Uno no puede retirarse de este mundo sin haber visto antes una de las interpretaciones más descarnadas y profundas de la última década, la que hace el gran Tommy Lee Jones en "En el valle de Elah", de Paul Haggis (el director de Crash, el guionista de Million Dolar Baby). Una película sin concesión alguna, retrato de la devastación moral que conduce (o que se origina, no lo sé), en cualquier guerra, por mucho que se fundamente en supuestos criterios morales. Un retrato deseperanzado del sinsentido de la violencia, que sin embargo reside en el alma a veces de nuestros seres más cercanos. Una crítica demoledora al discurso político y moral de los Estados Unidos durante la última década, y cuya conclusión no puede ser más sencilla: el enemigo no son los iraquíes, ni los iraníes, ni nadie de ahí fuera por mucho que lo busquemos. El enemigo reside en nuestro interior. Somos nosotros mismos. Una vez más Susan Sarandon está a punto de robarse la película desde su papel secundario, y Charlize Teron vuelve a demostrar que es una buena actriz con una belleza sin igual. Pero es Tommy Lee Jones, con su rostro pétreo surcado de arrugas, el que sabe transmitir la angustia, el miedo, la progresiva decepción respecto a todo en lo que creía, con una mirada dura que (en sólo una o dos escenas) se abre, se quiebra, y muestra por instantes el inmenso dolor contenido. La llamativa escena final es anticlimática (esto no es un thriller militar), pero casi inevitable, y cierra la singladura moral realizada por el protagonista durante la historia que nos han contado en la hora y media anterior.
En 1984 Francis Ford Coppola estrena Cotton Club. Trabajo de encargo, que acepta ante la enorme deuda personal contraída tras financiar personalmente One from the Heart, uno de los mayores fracasos económicos de la historia del cine. La película es financiada de forma privada, destacando entre los inversores los hermanos Doumani, dueños de un casino en Las Vegas, que aportaron 30 millones de $. El reparto es de primera línea (Richard Gere, Diane Lane, Nicholas Cage, Bob Hoskins, y los hermanos Gregory y Maurice Hines interpretando a los bailarines Williams). La banda sonora, ambientación, escenas de baile, realización y trama supuran brillantez en cada uno de sus fotogramas. Sin embargo nada de elló sirvió para hacerla triunfar. El
coste total de lapelícula fue de 50 millones, recaudó tan sólo 25 y
contribuyó al declive comercial y luego artístico de Coppola.
La brillante y singular película The Host tiene la particularidad de pertenecer al género de película con monstruo, pero a la vez desarrollar una trama en la que el argumento principal no es el monstruo. Porque The Host toma un argumento clásico, el de los perdedores anónimos (esa gente tan gris que ni siquiera irradia la estética del perdedor), que ante una amenaza inesperada, enorme, inusitada, desarrolla rasgos heroicos hasta alcanzar una transformación interior y cierto grado de autorredención. Y los protagonistas son en efecto una familia triste: una arquera capaz de perder el oro olímpico por no tener la templanza necesaria para efectuar su último tiro. Un titulado universitario en paro, alcoholizado y resentido con la sociedad. Un retrasado, completo desastre como persona, como hijo y como padre irresponsable. Y el padre de los tres, un confundido y pusilánime dueño de un mísero puesto de comidas al lado del río. Bajo esta perspectiva, el monstruo podría perfectamente ser sustituido a los fines del argumento por un serial killer, un banco de inversión de Wall Street o una banda de mafiosos, por ejemplo. Pero lo que hace grande y enormemente novedosa a esta cinta es, precisamente, el diseño del monstruo y de su actuación. Un ser realista hasta el verismo como pocas veces se ha creado en el cine, sin la grandiosidad de un Godzilla o la atractiva perversión del refinado Alien. Un bicho gris, pegajoso y repelente, sí, pero mucho más cercano por ello a nuestra monótona realidad que todos sus antecesores. Y contradiciendo la tradición del género, son las "escenas con monstruo" las que alcanzan mayor nivel dramático y marcan la travesía interna de los protagonistas, con momentos de rara y terrible poesía. La película tiene además una trama paralela (la actuación inepta y manipuladora de los poderes públicos ante la irrupción de la amenaza), que sin embargo no acierta a llegar a ninguna parte, siendo en algún momento un lastre para el argumento. La escena inicial en la que irrumpe el engendro es soberana y maravillosa. No obstante, prefiero no reventarla mostrándola separada del cuerpo de la cinta, por lo que he decidido colgar otra igualmente dramática. Una película a ver, a disfrutar y tal vez reflexionar.
1957: Fellini rueda Las Noches de Cabiria, la historia de una prostituta repetidamente engañada por la vida y los hombres, que sin embargo no pierde su ingenuidad y esperanzas. 1966: Se estrena en Broadway el musical “Sweet Charity”, dirigido y coreografiado por Bob Fosse, inspirado en la película de Fellini. Obtiene un premio Tony a la mejor coreografía, alcanzando las 608 representaciones. 1969: Se estrena la versión cinematográfica, dirigida también por Bob Fosse (que poco después triunfaría con “Cabaret” y sorprendería con la interesantísima “All That Jazz”), y protagonizada por Shirley MacLaine. La película cuesta 20 millones de $, recauda sólo 4, y casi hace quebrar a la Universal. Su número más conocido es “Hey Big Spender”. Hay mucha gente a la que no le gusta el musical. Me parece bien. Pero cuando veo escenas como ésta, sólo puedo decir:
A veces cuando uno escribe un post se empeña sin querer en epatar al personal, en ser "original", en encontrar en algun lugar poco conocido de la red algún contenido que llame la atención de los internautas, para luego regurgitarlo en el blog propio. Pero no tiene mucho sentido hacer eso. Para encontrar la genialidad, basta con poner ésto:
O donde Terry Giliam, el gran Terry Gilliam, empezaba a mostrar su evidente maestría, que pronto desplegaría en Los Héroes del Tiempo, en Brazil, en El Barón de Munchausen, en... En YouTube no es posible colgar el vídeo completo por su duración, ignoro cuánto tiempo me permitirá albergarlo Vimeo. Pero mientras tanto, disfrutemos... y no es necesario encontrar para este corto de hace ya 25 años un significado adicional hoy en día, en esta época de sinvergüenzas disfrazados de poderosos financieros...
Podría empezar este post diciendo que Streets of Fire se autodefine como una “fábula de rock and roll”. Podría, sí, continuar señalando que la película combina sin empacho los iconos rock de los cincuenta, los brillos neón de los sesenta, la música de los ochenta, y una estética impagable de los primeros videoclips. Cóctel al que se añade un guión pueril construido a base de añadir una tras otra todas las frases y situaciones tópicas de los teen films de los años 50. Pero sería perder el tiempo. Porque basta señalar que su banda sonora es magnífica, y que sus escasos 93 minutos se dejan ver con sumo placer si uno deja sus prejuicios y acepta sumergirse en lo que los títulos prometen, una simple fábula de rock and roll, con coches rugientes, rockers motoqueros, calles mojadas y junglas suburbanas. Y da igual lo escuálido de su argumento, porque con un comienzo como éste, poco más se puede pedir:
La galería de actores es además impagable: la eterna promesa Michael Paré (que tras una breve trayectoria por el semiestrellato. pronto se hundiría en subproductos serie C) como el arquetípico héroe outsider, unos jovencísimos y lozanos Williem Dafoe y Diane Lane (qué traje el de su primera aparición, en rojo y cuero negro) y un perfecto Rick Moranis como manager musical sin escrúpulos.
Y a no perderse la pelea final entre los dos antagonistas… todo lo demás (la trayectoria de Walter Hill, su director, la colaboración musical de Ry Cooder, el dato que Diane Lane no fue doblada al cantar, etc) lo dejo para quien quiera indagar en el multiverso de la red.
Premisa 1: Con pequeñas historias y anécdotas casi intrascendentes como material, se puede hacer grandes obras, todo es cuestión de talento. . Premisa 2: En este país tan superguaï que hasta hace poco se creía superpotencia económica, el cine francés no es que sea desconocido, es que realmente se huye de él como alma del diablo. Y eso hace que nos perdamos interesantes películas que en la última década se están facturando en nuestro vecino del norte. Post: "El gusto de los otros", fue emitida en julio del 2008 por la 2, con lo cual tal vez 10 ó 20 personas la vieran. El planteamiento inicial es muy sencillo. Todos nos movemos en un círculo social y personal concreto, determinado por nuestra profesión, nuestro nivel salarial, nuestra edad, nuestra formación académica, nuestras orientaciones sexuales… En cualquier ciudad existen múltiples de estos círculos sociales, completamente compartimentados y sin ningún contacto ni trasvase entre ellos. Lo normal es que vivamos y muramos sin traspasar nunca esas barreras invisibles, por mucho que nos sintamos gente abierta y sin prejuicios… ¿Pero qué pasaría si uno de los integrantes de uno de esos nichos, en particular un empresario inculto, más bien patán y más bien machista, decide sin venir a cuento y con total naturalidad comenzar a frecuentar los locales y las personas de un círculo opuesto, como es el del mundillo artístico de provincias? ¿Y si, tras el inevitable rechazo y burla inicial, insiste en ese contacto porque siente que realmente le aporta algo que le falta? ¿Y si cae rendido ante uno de sus componentes femeninos? La anécdota es vestida en el film con un guión refinado, lleno de detalles, de pequeñas ironías, de historias paralelas, y tiene el buen gusto de evitar en todo momento el chiste fácil o la anécdota chunga (que en una película hispana aparecería inevitablemente a los dos minutos de iniciada la misma). El guión es obra Agnés Jaoui (directora y una de las intérpretes) y del actor principal Jean Pierre Bacri, (pedazo de interpretación) ambos de hecho marido y mujer. Una pequeña gran obra, y un ejemplo de sencillez al servicio de la excelencia.
Tal vez la literatura nació con la epopeya, antes que con ningún otro género literario. O tal vez no. Lo que sí sabemos es lo que ocurrió cuando en 1888, un maestro de la narración, Rudyard Kipling, decidió escribir sobre la atroz epopeya de dos ingleses en Afganistán. Creó una obra maestra de la literatura, The Man Who Would Be King, El hombre que pudo ser rey. Escrito con una apabullante economía de medios lingüísticos, y a la vez con una pasmosa capacidad para retratar y transmitir el carácter de sus dos principales personajes (dos pillos, pero ingleses hasta el tuétano en su flema y orgullo inmaculado) siempre me ha parecido, además de una fuente de disfrute y asombro, una perfecta parábola de la desmedida ambición humana, de la capacidad de realizar gestas con la sola fuerza de la voluntad, del valor supremo de la amistad por encima de los errores, las ofensas y los olvidos. De , en fin, lo pasajero de toda gloria, por alta y resplandeciente que ésta pueda parecer. De lo triste del destino de los héroes, llamados a morir pronto para poder permanecer en el recuerdo y la retina de unos pocos, o incluso en ocasiones de una sola persona, testigo privilegiado de la auténtica grandeza, siempre muy próxima a la generosidad, al egoísmo y a la locura, o tal vez una amalgama de todas ellas. Una novela corta a releer cada año. Un relato maestro como éste tuvo su versión cinematográfica, que fácilmente podría haber destrozado el original. Pero quiso la fortuna que el proyecto fuese acometido por un John Huston en estado de gracia, con dos actores (Michael Caine y Sean Connery) en idéntico estado (más un casi irreconocible Christopher Plummer,vaya reparto!), de forma que la película del mismo título resultó una maravillosa cinta de aventuras, donde el guión, la ambientación (fue rodada en Marruecos) las interpretaciones y sus inolvidables escenas (sin infografías ni efectos digitales), seguramente la convierten en una de las más emotivas aventuras en celuloide nunca filmadas. Todavía recuerdo la primera vez que la viera, de adolescente, a las dos de la mañana, en una de esas raras emisiones de madrugada que hacían antaño en la 2. Tuve la fortuna de verla sin ningún conocimiento previo y por tanto sin ningún prejuicio. Leída años más tarde la novela, no podía imaginar sus personajes sin evocar la cara de Connery y Caine, pero en este caso no fue una rémora para el disfrute. Uno de los pocos casos en los que una obra maestra de la literatura da lugar en su versión cinematográfica a otra obra maestra. Y, como era de temer, Kipling sigue encuadrado por muchos expertos en el género juvenil (como Stevenson, Chesterton y tantos otros maestros), cajón de sastre que tan bien ha venido a muchos críticos ineptos para justificar su discutible gusto y poder seguir solazándose en las novelas más sórdidas y truculentas. Ellos se lo pierden.
Era difícil prever el resultado final. En el ecuador de los ochenta, el más visionario miembro de los Monthy Pyton se ponía manos a la obra con el propósito de filmar (nada más y nada menos) una fábula negra inspirada en el 1984 de Orwell y en el universo de Kafka. A tan arriesgada idea, añadiría algunos ingredientes “distintos”:
- Una imaginería visual barroca, irónica, asfixiante.
- Una omnipresente tecnología retromórfica, que anticipaba en cierta forma el steam-punk.
- Humor cáustico, negro, negrísimo. - Una visión ácida e hipertrofiada de la aberrante sociedad estético-consumista que ya en los ochenta nos rodeaba. - Una burocracia todopoderosa que marca todo el devenir de la vida diaria, y en el que cualquier pequeño error de registro decide tu “retirada”. - Tubos, conductos, cables, cañerías por todas partes, infiltrándose en todos los huecos, absorbiendo todo, respirando, controlando... “Hoy vamos a hablar de tuberías”, primera frase de la película y primera visión alucinada de la realidad. - Paranoia. Más paranoia. Más todavía ("aquí esta el recibo por su marido. Y aquí está mi recibo por su recibo"). - Efectos especiales afortunadamente no digitales, afortunadamente fascinantes.
Con estos ingredientes, se podían obtener dos productos: el más probable, un bodrio intragable apto para martirizar a mentes incautas. Pero un guión lleno de hallazgos y bromas crueles, y el genio de su director, hizo el milagro: el producto final fue una obra maestra inigualable, única, histriónica e histórica, impagable, agobiante, deslumbrante. Estoy hablando, cómo no, de Brazil (1984), de Terry Gilliam, la, para muchos, mejor película de ciencia ficción de los años 80 (con permiso de Blade Runner), la mejor distopía plasmada nunca en pantalla grande, y una de las más deslumbrantes y oscuras obras reflejadas nunca en celuloide (le pese a quien le pese) . La mejor forma de comprobar la genialidad de esta obra es hacer la prueba del algodón: verla (o reverla) a día de hoy, para comprobar no sólo que por ella (en mi personal opinión) no ha pasado el tiempo, sino aún más: que muchas de sus ironías, de sus paranoias, de sus crueldades argumentales han cobrado un nuevo sentido en este nuevo milenio, en el que, sí, tal vez no tenemos la pared llena de tuberías y conductos extraños como en Brazil, pero manojos de fibras ópticas, cables telefónicos y demás conexiones nos mantienen conectados permanentemente a la RED. De hecho, la película comienza con un texto: “En algún lugar del siglo XX...” o XXI, diría yo. La historia comercial de la película tiene mucho de humor absurdo. Nos cuenta el amigo Wikio que el final original del film (hiriente y cruel, desde luego), aterrorizó hasta tal punto a sus productores, que cambiaron por su cuenta el final para el mercado americano, y llegaron a retitular la película. Algo a decir verdad propio del mundo plasmado en la película. Pos-post: En la blogosfera se pueden encontrar aportes magníficos sobre la película (y críticas despiadadas). De entre los primeros vale la pena destacar éste.
Audrey Hepburn y Grace Kelly. Backstage de la 28 ceremonia de entrega de los premios Oscar, 21 de Marzo de 1956. Audrey Hepburn presentaba el oscar a la mejor película ("Marty"); Grace Kelly el de mejor actor (Ernest Borgnine).