Cuando distraidamente tomamos una pequeña magdalena para darle un bocado, una tarde cualquiera de invierno, tal vez no pensemos en que el nombre de ese humilde bollo que tenemos entre las manos tiene su más antiguo origen en una ciudad palestina fundada veinticinco siglos antes, y en la epopeya de una prostituta que lavó los pies de un dios.
Cuando vamos al teatro y distraidamente nos sentamos en nuestro asiento de platea, seguramente no reparemos en que el nombre de ese área de butacas se inspira en la disposición geográfica de la tal vez más legendaria batalla de la antigüedad, aquella en la que espartanos y atenienses derrotaron contra todo pronóstico a los hasta entonces invencibles persas.
Las palabras no nacieron ayer, y en las lenguas de origen grecorromano podemos encontrar orígenes insospechados y míticos en términos que utilizamos cotidianamente. Por ello, muchas de ellas son modestas pero pacientes portadoras de maravillosas y evocadoras historias. Por eso hay que quererlas, y cuidarlas, y disfrutar de ellas, de su sonoridad, de su capacidad de haber llegado hasta nosotros a través de los siglos.
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JO Maranzano, tú siempre sacando punta a las cosas. ¿Y qué me dices de los negros literarios?:-)
Al respecto de las palabras, es curioso cómo en las lenguas en contacto se produce no sólo un cambio en el significante sino en el significado.
A este respecto un conocido me comentaba cómo la palabra "Negro" para referirse a un hombre de dicha raza nunca fue peyorativa en castellano hasta que estableció homónimos en las lenguas de los negreros como sinónimo de "esclavo" (véanse el inglés, francés, alemán, holandés, etc., los que dominaban la captura y compraventa de esclavos, vaya).
Como consecuencia de la abolición de la esclavitud las palabras homónimas adquirieron un matiz negativo, razón por la cual que un británico llamara a un negro "niger" era considerado un insulto, pues lo tildaba de esclavo, mientras que en castellano nunca hasta entonces llamar a un hombre "negro" había sido un insulto.
Sin embargo tanto los imbéciles pronazis como los imbéciles políticamente correctos han (hemos) asumido este barbarismo sin recapacitar sobre él.