"Para mí la democracia es un abuso de la estadística. Y además no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas, que por lo general son los políticos nacionales. Estos señores que van desparramando su retrato, haciendo promesas, a veces amenazas, sobornando, en suma. Para mí ser político es uno de los oficios más tristes del ser humano."
En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así, ¿Cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche? Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial. El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Ureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: “¡Ahí vienen!” y después: “¡Los Dioses! ¡Los Dioses!”. Cuatro a cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos, llorando, eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el encovado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron. Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna del islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel, en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.
Muchos de los más brillantes relatos de Borges se desarrollan en un pasado ficticio, o son desarrollados como episodios históricos apócrifos enmarcados en épocas concretas de la historia universal. El genio del argentino le permitió manejar este recurso con soltura sin caer en la pedantería o el simple ridículo. La Cámara de las Estatuas es uno de sus escasos relatos ubicados en un lugar y un momento histórico puntual, y que cuenta con una anécdota perfectamente imbricada en el devenir real de los hechos que ocurrieron. Lo descubrí con menos de 13 años, perdido al final de un capítulo de un libro de historia o literatura, no lo recuerdo (creo que de historia). Lo leí sin saber quién era Borges, sin saber qué me iba a deparar la lectura de esas palabras, sin saber por qué ese microrrelato estaba precisamente ahí. Por ello pude experimentar el sabor puro de la sorpresa, el descubrimiento de la felicidad inesperada de la literatura, la evocación de otro mundo. Hoy sin saber por qué me vino a la cabeza el recuerdo, y pude ubicar el relato en esa biblioteca de Babel que es internet. Y la felicidad del relato seguía allí, esperándome más de veinte años después...
“Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”
LOST IN BABILONIA Aun siendo uno de mis autores favoritos, siempre me ha parecido demasiado obvio escribir sobre Borges. Maestro del relato corto, dedicarle un post puede ser como escribir sobre la capacidad de mojar del agua: no aportaría nada. Pero, sin que sirva de precedente, no me resisto a dejarles uno de sus más atroces relatos, cuyo clasicismo absoluto se puede constatar de forma muy sencilla: basta notar que la sociedad actual se aproxima cada vez más a la imaginada por él, hace ya sesenta y cuatro años. Todo lo demás (la prosa pura y diáfana, el elegante distanciamiento, las referencias cultas auténticas mezcladas con las apócrifas), lo pueden encontrar en cualquier manual de literatura al uso.
Pos-post: Hay voces que han criticado la presunta genialidad de Borges, tildádole incluso de autor juvenil. Es curioso, a él le habría encantado saberse encasillado en el mismo género menor que su admirado Stevenson...