"Philip K. Dick fue el hombre que me convenció, siquiera durante la duración de una novela, de que podía existir una sociedad cuya moneda de curso legal fuera la mermelada de naranja"
Otro veranito, otro mes de Agosto, y lo que toca es despedirse hasta septiembre con un post ligerito pero políticamente incorrecto. Como hiciéramos el año pasado, un vídeo, una canción y un libro para disfrutar del descanso merecido. Para empezar, un clásico, una hermosísima canción en la voz de la reina Aretha:
¿Es nuestra realidad lo que creemos que es? ¿O tan solo una mera ilusión? Mucho antes de que llegara Matrix (e incluso antes de cierto predecesor argentino), Philip K. Dick había puesto en el cuerpo central de su producción esta duda terrible, esa posibilidad de descubrir que no somos quienes creemos que somos, que el mundo que nos rodea no es real.
Junto a su incertidumbre más famosa, la de no ser humano sino tan sólo (o nada menos que) un sofisticado replicante con los recuerdos implantados, PKD laboró otras angustiosas novelas y relatos cortos en los que el leif motiv es la duda-certeza de que somos sólo reflejos pálidos de otra realidad. Así, tenemos la cínica, descorazonadora y cruel A maze of death(Laberinto de muerte), novela respecto a la cual tengo pocas dudas que los creadores de "Lost" la han leído más de una vez: un grupo de personas sin conexión alguna entre sí, varados en un extraño planeta, esperando a algo o a alguien, encontrándose con extraños acontecimientos, y adentrándose en la desazón a medida que pasan los días… la explicación al misterio, la dejo para el final de la sexta temporada :-) . Y junto a esta, la genial Ubik, pequeña gran obra maestra del sinsentido, de la paranoia existencial y militante, capaz de irritar y asombrar a partes iguales, y, al igual que muchas otras de sus creaciones, argumento perfecto para una película que sin embargo sólo podría filmar en condiciones (de eso no tengo duda) un Terry Gilliam en sus momentos más desbocados. Hay otras novelas y muchos relatos cortos de Dick que juegan con ese delgado filo entre la locura y la cordura, entre lo normal y lo aberrante… pero descubrirlos tal vez sea misión de quien quiera ir más allá de Blade Runner.
En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así, ¿Cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche? Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial. El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Ureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: “¡Ahí vienen!” y después: “¡Los Dioses! ¡Los Dioses!”. Cuatro a cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos, llorando, eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el encovado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron. Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna del islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel, en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.
"Alrededor del Dios se va formando un Caparazón de Plegarias y Ceremonias y Edificios y Sacerdotes y Autoridad, hasta que Finalmente el Dios Muere. Y esto puede pasar desapercibido"
¿Puede tener sentido sacrificar la propia existencia tan sólo para saber si lo que uno no sabe si soñó o vivió fue realmente heroico o vergonzante? ¿Intentar revivir una noche maldita, sólo por comprobar si se tiene eso que llamamos valor? ¿Dejar la vida de los hombres corrientes y adentrarse en la oscuridad de las patotas, tan sólo por cumplir un destino que en verdad podemos evitar?
Todo eso y algo más nos contó Bioy Casares en una soberbia novela, cuya sencillez de lectura y extraña transparencia seguramente disgusta a más de un intelectual de los que les gusta dictaminar qué es profundo y qué no... El Sueño de los Héroes no es realismo mágico, no es ciencia ficción, es Bioy Casares en estado puro, honesto, sincero, triste.
Pura literatura.
No hay que dejarse llevar nunca por los impulsos. Y menos aún si eres el piloto de un pequeño carguero espacial y te relacionas con otras razas, cuyo concepto del crimen y castigo puede superar en imaginación y refinamiento todas nuestras expectativas. Dick nos lo demuestra en dos páginas.
Ursula K. Leguinha desarrollado casi toda su obra literaria entre la fantasía (Terramar) y, sobre todo, la ciencia-ficción. Sin embargo, el afortunado que lea una de sus novelas, no tendrá la sensación de estar leyendo ninguno de esos dos géneros. Simplemente sabrá que está leyendo una buena narración.
En muchas de sus obras construye detalladamente, y con pasmosa facilidad, sociedades imaginarias, mundos posibles, evoluciones alternativas de la humanidad. No obstante, lo más poderoso en su forma de escribir no es su capacidad de inventiva (como sí lo puede ser en las obras de JackVance), sino su destreza en la creación de los personajes, la forma de narrar las relaciones entre ellos, y la fácil descripción de cómo percibe cada uno el mundo que les rodea y su circunstancia personal. Es a través de estos medios como consigue transmitir el entramado de sus sociedades imaginarias, de una forma mucho más efectiva que otros autores que se extienden en soporíferas descripciones.
Aunque no he leído todavía todas sus novelas (“El mundo de Rocannon” me espera, paciente), me atrevo a hablar, sin miedo de "La Mano Izquierda de la Oscuridad" , y, sobre todo, “Los Desposeídos”.
Qué difícil encontrar una novela como ésta. Porque el planteamiento de origen (un grupúsculo de anarco-socialistas que ha crecido dentro de una sociedad capitalista se traslada voluntariamente a un planeta vecino del suyo, Anarres, árido e inhóspito, donde establecen una nueva sociedad en base a sus principios), casi garantiza el fracaso por la dificultad de llevarlo adelante sin caer en los maniqueísmos o simplificaciones que tan fácilmente acechan en este tema, o simplemente en el más mortal de los aburrimientos.
Sin embargo, Le Guin triunfa en su propósito y plasma en el papel de forma admirable la sociedad del planeta Anarres, con sus grandezas y miserias, con sus logros y sus servidumbres, de una forma que (inevitablemente) se me quedó grabada en el recuerdo de forma indeleble. Porque no habla de una sociedad triunfante o abocada al fracaso, sino de un proyecto de sociedad ideal hecho de y por personas, con todos sus defectos y flaquezas, pero también con maravillosos momentos de lirismo, de solidaridad, de amistad. Un mundo de grandes desiertos, poblados raquíticos y enormes dificultades de subsistencia, pero traspasado por la dignidad humana por encima del inhóspito entorno (o tal vez a causa del mismo).
El argumento no es sólo la descripción de esa sociedad, es muchas cosas más, pero no quiero desvelarlas.
Anarres no existe en la realidad (esto... qué es eso de “realidad”?). Sin embargo, ojalá Viajes Marsans me pudiera llevar allí en uno de sus viajes a 300 euros...