A veces la verdad es más compleja de lo que parece a simple vista. A veces hay que echar un segundo vistazo sobre los hechos para llegar a las conclusiones correctas. No todo era maravilloso en la fuerza. Ni todo era oscuro en el Imperio Galáctico. Y sí, hay que haber visto y disfrutado las seis películas de Star Wars para entender este post. Que por supuesto no es mío, el original está aquí:
Los motivos son varios, y esenciales – creo que es necesario repasarlos y analizarlos en detalle, para demostrar que esa escoria rebelde no son más que chusma incapaz de entender la gloria del Imperio. Empecemos, pues, por el principio: ¿por qué la antigua república no valía un pimiento?
1-Es una democracia tutelada: la República tiene un Senado lleno de tipos raros en sus pequeños platillos flotantes, pero Palpantine era muy consciente quién ostentaba el poder. No es el Senado, incapaz de llegar a acuerdos, dubitativo, rencoroso. No son las grandes corporaciones comerciales, grupos con ejércitos de cartón que no pueden imponer su voluntad ni siquiera a una pequeña monarquía bananera que oprime a su minoría anfibia. El poder real en la república, los que realmente controlan el cotarro, son los Jedi.
2-Los caballeros Jedi son malvados: los Jedi son una casta cerrada de racista preocupados por la pureza de sangre y su cuenta de midiclorianos que trabajan de forma incansable contra la libre empresa y las libertades planetarias. No sólo destruyen intereses comerciales legítimos de unos comerciantes intentado abrir nuevos mercados en un país opresivo y retrógado, sino que además se niegan a aceptar los deseos de los representantes del pueblo – cuando un planeta intenta irse, reaccionan con violencia.
3-Los caballeros Jedi son incompetentes: ¿qué clase de organización tiene un tipo poniendo un ejercito de clones en su tarjeta de crédito sin que nadie en contabilidad diga nada? ¿Qué grupo de patanes tiene unas pruebas de selección basadas en los caprichos de sus empleados de base? ¿Qué élite opresiva deja que sus soldados reciban órdenes secretas sin ser capaces de leer la mente ni siquiera a un patético clon?
4-La República es incapaz de gobernarse a si misma: ¿Qué clase de gobierno galáctico tiene que contratar a una pila de monjes con espadas y a un ejército de clones de segunda mano incapaces de dar a un blanco a tres metros para su defensa? ¿Qué clase de gobierno galáctico tiene que contratar a monjes como diplomáticos? ¿Qué clase de gobierno galáctico tiene a Jar-Jar Binks como legislador?
5-La distribución competencial de la República es desordenada y caótica: la unidad de mercado es inexistente. Los planetas van por ahí, en guerras comerciales con aranceles. Nadie pone un duro por la defensa común. Nadie sabe qué puede hacer. Lo único seguro es que si los Jedis te tienen manía, los clones vienen y te pegan una paliza – nunca nadie da una buena razón para justificar la opresión y furia de las guerras clon.
El segundo paso, y más importante, es por qué el Imperio Galáctico es superior a la República:
1-Las reglas claras: un planeta puede hacer lo que quiera, siempre que no vulnere dos reglas básicas. Primero, cuando el imperio reclama sus impuestos, los pagas. Segundo, no apoyarás la rebelión.
2- Autonomía planetaria: si un planeta no vulnera las reglas, puede hacer lo que quiera. Nadie se mete con el autogobierno de Tatooine. Alderaan era una pacífica monarquía constitucional hasta que su estúpida familia real se dedicará a las aventuras espaciales. Si no molestas, el imperio te va a proteger de piratas, rebeldes y malhechores, y te dejarán en paz.
3- Autoridad real: el gobierno usa su base de impositiva y sistema fiscal para exigir que se cumplan las reglas. Si alguien se rebota, te pegan una paliza. Punto.
4- Gobierno eficiente: el Imperio gasta el dinero de forma eficiente – oprime gastando lo mínimo. La Estrella de la Muerte era una obra maestra de la austeridad fiscal – el terror es más barato que 200 cruceros estelares.
5- El autoritarismo ilustrado es la única salida aceptable: la distribución de la renta en el Imperio hace imposible un gobierno democrático centralizado. Un sistema senatorial que da el mismo poder a todos los planetas es una llamada a la parálisis, como vimos en tiempos de la República. Una democracia mayoritaria pura es inaceptable para los países más ricos del núcleo galáctico, ya que temerán ser expropiados por la mayoría pobre. El sistema ideal es, por tanto, una confederación autoritaria que garantice el orden, pero permita autonomía a sus miembros.
6- Tienen mejores uniformes y mejor música opresiva asociada: siempre es importante – la Marcha Imperial mola mazo.
Por descontado, el Imperio tenía sus problemas (tener como líder un tipo que cree que su magia de tercera le da poder es un poco triste, al fin y al cabo). Aún peor era el hecho que su lugarteniente era un tipo traumatizado por ser huérfano que utilizó a su amante como variante edípica de su madre. Es una lástima que el liderazgo ilustrado de la burocracia imperial no prevaleciera, realmente. El fracaso del gobierno post-Imperial de la Nueva República es una muestra clara y evidente que los sueños y la borrachera idealista de los rebeldes era un intento de imperialismo cultural de las élites culturales del noreste de la galaxia. Sólo merecen nuestro desprecio.
Cualquier aficionado como yo a la ciencia ficción sabe que ésta nació en las revistas dedicadas a tal temática, de frecuencia casi siempre mensual, y a través de relatos cortos que se publicaban en las mismas. Las novelas de CF vendrían más tarde, pero al principio reinaron los magazines, al igual que lo hicieron en general en el mundo editorial norteamericano durante muchas décadas (luego la televisión, internet y el predominio de la imagen sobre la palabra escrita en el gusto de los consumidores las relegaron al pequeño ghetto en el que sobreviven ahora). Las portadas obviamente no eran de gran calidad, pero en el magazine por excelencia de los 50 y 60, Astounding Science Fiction, algunas de ellas alcanzaron cierto nivel gráfico, y revisadas ahora desprenden un aroma añejo que me resulta evocador y simpático. Aquí les dejo algunas, todas ellas de los años cincuenta. Por cierto que una de ellas fue burdamente explotada por ese insoportable grupo que se llamó Queen.
"En una época favorable uno confía en la vida; en una mala, sólo anhela. Pero, ambas tienen la misma esencia: constituyen las indispensables relaciones de una mente con otras, con el mundo y con el tiempo. Sin fe, un hombre vive, pero no una vida humana; sin esperanza, muere. Cuando no existe relación alguna, cuando no hay manos que se toquen, la emoción se atrofia en la vaciedad y la inteligencia se esteriliza y obsede. Entre los hombres, entonces, el único vínculo que subsiste es el de amo y esclavo o agresor y víctima."
"Philip K. Dick fue el hombre que me convenció, siquiera durante la duración de una novela, de que podía existir una sociedad cuya moneda de curso legal fuera la mermelada de naranja"
Otro veranito, otro mes de Agosto, y lo que toca es despedirse hasta septiembre con un post ligerito pero políticamente incorrecto. Como hiciéramos el año pasado, un vídeo, una canción y un libro para disfrutar del descanso merecido. Para empezar, un clásico, una hermosísima canción en la voz de la reina Aretha:
¿Es nuestra realidad lo que creemos que es? ¿O tan solo una mera ilusión? Mucho antes de que llegara Matrix (e incluso antes de cierto predecesor argentino), Philip K. Dick había puesto en el cuerpo central de su producción esta duda terrible, esa posibilidad de descubrir que no somos quienes creemos que somos, que el mundo que nos rodea no es real.
Junto a su incertidumbre más famosa, la de no ser humano sino tan sólo (o nada menos que) un sofisticado replicante con los recuerdos implantados, PKD laboró otras angustiosas novelas y relatos cortos en los que el leif motiv es la duda-certeza de que somos sólo reflejos pálidos de otra realidad. Así, tenemos la cínica, descorazonadora y cruel A maze of death(Laberinto de muerte), novela respecto a la cual tengo pocas dudas que los creadores de "Lost" la han leído más de una vez: un grupo de personas sin conexión alguna entre sí, varados en un extraño planeta, esperando a algo o a alguien, encontrándose con extraños acontecimientos, y adentrándose en la desazón a medida que pasan los días… la explicación al misterio, la dejo para el final de la sexta temporada :-) . Y junto a esta, la genial Ubik, pequeña gran obra maestra del sinsentido, de la paranoia existencial y militante, capaz de irritar y asombrar a partes iguales, y, al igual que muchas otras de sus creaciones, argumento perfecto para una película que sin embargo sólo podría filmar en condiciones (de eso no tengo duda) un Terry Gilliam en sus momentos más desbocados. Hay otras novelas y muchos relatos cortos de Dick que juegan con ese delgado filo entre la locura y la cordura, entre lo normal y lo aberrante… pero descubrirlos tal vez sea misión de quien quiera ir más allá de Blade Runner.
En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así, ¿Cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche? Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial. El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Ureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: “¡Ahí vienen!” y después: “¡Los Dioses! ¡Los Dioses!”. Cuatro a cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos, llorando, eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el encovado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron. Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna del islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel, en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.
"Alrededor del Dios se va formando un Caparazón de Plegarias y Ceremonias y Edificios y Sacerdotes y Autoridad, hasta que Finalmente el Dios Muere. Y esto puede pasar desapercibido"
¿Puede tener sentido sacrificar la propia existencia tan sólo para saber si lo que uno no sabe si soñó o vivió fue realmente heroico o vergonzante? ¿Intentar revivir una noche maldita, sólo por comprobar si se tiene eso que llamamos valor? ¿Dejar la vida de los hombres corrientes y adentrarse en la oscuridad de las patotas, tan sólo por cumplir un destino que en verdad podemos evitar?
Todo eso y algo más nos contó Bioy Casares en una soberbia novela, cuya sencillez de lectura y extraña transparencia seguramente disgusta a más de un intelectual de los que les gusta dictaminar qué es profundo y qué no... El Sueño de los Héroes no es realismo mágico, no es ciencia ficción, es Bioy Casares en estado puro, honesto, sincero, triste.
Pura literatura.