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Arte, cultura y subcultura

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Nuestra Vida en un Objeto

 

Leyendo hace poco el “Glosario de las marcas” de la consultora Interbrand, me anoticié del concepto de cult brands (marcas de culto), que define como”marcas que gozan de una fidelidad de cliente que va más allá de la simple lealtad para convertirse en una devoción semejante al culto. La intensidad con que sus devotos viven la marca  es algo esencial en sus vidas. También se las conoce como marcas tribales”. ¿Ejemplos?: Los propietarios de una Harley, o los que acuden todos los días a Starbucks.
Madre mía. “Algo esencial en sus vidas”. Madre mía.
Todos, en mayor o menor medida, realizamos  los que los psicólogos llaman transferencia, algo así como “transferir parte de nuestra vida emocional hacia una persona”. Vivimos “como algo nuestro” los triunfos (o fracasos) de Nadal, de nuestro equipo de fútbol, de nuestro actor favorito o nuestro ídolo mediático. Pero hacer esto respecto a algo tan puramente mercantilista, irreal e instrumental como una marca, es todo un (triste) símbolo de nuestro tiempo. No voy a hacer de Namoi Klein de tercera, pero, realmente, cada vez estoy más convencido que el homo sapiens, inmerso en esta sociedad del espectáculo, va a extinguirse antes por la atrofia de su limitada mente, que por la caída de un meteorito o por la aparición de otra especie mejor dotada para la supervivencia.

Al tiempo...
 

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(03/04/2009) -
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¿VIVIMOS AUSTADOS?

Hoy corroe mis entrañas cierta añoranza del pasado. Pasado que no viví y que no es idílico, ni tal vez mejor que el presente, pero sí, seguramente, más ingenuo.  De niño me decían que no aceptara caramelos de ningún extraño (y menos aun irme con él, claro). Tal vez mis padres sólo  pensaban en la “gente rara” que hay por ahí. Tal vez no se preocupaban de más.
Hoy, ahora, los telediarios de seis cadenas distintas nos hablan cada semana de la desarticulación de una nueva red de pornografía infantil.  De pederastas que tres años después vuelven a estar fuera de la cárcel (si es que el juez se preocupó de ejecutar la sentencia). Cada cuatro días nos anoticiamos de un nuevo ajusticiamiento sin proceso previo perpetrado contra su pareja por cualquier canallita de los que habitan el mundo, por no hablar de los respetables padres de familia, de los que nos enteramos de repente que han embarazado a sus hijas con consentimiento de su esposa.

Estoy convencido que el mundo no es peor ahora que antes. Hijos de puta los ha habido y los habrá siempre. La cuestión es que ahora nos enteramos de ello mucho mejor que antaño.
Sí, pero… tal vez hace tres o cuatro décadas la gente mala se quedaba más en su guarida, no se atrevía a llevar a la realidad sus bajos instintos. Tenía más temor que ahora al posible castigo. ¿Estoy haciendo  apología de un código penal más duro?
No.
Sólo constato que los padres de ahora actuamos hoy de una manera distinta a nuestros padres, y que, a veces, la angustia penetra en nuestra almas, y nos quita parte de nuestra felicidad. Y si añadimos la sensación de que todo es mudable, de que nuestros empleos son más inseguros que nunca, de que quizás mañana no habrá bancos, de que el stress nos puede producir cáncer…
Quizás entonces se haga necesario volver un poco al pasado, y ser un poquito autistas. No ver tantos telediarios. Acercarnos a nuestros amigos. Disfrutar del día a día. Planificar, pero no preocuparse.
Ojalá fuera tan fácil.

Actualización 23/03/09: Reproduzco el comentario dejado por Maranzano en este post, por su interés:

Somos lo que vemos
"Hasta que no lo presenció, mi hija pequeña creía que quemaban a las falleras, no a las fallas. Y lo creía con toda la normalidad de quien ve a su alrededor fiesta y algarabía.
Lo intrínsecamente malo (la cremación de una señorita viva) había perdido ese carácter a causa de la actitud del entorno.
No hay que olvidar el importante papel que juega la mímesis del comportamiento en el establecimiento de las actitudes de los seres humanos, que somos sociales y gregarios.
Tal vez sí existe más maldad ahora que antes, porque la percepción frecuente de la maldad se transforma en la percepción de la maldad frecuente, es decir, normal, y la cada vez mayor indiferencia que nos produce esta repetición cansina casi nos convierte en cómplices y desdibuja peligrosamente la frontera entre comportamientos sociales y patológicos, de manera que cada vez es más probable que todos y cada uno de nosotros, seres civilizados, cometa una aberración (puntual o no), lo que, al fin y al cabo, no sería tan raro."

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(21/03/2009) -
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Evolution of Beauty
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(16/03/2009) -
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Pequeñas Pausas (XVI)
Éste es un archivo que está circulando mucho por los correos electrónicos, pero no me resisto a colgarlo.


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(08/03/2009) -
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¿LO SOPORTAREMOS? (La Sobreestimulación de Nuestro Sistema Nervioso)

Vamos a hacer un ejercicio de imaginación histórica (que seguro ha hecho alguien antes).
Imaginémonos al europeo (o americano) promedio de hace doscientos años. No me refiero a los que vivían en las grandes urbes, porque aunque  ya por entonces existían eran muy escasas, sino al sujeto que podía personificar la moda demográfica o valor más frecuente. Planteémonos (y contestemos) las siguientes cuestiones, todas ellas formuladas sobre el horizonte temporal de su esperanza de vida por aquel entonces:
- ¿Cuánta gente habría conocido al cabo de su vida?
- ¿Cuál es el viaje más largo que podría haber hecho? ¿Con qué frecuencia viajaría más de 20 km?
- ¿Cuántos periódicos habría leído en dicho periodo? Si lo hacía,¿Con qué frecuencia?
- ¿Leería libros? ¿Cuántos al año?
- ¿Cuánto tiempo dispondría habitualmente para el ocio creativo?
- ¿Cuántos gastos suntuarios (no de primera necesidad) realizaba cada mes?
- ¿Cuántas opciones tenía a la hora de comprar cualquier bien o insumo?

Una vez contestadas estas cuestiones para ese hipotético hombre promedio, podemos asumir (esto no es un estudio científico) que las respuestas son aplicables a los 500.000 años anteriores que como mínimo lleva el homo sapiens sobre la tierra.
Bien… Contestad ahora las mismas preguntas para el hombre occidental promedio actual (para vuestro caso, si es que os consideráis promedio :-). Poned unas cifras al lado de otra.
Pensad ahora que nuestro sistema cerebro se ha moldeado a lo largo de la evolución, estando por tanto preparado y adaptado a la primera situación, que supone el 99,95% de la historia del ser humano como tal. No a la segunda
Y pensad en la capacidad de adaptación que alberga nuestro sistema nervioso frente  al radical cambio de situación, es decir, la avalancha de estímulos y  desafíos de la realidad circundante.

Dato adicional: La mayor incidencia de enfermedades en las sociedades desarrolladas no corresponde a patologías clásicas, ni siquiera a la obesidad. Corresponde a afecciones del sistema nervioso central: Depresión. Ansiedad. Trastornos de adaptación. Trastornos obsesivos (el dato me lo dio un compañero de trabajo).
La pregunta es: ¿puede sobrevivir relativamente sano nuestro delicado sistema nervioso al exagerado y repentino nivel de estímulos visuales, sensitivos, comerciales, publicitarios, informativos, que nos rodea? ¿Y al nivel de presión laboral, social, mediática que nos envuelve?

¿Realmente lo estamos soportando bien?
¿U os están volviendo un poquito locos??

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(05/03/2009) -
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El Estado, la Opción Política y la Felicidad
S. Bayona

La felicidad en el ser humano es algo más complejo que la simple satisfacción de los instintos primarios, debido al componente espiritual del que hablábamos en un post anterior, (componente que cabría considerar también un instinto humano primario).
Pero, con la misma fuerza con la que el hombre se ve impelido a la búsqueda de la felicidad, se ve abocado, en sentido contrario, a encontrar un culpable de su infelicidad.
La forma de concebir y enfrentarse a esta marea acción/reacción determina, en el fondo, el modelo de sociedad que cada uno de nosotros defiende. Me explico:
- Aceptar la propia espiritualidad implica una visión trascendental de la felicidad, en tanto en cuanto establece una relación con una cierta colección de parámetros éticos, normalmente relativos al "bien ajeno" y/o a la vida eterna.
- Negar, por el contrario,  la propia espiritualidad, circunscribe la felicidad a la posibilidad de consecución de objetivos "inmediatos". Por tanto los medios que se utilicen para alcanzarlos son responsables en último término de haberlos o no conseguido.
Traducido al lenguaje político: mientras los primeros pueden considerar el estado como un mero garante de los mínimos de la convivencia cívica, los segundos no tienen más remedio que volcar sobre él sus esperanzas de felicidad, y éstas relacionadas directamente con la cantidad de recursos que puede proporcionarles.
Por eso, en función de quién ostente el gobierno de un país (y en función de su aceptación o negación de la espiritualidad antes comentada), el aparato del estado tenderá a crecer o a menguar (o, al menos, a no seguir creciendo), es decir a aumentar el déficit público o no, a asumir cada vez más y más competencias (incluso las propias del ámbito personal) o no, a desear el totalitarismo como forma ideal de gobierno o a... Bueno, eso lo desean todos.
Aunque uno no sea del todo consciente de ello y ésta no sea una regla universal, existe una relación directa entre la propia espiritualidad y la tendencia política ejercida. Por ello, además,  hay una tendencia política más proclive que otra al ateísmo, y (más que al ateísmo), a la persecución de la natural tendencia espiritual del ser humano.


AL ABORDAJE DE LA LIBERTAD (DEMOCRACIA PIRATA)
S. Bayona

Todos tendemos a pensar (con la necedad propia de quien es fruto de este siglo) que vivimos la culminación de los tiempos,  que disfrutamos en definitiva de la mejor de las sociedades posibles.
A muchos se les llena la boca con los principios de la revolución francesa y la independencia americana. Pero pasan por alto (bendita ignorancia) que durante los siglos XVII y XVIII un grupo de personas, considerados por la buena sociedad como la escoria entre la escoria, decidieron regirse según un código que el mundo no estaría dispuesto a aceptar hasta cien años después, cuando el control de los mecanismos del poder pudo cambiar de manos sin que realmente cambiara nada.
Me refiero a los filibusteros. A los piratas.
Visto desde la distancia, el único rasgo en común que tenían todos y cada uno de los integrantes de las heterogéneas tripulaciones piratas, reunión de todas las razas y religiones, era la conciencia de su marginalidad, de existir en la periferia de la moral y de que, precisamente por eso, no tardarían en exterminarse, siendo víctimas de su propia vileza.
Esa necesidad de supervivencia les llevó a establecer un sistema democrático basado en la delegación de poder en el que el capitán del navío era elegido por la asamblea de tripulantes, y por ella podía ser destituido, si no cumplía con su cometido, esto es, gobernar el navío con destreza, perseguir el botín con valentía y ejercer su cargo con humanidad. A cambio tenía derecho a percibir un poco más de botín que los oficiales o artesanos de a bordo, nunca más del doble que un marinero raso (no exactamente como ahora, ¿verdad?)
Se esperaba de un capitán que mantuviera el orden a bordo con un estricto sentido de la justicia, alejado de las prácticas despóticas y violentas de los capitanes de las flotas de las potencias europeas, lo que debía exigir de ellos una destreza en el manejo de la mano izquierda y en las artes negociadoras que seguramente harían sonrojar a la mayoría de nuestros políticos.
Y aún mayor sería la vergüenza si conocieran la historia de la república pirata de Libertalia, cuya exigua vida en las costas del norte de Madagascar (¡en 1.700!), fue suficiente para promulgar una extensa colección de leyes humanísticas que hacían pensar en el advenimiento de una nueva era.
Varias cosas fascinan de esta aventura, la primera es la maravillosa paradoja de que este tesoro fue fruto de una flota de maleantes, tan despreciables como los piratas que en la actualidad siguen asesinando, violando, secuestrando y robando en esas aguas del Índico.
La segunda es que justo cuando creyeron que tales leyes se impondrían, por fin a la bajeza propia de su condición, Libertalia desapareció, exterminada, por las consecuencias de sus propios excesos.
Y es que la podredumbre nunca se encuentra en la condición, aunque sea ésta una condición pirata, sino en la propia naturaleza humana que ninguna ley, por muy sabia que sea, es capaz de cambiar.

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(12/02/2009) -
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Padre, Castígame Porque He Pensado
S. Bayona
¿Verían los ciegos con buenos ojos que su país quedara en manos de un rey tuerto de mierda?. Es absurdo pensarlo, porque los ciegos, en definitiva, comparten la esencia humana que nos hace rechazar la diferencia (la "otredad", que dicen los que todavía quieren ser intelectuales).
No hablo de la diferencia que se puede resumir en una pequeña variación del decorado, sino de la que supone una verdadera alternativa al esquema de pensamiento establecido.

El primero de los casos es siempre visible y hasta atractivo, puesto que para muchos es indicativo de personalidad, criterio, independencia y no sé cuántas chorradas más. Este tipo de "pensamiento alternativo" postizo y falaz resulta siempre beneficioso para el sistema, de igual forma que una válvula de seguridad garantiza la durabilidad de una olla a presión. Porque en ninguna de sus gradaciones se distingue, en el fondo, del tipo de sociedad que supuestamente pretende transformar.
En realidad cualquiera de sus cambios propuestos se basan en una redistribución de los medios de producción (y en política cuando alguien dice "redistribución" suele querer decir "más para los míos", incluidos los que son de Marx y Engels). Son, en cualquier caso, una más de las estructuras del sistema y lo comparten todo con él. De muestra, un botón: desde los hippijos, hasta los más radicales antisistema, todos desarrollan una estética por la que puedan ser reconocidos (rasgo fundamental de estas falsas opciones).
Así las estéticas "alternativas" de Ray Loriga adquieren pronto valor icónico, al igual que lo hizo la generación Beat, mayo del 68, o los movimientos antisistema (incluidos los batasunos). Y todos ellos, sin excepción, encuentran un nicho de mercado del cual obtienen sus generalmente millonarios beneficios.

La segunda diferencia, la real, no requiere de símbolos externos para ser percibida, sino de una profunda reflexión intelectual a la que no siempre estamos dispuestos. No tiene porqué ser propia de una tribu urbana y, desde luego, nunca es manifiesta.
A nadie le interesa la verdadera revolución. Nadie querría reconocer que existe otra forma y otro fondo, ni ver que todo aquello en lo que hasta ahora ha puesto su seguridad, en lo que ha trabajado y le ha dado de comer, de cuyos retales ha creído construir su personalidad, es una gran mentira.
¿Cómo enfrentarse ahora al fin de la democracia representativa, el sinsentido del arte moderno, la mentira del paradigma científico, la crisis de las ideologías o la gran falacia de la riqueza financiera? Es necesario mucho valor.
Y sin embargo existe gente, entre nosotros, que trabaja por una verdadera revolución en sus áreas de influencia, que propone desafíos intelectuales, que pone el punto de apoyo para que accionemos la palanca del cambio.
Y éstos (y no otros) son los verdaderos marginados de nuestra sociedad: los que no se cosen una etiqueta en el cerebro, los que son dejados fuera de los circuitos culturales, de los foros en los que podría escucharse su voz (hasta de los alternativos), los raros, o simplemente los que ocultan bajo su disfraz de seres grises y convencionales la solitaria lucha de los héroes, la tortura de quien se debate entre la fidelidad a sus principios y el mundo que conocemos, de quien sufre el castigo que reserva el sistema a los verdaderos librepensadores.
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(08/02/2009) -
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¿IDEALISMO?

¿Cómo es posible que en la nación más consumista e insolidaria  del mundo se pueda producir un brote de ilusión y confianza en el futuro, que resultaría impensable en ninguna nación de esta nuestra civilizada y sensible Europa?
Un presidente de raza negra que afirma “Sí, podemos sanar el mundo”; “Sí, podemos ganar el futuro”, “Sí, podemos…”  Un desconocido total hace tan sólo un año, que ha arrastrado a millones de personas a corear sus proclamas idealistas,  a compartir la esperanza de un futuro mejor,  a recuperar la confianza en el poder de la ilusión.
Un amigo mío, caracterizado por su habitual acidez, me señala que no me debería sorprender, porque existe una explicación a todo esto,  incluso científica:

“los Estados Unidos son un país consumista por excelencia, que no tiene apenas pasado, todo un futuro por delante, cierto autismo respecto a los que no sea ellos mismos, una gran ignorancia, y confianza ciega en sus posibilidades… Y estas características son comunes, de hecho, a los niños de cinco años. Para los niños (como para los estadounidenses), no existe el pasado, todo es presente; lo quieren todo ya, son ligeramente egoístas, y… terriblemente ingenuos. Los USA son así: un país ingenuo, hecho de ciudadanos narcotizados por el consumo, insolidarios, y a la vez o por ello terriblemente infantiles”.

Bien. Puede ser. De hecho, si así fuera, sería más bien preocupante. En nuestra vieja Europa, esos idealismos ya son historia: el siglo de las luces fue hace trescientos años, los ritos relacionados con el poder hace tiempo que han perdido su significado, y la mística del poder dejo de serlo cuando se decapitó en Francia a un rey.

Pero, ¿No nos vendría bien un poco de ingenuidad de vez en cuando?

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(20/01/2009) -
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En Busca de la Identidad Perdida
Salvador Bayona

No acabo de comprender cómo la defensa de la naturaleza humana que hacen los que se llaman a sí mismos (en un osado alarde de incultura) "humanistas", excluya tan fácilmente las aspiraciones trascendentes del hombre.
Porque la procedencia de sus postulados tiende a inyectarnos sin que nos demos cuenta  consignas útiles para el sistema ("consuman", "progresen", "trabajen"…) consignas que en sus versiones refinadas nos imponen un modelo de familia, unas pautas de comportamiento, un lenguaje políticamente correcto, etc.
Incluso la libertad es obligada, siempre que no se utilice para oponerse al discurso oficial.  De manera que tener una concepción no oficial, no ya del bien y el mal, sino de los comportamientos, admisibles o no, es tachado inmediatamente de totalitario.
Como consecuencia de esto, el individuo, convertido en marioneta y desarraigado de su propia naturaleza, es impulsado por esas mismas consignas oficiales a buscar su identidad de pueblo, de lengua, de Rh, de tendencia sexual, sus preferencias culturales, muchas veces utilizando la historia (real o no, eso no importa) como argumento.
Sin embargo, una de las cosas que distingue al ser humano es obviada, ridiculizada, y hasta proscrita: su ansia de trascendencia.
Provocada o no por el miedo a la muerte, lo cierto es que la espiritualidad del hombre le ha acompañado desde los albores, ha sido motor social, ha influido más que ninguna otra cosa en la organización social, ha producido las mayores obras salidas de manos humanas.
Debería ser, por tanto, más propio que desde el aparato estatal se incentivara el desarrollo de la espiritualidad como signo de identidad en lugar de invertir en recuperar lenguas, bailes regionales, o en convertir en héroes del hecho diferencial a papanatas que no destacarían por méritos propios en una convención de mediocres.
Y sin embargo se niega sistemáticamente la espiritualidad. Como si no existiera, como si creer en Dios en cualquiera de sus manifestaciones fuera propio de subnormales (nótese que no he dicho disminuidos psíquicos), como si para encontrar nuestra identidad tuviéramos que negar esta parte tan importante de nosotros.
Pero hay una explicación:
Ni los bailes regionales, ni la lengua propia de mi comarca, ni mi tendencia sexual me crearán nunca una conciencia crítica.
Aunque tal vez me conviertan en un borrego trisexual vestido de lagarterana.

Pos-post: Espero que no se molesten los colectivos de plurisexuales, de borregos o de lagarteranas.
 

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