La competitividad de la sociedad capitalista en que vivimos, con frecuencia nos agobia, nos presiona, nos agota.
Sí es verdad. El capitalismo, el afán de lucro por encima de todo parece exprimir nuestras mentes hasta niveles difíciles de soportar. Sí, sí. Pero. Pero… hoy tenemos automóviles porque el señor Daimler quería (y lo consiguió) hacerse rico. Iluminamos nuestras casas con bombillas eléctricas porque Thomas Alva Edison tenía como prioridad hacerse millonario (y vaya si lo consiguió). Tenemos al alcance cualquier lugar del mundo porque la McDonell Douglas y la Boeing han tenido siempre la manía de ganar mucho dinero año tras año. Hemos erradicado decenas de enfermedades y no morimos de un catarro porque las farmacéuticas ganan millones de euros, y se dedican a ello con ahínco.
Es el afán de lucro (y no el altruismo) lo que estimula desde hace tres siglos al ser humano a investigar, a promover el desarrollo tecnológico, a arriesgar ingentes sumas de dinero para hacer un avión más grande y más seguro, a desarrollar una medicina que acabe con los nuevos virus, o desarrollar nuevas bombillas que consuman menos… Sin ese afán de lucro capitalista aplicado al desarrollo tecnológico, es muy probable que hoy siguiéramos desplazándonos en carros de caballos y viviendo con una agricultura de subsistencia.… Pero por otra parte, el mismo capitalismo que ha promovido el mayor desarrollo técnico de la historia del planeta, es el que consiente (y en ocasiones promueve) que millones de personas se vean abocadas a la exclusión social. Es el mismo capitalismo que pacta con los dictadores y caciques de África para obtener sus diamantes, su coltán, su oro, a cambio de millones de dólares y de armas. Etc etc. ¿Cómo solucionar este dilema?
En primer lugar estaría bien cuestionar el concepto de "avance", ya que todo el mundo da por hecho que el avance significa contar con más herramientas, más dinero, más medicamentos. Pero pero ¿hacia dónde avanzamos?. ¿No habríamos de considerar ahora como avance el alcanzar un punto de equilibrio entre nuestra supervivencia y la del propio planeta?, ¿No estaríamos llamados acaso a mejorar ambas cosas, una vez alcanzado el impacto cero?. Como discurso esto está muy bien pero ¿Quién va a detener ahora la máquina? ¿Quién va a bajarse del mundo y forzar a sus empresas a certificar la sostenibilidad de los recursos que emplean y obligarles a trabajar únicamente con productos biodegradables o mantener grandes centros de tratamiento y reciclaje?.
En segundo lugar habría que reflexionar sobre la dirección que tomó y los propios límites del desarrollo tecnológico. Porque cuando la inventiva humana se dedica mayoritariamente a (por ejemplo) crear una ingeniería financiera de colosales proporciones, llenas de derivados financieros, credit default swaps y demás entelequias, podemos pensar que el sorprendente vínculo histórico entre la ambición humana y el desarrollo social se ha roto, al dedicarse ahora las neuronas del ser humano a creaciones virtuales (como son todos los mercados financieros o las redes sociales), y ya no tanto reales, porque la tecnología tiene un límite al que estaríamos llegando, y poco nos aporta ya a nuestro bienestar poner un hombre en Marte, por ejemplo.
Una tercera explicación podría ser el cambio en el propio capitalismo. En el primer siglo de la revolución industrial, todavía tenía cabida la figura del inventor-investigador que de motu propio dedica su patrimonio y su tiempo al hallazgo de una creación genial que hacía avanzar a la sociedad y le hacía rico. Con la progresiva acumulación de capital en pocas manos (necesaria por otra parte para muchos de los desarrollos e investigaciones industriales), aquella figura definitivamente desapareció, quedando la inventiva humana sometida al interés y a los tiempos de unos consejos de administración cuyo interés en la humanidad es más bien inexistente…
De nuevo, algo complicado en lo que pensar…
Pos-post: Analizar a la vista de estas ideas (lanzadas de forma tan inconsciente) el discurso tradicional de la izquierda (y parte de la derecha) de mirar (envidiar) las altas retribuciones de los empresarios y ejecutivos…
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