Esto no necesita presentación. O no debiera. Eso sí, si pretendes comprar un piano eléctrico y es el tío Ray quien le pone el precio... no se lo discutas, chaval.
Siete años después de triunfar con Cabaret, Bob Fosse realiza All That Jazz (Que Empiece el Espectáculo). Irregular, extraña, genial por momentos. Y por supuesto, con mi apreciado Roy Schreider (alias "Vas a necesitar un barco más grande"), un pedazo de actor que pasaría casi sin solución de continuidad de recibir nominaciones al oscar a realizar subproductos cinematográficos.
O más bien grandes. La historia de Pixar es un imprescindible documental sobre la trayectoria de la única empresa que ha aportado imaginación (y obras maestras) al cine de la última década y media. Y la página web en que lo encontré alojado es digna de repasar.
Con El Viaje de Chihiro todos descubrimos a Hayao Miyazaki y su maravilloso arte. Con El Castillo Ambulante algunos (entre los que me incluyo) caímos rendidos ante unas películas que por muchos motivos suponen auténticas obras de arte. El siguiente paso (a la espera de que su versión de la Sirenita deje en un rincón oscuro a la Disney), era inevitablemente rastrear su (extensa) obra anterior.
Tras visionar la interesante y entretenida Porco Rosso, y la juguetona Kiki's Delivery Service me he quedado sorprendido, admirado, abducido ante la impresionante Princesa Mononoke.
Siempre me ha interesado la cuestión siguiente: ¿Cómo juzgar una película de animación? ¿Sólo por su técnica? ¿Por su argumento? ¿Por sus momentos dramáticos, por su guión?
Por lo que a mí respecta, una de las felicidades continuas de las películas de Miyazaki es la increíble calidad de los fondos dibujados para cada escena: auténticas obras semipictóricas que en algunas ocasos bordean el hiperrealismo. Los edificios, los ladrillos erosionados y llenos de moho de los callejones de El Castillo Ambulante, los espacios umbríos, nebulosos y multicolores del bosque en La Princesa Mononoke, etc, nos muestran un mundo real, creíble. Cada escena de estas películas, con sus atrevidas perspectivas, son una delicia para la vista. Nada que ver con la triste pobredumbre visual de los fondos en las últimas películas de animación clásica de Disney (Aladin, Rey León, Pocahontas), que tampoco han levantado el vuelo por cierto en sus animaciones digitales (Little Chicken).
Otras cuestiones evidentes y fascinantes del arte de Miyazaki son la imaginería técnológica desarrollada en sus filmes: desde el hiperrealismo de los aeroplanos de Porco Rosso, hasta los ingenios volantes propios del steam-punk del Castillo Ambulante o de Laputa, el Castillo en el Cielo. También la inserción inopinada de elementos fantásticos en un entorno real (Porco Rosso), o la indefinición de la época histórica en el que se desarrolla la historia (Castillo Ambulante).
Y en la Princesa Mononoke, todo este coktel tiene nuevos ingredientes: inspirada en mitos y leyendas japoneses, muchas de sus escenas adquieren un marcado carácter onírico que te deja atado al sillón (ahí queda el espíritu de bosque o los kodamas, recuerdo imborrable por encima de los dioses del film). La calidad de la animación es en mi opinión superior a la del viaje de Chihiro: las batallas mostradas en perspectiva lejana, o las escenas de acción en primer plano, ofrecen un naturalismo y nitidez de movimientos que servidor no había visto antes, con un efecto en la retina muy superior a cualquier animación por ordenador. Y su banda sonora... mejor escúchenla por separado del film, para opinar sobre su belleza.
Por otra parte la historia es original y atractiva, evitando el maniqueísmo radical: en casi todos sus protagonistas se adivina motivaciones tanto nobles como perversas,. Y la moraleja (si la hay) esquiva la cansina ensalada respetoporlanaturaleza-bondad-amistad que empalaga tantas producciones americanas.
Tan sólo dos peros: los minutos finales se deslizan por momentos hacia la escena apocalíptica tan querida de las producciones niponas (aunque sin llegar a caer de lleno en ella). Y la escena final, como en Porco Rosso, es breve y precipitada.
Por lo demás, la película arrasó en Japón, y marcó un hito en cuanto a realismo y a combinación fluida entre animación clásica y animación digital. En esta página web podéis encontrar, entre otras cosas, la historia (muy interesante) de la gestación de la película y la elaboración del guión.
Un último detalle: no es especialmente adecuada para niños. ¿Conocen alguna producción Disney en la que salga una fundición manejada por putas rescatadas de los burdeles, o una fábrica de armas cuyos obreros son leprosos en estado terminal?
"Descubriremos que el monstruo posee anverso y reverso, que los auténticos príncipes no tienen más remedio que intentar salvar al desvalido y al acorralado, que la comunicación con el extraño y el aprendizaje de la tolerancia puede ser un camino tan espinoso como gratificante, que ser valiente implica conocer el miedo"
Uno no puede retirarse de este mundo sin haber visto antes una de las interpretaciones más descarnadas y profundas de la última década, la que hace el gran Tommy Lee Jones en "En el valle de Elah", de Paul Haggis (el director de Crash, el guionista de Million Dolar Baby). Una película sin concesión alguna, retrato de la devastación moral que conduce (o que se origina, no lo sé), en cualquier guerra, por mucho que se fundamente en supuestos criterios morales. Un retrato deseperanzado del sinsentido de la violencia, que sin embargo reside en el alma a veces de nuestros seres más cercanos. Una crítica demoledora al discurso político y moral de los Estados Unidos durante la última década, y cuya conclusión no puede ser más sencilla: el enemigo no son los iraquíes, ni los iraníes, ni nadie de ahí fuera por mucho que lo busquemos. El enemigo reside en nuestro interior. Somos nosotros mismos. Una vez más Susan Sarandon está a punto de robarse la película desde su papel secundario, y Charlize Teron vuelve a demostrar que es una buena actriz con una belleza sin igual. Pero es Tommy Lee Jones, con su rostro pétreo surcado de arrugas, el que sabe transmitir la angustia, el miedo, la progresiva decepción respecto a todo en lo que creía, con una mirada dura que (en sólo una o dos escenas) se abre, se quiebra, y muestra por instantes el inmenso dolor contenido. La llamativa escena final es anticlimática (esto no es un thriller militar), pero casi inevitable, y cierra la singladura moral realizada por el protagonista durante la historia que nos han contado en la hora y media anterior.
En 1984 Francis Ford Coppola estrena Cotton Club. Trabajo de encargo, que acepta ante la enorme deuda personal contraída tras financiar personalmente One from the Heart, uno de los mayores fracasos económicos de la historia del cine. La película es financiada de forma privada, destacando entre los inversores los hermanos Doumani, dueños de un casino en Las Vegas, que aportaron 30 millones de $. El reparto es de primera línea (Richard Gere, Diane Lane, Nicholas Cage, Bob Hoskins, y los hermanos Gregory y Maurice Hines interpretando a los bailarines Williams). La banda sonora, ambientación, escenas de baile, realización y trama supuran brillantez en cada uno de sus fotogramas. Sin embargo nada de elló sirvió para hacerla triunfar. El
coste total de lapelícula fue de 50 millones, recaudó tan sólo 25 y
contribuyó al declive comercial y luego artístico de Coppola.
La brillante y singular película The Host tiene la particularidad de pertenecer al género de película con monstruo, pero a la vez desarrollar una trama en la que el argumento principal no es el monstruo. Porque The Host toma un argumento clásico, el de los perdedores anónimos (esa gente tan gris que ni siquiera irradia la estética del perdedor), que ante una amenaza inesperada, enorme, inusitada, desarrolla rasgos heroicos hasta alcanzar una transformación interior y cierto grado de autorredención. Y los protagonistas son en efecto una familia triste: una arquera capaz de perder el oro olímpico por no tener la templanza necesaria para efectuar su último tiro. Un titulado universitario en paro, alcoholizado y resentido con la sociedad. Un retrasado, completo desastre como persona, como hijo y como padre irresponsable. Y el padre de los tres, un confundido y pusilánime dueño de un mísero puesto de comidas al lado del río. Bajo esta perspectiva, el monstruo podría perfectamente ser sustituido a los fines del argumento por un serial killer, un banco de inversión de Wall Street o una banda de mafiosos, por ejemplo. Pero lo que hace grande y enormemente novedosa a esta cinta es, precisamente, el diseño del monstruo y de su actuación. Un ser realista hasta el verismo como pocas veces se ha creado en el cine, sin la grandiosidad de un Godzilla o la atractiva perversión del refinado Alien. Un bicho gris, pegajoso y repelente, sí, pero mucho más cercano por ello a nuestra monótona realidad que todos sus antecesores. Y contradiciendo la tradición del género, son las "escenas con monstruo" las que alcanzan mayor nivel dramático y marcan la travesía interna de los protagonistas, con momentos de rara y terrible poesía. La película tiene además una trama paralela (la actuación inepta y manipuladora de los poderes públicos ante la irrupción de la amenaza), que sin embargo no acierta a llegar a ninguna parte, siendo en algún momento un lastre para el argumento. La escena inicial en la que irrumpe el engendro es soberana y maravillosa. No obstante, prefiero no reventarla mostrándola separada del cuerpo de la cinta, por lo que he decidido colgar otra igualmente dramática. Una película a ver, a disfrutar y tal vez reflexionar.
1957: Fellini rueda Las Noches de Cabiria, la historia de una prostituta repetidamente engañada por la vida y los hombres, que sin embargo no pierde su ingenuidad y esperanzas. 1966: Se estrena en Broadway el musical “Sweet Charity”, dirigido y coreografiado por Bob Fosse, inspirado en la película de Fellini. Obtiene un premio Tony a la mejor coreografía, alcanzando las 608 representaciones. 1969: Se estrena la versión cinematográfica, dirigida también por Bob Fosse (que poco después triunfaría con “Cabaret” y sorprendería con la interesantísima “All That Jazz”), y protagonizada por Shirley MacLaine. La película cuesta 20 millones de $, recauda sólo 4, y casi hace quebrar a la Universal. Su número más conocido es “Hey Big Spender”. Hay mucha gente a la que no le gusta el musical. Me parece bien. Pero cuando veo escenas como ésta, sólo puedo decir:
A veces cuando uno escribe un post se empeña sin querer en epatar al personal, en ser "original", en encontrar en algun lugar poco conocido de la red algún contenido que llame la atención de los internautas, para luego regurgitarlo en el blog propio. Pero no tiene mucho sentido hacer eso. Para encontrar la genialidad, basta con poner ésto:
O donde Terry Giliam, el gran Terry Gilliam, empezaba a mostrar su evidente maestría, que pronto desplegaría en Los Héroes del Tiempo, en Brazil, en El Barón de Munchausen, en... En YouTube no es posible colgar el vídeo completo por su duración, ignoro cuánto tiempo me permitirá albergarlo Vimeo. Pero mientras tanto, disfrutemos... y no es necesario encontrar para este corto de hace ya 25 años un significado adicional hoy en día, en esta época de sinvergüenzas disfrazados de poderosos financieros...