Vagando de forma inopinada por la red, me encontré con un inquietante concepto de un analista de mercado (David Lebow), que indica (ayayay!) que nuestra forma de vida seguramente fue diseñada y preconfigurada hace ya más de medio siglo por algún semioculto thinktank americano: "Nuestra economía, enormemente productiva, exige que hagamos del consumo nuestro estilo de vida, que convirtamos el comprar y utilizar bienes en auténticos rituales, que busquemos nuestra satisfacción espiritual, la satisfacción del ego, en el consumir... Necesitamos que se consuman cosas, se quemen, se sustituyan, y se tiren, todo ello a un ritmo cada vez más rápido"
Les suena, no? Pues tomen nota de que se escribió en 1.955... El dato lo obtuve de este interesante vídeo, que en 22 minutos resume muy bien algunas ideas básicas de la situación actual, y que es certero en sus conclusiones, aunque sesgado en su razonamiento, ya que elude comentar los innegables beneficios que durante varias décadas ha reportado a la humanidad (en cuanto a desarrollo económico y tecnológico) el modelo de crecimiento basado en una filosofía consumista, que ahora (es cierto), está llegando a los límites marcados por el propio planeta (pongo la versión doblada, para facilitar las cosas a los monolingües como yo).
Y, para ser honestos, alguien debería preguntarse cómo se puede vender esto a economías emergentes como China e India, es decir, justo ahora que buena parte de su población accede al lavavajillas, al televisor en color y hasta al coche, llegamos nosotros desde la sociedad occidental y les decimos “eh, un momento, es cierto que nosotros hemos disfrutado de un altísimo estándar de vida desde hace cuatro décadas, pero ahora que os toca a vosotros, verás, esto... pues os tenéis que moderar, ya sabéis, el planeta no da más de sí, y nos vamos a cargar el ecosistema, y el calentamiento global y todo eso, así que un poco de calma con el crecimiento de vuestro PIB, eh?”. Humm, algo me dice que no nos harán mucho caso. Aunque dudo también que ningún gobierno occidental esté pensando en decirles algo así, claro.
"Puede que la honestidad sea la mejor política, pero es importante recordar que al parecer, por eliminación, la deshonestidad es la segunda mejor política."
Stumbleando un poco por internet, descubrí un gran blog, al que debo agradecer haberme dado la posibilidad de reencontrarme con uno de los mejores recuerdos de mi preadolescencia: los historietas y diseños del dibujante valenciano Daniel Torres, que conociera a través de las aventuras de Roco Vargas para el mítico cómic Cairo.
Siempre me cautivó su elegancia en el trazo, su apego a la línea clara, y el retrofuturismo que destilaban sus ilustraciones, muy relacionadas también con el estilo publicitario americano. Y desde luego, en los primeros ochenta su trabajo dejaba pequeño a todo lo que se hacía por entonces en España, aunque tal vez ni él se daba cuenta de ello.
Actualmente Torres es un reputado ilustrador de trayectoria internacional, con trabajos para Playboy, incursiones en publicidad y colaboraciones en muy distintos proyectos.
En su página web personal, podéis encontrar una magnífica galería donde comprobar el oficio de este elegante creador...
No he podido evitar citar en el título de este post el lema del gran Gil Scott-Heron. La revolución del siglo XXI no ocurrirá en las calles, en los barrios marginados o en los podridos foros políticos de las democracias occidentales. Si ocurre (y todavía está por ver), comenzará en la mente de los hombre y mujeres, empezando por los jóvenes y adolescentes. Y no, no es que los púberes hiperhormonados comenzarán a ignorar los placeres epicúreos que el capitalismo sibilinamente les ofrece... No, lo que ya ha empezado a cambiar es la elección de lo que se consume, que ya no vendrá determinada por un canal unidireccional en el que unos pocos capos del Sistema (léase 40 Principales, Prisa, Telecinco o lo que se prefiera) moldean el menú a elegir para engordar sus suculentas cuentas. Eso está cambiando, y estoy hablando como ya es obvio de la radio, y más concretamente de la radio fórmula, moribunda y llamada a desaparecer en breve. Modernas inciativas como LAST.FM, Pandora, los playlist de Imeem o de la propia YouTube, convierten la acción de oír música on line en una auténtica experiencia interactiva, donde algoritmos desconocidos para nosotros registran nuestros gustos, nos hacen conocer los artistas que más se adaptan a ellos, y a su vez toman nuestra opinión para introducirla en un bucle continuo de valoración en línea, de la que se aprovechan en tiempo real otros oyentes con inclinaciones parecidas. Y a su vez, cada internauta puede elaborar su propia emisora virtual, donde recopila todas las canciones elegidas y recoge los aportes de otros internautas o grupos de internautas. La radio on-line, interactiva y dinámica es un hecho, y afortunadamente, podemos de momento confiar en los bytes y en la Red para su desarrollo, en vez de en directores de comunicación panzudos, operaciones triunfo o campañas promocionadas con maletines. Todo eso tiene cada vez menos futuro, aunque en este país que se creía hasta hace poco lo más de lo más, tardaremos un poco más que el resto en dejar de ser zopencos tirando de la noria.
Actualización 06/07/08: ¿No sabes que emisora elegir o cómo encontrarlas? Puedes empezar por aquí.
Mi buen amigo Salva ha inferido, a raíz del "principio" enunciado en el post precedente, una serie de cuestiones que considero impostergable plantearse y sacar cada uno nuestras propias conclusiones:
- ¿Supone la presencia de McDonalds la instauración de la paz, o su ausencia implica un incremento en las probabilidades de guerra?. - ¿Cuál de los bandos contendientes debe cargar con McDonalds: el que gana o el que pierde?. Si es el que gana ¿no hubiera sido preferible la derrota?, ¿no indica eso que existe una especia de justicia divina? - ¿Están las guerras promovidas por McDonalds para eliminar a la competencia previa? - ¿Tienen los tendones de vaca que comemos en las hamburguesas de McDonalds efectos en la generación de endorfinas y, por tanto, en el bienestar de la población, que impliquen la ausencia de deseo de guerra? - ¿Allí donde existe McDonalds se utilizan las armas para matar a las vacas en lugar de para matar a las personas? - ¿Es el adocenamiento social causa o consecuencia de la comida basura? - ¿De verdad, pero de verdad, de la buena, quieren los países en guerra del tercer mundo acabar consumiendo hamburguesas de McDonalds?
Yo de entrada sólo tengo claro la respuesta para la última...
Hace algunas semanas pude leer en uno de los mejores blogs económicos, un post en el que comentaba el curioso “principio” de que aquellos países en los que se ha instalado la cadena McDonalds nunca han entrado en guerra (o por lo menos no desde que se instalara la multinacional de la hamburguesa). Esto me ha hecho pensar un poco sobre los inesperados efectos positivos que tal vez tiene el consumismo exacerbado que nos rodea, nos imbuye y nos posee. Conexión ADSL, móviles con cámara, SMS, televisión de pago, seguro médico, viajes al extranjero por vacaciones, coche nuevo cada cuatro años, Playstation, Xbox, Wii, Nintendo DS, tamagochis, fiestas de cumpleaños en parques infantiles, colonia de verano para descansar de los hijos, DVD grabador con disco duro, ordenador con chip de doble núcleo, impresora doméstica de fotos, cajita feliz para los niños, restaurant de sushi una vez al mes, Home theatre para disfrutar del futbol y las películas, IPod, por qué no el IPhone, sabores exóticos a domicilio, Gran Hermano, drogas de diseño, Operación Triunfo, 40 canales de televisión, código Da Vinci, fiesta sorpresa de cumpleaños con actuación de cómicos incluida, depilación corporal completa, excursiones en quad, los fines de semana, viajes a Nueva York por 35 euros, etc, etc, tantas cosas sin las cuales nos resulta difícil imaginar el pasar nuestras vidas, y que hace tan sólo quince o veinte años sencillamente no existían. Nos reblandecen la percepción, nos mediatizan en nuestros gustos y aficiones, nos uniformizan en nuestra visión del mundo, nos convierten en sujetos pasivos y receptores, alejan la reflexión de nuestras neuronas… pero, tal vez, nos hacen más inofensivos. Y tal vez, a medida que las sociedades menos desarrolladas van alcanzando poco a poco el nivel de consumismo del que disfruta Europa occidental y los USA, los odios raciales, la agresividad, el nacionalismo estúpido, se amansan, se moderan, y la gente empieza a sentirse cloroformizada por la satisfacción inmediata de los sentidos, que el mundo global promete y poco a poco proporciona, aunque sea a base de tarjeta de crédito, préstamo e hipoteca. ¿Será entonces algo bueno el circo que nos rodea? Mmmmmm…
Si el arte ya no lo es en función de la habilidad demostrada en su ejecución sino que su valor intrínseco radica, como sostienen algunos, en la capacidad individual de un indivíduo de transmitir, mediante la elaboración plástica, conceptos abstractos que induzcan a la reflexión del espectador entonces no hay salvación posible y se confirma la tesis de esta serie de micro artículos. La razón es bien simple (si Vd. se considera artista de vanguardia le ruego que no siga leyendo): el valor del arte, entonces, no es intrínseco sino extrínseco, es decir depende de la capacidad individual de interpretación y ésta, a su vez, de convencionalismos tan maleables como el mercado. Aceptar esto, sin embargo, significa acabar con el principal (el único) valor del arte contemporáneo: su precio. Para esquivar esta realidad a la que conduce cualquier reflexión sobre el tema el artista contemporáneo actual viene obligado a forzar esa supuesta reflexión, para reafirmar unos valores cada vez más devaluados y la única forma que tiene de hacerlo es mediante la provocación, porque sólo lo realmente extraño es capaz de suscitar porqués. ¿Pero qué es la provocación? Usando la misma terminología, la provocación es un valor en retroceso que incrementa su exigencia con cada nuevo uso. La provocación es, en último término, la puesta en cuestión del marco de seguridad necesario para la estabilidad personal y, por ende, social. Provocación fue, en su día, la blasfemia, el anticlericalismo, la mal llamada revolución sexual, la cultura underground, y otras muchas cosas que todos tenemos en mente. En la actualidad sólo a los imbéciles se les ocurre pretender ser revolucionarios con esas cosas. Y sin embargo en el imperio actual de la corrección política aquellos argumentos, convertidos en clichés inútiles de tan manidos como están, siguen siendo materia prima de infinidad de presuntos productos artísticos (no unicamente de las artes plásticas). No hace falta, pues, ser demasiado aventurado para predecir el advenimiento de una nueva fase: aquella en la que los nuevos tabúes sean el objeto de provocación. Y no me preocuparía en exceso (de hecho agradecería que alguien sacudiera los cimientos del papanatismo reinante) si no fuera porque el camino fácil, que es el que siempre se acaba tomando, no pasa por la tala de ese bosque que es lo políticamente correcto, lo que supondría un enfrentamiento con el poder establecido para el que se necesita una valentía rayana en la locura, sino por hacer leña del árbol caído, esto es: la defensa de lo sensatamente indefendible. Así, no falta mucho, y ya está sucediendo, para que alguien descubra que llama la atención con una nueva estética nazi, una reinvención o reivindicación del lado más tenebroso de nuestra historia reciente, pero si la batalla se sigue librando en el campo conceptual la vencedora más probable será una ideología capaz de bañar de sangre nuestros pies, de nuevo. Y en este punto me niego hasta a seguir empleando la ironía.
Relativamente pocas personas han oído hablar de John Myatt y John Drewe, pero tuvieron su momento de infame fama a mediados de los 90 (por una de aquellas serendipias, durante la gestación de la segunda parte de "El Restaurador y la Madoninna della Creazione") cuando casi por azar se descubrió su singular modus vivendi.
Ambos formaban una sociedad de falsificación cuyos éxitos dejaron en evidencia a marchantes, coleccionistas, conservadores y "expertos" en general. Myatt, un pintor con un gran sentido del humor (y, como todo buen conocedor, muy escéptico al respecto del mundo del arte) valiéndose de su especial habilidad para la imitación estilística pintaba cuadros con el estilo de los pintores señalados por Drewe, el cual, y esta es la parte más fascinante de su estrategia, falsificaba no sólo la documentación para justificar la procedencia de las obras, sino los catálogos de, entre otros, el Victoria and Albert Museum y la Tate Gallery para justificar la presencia de dichos cuadros en exposiciones acaecidas años atrás, es decir, la documentación que autentificaba la otra documentación.
A pesar de lo interesante del planteamiento, que evidencia que para ser experto en arte no se necesita criterio alguno, lo rudimentario de sus métodos acabó por pasarles factura justo cuando Myatt había comenzado a cansarse.
Éste se ha negado siempre a desvelar cuántos cuadros habían conseguido sacar al mercado y a ninguno de sus compradores les interesa desvelar su antigua relación pues perderían, además de lo pagado, las plusvalías de una futura venta. Serán, pues, cómplices, tan culpables, ahora que lo saben, como los autores materiales, pero nadie irá nunca a por ellos pues el mercado de arte entraría en recesión inmediatamente. De modo que la próxima vez que se extasíe ante una obra de arte contemporáneo recuerde que podría encontrarse frente un genuino John Myatt el cual, por cierto, vive en la actualidad (y bastante bien, por cierto) de la venta de sus falsificaciones, éstas con su correspondiente certificado: "este Magritte es una obra auténtica de John Myatt".