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Arte, cultura y subcultura

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"Creo que sólo pueden ser de izquierdas aquellos que conservan la fe en el ser humano, en su bondad y en su solidaridad.

Cuando esa fe se ha perdido (o nunca se ha tenido), sólo resta intentar fijar unas reglas de juego semejantes para todos, de forma que (en la medida de lo posible) los abusos tengan su castigo y  todos tengan parecidas oportunidades de inicio para buscar su provecho, o, incluso, para ser morales. Algunos lo llaman a eso la ley de la selva. Yo lo llamo ser un liberal."

Martin Fieldstman

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(27/09/2011) -
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Comentarios de un sociólogo indocumentado: La Disidencia Borreguil

La disidencia respecto a las normas impuestas, la capacidad de cuestionar  los dogmas buenistas imperantes, son en mi opinión uno de los síntomas de la salud mental y política de una sociedad. El plantearse (como ejercicio rutinario) si lo que nos dicen los políticos, mass media, intelectuales (y otros autoproclamados portavoces sociales)  es algo con sentido, o por el contrario  un intento más de manipulación, debería de ser el pan nuestro de cada día, y además no requiere seguramente más de cinco minutos diarios de ejercicio mental. Diez si se pertenece como yo al grupo de los lentos.
Sin embargo... sin embargo parece que en este país (como en toda nuestra historia reciente desde el siglo XIX) o nos quedamos cortos o nos pasamos tres pueblos y hasta cambiamos de autopista. Con el añadido de apuntar casi siempre hacia el objetivo equivocado.
¿Ejemplos? Bueno, pues vamos allá:
A) Ayer mismo nuestro presidente del gobierno anunció la que va a ser la primera modificación de la Constitución Española, modificación que va a apuntar hacia el control por norma legal del déficit público. Bien, ya hay un clamor bloguero y periodístico respecto a la “vergüenza” de que se apruebe por un acuerdo entre partidos dicha modificación, sin “consultar al pueblo” mediante referéndum.  Por no hablar de los que hablan de la medida como una imposición más de nuevas políticas neoliberales (una de las palabras que más se utiliza en la red sin tener pajolera idea de lo que significa).
Pues no. Se equivocan y mucho. Vivimos en una democracia parlamentaria en la que no todas, pero por lo menos algunas normas de convivencia, están muy claras. Y una de ellas es los requisitos para modificar la carta magna, requisitos exigentes, y que por cierto se pueden conocer simplemente tecleando en google las palabras correspondientes. Esos requisitos están establecidos y refrendados por las urnas hace más de 35 años. Si uno no está de acuerdo con los mismos, nada mejor que abogar por cambiarlos u orientar  el voto hacia aquellos partidos que proponen dicho cambio. Pero no. Mejor estar tres décadas sin preocuparse por el tema, y ahora darse por ofendido en la red (ese gallinero donde todos podemos hacernos los sensibles) y clamar contra tal supuesta desvergüenza. Porque el mostrarse ofendido y bramar contra el orden imperante sin ton ni son, sin saber cómo se deben cambiar las cosas, sino simplemente utilizando una larga serie de lugares comunes de otra época (referéndum para todo, democracia asamblearia etc) no nos da automáticamente la razón, ni siquiera una fracción de ésta. 
B) Nos visitó el Papa. Lo saben, ¿no?. Bien, no voy a hablar de esa auténtica caza del peregrino que doscientos descerebrados hicieron por la Puerta del Sol y zonas aledañas con el beneplácito del pijismo progre (recuerdo las declaraciones de un manifestante que se quejaba de la “provocación de la que habían sido objeto” ya que los cristianos (sic) “se habían puesto a rezar en medio de la calle”). Al fin y al cabo lobotomizados sociales existen por igual en todas las franjas del pensamiento.
Lo que sigo sin entender es el anticlericalismo feroz que tanta y tanta gente ha proclamado en sus blogs, en sus feisbuks, en sus cartas al director, etc etc. Un anticlericalismo tan dogmático y profundamente ignorante como lo es cualquier postura tomada sin reflexionar un poco en sus motivos o bases. He oído de todo: críticas a los peregrinos porque al fin y al cabo vienen a hacer turismo. Críticas al Papa porque debería estar en el cuerno de África solucionando el hambre de los negritos. Críticas a los cristianos porque no actúan conforme a su credo (argumentándolos con rotundas” pruebas). Si el sueño de la razón produce monstruos, el sueño del sentido común produce estupideces sin fin.
No seré yo quien defienda a la iglesia, muchas de cuyas posturas respecto a las mujeres o a la vida sexual me resultan del todo incomprensibles y casi incompatibles con la vida actual. Pero antes de hablar de las imperdonables riquezas del Vaticano sería mejor repasar (o conocer) la labor que hace Cáritas en España, o los misioneros en todo el mundo. . Antes de criticar la fe irracional de los peregrinos y la “manipulación” que las religiones hacen con la gente habría que autoanalizarse y evaluar si realmente la razón gobierna todos nuestros actos diarios como orgullosos no creyentes que somos. O plantearse si realmente queremos abolir toda vida espiritual en el ser humano (o sólo la relacionada con determinadas creencias). Antes de ponerse nerviosos porque un septuagenario con traje blanco venga a rpesidir un acto con un millón de jóvenes, deberíamos preguntarnos si tiene sentido los miles de mítines financiados con (nuestro) dinero público,  donde cientos de miles de españoles corean como estultos corderos las proclamas mil veces repetidas del político de turno.


¿Qué, cómo, quiere usted decir que no se puede criticar a la Iglesia? Pues no, no quiero decir eso, se la puede y debe criticar, y de hecho ha dado últimamente más de un motivo para ello.
Lo que quiero decir (y con esto lanzo un corolario para cerrar este árido post), es que todo el que se considere ciudadano con conciencia social, debería dedicar un  tiempo a reflexionar antes de lanzar cualquier proclama al aire. No porque no tenga el derecho a lanzarla, sino porque si no hace antes un análisis más global, seguramente se caiga en lo que en el fondo quieren todos nuestros gobernantes de izquierda, derecha o centro: adherirse sin darse cuenta al menú de soflamas simplistas e ignorantes que ponen a nuestra disposición. Y con esa adhesión conseguiremos cierta complacencia intelectual, cierto orgullo de tener las “ideas claras” respecto a la sociedad en que vivimos y a nuestro papel en ella. 
Pero, en realidad, nos convertiremos en hormiguitas muy orgullosas de sí mismas  pero profundamente ignorantes y por ello  incapaces de cambiar la forma en que está organizado el hormiguero. Que, por lo tanto, seguirá siendo manejado por los mismos mandangas de siempre, con el mismo desprecio por la ética y los valores que siempre.

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(24/08/2011) -
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Un País en Cifras (yo confío en el futuro)

 

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(24/06/2011) -
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A veces veo gente twitteando...
El autor de este post se reconoce de esa generación de españoles de a pie que no acaba de entender el fenómeno Twitter. 
No porque le supere tecnológicamente (más o menos el autor de este post se defiende con la interné, su aifon y el jepeése). No, se trata más bien de una cuestión, digámosla así, psico-sociológica. 
Veamos.
 Si entiendo el mecanismo de Twitter, ahora mismo me podría poner como seguidor de (por ejemplo) David Bisbal. O del futbolista  Puyol. O del sobrevaloradísimo Nacho Vigalondo (bueno, eso si no hubiera sido socialmente estigmatizado por el pecado de hacer una broma con la palabra “Holocausto” dentro).  Entonces, recibiría en tiempo real los comentarios que estos sujetos quieren twittear en cualquier momento del día, en 160 caracteres . Esos comentarios, por su límite de espacio, suelen ser valoraciones breves sobre la actualidad, comentarios personales, o bromas y chistes sobre su entorno y amigos. 
Bien. Vale. 
Pero, aunque yo  fuera aficionado a Bisbal y culé hasta la médula ... ¿qué narices me importa las opiniones, ocurrencias y  vida privada de estos señores’ ¿Qué me importa lo que piensan o dejan de pensar? ¿Les conozco en persona? No, de uno sólo conozco sus canciones, y del otro su desempeño en el campo de juego. ¿Son humoristas cuyos comentarios son siempre inteligentes, ácidos y que hacen reflexionar? Pues... no.  ¿Entonces?
  Ah, ya oigo una respuesta al fondo de la sala, “mire usted bloguero de tres al cuarto, es que son ídolos de masas y a sus seguidores les encanta tener en su móvil o smartphone mensajes personales de ellos”. Ya. O sea, que ya no nos basta con tener como ídolos a personas de carne y hueso cuyo único mérito es cantar “bien” o patear una bola. Ahora además la tecnología nos permite sentirnos “cercanos” a ellos. Y de paso alimentar nuestra continua necesidad de estímulos e información externa (que ésa sí que es la droga de nuestro tiempo).
Perdonen pero no lo entiendo. Yo creía que el fenómeno “fan” sólo afectaba a jovencitas quinceañeras de hormonas alteradas que se derriten frente al JustinBieber de turno. Pero resulta que no, que ahora a casi todo el mundo le gusta ser “follower” de un ídolo de masas, para sentirse “próximo” a él. Pero entonces... ¿a eso dedicamos nuestras neuronas? ¿Para leer ESO?  Cuarenta siglos de desarrollo de la cultura occidental, la invención de la imprenta, el siglo de oro español, las aventuras de Dumas,  la obra de Conrad, los ensayos de Chesterton, el asesino dentro de mí de Thompson, los laberintos de Borges, el capital de Marx, el Harlem de Chester Himes, los desdoblamientos de Dick, el proceso de Kafka, todo, todo, todo eso... ¿para acabar leyendo las ocurrencias del famoso de turno  mientras compra jamón en el Corte Inglés?
A veces creo que, efectivamente, el fin de los tiempos está cerca...
 
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(31/05/2011) -
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EL CAPITALISMO NOS SALVARÁ

 
Leía ayer, en la sala de espera de un bufete de abogados, esa visión del mundo políticamente correcta llamada “El País Semanal”, revista donde todo el mundo hace declaraciones solidarias, estilosas, y con la dosis de rebeldía adecuada para sentirnos inteligentes y llenos de buenas intenciones. En fin, a lo que iba. Entrevistaban a un escritor inglés que exponía su opinión, que no era otra que ésta: es el capitalismo y no la bondad humana lo que puede hacer que revirtamos el cambio climático en el que ya estamos metidos. 
No puedo sino de coincidir al 100% con esa visión. El ser humano es como es, ni bueno ni malo, sino interesado. El ansia por el dinero nos ha metido en el agujero económico en el que hoy vive medio mundo. Pero, si las energías verdes son negocio, esa misma ansia de rentabilidad será la que consiga que dejemos de extraer millones de toneladas de un aceite viscoso y negro de las entrañas de la tierra para quemarlo alegremente y soltarlo a nuestra frágil atmósfera. Eso, y no el amor por el cielo azul es lo que conseguirá salvarnos, aunque este último pueda generar bonitas poesías.
¿Cinismo? Lo dudo. Más bien realismo. La inversión necesaria para reconvertir todos los procesos productivos,  extractivos y motores que actualmente utilizan combustibles fósiles hacia las fuentes de energía renovables o acaso menos agresivas con el medio ambiente, no va a salir de la inversión pública, ni de la planificación de ningún ministerio de economía. Ni de Greenpeace, ni de aportes solidarios. Nos guste o no, va a salir de los banqueros, de esos mismos que han hinchado la burbuja inmobiliaria. Y se forrarán (otra vez) con ello. Mejor aceptarlo, para luego no sentirse estafado. 
 Pero la clave para que ocurra esto y no acabemos con una temperatura mundial promedio dos grados más alta (lo que permitiría hacer champán en Inglaterra, pero también cultivar dátiles en Asturias), es, como parece obvio, saber canalizar la voracidad capitalista hacia los objetivos adecuados. Los reguladores son por tanto la llave. Martin Fieldstman lo reflejó en la parábola del hombre en el campamento: una persona está aislada en un campamento inhóspito en la Antártida, a más de cien kilómetros de cualquier punto civilizado, con dos kilos de maíz y una jauría de cuatro perros semisalvajes como única compañía. Si consigue atarlos a un trineo y controlarlos a latigazos, tal vez pueda salvar la distancia y encontrar ayuda, habrán sido su salvación. Si por el contrario no los sabe controlar, éstos se abalanzarán sobre la última reserva de comida del campamento, para luego irse en búsqueda de otras presas. Los mismos perros habrán sido su perdición. 
Aunque claro, si tenemos reguladores como los que tenemos, creo que será mejor irnos acostumbrando a la carne de perro.

 

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(20/05/2011) -
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Propiedad intelectual vs. Protección infantil
Maranzano

No hay duda de que existen causas nobles por las que vale la pena batirse el cobre, y que una de esas grandes causas bien podría ser la defensa de la propiedad intelectual, el pan de los “probes artristras”, y todas esas cosas.  Y no debería de ser yo quien alzara la voz contra la propiedad intelectual, pero me permito hacerlo porque ya he perdido definitivamente la esperanza de vivir de ella.
 
En sentido estricto esto no es un alegato contra la propiedad intelectual (refiriéndome sólo a los productos culturales), a la que respetaré en cuanto la pobreza me lo permita, sino contra su aparente constitución como principio sagrado de una sociedad madura, desarrollada. Veamos por qué:
 
En virtud de la defensa de los derechos de propiedad intelectual, se ha legislado para convertir al estado en mamporrero de una sociedad de gestión privada, al tiempo que se hace añicos la presunción de inocencia (canon digital), el habeas corpus, el sentido común y todas esas milongas por las que alguna vez algunos pensaron que valía la pena derramar su sangre o la de otros (preferiblemente). En virtud de esos derechos de unos pocos, de pronto un órgano administrativo ha asumido competencias judiciales para obligar a los proveedores de Internet a cerrar o bloquear el acceso a esas perniciosas webs, entre las que se cuenta, tal vez, el blog que alberga este texto.
¡Eso es protección y lo demás son cuentos!. Si señor. Con un par.
Sin embargo hoy, en nuestro país, un niño de ocho años puede acceder libremente a una web pornográfica en la que cinco mastuerzos penetran a un cacho de carne que una vez fue una persona, o a recibir en su correo electrónico una snuff movie que reproduce el meticuloso trabajo de unos narcos mejicanos separando la cabeza del tronco de su víctima, o puede pasar a formar parte de un chatroulette para disfrute de pederastas varios.Y digo yo: ¿Se pueden bloquear las webs piratas y no se puede hacer lo mismo con aquellas que no establezcan los filtros adecuados para garantizar la mayoría de edad de sus usuarios?. ¿Por qué se preserva como derecho sacrosanto la propiedad de un artista pero se deja expuesta la integridad del menor?. ¿Por qué cualquier creación audiovisual (o textual, como es este caso) merece más protección que la psique en formación de un menor?. ¿Qué tipo de sociedad puede considerarse madura si no arbitra los medios para el adecuado crecimiento de sus futuras generaciones?
Los medios existen. Siempre han existido. Pero hacer lo correcto es difícil. Sobre todo si no recibes votos por ello (o tu parte del botín). 
 
Y aunque triste sea decirlo, hoy en día en este país tomar una medida política con un carácter estrictamente moral (e impedir que menores accedan a pornografía lo es) parece cosa de otro siglo… o de otro mundo.


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(27/04/2011) -
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La Verdad sobre La República

A veces la verdad es más compleja de lo que parece a simple vista. A veces hay que echar un segundo vistazo sobre los hechos para llegar a las conclusiones correctas. No todo era maravilloso en la fuerza. Ni todo era oscuro en el Imperio Galáctico. Y sí, hay que haber visto y disfrutado las seis películas de Star Wars para entender este post. Que por supuesto no es mío, el original está aquí:   

 
Sí, amigos míos: Palpatine tenía razón.
 Los motivos son varios, y esenciales – creo que es necesario repasarlos y analizarlos en detalle, para demostrar que esa escoria rebelde no son más que chusma incapaz de entender la gloria del Imperio. Empecemos, pues, por el principio: ¿por qué la antigua república no valía un pimiento?
 
1-Es una democracia tutelada: la República tiene un Senado lleno de tipos raros en sus pequeños platillos flotantes, pero Palpantine era muy consciente quién ostentaba el poder. No es el Senado, incapaz de llegar a acuerdos, dubitativo, rencoroso. No son las grandes corporaciones comerciales, grupos con ejércitos de cartón que no pueden imponer su voluntad ni siquiera a una pequeña monarquía bananera que oprime a su minoría anfibia. El poder real en la república, los que realmente controlan el cotarro, son los Jedi.
2-Los caballeros Jedi son malvados: los Jedi son una casta cerrada de racista preocupados por la pureza de sangre y su cuenta de midiclorianos que trabajan de forma incansable contra la libre empresa y las libertades planetarias. No sólo destruyen intereses comerciales legítimos de unos comerciantes intentado abrir nuevos mercados en un país opresivo y retrógado, sino que además se niegan a aceptar los deseos de los representantes del pueblo – cuando un planeta intenta irse, reaccionan con violencia.
3-Los caballeros Jedi son incompetentes: ¿qué clase de organización tiene un tipo poniendo un ejercito de clones en su tarjeta de crédito sin que nadie en contabilidad diga nada? ¿Qué grupo de patanes tiene unas pruebas de selección basadas en los caprichos de sus empleados de base? ¿Qué élite opresiva deja que sus soldados reciban órdenes secretas sin ser capaces de leer la mente ni siquiera a un patético clon?
4-La República es incapaz de gobernarse a si misma: ¿Qué clase de gobierno galáctico tiene que contratar a una pila de monjes con espadas y a un ejército de clones de segunda mano incapaces de dar a un blanco a tres metros para su defensa? ¿Qué clase de gobierno galáctico tiene que contratar a monjes como diplomáticos? ¿Qué clase de gobierno galáctico tiene a Jar-Jar Binks como legislador?
5-La distribución competencial de la República es desordenada y caótica: la unidad de mercado es inexistente. Los planetas van por ahí, en guerras comerciales con aranceles. Nadie pone un duro por la defensa común. Nadie sabe qué puede hacer. Lo único seguro es que si los Jedis te tienen manía, los clones vienen y te pegan una paliza – nunca nadie da una buena razón para justificar la opresión y furia de las guerras clon.

El segundo paso, y más importante, es por qué el Imperio Galáctico es superior a la República:
 1-Las reglas claras: un planeta puede hacer lo que quiera, siempre que no vulnere dos reglas básicas. Primero, cuando el imperio reclama sus impuestos, los pagas. Segundo, no apoyarás la rebelión.
2- Autonomía planetaria: si un planeta no vulnera las reglas, puede hacer lo que quiera. Nadie se mete con el autogobierno de Tatooine. Alderaan era una pacífica monarquía constitucional hasta que su estúpida familia real se dedicará a las aventuras espaciales. Si no molestas, el imperio te va a proteger de piratas, rebeldes y malhechores, y te dejarán en paz.
3- Autoridad real: el gobierno usa su base de impositiva y sistema fiscal para exigir que se cumplan las reglas. Si alguien se rebota, te pegan una paliza. Punto.
4- Gobierno eficiente: el Imperio gasta el dinero de forma eficiente – oprime gastando lo mínimo. La Estrella de la Muerte era una obra maestra de la austeridad fiscal – el terror es más barato que 200 cruceros estelares.
5- El autoritarismo ilustrado es la única salida aceptable: la distribución de la renta en el Imperio hace imposible un gobierno democrático centralizado. Un sistema senatorial que da el mismo poder a todos los planetas es una llamada a la parálisis, como vimos en tiempos de la República. Una democracia mayoritaria pura es inaceptable para los países más ricos del núcleo galáctico, ya que temerán ser expropiados por la mayoría pobre. El sistema ideal es, por tanto, una confederación autoritaria que garantice el orden, pero permita autonomía a sus miembros.
6- Tienen mejores uniformes y mejor música opresiva asociada: siempre es importante – la Marcha Imperial mola mazo.

Por descontado, el Imperio tenía sus problemas (tener como líder un tipo que cree que su magia de tercera le da poder es un poco triste, al fin y al cabo). Aún peor era el hecho que su lugarteniente era un tipo traumatizado por ser huérfano que utilizó a su amante como variante edípica de su madre.  Es una lástima que el liderazgo ilustrado de la burocracia imperial no prevaleciera, realmente. El fracaso del gobierno post-Imperial de la Nueva República es una muestra clara y evidente que los sueños y la borrachera idealista de los rebeldes era un intento de imperialismo cultural de las élites culturales del noreste de la galaxia. Sólo merecen nuestro desprecio.


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(25/02/2011) -
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El misterio USA


Soy uno de los muchos que observan la sociedad americana con una mezcla de admiración, repulsión, estupor y desconocimiento. Algo normal si nunca se ha pisado suelo yankee (salvo dos fugaces días en Boston)y se reflexiona a 9.000 kilómetros de distancia. Y últimamente muchos nos preguntamos (desde nuestro maltrecho estado del bienestar) cómo esa sociedad en la que tanta gente vive en el margen de la pobreza y sin seguro médico, mayoritariamente rechaza la idea de una sanidad estatal o de cualquier tipo de asistencia pública. Una buena manera de intentar encontrar explicaciones es leer "Crónicas de la América Profunda", un más que interesante libro escrito por el periodista y blogero Joe Bageant. Este buen señor fue un auténtico blue collar nacido y crecido en la humilde población de Winchester. Pero se mudó al oeste, se hizo periodista y regresó treinta años después a su pueblo natal para contemplar con mirada desapasionada pero comprometida la realidad social más humilde de su país, que fuera tiempo ha su propia vida. Se considera a sí mismo liberal demócrata, y describe en su libro una interesante teoría que explica los extraños ideales de gente que no tiene donde caerse muerta pero defiende por encima de todo su independencia e individualismo, además de hacer una crítica despiadada del capitalismo darwinista de los USA. 
Un interesante volumen sobre los extraños claroscuros morales del imperio.

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(31/01/2011) -
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La Extraña Tierra Cóncava
Hace ya mucho tiempo leí uno de los libros más entretenidos sobre misterios de la historia y pseudociencias varias, El retorno de los brujos (1960), a partes iguales desvarío mental y recopilación de las teorías científicas mas descabelladas que se habían desarrollado hasta ese momento. Una de las que más me llamaron la atención es la de la tierra cóncava, que llegó a tener consideración de hipotesis plausible en la Alemania del Tercer Reich (apunte mental, ¿alguien sabe cuáles fueron el primero y el segundo?). La base de la teoría es muy sencilla: la tierra no es una roca gigante volando por el espacio, no. Porque el espacio no existe; el universo está hecho de roca sólida, y lo que llamamos “tierra” no es sino una esfera de aire dentro de ese interminable universo pétreo. El sol es una reducida bola incandescente que flota en el centro de dicha esfera. Sobre esta sencilla idea base, la teoría establece otras ingeniosas soluciones para explicar la alternancia de día y noche, la existencia de la luna, etc. No es un tema nada novedoso en la red, y por ello no me voy a extender o hacer copia-pega, podéis encontrar interesantes artículos aquí o aquí, donde se relata lo que también se comentaba en El retorno de los brujos: que los nazis llegaron a realizar experimentos para demostrar esta teoría y así utilizar ese “conocimiento” para dirigir sus primigenios misiles contra los aliados a través del espacio hueco. Lo que siempre me ha llamado la atención de esta teoría son dos cosas: primero, la interpretación de las razones del éxito de la misma que hace el libro citado: en tiempos en los que muchos hombres y mujeres se sentían arrastrados por terribles acontecimientos históricos sobre los que no tenían control alguno, la idea de un “agujero” protegido por millones de kilómetros cúbicos de roca resultaba más consoladora que la de una roca lanzada a cientos de miles de kilómetros por hora a través del inhóspito espacio (justo lo que somos). Y segundo, siempre me ha parecido inquietante la idea de ese universo pétreo, sólido, inabarcable, del todo insondable. Una extraña sensación de desazón, fácilmente evitable cuando me recuerdo a mí mismo que no existe como tal. Al menos para nosotros. Para otros seres vivos, sí.


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(02/01/2011) -
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Desvaríos de fin de semana
Ayer paseaba al perro cuando ví a lo lejos acercarse un automóvil. Al volante estaba un señor ya mayor, calvo, unos sesenta y cinco años. Acababa de salir del garaje y enfilaba hacia la vía de servicio, que le llevaría a Madrid, a Torrelodones, qué se yo. Mientras comenzaba a acelerar, se santiguó con la mano derecha, con el aire mecánico y ensimismado común a todos los gestos rituales. Hacía mucho que no veía ese gesto en esa situación. “Como mi padre”, pensé. “Como la gente mayor”, a continuación. “Superstición”, dijo luego mi mente. “No, creencia en que hay algo más”, me dijo luego con tono pedante. Pero enseguida prosiguió: “Si cree que eso lo protege, es una superstición. Pero también significa que cree que algo por encima de la realidad material puede protegerle de un accidente. Y eso es en cierto modo  fe. ¿Entonces toda fe es superstición? ¿Qué diferencia hay entre creer en la maldición de un espejo roto y la creencia de que en una oblea de pan está el cuerpo y espíritu de un dios? ¿Es sólo una cuestión de escala, o del ceremonial con el que revestimos el acto? Si a un acto supersticioso lo revestimos de latín, de púrpura e incienso, ¿se le puede entonces llamar fe sin que chirríe a nadie? O a lo mejor las cosas son más sencillas: con ese simple acto, aquel anciano está demostrando aun sin saberlo que no necesita a Newton, a Einstein y ni siquiera a Stephen Hawkins (al igual que éste no necesita a Dios) para vivir en este mundo, que no necesita una explicación racional para cada cosa porque siente que hay algo más que la simple realidad material, que hay otra dimensión, que existe el espíritu, que existen los ángeles de la guarda. No llegué a ninguna conclusión, mi cerebro cerró enseguida la ventanilla diaria de desvaríos y disgresiones de fin de semana, y cuando mi perro tiró de la correa me puse a pensar en cualquier otra cosa.
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(28/11/2010) -
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