de la información que usted posee, enhorabuena: es candidato para el premio al necio del año.
Puedo imaginar la alegría de algún experto bienintencionado ante el "conocimiento popular" de Hipatia de Alejandría o de Nicholas Flamel, aunque sea éste un conocimiento superficial y basado en información errónea: su aparición no hace sino aumentar la probabilidad de despertar el interés de alguien que, algún día, pueda convertirse en experto, lo que asegurará la pervivencia del conocimiento y la información correctos.
También puedo imaginar el disgusto de quien, tras haberse quemado las pestañas durante años en busca del conocimiento arcano con el que poder epatar a sus semejantes, protesta airado ante la falsedad de los datos popularizados. En el fondo lo que realmente duele, es que algo tan asequible como una película de cine de noventa minutos haya aniquilado la posibilidad de una conversación en la que hacer gala de erudición, posibilidad que le habrá llevado años de esfuerzo.

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(15/02/2010) -
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El Apocalipsis Nuestro de Cada Día
maranzano
Tenemos una concepción infantil del final, del Gran Final, como niños que juegan a dispararse con el dedo índice sin haber experimentado nunca los efectos de una bala en su propia carne.
Solemos concebir el apocalipsis en base a descripciones legadas por la Biblia: Ruedas de fuego descendiendo sobre la  tierra y acabando con media humanidad, una bestia con el 666 tatuado… en cualquiera de las formas que Hollywood haya querido imaginar.
Sin embargo el apocalipsis, el verdadero Apocalipsis, es (como tantas otras cosas) algo subjetivo y ligado a la experiencia personal.  De hecho estamos rodeados de  apocalipsis personales, ajenos para nosotros  pero absolutos para sus víctimas. La gente sin comida ni techo de Darfur, las inmigrantes atrapadas por las redes de tratas de blancas, las madres embarazadas que se ahogan al naufragar la patera…  todos ellos experimentan un verdadero y dramático fin del mundo, sin mayor diferencia para ellos que un cataclismo cósmico que acaeciera sobre la tierra entera.
Sin embargo, continuamos con nuestras vidas al lado de estos pequeños apocalipsis, sin inmutarnos. Ahítos de nosotros mismos, de nuestros buches cebados, nos alienamos en el juego infantil de imaginar finales espectaculares, por los que valga la pena haber vivido, ignorantes de la muerte cotidiana, del sufrimiento del que somos responsables.

"Comamos y bebamos que mañana moriremos", como decían los romanos. Sí, comamos y bebamos, porque para los que no tienen qué comer o qué beber, no habrá mañana.
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(08/02/2010) -
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LA MORAL DE LA CIRCUNSTANCIA
S. Bayona
La historia de la civilización muestra que las fases de decadencia, como la actual, son épocas de búsqueda, de transformación, en las que las sociedades buscan su redefinición, entre otras cosas, mediante el cuestionamiento sistemático de los esquemas morales reconocidos.
[Tengo la mala costumbre de intentar escribir estos artículos con un cierto ánimo intemporal lo que, en ocasiones, los vuelve un poco abstractos. Por eso intercalaré a lo largo del artículo comentarios y ejemplos prácticos. Si alguien pretende un desafío intelectual que prescinda de ellos, pero si se quiere entender algo más, y uno poco de provocación, estos incisos pueden resultar incluso hasta divertidos].
En la actualidad, además, la ausencia de teorías económico-productivas que justifiquen alternativas políticas reales se traduce, precisamente, en que los discursos políticos busquen su identidad (que antaño proporcionaba la ideología) exclusivamente mediante la reconsideración de estos esquemas morales acompañada, casi siempre, de una pulsión destructiva hacia los mismos.
Quienes así piensan suelen entender que el corpus moral tradicional (y cuando se dice esto se suele hablar de la tradición judeocristiana y, en nuestro país, de la específicamente católica) es un conjunto de normas coercitivas y restrictivas que conculcan las libertades más básicas del individuo y que, por tanto, el socavamiento de dicho corpus y de su jerarquía de valores es una obligación básica de los espíritus que anhelan el progreso social. Se entiende, de esta forma, que el enflaquecimiento de este conjunto permitirá la llegada de una nueva moral, moderna, más reducida, menos restrictiva, basada en nuevas convenciones sociales, establecidas con un criterio científico, según el sueño de los “grandes arquitectos” sociales.
[Una vez más el anticlericalismo, auténtico deporte nacional, y la sexualidad se constituyen como argumentos políticos. De hecho algunos programas políticos orbitan casi exclusivamente sobre eso: parece que el objetivo exclusivo de un cierto tipo de política sea la liberación genital].
Es en definitiva, el relativismo moral. Para aquellos, un objetivo supremo, pero que en realidad supone la anulación de la libertad del ser. ¿Y por qué? Porque dicha libertad sólo existe si existe posibilidad de elección y la anulación de esa posibilidad es, como voy a exponer, el destino final de ese viaje.
[De hecho, como se verá más adelante, lejos de ser liberadora la del relativismo es una tendencia de clara vocación totalitaria que prohíbe no sólo comportamientos sino que inhibe cualquier posibilidad de pensamiento libre mediante el “etiquetado moral”: una especie de sentencias condenatorias peligrosamente irresponsables, fruto de los juicios morales rápidos. El relativismo conlleva una multiplicación de los tabúes sociales y la violación de los tabúes comporta la marginación: más adelante ofrezco un par de ejemplos].
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(24/01/2010) -
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I HAD A VISION

Ayer tuve una visión.

Ocurrió repentinamente, sin previo aviso, cuando compraba para mi hija “Harry Potter y el Cáliz de Fuego”. Me cobraron 22 euros. Hablamos de una novela que ha vendido decenas de millones de ejemplares en todo el mundo. El cálculo mental fue rápido. Coste de fabricación: Cuatro euros. Coste de distribución y margen del autor y del minorista: once euros.  Total quince euros. Margen de beneficio: 31%. Nada mal, aunque lógico si se ostenta el monopolio de la edición y se está dispuesto a exprimirlo al máximo, negándose a hacer ediciones asequibles.

Entonces tuve la visión. Aunque primero fue un flashback. Me sentí como hace diez años, cuando descubrí Napster. Los CDs valían por entonces de 20 a 22 euros. Los ejecutivos (es un decir) de las discográficas despreciaban el mp3 como un invento de geeks insomnes. Cuando empezaron a ver las orejas al lobo y a inquietarse por el intercambio de archivos P2P, pensaron que con acudir a los tribunales todo se acabaría, y podrían seguir exprimiendo las ubres de lo que hasta entonces era su monopolio tecnológico.

Y fue entonces cuando ví el futuro.
Ahora el Kindle, el Sony Reader o el Papyre son tan sólo exitosos gadgets. Pronto, Apple, Microsoft u otra empresa visionaria diseñará un modelo que se adaptará perfectamente a los gustos y deseos del consumidor. Y se hará masivo. Los ejecutivos (es un decir) de las editoriales duermen ahora tranquilos bajo sus antiestéticas barrigas. Piensan que los e-book son cosas curiosas que nunca sustituirán  su jugoso oligopolio. Ignorantes. Ni siquiera saben (ineptos) que la revolución (semejante a la que provocara Gutenberg) ha comenzado. Que en Emule encuentras cualquier libro que busques. Que existen cientos de blogs donde ponen a libre disposición miles de libros digitales, de todas las épocas, de todos los autores.
En sies o siete años como máximo, los jóvenes ya no comprarán libros (como hoy no compran CDs). Y el recambio generacional hará el resto poco a poco. No se dejará totalmente de adquirir libros, porque siempre existirán adictos al papel. Pero ésos serán solo un quince o veinte por ciento del total. Las editoriales tradicionales acudirán en masa a los tribunales, demonizando a los que se descargan libros por internet, denunciando la "piratería" como amenaza para los escritores.. Pero todo será inútil. En diez años se encontrarán como las discográficas hoy en día, forzadas por los acontecimientos a intentar lo que debieron hacer mucho antes (vender CDs a seis euros, distribuir mp3 por Amazon, etc). Pero ya será demasiado tarde.  Ya estarán, como hoy las discográficas, en caída libre.

Y, tal vez, podremos entonces encontrar los harrypotter de turno a doce (honestos) euros.

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(29/12/2009) -
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..
"Si el clima fuera un banco,
ya lo habrían salvado"
 
 
Hugo Chávez, presidente de la República Bolivariana de Venezuela
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(20/12/2009) -
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Ven con nosotros!!
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(13/12/2009) -
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¡LA NAVIDAD, HUYAMOS!!
Miren, no lo puedo evitar. Siempre me ha gustado la Navidad, tal vez porque (como decía un amigo mío), si tuviéramos que sentir durante todo el año lo importante que son los amigos y la familia, nos resultaría difícil de soportar.
Pero ya no puedo más. Cuando los vecinos buenrollistas se apresuran (el 20 de noviembre!)  a colgar el cutre-papa Noel de sus balcones. Cuando entro en cualquier hipermercado o centro comercial y me avasallan con villancicos chim-puneros a todo volumen (o lo que es peor, su versión flamenca).  Cuando la Navidad se convierte en un espectáculo de vanidades en el que cada ayuntamiento compite por emplastar su ciudad con las luces más caras, chillonas y vanguardistas (aunque cuesten millones de euros, olé la solidaridad). Cuando por contra no se puede poner un modesto belén en el colegio (postrados todos  ante el buenismo cateto y políticamente correcto). Cuando tienes que estar tres horas de pie para que tus hijos vean pasar fugazmente una carroza desde la que disparan caramelos a troche y moche (no sea que les produzca un trauma no acudir a la cabalgata). Cuando  se propone seriamente llamar a este periodo “fiestas de invierno” , quitándole todo contenido espiritual (de la religión que sea), y convirtiéndolo, por Dios, en OTRA fiesta materialista, otra oportunidad de entregarnos a los placeres consumistas  y nada más…
Qué quieren que les diga: yo dimito de las navidades antes de que empiecen, por lo menos de las que nos pretenden jeringuillar en este país bárbaro, vanidoso y superficial.
Y por eso me refugio muchas veces, como tantos otros, en mi pequeño mundo familiar y mi pequeño mundo interno, donde vuelvo a encontrar algún sentido a estas fechas (no crean que es fácil), independientemente de que no sea creyente.
 Y por eso éste es el único post navideño que voy a colgar, eso sí, con una preciosa versión de “The little drummer boy” (El Tamborilero para los castizos y raphaelitas), realizada con sensibilidad y talento por un refinado crooner, el entrañable Perry Como.


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(02/12/2009) -
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Internet, el aleph musical y nuestra capacidad de sorpresa
La saturación lleva al hartazgo; el hartazgo lleva al dolor; el dolor lleva al odio;  y el odio lleva al lado oscuro de la fuer...  no, perdón, no es ahí donde quería llegar, mejor empezaré de nuevo.
La reproducibilidad mecánica masiva de las obras de arte, extendida en los albores del siglo XX, acabó definitivamente con el “aura” de la obra de arte  original, por mucho que esforzados intelectuales se empeñen en demostrar lo contrario. Curiosamente, algo parecido está pasando con las creaciones audiovisuales (sean o no obras de arte, que ése es otro tema). Hace tan sólo diez años la única forma de copiar y compartir un LP en vinilo o un CD era mediante las cutre-copias en cinta de casette. Ahora como todos sabemos nos podemos descargar la discografía completa de un grupo en 10 minutos. Y algo muy semejante está ocurriendo con las películas, cuyas copias piratas puedes encontrar en internet con una calidad más que digna. ¿EL resultado? Paradójico: cada vez conozco más gente hastiada de la música, que no se descarga más canciones  porque ni siquiera tiene tiempo para oír las miles que ya tiene en su disco duro… y de esa forma pierde también el interés en descubrir nuevas cosas, asfixiados hasta la náusea por tantos mp3 imposibles de abarcar en una vida. Y baste un ejemplo:  Un IPod puede guardar 10.000 canciones en su disco duro, lo que supone que necesitaríamos 25 días  (con noches incluidas) de escucha continua para poder oír al completo su contenido. ¿Cuántos de vuestros amigos conocen 10.000 canciones distintas? ¿Cuántas conocéis vosotros? Parece que internet puede acabar por matar la estrella de la música, concebida ésta como una simple fuente de disfrute, y convertirla en un producto de consumo compulsivo y por ello ausente de placer alguno.
Y sin embargo, es curioso comprobar cómo supuestos fósiles como la radiofórmula vuelven, metaforseadas,  por sus fueros: así, iniciativas web como Spotify o GrooveShark  ganan cada día más adeptos y van camino de convertirse en estándars internacionales. ¿Qué aportan estos servicios? Algo tan sencillo como atractivo: cierta imprevisibilidad respecto a la siguiente canción que vas a oír. Porque tal vez  no haya nada más aburrido que convertir nuestro disco duro en una suerte de aleph musical con toda las canciones que han sido y son en la historia, no?
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(25/11/2009) -
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This is how an american soldier is made
A veces las imágenes sí hablan por sí solas. El Denver Post realizó este interesante reportaje fotográfico,  en el que durante 27 meses siguieron a Ian Fisher de 17 años, desde que se apunto al Programa de Capacitación para futuros soldados hasta su regreso de Irak. ¿Propaganda USA? Tal vez, pero las imágenes son realistas, y para las que las vemos con unos ojos un tanto alejados de la mentalidad americana, pueden transmitirnos mensajes que no habían previsto sus autores. Empezando, por ejemplo, por la sensación en muchas fotos de que lo retratado no son más que unos niños asustados con armas de miles de dólares en las manos. (Sí, has de clickear la imagen).
 

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(16/11/2009) -
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Libros digitales: La Pérdida de las Sensaciones
Los medios electrónicos nos facilitan como nunca antes en la historia de la humanidad el acceso a la información, a las opiniones, a las creaciones literarias. Un Kindle o un Reader de Sony pueden almacenar las novelas que cabrían en decenas de librerías. Las hemerotecas virtuales nos permiten el acceso a las ediciones de periódicos y revistas de los últimos veinte, treinta, cuarenta años... Y todo ello al alcance de una tecla o un movimiento de ratón.
Sí, es verdad, pero... Pero por contra, pronto, si no ya, estaremos perdiendo algo romántico, inefable  evocador. Me refiero a todo lo que nos proporciona  un libro como objeto en sí, sobre todo si ya  tiene algunos años encima: ese olor acre pero familiar del papel viejo; la pátina amarilla sobre las páginas desgastadas, a veces incluso quebradizas; las misteriosas anotaciones dejadas por anteriores lectores en los márgenes;  los dobleces de las esquinas testigos de otras lecturas; las tipografías antiguas y pequeñas que ponen a prueba la vista; el tacto suave y blando de las ediciones de bolsillo cuando andamos con ellas en la mano; la posibilidad de interrumpir la lectura momentáneamente utilizando el dedo como marcapáginas, mientras sentimos el tacto de las palabras…   en fin, todo aquello que nos fascina a los amantes de los libros (que incluye pero no es lo mismo que los amantes de la lectura). Tengo entre mis pequeños tesoros una edición argentina de Jane Austen de 1949, un fanzine de 1995, incluso una entrada para ver en vivo a Prince en 1989… Todo eso lo podría tener escaneado, pulcramente digitalizado para garantizar su inviolabilidad y permanencia en el tiempo. Pero no me valdría, porque perdería la corporeidad, el tacto, el peso, la posibilidad de acariciar el papel rugoso, de sentir o imaginar las historias anteriores de justo ese ejemplar que el destino ha querido que yo tenga ahora entre mis manos.
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(11/11/2009) -
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