Disney apenas existe ya (no hablo de Pixar, hablo de Disney). Quizás deberían repasar escenas como ésta, de El Castillo Ambulante, de Estudio Ghibli. Tal vez podrían así recuperar la magia. O tal vez no.
Iba a poner los dos vídeos uno arriba del otro. Pero a alguien antes que a mí ya se le había ocurrido poner los dos juntos en YouTube.
Spike Lee es grande, pero definitivamente, a Robert Mitchum no hay con qué darle. Cuarenta y cuatro años entre las dos escenas, pero no lo parece, hum...
El mundo de los niños linda como se sabe con lo fantástico. Lo mágico (desde que los animales puedan hablar hasta que los miembros se corten y se reinserten sin problemas) encuentra en su concepción de la realidad un alojo natural El concepto de tiempo lineal es inexistente para ellos: penetrar en el sueño es por tanto internarse un en terreno desconocido, donde no se es consciente de si hay o no un día después. La felicidad es sencilla y extrema, los miedos son profundos, los dolores inconsolables. Su sentido estético no sigue los cánones adultos, sino una guía desconocida e inasible para nosotros. En buena medida, la palabra infantil es torpe, muy torpe para definir esa terra incognita. Y por ello, es tan difícil encontrar cineastas que lo hayan sabido trasladar a la pantalla. Y si hablamos de cine de animación, el panorama no mejora precisamente. Por eso llama la intención que quien mejor lo ha hecho hasta ahora (y no una, sino en dos ocasiones) sea un señor de casi setenta años, que se acaba de retirar demostrando que se encuentra en plena forma artística. Ponyo en el acantilado es un pequeño prodigio de Hayao Miyazaki que eleva la animación clásica al mismo nivel de excelencia que las maravillas de Pixar (aunque partiendo de premisas diferentes). Pero es la mágica Mi vecino Totoro la que se he convertido en película de culto por su sofisticada sencillez, su delicada animación y su visión de la infancia como el estado en el que los prejuicios y los dogmas felizmente no nos han coartado todavía nuestra visión del mundo… Una obra maestra que evita la necesidad de explicar todo lo que cuenta. Más y mejor escrito aquí y aquí.
En ocasiones te das cuenta, de repente, de que todas las películas que has visto de un director te han gustado bastante o mucho. Eso me pasó hace poco al pensar (váya usted a saber por qué) en Jim Sheridan, el director de Mi pie izquierdo (que lanzara al gran Daniel Day-Lewis), la brillante En el nombre del padre, The Bóxer y En América. Ésta última en particular me resulta irresistible, hasta el punto de que (cosa rara para mí) ya la he visto tres veces, al tropezar con ella en televisiones ignotas en horarios de madrugada. Una de sus escenas más memorables, que me permito colgar a continuación, nos demuestra cómo sin efectos especiales, ni dramas bíblicos ni psicokillers (incluso sin humanoides azules) tan sólo sólo con un buen guión, se puede conseguir agarrar al expectador de la garganta durante cinco minutos hasta dejarlo cercano a la asfixia. La película trata de un matrimonio irlandés con dos niños que desembarca en los USA para probar suerte (el marido) como actor, y huyendo de una pérdida familiar muy reciente. La escena está en inglés, pero creo que es fácil de entender aunque se sea monolingüe como yo.
Desde la primera vez que la ví, la escena final de "Apocalypto" me parece una de las más demoledoras, brillantes y con mayor fuerza visual del cine de la última década. Tras hora y media de persecución, violencia alucinada, canibalismo y locura, en una décima de segundo todo cambia. Los verdugos se topan con algo que intuyen más grande y terrible que cualquier otro enemigo anterior. La víctima mira fijamente los navíos y se olvida de su propia situación. Y todos ellos quizás sienten turbiamente en su interior lo que los espectadores hemos sabido al momento: que sus vidas, su calendario lunar, sus dioses, sus ofrendas rituales, sus templos, su civilización, su mundo, se han convertido, en un instante, en pasado.