El ser humano es competitivo por naturaleza. Compite por su espacio vital, por donde se crían los mejores mamuts o se recogen las mejores bayas, para criar mejor a su prole y garantizar que sus genes sobrevivirán una generación más. Al mismo tiempo crea juguetes a su imagen y semejanza, que reproducen su visión del mundo, y como tales, las empresas tienden a actuar con esa voraz ansia predadora de sus congéneres. El carácter gregario del ser humano, argumento que muchos esgrimen para justificar la solidaridad, es únicamente, desde el punto de vista de la psicología evolutiva (y ruego mil disculpas por la frasecita) un “postergamiento de la necesidad dominativa a favor de los beneficios de una supervivencia simbiótica”. Es decir, se supedita la necesidad de control exclusivo de los recursos a la obtención de los beneficios que reporta la convivencia con otros seres humanos en términos de probabilidades de supervivencia: lo que se pierde por un lado se gana, aumentado, por otro, de manera que el balance es favorable a la sociedad gregaria. Pero el instinto, la necesidad de dominación, no ha muerto, y aquí se hacen palpables ciertas variaciones sexuales. Veinte rudos hombres cavernícolas cazarán un mamut con menor probabilidad individual de ser aplastados que uno solo, pero si uno de ellos tuviera la capacidad de hacerlo con el mismo riesgo no cabe ninguna duda de que a los otros diecinueve les iban a dar bambú. Puede buscarse una explicación evolutiva en términos de “guerras de esperma”: cuantos más machos existan...
Encumbrada como paradigma de espíritus elevados, señalada como arma de bendición masiva que puede romper el círculo vicioso de opresión-explotación-esclavitud, reseña y punta de lanza para cualquier campaña o declaración de intenciones internacional, tal vez ha llegado el momento de plantearse si tiene sentido desde un punto de vista práctico seguir caracterizando este concepto (solidaridad) como algo práctico en vez de cómo una declaración de intenciones bella pero inoperativa.
Salvo iniciativas aisladas de muy escaso alcance y carácter siempre particular, los flujos financieros, los presupuestos públicos, las relaciones internacionales, las pugnas laborales, siguen todos de forma estricta el principio de competitividad, la búsqueda constante de la ganancia sin límite y la defenestración del contrario, sin interés alguno en los daños colaterales. Siendo como son estas corrientes las que determinan la renta final disponible para cualquier proyecto, parece garantizado que no se destinarán nunca los fondos necesarios a fines sencillos como acabar con el hambre o las pandemias del tercer mundo.
Hablaríamos entonces como conclusión de la necesidad de cambiar el modelo, pero no el modelo económico o social, sino el modelo mundial, es decir, "cómo está organizado el planeta". Y entonces (y discúlpenme la brutal simplificación), la pregunta es ¿por dónde empezar? ¿Tenemos algunos o todos nosotros juntos el poder para iniciar ese cambio? Y aun más importante, ¿Alguien sabe qué dirección tomar? ¿Cómo actuar?
Se podría tal vez empezar por nuestras propias vidas, pero… ¿realmente tenemos idea de cómo hacerlo? ¿Reciclando? ¿Comprando productos ecológicos? ¿Aportando a una ONG?
Tal vez seamos sin darnos cuenta como esas hormiguitas de laboratorio que viven un hormiguero de cristal previamente diseñado, y como ellas creemos que hacemos lo que queremos con nuestras despensas, nuestra sala de cría, nuestros habitáculos, cuando en realidad seguimos lo establecido por otros… o no?
¿Es inevitable la tendencia del ser humano a alienarse con cualquier estímulo externo que le abstraiga de la realidad de forma artificial? Casi todos en mayor o menor medida, tendemos a “engancharnos “ con algo, ya sea en dosis leves o en algunos casos, en niveles cercanos a lo patológico. Videojuegos, alcohol, televisión, comer, chats de internet, sexo, drogas, trabajo, o… pareciera que todos tenemos en nuestro interior un gen que nos induce a repetir compulsivamente una actividad durante horas, más allá de la simple diversión, de forma que nuestra actividad mental, absorbida por una única actividad, quede en “stand-by” y nuestra vida social aparcada para un mejor momento.
¿Es acaso un mecanismo de autodefensa frente a una realidad demasiado compleja (o simplemente demasiado “grande”) para soportarla veinticuatro horas al día? ¿Es una tendencia específicamente humana o por el contrario una inesperada regresión a instintos ancestrales? ¿Nos aporta algo, aunque sea una especie de válvula de escape, o podríamos sustituirlo por algo más productivo (como por ejemplo la escritura compulsiva)?
"Para mí la democracia es un abuso de la estadística. Y además no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas, que por lo general son los políticos nacionales. Estos señores que van desparramando su retrato, haciendo promesas, a veces amenazas, sobornando, en suma. Para mí ser político es uno de los oficios más tristes del ser humano."
Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
Todas las sociedades son, a su manera, seres vivos. Entidades que son más que la suma simbiótica de los pequeños organismos que las crearon y las componen –usted y yo-, y que reaccionan ante los estímulos externos de distinta forma, como si fueran colonias de hormigas en cuyo comportamiento se advierten signos de inteligencia propios que no se dan en sus individuos considerados aisladamente. En nuestro caso, hemos hecho de la sociedad occidental un ser a nuestra imagen y semejanza, un niño pequeño consentido y acomodaticio, propenso a la enfermedad y al trauma, sin los redaños suficientes como para afrontar el sufrimiento –y el gozo- de que se compone la vida. Este ser, que tomó conciencia de sí mismo seguramente a principios del XVIII tiene su propia psique, una psique débil y manejable, que en ocasiones ha vivido de sus propias fantasías –como en todas las crisis financieras que hemos vivido en los últimos siglos-, en ocasiones del abuso de sí mismo y del descontrol –los felices setenta-, de las tensiones internas y la pulsión autodestructiva –la guerra fría-. Tal vez a causa de estas fases de su propia caótica historia de desarrollo personal, nuestra sociedad tiene en la actualidad enormes problemas para asumir y afrontar la realidad y así, mientras por una parte se obstina en la negación de los dramas que la rodean, del dolor que causa, del peligro en que se encuentra, de la fantasía que vive, otra parte pugna por asimilar los acontecimientos traumáticos, darles una forma digerible. Al igual que los secuestrados desarrollan el síndrome de Estocolmo como mecanismo de supervivencia, así nuestra sociedad tiende a desarrollar sus propias estrategias. En otro artículo se defendió la idea de emplear contra Al Qaeda herramientas propias de la guerra de marcas, lo que nos valió severos calificativos por parte de algunos . Pero, mientras escribo este artículo tengo en mis manos un mechero, adquirido en un mercadillo de un polvoriento pueblecillo del sudoeste de Afganistán (recuerden este dato). Es de plástico amarillo, cutre, seguramente fabricado en China por la filial de una empresa americana. Tiene un pequeño botón en la base que, al ser pulsado, activa una linterna led, como otros muchos de su clase. La diferencia fundamental es que, si la oscuridad es suficiente, puede verse proyectada en la pared la imagen de Osama Bin Laden, enmarcado en un círculo colorista, casi pop. Lo significativo no es la procedencia de este objeto, sino el efecto festivo que tiene en todos los occidentales que han visto esta pequeña pieza de merchandising terrorista.
Cuando la yihad se viste de colores pop, se disfraza para la fiesta del orgullo gay? (¡esto es la guerra santa, pirataaa!)
Una de las paradojas de la sociedad que hemos creado es que vivimos abrumados por datos, pero tenemos muy poca información (Evidentemente no estoy descubriendo nada nuevo). No sólo por la dificultad de separar el ruido de la información veraz, sino también por la mala calidad general de los informantes, y desde luego por intereses creados que promueven la confusión mediática. Un simple ejemplo: intentad encontrar un análisis exhaustivo y coherente sobre la rentabilidad o no rentabilidad de la energía eólica frente a las fuentes tradicionales (carbón, petróleo)… misión imposible.
Algo parecido aunque amplificado ocurre con conceptos como sostenibilidad o capitalismo social: todos tenemos algún vago concepto al respecto, pero poco más, Así que cuando un día nos preguntamos “¿cómo podemos colaborar con el medioambiente, y con el tercer mundo, desde nuestro diminuto nido pequeñoburgués?”, la respuesta es inexistente… hasta que el omnipresente marketing llega para salvarnos! Y así, nos encontramos con la opción ecológica u opción solidaria, convenientemente presentada en lujoso packaging, cada vez en más casos: visitad Alcampo, os encontraréis con las “cajas verdes”, publicitadas con carteles que las venden como un “compromiso con la naturaleza”. ¿Tomáis café en el trabajo? En la máquina expendedora encontraréis la opción de cafés “comercio justo” (más caros, lo que presupone que si le damos a otro botón, estamos explotando a los débiles?). Por no hablar de los kilos solidarios, o incluso los coches híbridos, en realidad al alcance sólo de las economías más pudientes. Los ejemplos son cada vez más numerosos.
Es nuestra última necesidad inconsciente que el márketing se ha propuesto satisfacer: la de sentirnos útiles al mundo, acallar nuestras conciencias, y de esta forma que podamos seguir consumiendo sin descanso y sin remordimientos, tras haber aparcado en un rincón de nuestras vidas lo que (se supone que) debería ser uno de sus leitmotiv, la justicia social…
Evidentemente es (casi) todo puro fingimiento, un sistema narcótico, si en Matrix criaban seres humanos para extraerles la electricidad, en el capitalismo nos atiborran de estímulos y acallan nuestras conciencias para extraer nuestras rentas sin que nos quejemos de ello.
Las personas en cuya alma reina la maldad absoluta (si es que existen más allá de la ficción literaria o cinematográfica), no son obviamente la mejor compañía para irse de cañas. Pero ¿no habría también que tomar las mismas precauciones respecto a las personas sin tacha, esos seres en cuya alma no se encuentra la mínima zona de sombra, en las que parece no existir ese lado oscuro (que por otra parte todos sabemos que tenemos dentro por pequeño y reprimido que sea)? Me explico: cuanto más lo pienso más considero que los espíritus moralmente unidimensionales son propensos al fanatismo, y, desde luego, poco humanos. Partiendo de que la dualidad moral es inherente a nuestra condición humana (es decir, al hecho de saber distinguir el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto), los seres que pertenecen al 100% a uno sólo de estos polos, son (como diría Dan Brown), ángeles o demonios, pero tal vez no personas. Y desde luego para mí un poco sospechosas. Por eso es bueno saber que en realidad todos, incuso las personas más virtuosas, tienen sus pequeños vicios, sus pequeñas ruindades morales. A lo mejor eso no es tan malo. Les humaniza, y los puede hacer menos intransigentes. Y más comprensivos con los errores ajenos (porque los comparten en parte), que aquellos que se saben o se sienten portadores de una verdad absoluta que se ha hecho carne en ellos.