Cuando distraidamente tomamos una pequeña magdalena para darle un bocado, una tarde cualquiera de invierno, tal vez no pensemos en que el nombre de ese humilde bollo que tenemos entre las manos tiene su más antiguo origen en una ciudad palestina fundada veinticinco siglos antes, y en la epopeya de una prostituta que lavó los pies de un dios.
Cuando vamos al teatro y distraidamente nos sentamos en nuestro asiento de platea, seguramente no reparemos en que el nombre de ese área de butacas se inspira en la disposición geográfica de la tal vez más legendaria batalla de la antigüedad, aquella en la que espartanos y atenienses derrotaron contra todo pronóstico a los hasta entonces invencibles persas.
Las palabras no nacieron ayer, y en las lenguas de origen grecorromano podemos encontrar orígenes insospechados y míticos en términos que utilizamos cotidianamente. Por ello, muchas de ellas son modestas pero pacientes portadoras de maravillosas y evocadoras historias. Por eso hay que quererlas, y cuidarlas, y disfrutar de ellas, de su sonoridad, de su capacidad de haber llegado hasta nosotros a través de los siglos.
La suma de los quince minutos de gloria de todos los personajes que en este mundo de consumo rápido fueron seres inmortales, (ahora ya olvidados) parece haber dejado repleta la cuenta de las horas eternas. Es tal vez la resistencia a aceptar nuestra insignificancia, el ansia de hacer de todo momento un “momento cumbre” lo que nos lleva a suponer a cada instante que asistimos al partido del siglo, que hemos visto al mejor actor de todos los tiempos, que hemos participado de un acontecimiento del que quedará memoria a lo largo de los siglos, etc . Es, en definitiva, el miedo a pasar sin pena ni gloria, a no dejar tras de nosotros más que remolinos de aire que se desvanecen rápidamente sin dejar recuerdo alguno. Tal vez por ese mismo motivo hacemos grande la vanidad de este mundo cuando nos toca en suerte llevar su carga sobre nuestros hombros. Pero cuántos son los futbolistas que se encuentran de pronto con que nadie hace mención de ellos tras haberlo sido todo; cuántos los artistas que se arrastran por las verbenas de los pueblos después de un éxito inicial; cuántos los directivos venidos a menos, los políticos arrinconados, los personajes mediáticos olvidados en el arroyo cuando ya han sido amortizados. Deberíamos beber de las fuentes de la sabiduría, aprender prudencia, que es proverbio antiguo y tener presente en el auge del éxito que éste es sólo una circunstancia no sólo transitoria sino, además, muy volátil. Aunque la anécdota es conocida, siempre vale la pena recordarla: durante las celebraciones del triunfo, en la antigua Roma, el general entraba en la ciudad, aclamado por la multitud, en cuádriga en la que únicamente cabían él y un esclavo cuya misión visible era sostener la corona de laurel, pero cuyo verdadero cometido era susurrar, constantemente, a oídos del triunfador: “recuerda que eres hombre”. Es una inteligencia lógica pero sagaz, similar a la de aquel monasterio de Bhután en el que, a lo largo de la ceremonia de nombramiento del nuevo lama, se otorga un papel preponderante a un viejo monje mendicante que, mientras desfilan ante él los monjes, no se separar del nuevo maestro repitiéndole un mantra: "Todo esto es vanidad y se desvanecerá ante tus ojos como la bruma de la mañana".
P.D.: Algunos sólo pueden aceptarlo bajo estos ejemplos pero otros, simplemente, miramos sin complejos nuestra historia, cultura y religión y apreciamos la sabiduría oculta tras el "sic transit gloria mundi", presente en la ceremonia de coronación de cada nuevo Papa.
Los animales de laboratorio, esos desafortunados ratones, cobayas, monos y demás mamíferos que nacen en una jaula, viven una jaula y suelen morir tras unos cuantos jeringuillazos entre divertidos síntomas estudiados cuidadosamente por los científicos, creen seguramente que ese ambiente que les rodea es el mundo. No tienen capacidad de pensar que otro mundo existe fuera de las paredes del laboratorio, lleno de plantas, acogedoras madrigueras, hermosas noches a la luz de las estrellas, frutos jugosos y peligrosas aves rapaces. Para ellos, todo eso no es. Sólo creen (o creerían si tuvieran esa capacidad) en el mundo-laboratorio. A veces me pregunto si no nos pasa a nosotros lo mismo (y que conste que sé que esto ya lo propuso Platón hace 2.500 años con la parábola de la caverna, lo que indica mi escasa originalidad). ¿No asumimos como normales cosas y hechos extraordinariamente raros? Pensemos un poco: - ¿Tiene realmente sentido un mundo en el que millones de personas dedican el 4% de su vida a observar y oír los aportes de alguien como Belén Esteban? - Asumimos que podemos obtener información sobre cualquier tema (y convertirnos en lo suficientemente expertos para emitir opinión sobre todo), simplemente tecleando unas palabritas en una cosa llamada “buscador” que dos niñatos de Standford crearon hace doce años, y damos validez a cualquier resultado que nos dé. ¿No somos un poco creídos?. - Y a su vez, nos creemos cualquier información que nos llegue en medio escrito o televisivo, siempre que haya una introducción en la que aparezca la mágica palabra “expertos”: Los expertos afirman, los expertos vaticinan… Da igual la barbaridad que afirmen: que se va a infectar de gripe A el 60% de los españoles, que el nivel del mar va a subir treinta centímetros (o un metro, o va a bajar), que el crecimiento del paro se desacelera, que vivimos en la sociedad del bienestar… si lo dicen los expertos, es una verdad insobornable. - Se han creado unas asociaciones para defender los derechos laborales de los trabajadores. Para ello estas asociaciones cuentan en España con 300.000 personas cuya función es cobrar por no trabajar. Muy lógico, ¿no?. - Pensamos que tenemos nuestros derechos garantizados por una entelequia llamada poderes públicos y caminamos con la cabeza bien alta como orgullosos miembros del mundo desarrollado occidental, seguros de nuestra integridad física y moral. ¿podemos realmente ser tan ingenuos? - Y cuando nos sentamos a la mesa, podemos comer tranquilamente, sin que ni siquiera repararemos en ello, pescado de Vietnam, tomates de Argelia y manzanas de Argentina, todo al alcance en el Eroski más cercano… ¿No es raro? El mundo en el que vivimos, que aceptamos como inevitable y/o perfectamente racional se muestra, a poco que reparemos en él, como algo sin demasiado sentido en muchas ocasiones, un lugar lleno de realidades absurdas pero que asumimos como si no hubiera otra forma de ser o existir. ¿No seremos todos cobayas de un experimento sociológico gigante? ¿o como afirman muchos, tan sólo el simple sueño-pesadilla de un dios menor? ¿Existe la pastillita roja de Morfeo que nos haga ver las cosas como son realmente, o como deberían ser? ¿La necesitamos realmente, o tal vez es mejor no pensar con claridad sobre nuestra realidad diaria?
Que la materia prima de la historia son las decisiones vitales, es algo que también puede ser aplicado a los pueblos. Y el análisis de las decisiones de algunos de ellos nos enseña, en ocasiones con claridad, dónde se encuentran sus raíces. Éste es el caso de Llívia, villa de poco más de mil almas, profundamente española (luego veremos por qué), enclavada (pues se trata de un enclave) en la comarca de la Cerdeña, en el seno de nuestra vecina Francia. Llívia no tiene casi nada de interés, salvo la farmacia en funcionamiento más antigua de Europa (donde los compuestos se guardan en frascos color azul cobalto fabricados en Manises), y un carácter innegablemente ibérico, con todo lo que ello puede significar. Los territorios que la rodean, el Rosellón y otras comarcas francesas, fueron españolas hasta el año siguiente al tratado de los pirineos, en 1659, donde una vez más se modificaban varias fronteras europeas. Este tratado daba fin (temporal, claro) a la tradicional bronca hispano-gala que se venía arrastrando desde la guerra de los treinta años y tras haber patrocinado nuestra simpática vecina una revuelta popular en los territorios catalanoparlantes contra la corona española. En el tratado se especificaba el paso a manos francesas de algo más de una treintena de pueblos, lugares y territorios de esas comarcas. Ninguno de los habitantes de aquellos pagos quería realmente ser francés. Pero sólo los habitantes de Llívia lo consiguieron. Tras analizar con detenimiento el texto del tratado los habitantes de Llívia determinaron que aquello no iba con ellos, pues Llívia tenía el carácter de “villa”, otorgado (por el rey) años atrás, y en el tratado no se mencionaba cesión de villa alguna. Es fácil de imaginar la escena: el boticario, el cura, el maestro y el alcalde se reúnen frente a unos vasos de vino para leer despacito el tratado, y una vez hecho y comprobado el resquicio legal, deciden plantar sus hispanas gónadas ante Felipe IV y Luis XIV, y decirles que a ellos su tratado se la trae al pairo: ellos seguirían siendo españoles por derecho. Puesto que les asistía el derecho real (cosa nunca verdaderamente determinante) y (afortunadamente para ellos) eran insignificantes desde el punto de vista territorial o político, un año más tarde se produjo el suceso extraordinario: se selló su permanencia como territorio español en el tratado de Llívia. Cabe pensar cuántas veces se habrán sentido orgullosos de aquello, y cuántas otras se habrán arrepentido, como buenos españoles en ambos casos. Ahora, arrastrados por efímeros nacionalismos, es posible que quieran hacerles olvidar que siempre quisieron ser españoles, pero su historia habla por ellos.
Pos-post especial nacionalismos: Cuarenta años más tarde, en 1700, Francia prohibió el uso del catalán en todos los territorios que habían pasado a sus manos. Proverbial debió de ser la cara de tontos que se les quedó a todos los que habían participado en las revueltas antiespañolas previas al tratado de los Pirineos.
"El problema de envejecer es que un día te das cuenta de que tus creencias se han convertido en prejuicios, tus costumbres en manías, y tus prioridades en egoísmos."
Hoy, día decimoséptimo del mes de marzo de 2010 de la era cristiana, las oscuras fuerzas falleras se han unido para hacer mi salida al exterior de la galaxia un poco más complicada. En el trayecto desde mi lugar de trabajo (porque somos muchos los que en estas fiestas trabajamos, pese a que en la Cridá la fallera mayor de valencia nos exhortó al grito de "Valencians y Valencianes, fallers, gent de tot el mon... (sic) a pasarlo en grande y lanzarnos a la fiesta”) Bueno a lo que iba, hoy en mi camino he tenido que atravesar cuatro concursos de paellas de otras tantas honorables comisiones falleras. Ello ha provocado que haya tenido que parar a comprarme una ración de paella, ya que mi triste pollo con curry no me atraía nada. Esto me ha dado que pensar ¿No me estarán abduciendo mediante publicidad subliminal? Por si esto fuera poco la falla que vive bajo de mi almohada hoy había intentado sobornar impúdicamente al barrio entero ofreciendo gratuitamente un plato de arros amb fessols i nabs (manjar de dioses menores poco conocido allende nuestras autonómicas fronteras). He de reconocer que a esas horas, y con el previo de las paellas, el tema resultaba tentador. Pero tras una lucha interior entre mi estomago hambriento y mi insobornable conciencia, he decidido comprarme otra ración de paella. Quiero poder enfadarme cuando ponen la música a horas intempestivas, abusan de la megafonía o cortan cuatro calles, y para ello no puedo renunciar en estas fechas a nuestro símbolo gastronómico por antonomasia. Debe de ser integridad de la de moño y peineta. La vuelta al trabajo no ha sido mejor: al cruzar el famoso pont de fusta, sin darme cuenta me he visto atrapada por una comisión fallera delante y otra detrás. He de decir que el trombón de la de delante sonaba “bien”, y me ha despejado las vías auditivas para bastantes días. Por lo demás Valencia está preciosa con la música, las falleras y los puestos de buñuelos, que si te descuidas y permaneces mucho tiempo junto a ellos te quedas para el resto del día con el típico y entrañable perfume eau d´bunyol. Mañana (o pasado) más.
Cuatrocientas calles cortadas. Tantos o más horribles barracones uniformes de plástico blanco, monumentos falleros y cientos de miles de personas andando sin rumbo fijo por las calles, éste es más o menos el panorama que tenemos en estos momentos desde la ciudad de Valencia.
La simple acción de coger un autobús parece sencilla pero no os engañéis: es una trampa mortal. Aunque todas las paradas de autobuses exponen bajo sus marquesinas unos preciosos planos explicativos de cómo llegar a las los principales monumentos falleros, la realidad es muy otra. Porque son (creedme) paradas fantasmas. Paradas por las que ya nunca pasarán autobuses (o al menos hasta el 20 de marzo). Ayer tuve la loca osadía de intentar cruzar la ciudad en sentido transversal. La inefable experiencia resultó semejante a intentar hacer en patinete la ruta de la seda (metáfora de los trajes de valenciana). Fui andando de parada en parada como si de una oca del juego fuera, movida por los dados descontrolados del oscuro y semioculto responsable municipal que con innegable pericia ha autorizado a cerrar todas las calles por las que pasa algún autobús. Así, siempre que llegaba a la parada deseada un cartelito me decía que el bus que necesitaba y que siempre, siempre había pasado por allí, ya no lo hacía.
Al fin, bordeando el mediodía, encontré una parada donde sí paraba una linea de bus...¿Era acaso alguna que me dejase cerca de mi destino? La respuesta es NO, pero para esas alturas, en las que buscando transporte público habia zigzageado por cientos de calles cual mosca después de ingerir unos cuantos trips,, me dio exactamente igual. Decidí subirme, derrotada y exhausta, al autobús que me llevaría a otro punto desde donde (no olviden que soy Sagitario) volví a comenzar el proceso.
La revolución digital ha comenzado definitivamente a llegar a nuestras vidas de forma palpable y práctica. En cualquier pequeño pendrive podemos transportar y visualizar cinco o seis películas, millares de canciones, decenas de miles de fotos. Los discos duros portátiles cuentan ya en terabytes con precios por debajo de 100 euros y tamaños en constante reducción. Tal vez todo esto suponga el fin del copyright y la desaparición de muchas otras industrias audiovisuales tras la debacle de las discográficas y de gigantes como Kodak , lo que es seguro es que nunca hemos tenido tanta información en (literalmente) nuestras manos, y que nuestra capacidad de almacenarla con garantías se multiplica por diez cada pocos años.
Por eso me ha fascinado una extraña e inesperada forma de pervivencia de la información cargada de reminiscencias históricas y que de manera sorprendente permitió que nos llegaran varios textos de la antigüedad clásica. Me refiero a los palimpsestos (o palimpestos) palabra que además de ser misteriosamente extraña, se refiere a los manuscritos antiguos que conservan huellas de una escritura anterior que fue borrada.para permitir su reutilización. Dicho de otra forma, el papiro o pergamino era raspado para poder ser reutilizado, pero las trazas de la escritura original permanecieron, susceptibles por tanto de ser estudiadas y recuperadas. Lo fascinante es que de esta forma, a lo largo de la historia se han descubierto o recuperado obras (o por lo menos fragmentos de obras) clásicas ocultas en pergaminos reutilizados para otros fines menos cultos. Una acción de reciclaje derivada del afán de economizar (y seguramente transida en muchas ocasiones de desprecio por la obra original) permitió de forma inesperada que obras de la antigüedad clásica transitaran ocultas a través de la historia moderna, para renacer a la vista de los hombres varios siglos después. ¿No es algo maravilloso?
Y es posible pensar que si no se hubiera realizado esa acción de eliminación fallida de la obra original, tal vez el manuscrito habría sido destruido por falta de utilidad “práctica”, o simplemente utilizado para otros fines que nada tienen que ver con la cultura. Es curioso constatar cómo una destrucción fallida de un artículo cultural sirviera finalmente para su perpetuación. Maravillosamente paradójico, no?
Actualización 20/03/10 : El siempre atento Maranzano me cuenta de otra inesperada e igualmente evocadora fuente de textos clásicos: el interior de las tapas de libros antiguos, que se elaboraban con piel pero que se rellenaban para darles consistencia con papiros y pergaminos viejos, algunos de los cuales contenían obras clásicas o de interés.
Aunque parezca mentira por todas las opiniones que van a ser vertidas de aquí a unas pocas palabras, me gustan las Fallas. Me encanta el olor a pólvora, la música en la calle, el color con que se viste la ciudad, las mascletás, los castillos de fuegos artificiales, la sensación de que la vida rutinaria de la ciudad queda en suspenso por una semana. Desgraciadamente, una tara incurable de mi carácter me hace ser extremadamente realista, por lo que no puedo obviar el sufrimiento que supone vivir rodeado de falleros del estilo todovaleporlafiesta. En primer lugar la música: una, que se reconoce megalómana hasta la medula, no puede menos que llegar a aborrecer cualquier tipo de sonido, cuando tres semanas antes de que empiecen a plantar la falla, con motivo de recoger dinero por el distrito para el sostenimiento de la fiesta (acto conocido popularmente como Replegá) aprovechan en mi barrio para poner cualquier CD que tengan a mano. Uno podría pensar que un loco víctima de un síndrome de escritura compulsiva se ha adueñado del mando del Spotify y se dedica a escribir autores aleatoriamente y sin criterio alguno, desde los pitufos maquineros a David Bisbal, pasando eso sí por Julio Iglesias, que a diferencia de relajarnos (creo que esa es su misión), puede llegar a helar la sangre cuando su voz atrona por una megafonía defectuosa, ubicada dos pisos justo bajo de mi almohada. El suplicio se prolonga durante los fines de semana previos a las fallas, (preferiblemente en horario de siesta o a primeras horas de la mañana). Y llegada ya la semana de fallas, si mis oídos han sobrevivido a tal vía crucis sónico, me lanzo a la búsqueda de la felicidad por el entorno fallero. Mañana (o pasado), más.