Internet es un medio prodigioso para el acceso a imágenes, y en especial a las reproducciones de obras pictóricas. Sin embargo, siempre tengo la sensación de que la realidad que nos depara la red queda muy por debajo de las expectativas (ya lo hemos comentado antes), por dos motivos: el principal, la muy escasa calidad de las digitalizaciones de las obras pictóricas ”subidas” a las distintas páginas web y blogs, lo que hace que la experiencia de visión de la obra de arte sea pobre y frustrante. Otro argumento en contra es los a menudo insoportables comentarios sesudos y de tufillo elitista que acompañan las obras (muchas veces simples copy-past de otros sitios). No ocurre así en la impresionante “Arte y Artistas”, un magnífico blog en el que es de admirar la calidad de las imágenes pictóricas, el enorme volumen de ellas subidas para cada pintor comentado, y los comentarios atinados pero ligeros, adecuados para neófitos (como yo) en la materia. Para completar la alegría, la selección de pintores es amplia y dirigida con toda intención a artistas a los que las veleidades de los críticos han relegado a cierto olvido. Perfecto para sentarse en la cama con el portátil wi-fi, y disfrutar del arte mientras se toma una taza de café.
Un Primer Recuerdo: Tendría 12 ó 13 años, cuando en un suplemento dominical leí un reportaje sobre un tal Rockwell, titulado “el pintor de la América feliz”. Se me quedó grabado el cuadro que lo ilustraba, “Comida de acción de gracias”. Su extraño realismo, su temática ingenua. Uno de esos recuerdos que se entierran en nuestro subconsciente para, pertinazmente, sobrevivir. Primera acción: De forma casual me topé en una librería con un volumen sobre el mencionado. Algo muy lejano se mueve en las catacumbas de mi cerebro. El libro es de Taschen, esa maravillosa editorial de éxito masivo (y por tanto sin prestigio alguno entre losentendidos) por haber puesto el arte al alcance de todos gracias a sus moderados precios (aunque últimamente publican sobre otras modalidades del arte). Compro el libro. Ahí están. Las ilustraciones realizadas durante seis décadas por un maravilloso creador, al que no le dolían prendas reconocer que utilizaba fotografías para utilizarlas como modelos de algunas de sus obras, y cuya obra se puede definir sin temor a equivocarnos como comercial, incluso, alimenticia. Pero muchas cosas de Norman Rockwell me gustan, aunque yo no entienda de arte ni de publicidad. La naturalidad de muchos de sus imágenes en movimiento. La facilidad para transmitir en determinados cuadros el espíritu y los anhelos de la sociedad americana de ese momento (aun con ingenuidad y candor). Una magnífica capacidad de observación para delimitar lo que se llegó a llamar “momentos Rockwell”. Y sus intentos, a veces logrados, a veces no, de trascender las meras portadas del Saturday Evening Post, revista bimensual cuya cabecera ilustrara durante casi cinco décadas. Un ejemplo: En un momento en que la mano de obra de las fábricas americanas era mayoritariamente femenina a causa del enrolamiento masivo por la II Guerra Mundial, supo plasmar el hecho en una imagen icónica y rotunda, que le ha pervivido: Rosie, la remachadora.
Con su herramienta sobre las piernas y aplastando el Mein Kampf, no es tan fácil adivinar que se inspiró de manera directa para esta obra en el Isaias de la Capilla Sixtina. Increíble cruce de caminos..
Han sido tres largos y desoladores días escondidos. Temerosos de que los descubran y los maten por ser seguidores del hereje. Pero las mujeres les han dicho que algo ha ocurrido en la tumba. Y han tenido que salir. No querían, pero lo han tenido que hacer. Juan, el favorito, apocado como siempre, apenas puede disimular su terror. Pedro recuerda como pinchazos en el alma sus negaciones en la horrible noche de tres días antes, y camina firme pero con la mirada extraviada, sin saber realmente qué va a encontrarse en el sepulcro. Amanece. Tienen miedo, sí. Pero a la vez, una secreta esperanza, porque los prodigios que vivieron les dicen que es posible. Y aceleran el paso, pensando ¿Y si fuera verdad?
"Les disciples Pierre et Jean courant au sépulcre le matin de la Résurrection", de Eugène Burnand
La sociedad en que vivimos está repleta de injusticias, aunque en promedio (qué peligro de palabra), el nivel sea inferior al de cualquiera de los últimos treinta siglos. Pero siendo como somos ciudadanos occidentales y miembros de la sociedad superdesarrollada, tenemos más que nunca un acceso diario, detallado y extenso a los vericuetos de cada una de estas injusticias a través de todo tipo de medios, fundamentalmente la televisión e internet. Pero, y aquí viene la terrible contradicción, la oportunidad o capacidad que tenemos para modificar estas situaciones es tan reducida como siempre, y en algunos casos incluso menor.. La corrupción, la trata de blancas, la indigencia, la dependencia… Pocos son los medios que tenemos para (desde nuestra posición de ciudadanos de clase media), contribuir aunque sea sólo una miaja a luchar contra estas lacras sociales [alerta lugar común]. Atrevámonos a enumerarlos: nuestro voto a una u otra opción política (o a ninguna) cada cuatro años; Nuestro aporte económico a una fundación u ONG . La dedicación de parte de nuestro tiempo a labores solidarias... Bien, si todos hiciéramos alguna de estas cosas (la primera con un poco de raciocinio), seguramente algunas cosas podrían cambiar. Pero hay otras que no. Sencillamente, porque son esas otras cosas que tan sólo podrían remediarse mediante la actuación directa y decidida de esa entelequia que llamamos poderes públicos. Y esa actuación directa simplemente no existe. Ahí tenemos la trata de blancas, el tráfico de drogas o las mafias para tráfico de inmigrantes, realidades cotidianas en cada municipio de España (sí, también en el tuyo), realizada por personajes y en lugares perfectamente conocidos por todos, pero permitida y usufructuada por los políticos y las fuerzas de seguridad, en especial si éstas son locales. Por eso me gustaría que, por lo menos como postura moral, no aceptáramos con tanta alegría esa droga blanda para nuestras conciencias que son las campañas publicitarias solidarias. Bien realizadas, creativas, brillantes incluso, son unas perfectas mitigadoras de cualquier sentimiento de culpa o de corresponsabilidad que pueda surgir en nuestras mentes burguesas, Pero, realmente creo que ninguna campaña contra la trata de blancas, contra la violencia de género o contra el abuso de menores por ejemplo sirva para nada de nada. La "conciencia social" no modifica la realidad. Nadie de entre los ejecutores de esas actividades va a dejar de realizarlas después de ver un spot. Y el tema es más triste cuando las campañas las realizan directores de prestigio o actores famosos, de los de perfil “solidario” pero que nunca se mojarían donde realmente hay que mojarse. Pero su presencia es coartada moral perfecta para muchas conciencias, que por el efecto de identificación, se sienten mejor al ver rostros famosos en su pantalla amiga. En fin. Ojalá todos esos millones gastados en inútiles pero artísticas campañas se dedicaran a algo práctico. Y ojalá nuestros políticos y fuerzas de seguridad dejaran de mamar de las ubres del delito. Pero ése es ya otro tema.
¿Por qué nos resultan tan atractivas las teorías conspirativas, aun cuando no creamos a pies juntillas en ellas?
Tal vez porque entroncan con nuestro secreto anhelo de encontrar alguna lógica o verdad sencilla que explique el caos en que se ha convertido el mundo. Así, si aceptamos la existencia de unos grupos de poder ocultos (masones, magnates del petróleo, trekkies, militares o quien sea) que manejan el mundo en secreto y hacen y deshacen guerras a su antojo, bien… seguramente la solución no sea de nuestro gusto, pero por lo menos nos puede parecer comprensible, con sentido, y aliviaría nuestra perplejidad diaria….
Además, todos, en el fondo, tenemos la sospecha de que vivimos en cierto tipo de “matrix” informativa, de que todo lo que nos cuentan es falso…
Un amigo mío por su parte tiene una versión a medio camino entre la creencia absoluta en las conspiraciones y la fe ciega en nuestros honestos gobernantes: No es positivo aplicar esa denominación a cualquier línea de pensamiento que intente ver lo que hay detrás de las apariencias.
La descalificación de cualquier teoría alternatva al discurso de los mass media es, de hecho, un mecanismo de control ejercido desde los propios líderes de opinión a través de los medios para adocenar a la gente.
Sí que existe un masterplan masónico. Sí que existe un lobby del petróleo. Sí que existen los intereses políticos detrás de los alimentos transgénicos. Otra cosa es que pretendamos ver que el lobby del petróleo se encuentra detrás de cada semáforo que se pone en rojo.
Es un terreno muy adecuado para que te califiquen, te descalifiquen y finalmente no te tomen en serio si defiendes una opción diferente a las líneas de pensamiento oficiales.
El ejemplo de los masones es estupendo para eso: en teoría no existen, o son una asociación como los criadores de canarios. Si pretendes decir que tienen algún poder se te adhiere el sambenito de franquista, paranoico o loco. Así funciona la verdadera conspiración: determinando una línea de pensamiento oficial o "políticamente correcto" que sea asumida por el subconsciente de la gran masa inconsciente de manera que nadie se atreva a pensar de forma diferente, so pena de ser marginado.
Por eso es tan importante para los que verdaderamente manejan el mundo eliminar cualquier opción de pensamiento crítico, un pensamiento crítico que un día tuvo la filosofía (y que perdió en favor del relativismo), pero que hoy en día mantiene por ejemplo la Iglesia Católica.
Tenemos miedo al silencio. Tal vez porque nos obliga a escucharnos a nosotros mismos, y nos aterra que nos disguste lo que oigamos, o tal vez no oír nada.
Una vez inmersos en él, no nos es posible sustraernos a la vibración de la realidad, y por eso, de forma natural, el silencio se ha impuesto a lo largo de los siglos para limitar la comunicación interpares allá donde el ruido no puede negar la evidencia de la muerte o del más allá (entierros, velatorios, ceremonias religiosas, etc).
Pero en esta sociedad española teledrogadicta, a fuerza de alienarnos somos cada vez más incapaces de asumir pautas de comportamiento propias. Preferimos banalizarnos en la mímesis de efectos televisivos de tercera, como si viviéramos en un telefilme de sobremesa de domingo.
Y cuando éste se une con otro fenómeno alienante, como es el de la dilución de la identidad propia en la masa, el efecto es vergonzante. Así, por ejemplo, entierros multitudinarios de víctimas de asesinatos de toda índole se orlan siempre con los aplausos y vítores de los asistentes, poseídos de un agudo horror vacui sonoro, sin que nadie se sorprenda, tal vez a la espera de que, “desde algún lugar más allá de crepúsculo” comiencen a subir los títulos de crédito.
Alguien podrá pensar que es inevitable esa catarsis en forma de aplauso para aliviar el dolor, y tal vez fuera cierto si tal proceso tuviera lugar siempre, y no sólo en los acontecimientos mediáticos.
¿Por qué aplaudimos?, ¿a quién demonios aprovechan nuestros aplausos? ¿al muerto? ¿por qué nos vemos abocados a hacerlo, incapaces de recogernos, de recrear el silencio, aun cuando sólo sea como señal de respeto?
Acaso ya no somos capaces de transmitir nuestro estado de ánimo por ningún medio que no sea los propios del show: aplausos, cabriolas, gestos exagerados… parece que la reflexión y ese mirar hacia dentro que tantas veces deberíamos hacer, no es que no exista, es que queda muy lejos de los endurecidos caparazones de nuestras almas.
Tercer día.
Hora Nona.
Guillermo de Baskerville y Adso, inmersos en la investigación de la muerte de dos monjes en una abadía italiana hablan acerca de la herejía y otros temas.
En un momento determinado, casi de pasada, el maestro deja caer en la conversación que los sistemas de poder asimilan a la ortodoxia las desviaciones que pueden someter a su control o aquellas que han crecido de tal modo que un enfrentamiento podría suponer un peligro.
Nunca ha sido tan cierta esa aseveración como en nuestros días.
En una sociedad de pensamiento uniforme como ésta toda diferencia observable no hace más que aportar valor añadido al propio sistema: es decir, lo enriquecen sin cambiarlo. El propio sistema, en sí, es la suma de los valores añadidos que estas pequeñas diferencias han ido aportando a lo largo del tiempo.
Así, la sociedad occidental actual no es la evolución de la sociedad generada a raíz de la evolución francesa y las revoluciones industriales, sino el refinamiento de aquellas mediante los añadidos "conceptuales" a que se han visto abocadas. Como maletas de viajante que, a fuerza de soportar las pegatinas de los destinos donde estuvo han perdido su forma original (es más, ahora mismo pesa más el continente que el contenido).
En definitiva, hemos ido regulándonos cada vez más, imponiéndonos límites, matizando las libertades a las que aspirábamos, maquillando las buenas intenciones sobre una sociedad más justa y próspera hasta vernos envueltos una vez más (como a lo largo de toda la historia de la humanidad) en una simple y burda lucha de vecino contra vecino.
Esos matices o maquillajes no son otra cosa que los añadidos que hemos aportado al sistema como consecuencia de los hitos "históricos" que hemos vivido: no somos la evolución de lo que éramos antes de la segunda guerra mundial sino, desgraciadamente, lo que éramos antes más lo que fuimos después. Aplíquese a los grandes acontecimientos del siglo XX y XXI y se comprobará que tengo razón: la revolución rusa, la crisis del 29, los totalitarismos, la segunda guerra mundial, mayo del 68, la guerra fría, el desarrollismo, la creación de las áreas de libre comercio, la caída del muro de Berlín, el 11 de septiembre, la crisis financiera mundial: ninguna de estas cosas nos ha hecho evolucionar realmente, puesto que no hemos querido renunciar a los errores o circunstancias que nos llevaron a ellas, sino que, una vez superados estos hitos, hemos establecido medidas para que no volvieran a suceder.
Pero si no se eliminaron las causas, tampoco se eliminarán las consecuencias. Por eso estamos condenados a repetir la historia.
Pos-post: Las diferencias observables en la sociedad actual no buscan tampoco la eliminación de las causas, sino su propio nicho de mercado: si el pantalón está roto nadie se plantea dejar de llevarlo, volver a la túnica, toga o falda sino el color del parche que habría que aplicar. Éso es valor añadido y eso es cambiar para que nada cambie.
Y... sí, las escasas personas que combinen la pasión por Beethoven con la pasión por los teleñecos, seguramente sean un poco frikis. Pero... bueno, a mí me encantan los muppets.
"La volatilidad económica, más la desintegración étnica, más un imperio en declive: es la combinación más letal que existe en geopolítica. Tenemos los tres factores. Está a punto de comenzar la era del caos"