Hace ya mucho tiempo leí uno de los libros más entretenidos sobre misterios de la historia y pseudociencias varias, El retorno de los brujos (1960), a partes iguales desvarío mental y recopilación de las teorías científicas mas descabelladas que se habían desarrollado hasta ese momento. Una de las que más me llamaron la atención es la de la tierra cóncava, que llegó a tener consideración de hipotesis plausible en la Alemania del Tercer Reich (apunte mental, ¿alguien sabe cuáles fueron el primero y el segundo?). La base de la teoría es muy sencilla: la tierra no es una roca gigante volando por el espacio, no. Porque el espacio no existe; el universo está hecho de roca sólida, y lo que llamamos “tierra” no es sino una esfera de aire dentro de ese interminable universo pétreo. El sol es una reducida bola incandescente que flota en el centro de dicha esfera. Sobre esta sencilla idea base, la teoría establece otras ingeniosas soluciones para explicar la alternancia de día y noche, la existencia de la luna, etc. No es un tema nada novedoso en la red, y por ello no me voy a extender o hacer copia-pega, podéis encontrar interesantes artículos aquí o aquí, donde se relata lo que también se comentaba en El retorno de los brujos: que los nazis llegaron a realizar experimentos para demostrar esta teoría y así utilizar ese “conocimiento” para dirigir sus primigenios misiles contra los aliados a través del espacio hueco. Lo que siempre me ha llamado la atención de esta teoría son dos cosas: primero, la interpretación de las razones del éxito de la misma que hace el libro citado: en tiempos en los que muchos hombres y mujeres se sentían arrastrados por terribles acontecimientos históricos sobre los que no tenían control alguno, la idea de un “agujero” protegido por millones de kilómetros cúbicos de roca resultaba más consoladora que la de una roca lanzada a cientos de miles de kilómetros por hora a través del inhóspito espacio (justo lo que somos). Y segundo, siempre me ha parecido inquietante la idea de ese universo pétreo, sólido, inabarcable, del todo insondable. Una extraña sensación de desazón, fácilmente evitable cuando me recuerdo a mí mismo que no existe como tal. Al menos para nosotros. Para otros seres vivos, sí.
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