Los conceptos realmente revolucionarios, aquellos que podrían hacer tambalear los pilares de esta sociedad, suelen pasar inadvertidos o, peor aún, suelen ser fagocitados por el sistema e integrados como extravagancias y boutades sin posibilidad de desarrollo posterior. Algo así pasó hace tres cuartos de siglo con un texto de Walter Benjamin. Se titula "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica", y sus implicaciones debían haber derrumbado la idea del Sagrado Objeto Artístico y haberla sustituido por la volátil mirada artística. La pregunta era, y sigue siendo: ¿Qué sentido tiene que en una época en la que original y copia pueden ser exactamente iguales, el original tenga más valor, y sigamos experimentando una sensación singular cuando creemos estar ante un original? Pero en lugar de la respuesta evidente (“ninguno”), el sistema hace caso omiso y lleva ciclos enzarzado en reinventos conceptuales intentando encontrar una esencia ajena a la destrucción que implica esa respuesta.
Pero no la hay. O, al menos, no en la forma en la que se la busca, pues el motivo último no es conocer la naturaleza del arte, sino encontrar aquello que permita sostener el valor económico del objeto artístico contemporáneo. Baste por ahora esta tesis que pretende inaugurar una línea de breves reflexiones sobre el arte actual.