Pues sí, veinticinco años ya de la muerte de Jorge Luis Borges, ya saben, ese argentino anglófilo, el escritor que relataba las pendencias de gauchos como si fueran tragedias shakesperianas, el cuentista que creó un Buenos Aires mítico a partir de sus recuerdos de niñez, el creador que era capaz de mezclar épocas, hechos históricos, teorías filosóficas y hallazgos lingüísticos en relatos cortos sin bordear el ridículo pero sí la genialidad.
En fin, uno de mis escritores icónicos, por mucho que algunos lo tilden de escritor juvenil.
Y una excusa para colgar uno de sus geniales relatos, "El Inmortal":
Salomon saith. There is no new thing upon the earth. So that as Plato had and imagination, that all knowledge was but remembrance; so Salomon giveth his sentence, that all novelty is but oblivion.
FRANCIS BACON: Essays LVIII.
En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Carthapilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y de inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló éste manuscrito.
El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.
I
Que yo recuerde, mis trabajos comenzaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.
Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín...
Tercer veranito que encaramos en este humilde pero intrascendente blog. Como sabéis la repetición es la base de las tradiciones, y las tradiciones ennoblecen las instituciones, y las instituciones esclerotizan la sociedad, y lo mejor es que acabe esta frase sin más y vuelva a empezar. Como decía, tercer veranito, y tercer post veraniego, en el que como siempre os ofrezco una canción bonita, un vídeo bonito y un libro boniiiiiito. Vamos allá Para empezar, todo un clásico del rock sureño (con un famosisimo solo de guitarra), con sabor a autopistas inhóspitas, polvorientos bares de carretera y sombreros tejanos sobre Harleys Davidson. Freebird, de los intraducibles Lynyrd Skynyrd.
Luego, un vídeo muy especial, un trío insólito, los grandes Diana Krall, George Benson y Erykah Badu recreando un estándar (Puedo darte cualquier cosa excepto amor).
¿Y el libro del verano? Pues uno de los últimos libros de cuentos de Borges, que sin alcanzar las cimas de tres décadas antes contiene un relato magnífico y que da título al volumen:
Lo reconozco: me produce auténtica indigestión mental la lectura o simple visión de las toneladas de novelas supuestamente “serias”, centradas en las aventuras/desventuras de hombres y mujeres en sus itinerarios vitales a través de sus simplonas existencias, desventuras en las que conocen nuevas parejas atrayentes y sagaces, en las que todos los personajes hablan como las series televisivas (sin titubeos, sin silencios malhumorados, sin egoísmos lingüísticos, siempre con la frase ocurrente o la mirada profunda). Nada me puede parecer más vomitivo que ese pretendido realismo en el que de manera obvia se busca la identificación del lector/a con el/la protagonista, siempre una versión edulcorada y biempensante de nuestras mucho más mezquinas realidades. Por no hablar de las tramas argumentales, del tipo de las que sigue: A se siente vacía hasta que de repente conoce al interesante B, pero cuando empieza a cansarse de éste descubre una nueva forma de ver la vida cuando conoce al iconoclasta C (de preciososo ojos azules) que finalmente parte hacia la India para encontrarse a sí mismo aunque dejando a A un espíritu renovado y vital… aaaggghhhh.
¿Qué quiero decir con esto, qué las novelas han de relatar siempre arriesgados viajes, intrincadas conspiraciones o grandiosas gestas? Pues no, no lo han de hacer siempre. Pero creo que en cierta forma siempre han de tener ese espíritu, aunque la anécdota que cuenten sea cotidiana y hasta banal. Una vez leí una frase un tanto irónica: “Todas las grandes novelas tratan del viaje del protagonista del punto A hasta el punto B. Excepto en el caso de los novelistas rusos y franceses, en los que el viaje ocurre dentro de la cabeza del protagonista”. Bien, más allá de chanzas, creo que esta boutade aclara un poco la idea: El sentido de de lo maravilloso, de lo épico, la emoción transmitida, las grandes y auténticas pasiones humanas, deberían ser el patrimonio de cualquier novela que se quiera considerar como tal.
Pero para esto, no hace falta escribir siempre el Tulipán Negro (ah, qué hermosa novela de Dumas), El Jorobadoo La Guerra del Fin del Mundo. No. Basta con transmitir el mismo espíritu de osadía, el mismo sentido de lo maravilloso, aun cuando el escenario sea la realidad nuestra de todos los días. Porque cuando se tiene talento, se puede conseguir esto relatando la insulsa vida de un señor en los extrarradios del Madrid de los años cincuenta. O la patética crisis de un cincuentón que se trastorna mentalmente tras leer demasiadas novelas de caballerías. O cómo un acomodado y aburridísimo burgués francés se está comiendo una magdalena, y de repente, recuerda toda su rutinaria vida transcurrida hasta ese momento…
Pos-post: Redactar este post me ha hecho recordar que Auster y otros autores han acusado a Borges de frío y carente de emoción. Hum, tal vez, aunque yo no lo vea así (y el señor Auster tiene todo el derecho del mundo a opinar así, faltaría más). Pero fue el frío Borges quien escribió esto “Yo que muchos hombres he sido / no he sido nunca aquél en cuyo abrazo desfallecía Matilde Ulbarch". Señor Auster, su turno.
"Para mí la democracia es un abuso de la estadística. Y además no creo que tenga ningún valor. ¿Usted cree que para resolver un problema matemático o estético hay que consultar a la mayoría de la gente? Yo diría que no; entonces ¿por qué suponer que la mayoría de la gente entiende de política? La verdad es que no entienden, y se dejan embaucar por una secta de sinvergüenzas, que por lo general son los políticos nacionales. Estos señores que van desparramando su retrato, haciendo promesas, a veces amenazas, sobornando, en suma. Para mí ser político es uno de los oficios más tristes del ser humano."
En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así, ¿Cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche? Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial. El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Ureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: “¡Ahí vienen!” y después: “¡Los Dioses! ¡Los Dioses!”. Cuatro a cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos, llorando, eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el encovado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron. Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna del islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel, en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.
Muchos de los más brillantes relatos de Borges se desarrollan en un pasado ficticio, o son desarrollados como episodios históricos apócrifos enmarcados en épocas concretas de la historia universal. El genio del argentino le permitió manejar este recurso con soltura sin caer en la pedantería o el simple ridículo. La Cámara de las Estatuas es uno de sus escasos relatos ubicados en un lugar y un momento histórico puntual, y que cuenta con una anécdota perfectamente imbricada en el devenir real de los hechos que ocurrieron. Lo descubrí con menos de 13 años, perdido al final de un capítulo de un libro de historia o literatura, no lo recuerdo (creo que de historia). Lo leí sin saber quién era Borges, sin saber qué me iba a deparar la lectura de esas palabras, sin saber por qué ese microrrelato estaba precisamente ahí. Por ello pude experimentar el sabor puro de la sorpresa, el descubrimiento de la felicidad inesperada de la literatura, la evocación de otro mundo. Hoy sin saber por qué me vino a la cabeza el recuerdo, y pude ubicar el relato en esa biblioteca de Babel que es internet. Y la felicidad del relato seguía allí, esperándome más de veinte años después...
“Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”
Aun siendo uno de mis autores favoritos, siempre me ha parecido demasiado obvio escribir sobre Borges. Maestro del relato corto, dedicarle un post puede ser como escribir sobre la capacidad de mojar del agua: no aportaría nada. Pero, sin que sirva de precedente, no me resisto a dejarles uno de sus más atroces relatos, cuyo clasicismo absoluto se puede constatar de forma muy sencilla: basta notar que la sociedad actual se aproxima cada vez más a la imaginada por él, hace ya sesenta y cuatro años. Todo lo demás (la prosa pura y diáfana, el elegante distanciamiento, las referencias cultas auténticas mezcladas con las apócrifas), lo pueden encontrar en cualquier manual de literatura al uso.
Pos-post: Hay voces que han criticado la presunta genialidad de Borges, tildádole incluso de autor juvenil. Es curioso, a él le habría encantado saberse encasillado en el mismo género menor que su admirado Stevenson...