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¿IDEALISMO?

¿Cómo es posible que en la nación más consumista e insolidaria  del mundo se pueda producir un brote de ilusión y confianza en el futuro, que resultaría impensable en ninguna nación de esta nuestra civilizada y sensible Europa?
Un presidente de raza negra que afirma “Sí, podemos sanar el mundo”; “Sí, podemos ganar el futuro”, “Sí, podemos…”  Un desconocido total hace tan sólo un año, que ha arrastrado a millones de personas a corear sus proclamas idealistas,  a compartir la esperanza de un futuro mejor,  a recuperar la confianza en el poder de la ilusión.
Un amigo mío, caracterizado por su habitual acidez, me señala que no me debería sorprender, porque existe una explicación a todo esto,  incluso científica:

“los Estados Unidos son un país consumista por excelencia, que no tiene apenas pasado, todo un futuro por delante, cierto autismo respecto a los que no sea ellos mismos, una gran ignorancia, y confianza ciega en sus posibilidades… Y estas características son comunes, de hecho, a los niños de cinco años. Para los niños (como para los estadounidenses), no existe el pasado, todo es presente; lo quieren todo ya, son ligeramente egoístas, y… terriblemente ingenuos. Los USA son así: un país ingenuo, hecho de ciudadanos narcotizados por el consumo, insolidarios, y a la vez o por ello terriblemente infantiles”.

Bien. Puede ser. De hecho, si así fuera, sería más bien preocupante. En nuestra vieja Europa, esos idealismos ya son historia: el siglo de las luces fue hace trescientos años, los ritos relacionados con el poder hace tiempo que han perdido su significado, y la mística del poder dejo de serlo cuando se decapitó en Francia a un rey.

Pero, ¿No nos vendría bien un poco de ingenuidad de vez en cuando?

(20/01/2009) -
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En Busca de la Identidad Perdida
Salvador Bayona

No acabo de comprender cómo la defensa de la naturaleza humana que hacen los que se llaman a sí mismos (en un osado alarde de incultura) "humanistas", excluya tan fácilmente las aspiraciones trascendentes del hombre.
Porque la procedencia de sus postulados tiende a inyectarnos sin que nos demos cuenta  consignas útiles para el sistema ("consuman", "progresen", "trabajen"…) consignas que en sus versiones refinadas nos imponen un modelo de familia, unas pautas de comportamiento, un lenguaje políticamente correcto, etc.
Incluso la libertad es obligada, siempre que no se utilice para oponerse al discurso oficial.  De manera que tener una concepción no oficial, no ya del bien y el mal, sino de los comportamientos, admisibles o no, es tachado inmediatamente de totalitario.
Como consecuencia de esto, el individuo, convertido en marioneta y desarraigado de su propia naturaleza, es impulsado por esas mismas consignas oficiales a buscar su identidad de pueblo, de lengua, de Rh, de tendencia sexual, sus preferencias culturales, muchas veces utilizando la historia (real o no, eso no importa) como argumento.
Sin embargo, una de las cosas que distingue al ser humano es obviada, ridiculizada, y hasta proscrita: su ansia de trascendencia.
Provocada o no por el miedo a la muerte, lo cierto es que la espiritualidad del hombre le ha acompañado desde los albores, ha sido motor social, ha influido más que ninguna otra cosa en la organización social, ha producido las mayores obras salidas de manos humanas.
Debería ser, por tanto, más propio que desde el aparato estatal se incentivara el desarrollo de la espiritualidad como signo de identidad en lugar de invertir en recuperar lenguas, bailes regionales, o en convertir en héroes del hecho diferencial a papanatas que no destacarían por méritos propios en una convención de mediocres.
Y sin embargo se niega sistemáticamente la espiritualidad. Como si no existiera, como si creer en Dios en cualquiera de sus manifestaciones fuera propio de subnormales (nótese que no he dicho disminuidos psíquicos), como si para encontrar nuestra identidad tuviéramos que negar esta parte tan importante de nosotros.
Pero hay una explicación:
Ni los bailes regionales, ni la lengua propia de mi comarca, ni mi tendencia sexual me crearán nunca una conciencia crítica.
Aunque tal vez me conviertan en un borrego trisexual vestido de lagarterana.

Pos-post: Espero que no se molesten los colectivos de plurisexuales, de borregos o de lagarteranas.
 

(20/01/2009) -
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Tribus Urbanas ¿Fascinación por la diferencia?
Siempre me ha sorprendido el atractivo que las llamadas tribus urbanas tiene para periodistas y  medios de comunicación en general. Parece que el hecho de que un grupo de veinteañeros urbanos  opten por un tipo de música y un estilo en la vestimenta y peinado determinados, les convierte automáticamente en objeto de atención mediática, social y hasta científica. Así, tenemos los clásicos (rockers, punks, skins, redskins, góticos, moods, pijos, skaters, metaleros, etc), y los más recientes y relacionados con las plataformas de internet y la nueva realidad social (floggers, geeks, poligoneros, etc) aunque también éstos  comparten una estética y una música propias.
Voy a resistir la tentación de hacer juicios de valor sobre todos ellos, y no hablaré de su supuesta frivolidad, narcisismo, autismo social, etc (ojo que estos son tópicos comunes).
Lo que sí puedo señalar es que los medios de comunicación parecen aburrirse con la sociedad normal y sus aburridos miembros normales. Puede usted ser un maravilloso chelista, un egregio escritor, un consumado swinger o una simple y esforzada madre de familia o amo de casa. No importa. Si quiere ser considerado como representativo socialmente, debe unirse a otros consumados violinistas, egregios escritores, cachondos swingers o esforzados amos de casa, adoptar todos un estilo de peinado lo más raro posible y unos atuendos extravagantes, y pasear de vez en cuando por el centro de Madrid o Barcelona con actitud distanciada y hasta embelesada. No lo dudéis: en breve tendréis el honor de haber sido etiquetados, incluso tal vez con un nombre rimbombante (snackers, housers, qué se yo)
Y tal vez el meollo de la cuestión es ese: a muchos les gustaría (en el fondo)  ser etiquetados, caracterizados, para por fin poder sentirse diferentes , originales, separados de la informe, insulsa y amorfa masa social que les rodea y de la que forman parte con secreta y reprimida angustia.

¿No han sentido alguna vez ese deseo?
(17/01/2009) -
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JÁLOGÜIN
S. Bayona
 
Hay algo realmente terroífico en la fiesta (¿?) de Halloween, que me hiela la sangre más que ninguna de las iconografías macabras con que somos obsequiados a primeros de noviembre, y es la facilidad con la que hemos asumido nuestro rol de periferia cultural, subyugados por el interés comercial de unos pocos.
Y yo me pregunto: ¿qué tenemos que ver nosotros con esto?.
No se trata ya de que Halloween sea una tradición (¿?) anglosajona (es casi inevitable un cierto grado de transferencia entre culturas en contacto) ni de que ni tan siquiera en el mundo anglosajón la noche de walpurgis tuvo hasta hace relativamente poco tiempo el formato con el que ahora se conoce ese esperpento llamado Halloween. Tampoco puedo decir que mi terror tiene su origen en la indecente manera en que nos venden y compramos el siniestro merchandising (sería absurdo pretender que alguno de nosotros está por encima del actual sistema de producción).
No. La razón por la que jálogüin (en castellano) me parece obsceno es porque forma parte de una transición generalizada desde la trascendencia natural a la alienación esotérica. Es una muestra más de cómo dejamos de percibir la muerte como una parte necesaria del ciclo vital, es decir, de la normalidad, y la relegamos al ámbito de lo extraordinario, de lo que nunca debería existir, y por ello lo "celebramos" una sóla noche al año, en vez de asumirlo como parte consustancial de la existencia.
Y esto es así porque en esta sociedad del espectáculo en que vivimos, tendemos a apartar la muerte de nuestra presencia, a borrarla, como un tabú (y si nos fijamos bien en el papel que la muerte juega en esta pantomima de disfraces, veremos que no está muy lejos de la forma en que las sociedades primitivas se relacionan con sus tabúes).
Sin embargo, por estos pagos la festividad del primero de noviembre ha tenido que ver tradicionalmente con el no menos primitivo culto a los muertos, el cual, bajo la forma cristiana, adquirió un sentido piadoso de recuerdo y oración por los que nos precedieron. Era, en cierta medida, una especie de relación natural de dos planos de existencia contiguos, pero igualmente reales.
Aún recuerdo cómo me llevaban de niño a recorrer las calles del cementerio y me presentaban al bisabuelo, a un tío segundo o a un primo lejano que murió siendo niño, y todos los años mis mayores hacían memoria de dónde deberían ser enterrados. Algún mentecato hablará ahora de traumas infantiles, pero lo cierto es que el conocimiento de los ancestros y la percepción de la propia finitud resultaba un remedio magnífico  para la doctrina materialista que nos fuerza a pensar que sólo el ahora es válido.
Traumático es lo actual, donde cualquier recordatorio de la muerte se trata como un producto contaminado; donde por eliminar, eliminamos hasta los cadáveres dispersando sus cenizas cuanto más lejos, mejor.
¿Qué es, en definitiva más cruel, llevar a nuestros hijos a visitar las tumbas familiares, o impedir que adquieran consciencia de un hecho tan universal como la muerte, y tan innegable como su propia muerte?
Me aterra que muchos de nosotros prefiramos disfrazarlos como imbéciles, (yo el primero, oiga) permitiendo que clonen actitudes antisociales (el treat or trick ¿no es una coacción propia de futuros delincuentes juveniles?),  pensando además que jugar con una ogüija resulta inofensivo.

¡Viva la muerte!

BE PERFECT, MY FRIEND
Viendo hace pocas semanas un programa de Sanchez Dragó sobre literatura, entre los asistentes figuraba un escritor cuyo nombre y personalidad ignoro. Dragó le comentaba que contrariamente a lo  que se podía imaginar leyendo sus novelas, él era una persona muy callada y tímida.
El escritor, sin abandonar su cara afable pero seria, dijo: "pues sí, soy tímido, y es más, yo reivindico la timidez, estoy ya un poco cansado de tanta gente extrovertida y brillante, parece que existe una obligación en esta sociedad de ser brillante y  un gran comunicador".
Me quedé pensando en esa afirmación, sobre todo porque, además de estar de acuerdo,con ella, secretamente me quitaba cierto peso de encima, aunque su emisor fuera un completo desconocido para mí.
Es cierto, ¿no?. Todos los mensajes, todos los manuales de liderazgo, todos los exámenes y pruebas, todo lo que en definitiva “se espera” de nosotros (por la sociedad, por nuestros padres, nuestros hijos, nuestros jefes, nuestras empresas, nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros ligues de una noche, los desconocidos que nos cruzamos por la calle, por  el MUNDO), todo versa sobre la necesidad y  obligación de ser brillantes, equilibrados, tener la palabra justa, el análisis perfecto, las ideas claras, la empatía adecuada, la brillantez expositiva, la imagen correcta y el cuerpo sano…  ¿Y qué ocurre con los que no alcanzan semejante grado de excelsitud? ¿Deben quedarse rumiando en su interior sus “deficiencias” sociales, su enorme pecado de no ser perfectos en todos los ámbitos y situaciones? ¿O dedicarse en cuerpo y alma a transformar su manera de ser, sus hábitos, su esencia, para triunfar en su vida social y privada?

¿Realmente es tan importante? ¿No nos están introduciendo en un modelo basado en el self-made man, el mercantilismo social y el economicismo a ultranza que lo único que consigue es ser una fuente de secreta frustración para mucha gente normal?
Normales del mundo entero, no os diré “uníos”, os digo seguir con vuestras vidas, tal vez intentando ser un poco mejores cada día, pero aceptar que sois (somos) limitados, no como un fracaso, sino como una característica inherente a ser humanos. Porque lo somos, y eso no es malo, ¿no?
(22/10/2008) -
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¿Nada nuevo bajo el sol?

Parece que el mundo real está últimamente secuestrado por Wall Street y (el fracaso de) sus realidades financieras virtuales. ¿Era esto previsible?
Bueno...  Thomas Jefferson, uno de los padres de la constitución americana, escribió esto hace 200 años:

"If the American people ever allow private banks to control the issue of their  currency, first by inflation, then by deflation, the banks...will deprive the people of  all property until their children wake-up homeless on the continent their fathers conquered.... The issuing power should be taken from the banks and restored to the people, to whom it properly belongs.

... The modern theory of the perpetuation of debt has drenched the earth with blood, and crushed its inhabitants under burdens ever accumulating"

¿No les resulta extrañamente familiar? Un hombre con visión, este Jefferson...  Aunque no hay nada que no se pueda arreglar con 700.000.000.000 de dólares.

(03/10/2008) -
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                  "Tanto de todo, 

                                            para nada..."

 

Sobre la muerte (y el consumismo), oído por Esther a un poeta en la radio

(02/10/2008) -
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TRANQUILOS, LAS ANOMALÍAS HAN SIDO RESUELTAS. PUEDEN SEGUIR CONSUMIENDO.
Vagando de forma inopinada por la red, me encontré con un inquietante concepto de un analista de mercado (David Lebow),  que indica (ayayay!) que nuestra forma de vida seguramente fue diseñada y preconfigurada hace ya más de medio siglo por algún semioculto thinktank americano:
"Nuestra economía, enormemente productiva, exige que hagamos del consumo nuestro estilo de vida, que convirtamos el comprar y utilizar bienes en auténticos rituales, que busquemos nuestra satisfacción espiritual, la satisfacción del ego, en el consumir...    Necesitamos que se consuman cosas, se quemen, se sustituyan, y se tiren, todo ello a un ritmo cada vez más rápido"
Les suena, no?  Pues tomen nota de que se escribió en 1.955...
El dato lo obtuve de este interesante vídeo, que en 22 minutos resume muy bien algunas ideas básicas de la situación actual, y que es certero en sus conclusiones, aunque sesgado en su razonamiento, ya que elude comentar los innegables beneficios que durante varias décadas ha reportado a la humanidad (en cuanto a desarrollo económico y tecnológico) el modelo de crecimiento basado en una filosofía consumista, que ahora (es cierto), está llegando a los límites marcados por el propio planeta (pongo la versión doblada, para facilitar las cosas a los monolingües como yo).


Y, para ser honestos, alguien debería preguntarse cómo se puede vender esto a  economías emergentes como China e India, es decir, justo ahora que buena parte de su población accede al lavavajillas, al televisor en color y hasta al coche, llegamos nosotros desde la sociedad occidental y les decimos “eh, un momento, es cierto que nosotros hemos disfrutado de un altísimo estándar de vida desde hace cuatro décadas, pero ahora que os toca a vosotros, verás, esto...  pues os tenéis que moderar, ya sabéis, el planeta no da más de sí, y nos vamos a cargar el ecosistema, y el calentamiento global y todo eso, así que un poco de calma con el crecimiento de vuestro PIB, eh?”. Humm, algo me dice que no nos harán mucho caso. Aunque dudo también que ningún gobierno occidental  esté pensando en decirles algo así, claro.

 
(28/07/2008) -
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Globalización, Consumo, Opios y Odios (II) (Mc Donalds y la paz mundial)
Mi buen amigo Salva ha inferido, a raíz del "principio" enunciado en el post precedente, una serie de cuestiones que considero impostergable plantearse y sacar cada uno nuestras propias conclusiones:

 - ¿Supone la presencia de McDonalds la instauración de la paz, o su ausencia implica un incremento en las probabilidades de guerra?.
- ¿Cuál de los bandos contendientes debe cargar con McDonalds: el que gana o el que pierde?. Si es el que gana ¿no hubiera sido preferible la derrota?, ¿no indica eso que existe una especia de justicia divina?
- ¿Están las guerras promovidas por McDonalds para eliminar a la competencia previa?
- ¿Tienen los tendones de vaca que comemos en las hamburguesas de McDonalds efectos en la generación de endorfinas y, por tanto, en el bienestar de la población, que impliquen la ausencia de deseo de guerra?
- ¿Allí donde existe McDonalds se utilizan las armas para matar a las vacas en lugar de para matar a las personas?
- ¿Es el adocenamiento social causa o consecuencia de la comida basura?
- ¿De verdad, pero de verdad, de la buena, quieren los países en guerra del tercer mundo acabar consumiendo hamburguesas de McDonalds?

Yo de entrada sólo tengo claro la respuesta para la última...
 
 
 
(11/06/2008) -
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Globalización, Consumo, Opios y Odios (I)

Hace algunas semanas pude leer en uno de los mejores blogs económicos, un post en el que comentaba el curioso “principio” de que aquellos países en los que se ha instalado la cadena McDonalds nunca han entrado en guerra (o por lo menos no desde que se instalara la multinacional de la hamburguesa).
Esto me ha hecho pensar un poco sobre los inesperados efectos positivos que tal vez tiene el consumismo exacerbado que nos rodea, nos imbuye y nos posee.
Conexión ADSL, móviles con cámara, SMS, televisión de pago, seguro médico, viajes al extranjero por vacaciones, coche nuevo cada cuatro años, Playstation, Xbox, Wii, Nintendo DS, tamagochis, fiestas de cumpleaños en parques infantiles, colonia de verano para descansar de los hijos, DVD grabador con disco duro, ordenador con chip de doble núcleo, impresora doméstica de fotos, cajita feliz para los niños, restaurant de sushi una vez al mes, Home theatre para disfrutar del futbol y las películas, IPod, por qué no el IPhone, sabores exóticos a domicilio, Gran Hermano, drogas de diseño, Operación Triunfo, 40 canales de televisión, código Da Vinci, fiesta sorpresa de cumpleaños con actuación de cómicos incluida, depilación corporal completa, excursiones en quad, los fines de semana, viajes a Nueva York por 35 euros, etc, etc, tantas cosas sin las cuales nos resulta difícil imaginar el pasar nuestras vidas, y que hace tan sólo quince o veinte años sencillamente no existían. Nos reblandecen la percepción, nos mediatizan en nuestros gustos y aficiones, nos uniformizan en nuestra visión del mundo, nos convierten en sujetos pasivos y receptores, alejan la reflexión de nuestras neuronas… pero, tal vez, nos hacen más inofensivos.
Y tal vez, a medida que las sociedades menos desarrolladas van alcanzando poco a poco el nivel de consumismo del que disfruta Europa occidental y los USA, los odios raciales, la agresividad, el nacionalismo estúpido, se amansan, se moderan, y la gente empieza a sentirse cloroformizada por la satisfacción inmediata de los sentidos, que el mundo global promete y poco a poco proporciona, aunque sea a base de tarjeta de crédito, préstamo e hipoteca.
¿Será entonces algo bueno el circo que nos rodea? Mmmmmm…

(11/06/2008) -
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