Siempre me ha sorprendido el atractivo que las llamadas tribus urbanas tiene para periodistas y medios de comunicación en general. Parece que el hecho de que un grupo de veinteañeros urbanos opten por un tipo de música y un estilo en la vestimenta y peinado determinados, les convierte automáticamente en objeto de atención mediática, social y hasta científica. Así, tenemos los clásicos (rockers, punks, skins, redskins, góticos, moods, pijos, skaters, metaleros, etc), y los más recientes y relacionados con las plataformas de internet y la nueva realidad social (floggers, geeks, poligoneros, etc) aunque también éstos comparten una estética y una música propias. Voy a resistir la tentación de hacer juicios de valor sobre todos ellos, y no hablaré de su supuesta frivolidad, narcisismo, autismo social, etc (ojo que estos son tópicos comunes). Lo que sí puedo señalar es que los medios de comunicación parecen aburrirse con la sociedad normal y sus aburridos miembros normales. Puede usted ser un maravilloso chelista, un egregio escritor, un consumado swinger o una simple y esforzada madre de familia o amo de casa. No importa. Si quiere ser considerado como representativo socialmente, debe unirse a otros consumados violinistas, egregios escritores, cachondos swingers o esforzados amos de casa, adoptar todos un estilo de peinado lo más raro posible y unos atuendos extravagantes, y pasear de vez en cuando por el centro de Madrid o Barcelona con actitud distanciada y hasta embelesada. No lo dudéis: en breve tendréis el honor de haber sido etiquetados, incluso tal vez con un nombre rimbombante (snackers, housers, qué se yo) Y tal vez el meollo de la cuestión es ese: a muchos les gustaría (en el fondo) ser etiquetados, caracterizados, para por fin poder sentirse diferentes , originales, separados de la informe, insulsa y amorfa masa social que les rodea y de la que forman parte con secreta y reprimida angustia.
- Los “poderes públicos” velan por nuestra seguridad e intereses.
- El periodismo es independiente, lleno de profesionales que contrastan las noticias antes de publicarlas.
- La juventud es un valor en sí mismo. Es buena, es alabable, es positiva.
- La gente que nos rodea puede cambiar. Nosotros podemos cambiar.
- Todo alimento, por estar envasado o empaquetado y etiquetado, puede ser consumido sin temor ni riesgo.
- La sociedad es educable. La violencia de género, los accidentes de tráfico o el abuso de menores se pueden disminuir o eliminar con campañas publicitarias o prevención.
- La televisión es el medio educativo más poderoso.
- Una imagen vale más que mil palabras.
- Todos los bebés son preciosos.
- Este post es original.
Hoy es domingo y esto es "Esplendor en el Asfalto", por lo tanto toca un poco de marketing viral. En esta ocasión, el infectado previo y que nos ha remitido el dato es A. G., ocasional colaborador de este humilde pero intrascendente blog. Un clásico, muchos intérpretes por todo el mundo, y una idea interesante.
Es conocido aunque frecuentemente olvidado que la fortuna reparte el preciado don del talento sin considerar las condiciones personales de sus receptores. Por ser más concretos y prosaicos, diremos que la habilidad para (por ejemplo) escribir, componer sinfonías, cantar o actuar, no es de ningún modo garante de que el escritor, compositor, cantante o actor en cuestión sea una persona brillante o incluso mínimamente atinada en su forma de ser y de desenvolverse en la vida. Soy admirador de la obra o capacidad artística de muchas personas, con las que tal vez me costaría soportar media hora a su lado. Siempre es bueno admirar sólo la obra de los creadores, y no a los creadores en sí mismos. Esta confusión con frecuencia no afecta sólo al vulgo en general, sino a los periodistas e incluso a los propios artistas, lo que origina que a veces rocen lo patético. Y así encontramos a menudo a ídolos pop perorando sobre la situación de la infancia en el mundo, a actores comprometidos dogmatizando sobre la política imperialista de los USA, o a periodistas empeñados en considerar a cualquier juntaletras famosillo como autoridad intelectual cuya opinión sobre cualquier tema tiene validez indiscutible como opinión cualificada. Recuerdo una entrevista al escritor Camilo José Cela menos de un año después de la concesión del Nobel (yo era un tierno infante por entonces). El periodista le preguntó qué opinaba sobre la (primera) guerra de Irak, que por entonces estaba en pleno desarrollo, esperando sin duda un profundo análisis global, un adorno verbal, o por lo menos una soflama antiimperialista. Cela, con su campechanía heredada directamente del 98, le espetó: “¿Y qué quiere usted que le diga? ¡Que me parece una barbaridad!”. No contestó el Escritor-Ganador-del-Nobel, sino una persona que escribía muy bien pero que era muy consciente de no entender nada de política internacional. Lástima que su ejemplo no cundiera.
Hay algo realmente terroífico en la fiesta (¿?) de Halloween, que me hiela la sangre más que ninguna de las iconografías macabras con que somos obsequiados a primeros de noviembre, y es la facilidad con la que hemos asumido nuestro rol de periferia cultural, subyugados por el interés comercial de unos pocos. Y yo me pregunto: ¿qué tenemos que ver nosotros con esto?. No se trata ya de que Halloween sea una tradición (¿?) anglosajona (es casi inevitable un cierto grado de transferencia entre culturas en contacto) ni de que ni tan siquiera en el mundo anglosajón la noche de walpurgis tuvo hasta hace relativamente poco tiempo el formato con el que ahora se conoce ese esperpento llamado Halloween. Tampoco puedo decir que mi terror tiene su origen en la indecente manera en que nos venden y compramos el siniestro merchandising (sería absurdo pretender que alguno de nosotros está por encima del actual sistema de producción). No. La razón por la que jálogüin (en castellano) me parece obsceno es porque forma parte de una transición generalizada desde la trascendencia natural a la alienación esotérica. Es una muestra más de cómo dejamos de percibir la muerte como una parte necesaria del ciclo vital, es decir, de la normalidad, y la relegamos al ámbito de lo extraordinario, de lo que nunca debería existir, y por ello lo "celebramos" una sóla noche al año, en vez de asumirlo como parte consustancial de la existencia. Y esto es así porque en esta sociedad del espectáculoen que vivimos, tendemos a apartar la muerte de nuestra presencia, a borrarla, como un tabú (y si nos fijamos bien en el papel que la muerte juega en esta pantomima de disfraces, veremos que no está muy lejos de la forma en que las sociedades primitivas se relacionan con sus tabúes). Sin embargo, por estos pagos la festividad del primero de noviembre ha tenido que ver tradicionalmente con el no menos primitivo culto a los muertos, el cual, bajo la forma cristiana, adquirió un sentido piadoso de recuerdo y oración por los que nos precedieron. Era, en cierta medida, una especie de relación natural de dos planos de existencia contiguos, pero igualmente reales. Aún recuerdo cómo me llevaban de niño a recorrer las calles del cementerio y me presentaban al bisabuelo, a un tío segundo o a un primo lejano que murió siendo niño, y todos los años mis mayores hacían memoria de dónde deberían ser enterrados. Algún mentecato hablará ahora de traumas infantiles, pero lo cierto es que el conocimiento de los ancestros y la percepción de la propia finitud resultaba un remedio magnífico para la doctrina materialista que nos fuerza a pensar que sólo el ahora es válido. Traumático es lo actual, donde cualquier recordatorio de la muerte se trata como un producto contaminado; donde por eliminar, eliminamos hasta los cadáveres dispersando sus cenizas cuanto más lejos, mejor. ¿Qué es, en definitiva más cruel, llevar a nuestros hijos a visitar las tumbas familiares, o impedir que adquieran consciencia de un hecho tan universal como la muerte, y tan innegable como su propia muerte? Me aterra que muchos de nosotros prefiramos disfrazarlos como imbéciles, (yo el primero, oiga) permitiendo que clonen actitudes antisociales (el treat or trick ¿no es una coacción propia de futuros delincuentes juveniles?), pensando además que jugar con una ogüija resulta inofensivo.
Viendo hace pocas semanas un programa de Sanchez Dragó sobre literatura, entre los asistentes figuraba un escritor cuyo nombre y personalidad ignoro. Dragó le comentaba que contrariamente a lo que se podía imaginar leyendo sus novelas, él era una persona muy callada y tímida. El escritor, sin abandonar su cara afable pero seria, dijo: "pues sí, soy tímido, y es más, yo reivindico la timidez, estoy ya un poco cansado de tanta gente extrovertida y brillante, parece que existe una obligación en esta sociedad de ser brillante y un gran comunicador". Me quedé pensando en esa afirmación, sobre todo porque, además de estar de acuerdo,con ella, secretamente me quitaba cierto peso de encima, aunque su emisor fuera un completo desconocido para mí. Es cierto, ¿no?. Todos los mensajes, todos los manuales de liderazgo, todos los exámenes y pruebas, todo lo que en definitiva “se espera” de nosotros (por la sociedad, por nuestros padres, nuestros hijos, nuestros jefes, nuestras empresas, nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros ligues de una noche, los desconocidos que nos cruzamos por la calle, por el MUNDO), todo versa sobre la necesidad y obligación de ser brillantes, equilibrados, tener la palabra justa, el análisis perfecto, las ideas claras, la empatía adecuada, la brillantez expositiva, la imagen correcta y el cuerpo sano… ¿Y qué ocurre con los que no alcanzan semejante grado de excelsitud? ¿Deben quedarse rumiando en su interior sus “deficiencias” sociales, su enorme pecado de no ser perfectos en todos los ámbitos y situaciones? ¿O dedicarse en cuerpo y alma a transformar su manera de ser, sus hábitos, su esencia, para triunfar en su vida social y privada?
¿Realmente es tan importante? ¿No nos están introduciendo en un modelo basado en el self-made man, el mercantilismo social y el economicismo a ultranza que lo único que consigue es ser una fuente de secreta frustración para mucha gente normal? Normales del mundo entero, no os diré “uníos”, os digo seguir con vuestras vidas, tal vez intentando ser un poco mejores cada día, pero aceptar que sois (somos) limitados, no como un fracaso, sino como una característica inherente a ser humanos. Porque lo somos, y eso no es malo, ¿no?
No soy muy amigo de dejar comentarios en los blogs que suelo visitar. Aunque sí acostumbro a leer los comentarios dejados por otros en los post que me han resultado interesantes. Dejando a un lado los trolls de turno, no me dejo de sorprender de hasta qué punto los comentaristas se enroscan en discusiones sin sentido sobre temas en las cuales, por su carácter del todo subjetivo, no sólo es imposible tener razón, sino, como consecuencia de ello, demostrar de forma racional al adversario dialéctico su error.
Pero eso no importa, la gente utiliza horas y horas rebatiéndose unos a otros en espirales interminables, consumiendo buena parte de su vida en discusiones que no les van a aportar ningún beneficio material ni espiritual, ni siquiera la pobre satisfacción de haberse impuesto dialécticamente al “contrario”.
¿De dónde viene esa obsesión por intentar imponer nuestro propio criterio, de tener razón por encima de todo, y de además, siempre “decir la última palabra? ¿Qué nos aporta realmente? ¿Por qué es tan escasa en la web la lógica actitud de dar nuestras opiniones y criterios, pero saber valorar la postura de los otros e incluso encontrar en la misma nuevas visiones que amplifiquen la nuestra?.
Pensando sólo un poco, creo que esta actitud tan "humana" seguramente esté siendo utilizada por políticos de toda ralea para sus objetivos irrenunciables de captar votos bovinos e irracionales, con una reflexión parecida a ésta: “Preparemos un mensaje populista, es decir, que se adapte a las opiniones previas e inamovibles de los posibles votantes, y obtendremos su apoyo. Porque si intentamos incitarles a una reflexión real para que vean que nuestras propuestas son honestas y con el único objetivo del progreso social, no vamos a conseguir un solo voto".
Ergo... ¿los componentes de la sociedad son (somos) cada uno de ellos (de nosotros) dogmáticos en estado puro, pero adheridos a un dogma en último termino personal e intransferible?
Uf, creo que lo mejor será olvidarme por un tiempo de los blogs, de sus post y de sus comentarios, e irme a tomar una cañita con los amigos.
Seguro que les convenzo para que hoy inviten ellos.
Parece que el mundo real está últimamente secuestrado por Wall Street y (el fracaso de) sus realidades financieras virtuales. ¿Era esto previsible?
Bueno... Thomas Jefferson, uno de los padres de la constitución americana, escribió esto hace 200 años:
"If the American people ever allow private banks to control the issue of their currency, first by inflation, then by deflation, the banks...will deprive the people of all property until their children wake-up homeless on the continent their fathers conquered.... The issuing power should be taken from the banks and restored to the people, to whom it properly belongs.
... The modern theory of the perpetuation of debt has drenched the earth with blood, and crushed its inhabitants under burdens ever accumulating"
¿No les resulta extrañamente familiar? Un hombre con visión, este Jefferson... Aunque no hay nada que no se pueda arreglar con 700.000.000.000 de dólares.
Una de las consecuencias del positivismo racionalista que triunfó con las revoluciones industriales (y francesa) es que las sociedades del primer mundo y sus habitantes establecen su seguridad sobre los cimientos de la supuesta solidez de ciertos principios abstractos e inamovibles. Existe, sin embargo, un sano ejercicio (apto eso sí sólo para los fuertes de espíritu), que consiste en inquirir sobre el origen de dichos principios hasta alcanzar su raíz última, su esencia, aquello absoluto en lo que radica su solidez. Peroy hacerlo sin ayuda externa, partiendo de lo que cada uno cree que es la definición. Dado que se trata de un ejercicio de introspección conviene partir de definiciones personales, especialmente si vamos a reflexionar sobre conceptos abstractos. Propongamos, por ejemplo, la literatura, a la que, a buen seguro, todos creemos poder definir objetivamente (al igual que política, sociedad, ciencia, honradez, etc). Al decir "objetivamente" queremos decir que en esa definición no hay elementos de juicios arbitrarios como buen gusto, calidad, ni nada parecido. Hagámoslo ahora... (pausa recomendada para la reflexión). Si ya lo hemos hecho, o creemos haberlo hecho, pasemos a la segunda fase: Porque toda definición si es objetiva y absoluta, conlleva una acotación, un establecimiento claro de los límites infranqueables que determinan qué es y qué no es (literatura, en este caso), y por tanto deberíamos, en este punto, ser capaces de explorar los límites con rigor discriminando ovejas blancas y negras. Pero es imposible.