Internet, el aleph musical y nuestra capacidad de sorpresa
La saturación lleva al hartazgo; el hartazgo lleva al dolor; el dolor lleva al odio; y el odio lleva al lado oscuro de la fuer... no, perdón, no es ahí donde quería llegar, mejor empezaré de nuevo. La reproducibilidad mecánica masiva de las obras de arte, extendida en los albores del siglo XX, acabó definitivamente con el “aura” de la obra de arte original, por mucho que esforzados intelectuales se empeñen en demostrar lo contrario. Curiosamente, algo parecido está pasando con las creaciones audiovisuales (sean o no obras de arte, que ése es otro tema). Hace tan sólo diez años la única forma de copiar y compartir un LP en vinilo o un CD era mediante las cutre-copias en cinta de casette. Ahora como todos sabemos nos podemos descargar la discografía completa de un grupo en 10 minutos. Y algo muy semejante está ocurriendo con las películas, cuyas copias piratas puedes encontrar en internet con una calidad más que digna. ¿EL resultado? Paradójico: cada vez conozco más gente hastiada de la música, que no se descarga más canciones porque ni siquiera tiene tiempo para oír las miles que ya tiene en su disco duro… y de esa forma pierde también el interés en descubrir nuevas cosas, asfixiados hasta la náusea por tantos mp3 imposibles de abarcar en una vida. Y baste un ejemplo: Un IPod puede guardar 10.000 canciones en su disco duro, lo que supone que necesitaríamos 25 días (con noches incluidas) de escucha continua para poder oír al completo su contenido. ¿Cuántos de vuestros amigos conocen 10.000 canciones distintas? ¿Cuántas conocéis vosotros? Parece que internet puede acabar por matar la estrella de la música, concebida ésta como una simple fuente de disfrute, y convertirla en un producto de consumo compulsivo y por ello ausente de placer alguno. Y sin embargo, es curioso comprobar cómo supuestos fósiles como la radiofórmula vuelven, metaforseadas, por sus fueros: así, iniciativas web como Spotify o GrooveShark ganan cada día más adeptos y van camino de convertirse en estándars internacionales. ¿Qué aportan estos servicios? Algo tan sencillo como atractivo: cierta imprevisibilidad respecto a la siguiente canción que vas a oír. Porque tal vez no haya nada más aburrido que convertir nuestro disco duro en una suerte de aleph musical con toda las canciones que han sido y son en la historia, no?
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El Aleph musical, hummm... buen símil. Oye, ¿seguro que sólo han pasado 10 años de las cassettes de cromo de Sony o TDK y la lucha contra el siseo?