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¡LA NAVIDAD, HUYAMOS!!
Miren, no lo puedo evitar. Siempre me ha gustado la Navidad, tal vez porque (como decía un amigo mío), si tuviéramos que sentir durante todo el año lo importante que son los amigos y la familia, nos resultaría difícil de soportar.
Pero ya no puedo más. Cuando los vecinos buenrollistas se apresuran (el 20 de noviembre!)  a colgar el cutre-papa Noel de sus balcones. Cuando entro en cualquier hipermercado o centro comercial y me avasallan con villancicos chim-puneros a todo volumen (o lo que es peor, su versión flamenca).  Cuando la Navidad se convierte en un espectáculo de vanidades en el que cada ayuntamiento compite por emplastar su ciudad con las luces más caras, chillonas y vanguardistas (aunque cuesten millones de euros, olé la solidaridad). Cuando por contra no se puede poner un modesto belén en el colegio (postrados todos  ante el buenismo cateto y políticamente correcto). Cuando tienes que estar tres horas de pie para que tus hijos vean pasar fugazmente una carroza desde la que disparan caramelos a troche y moche (no sea que les produzca un trauma no acudir a la cabalgata). Cuando  se propone seriamente llamar a este periodo “fiestas de invierno” , quitándole todo contenido espiritual (de la religión que sea), y convirtiéndolo, por Dios, en OTRA fiesta materialista, otra oportunidad de entregarnos a los placeres consumistas  y nada más…
Qué quieren que les diga: yo dimito de las navidades antes de que empiecen, por lo menos de las que nos pretenden jeringuillar en este país bárbaro, vanidoso y superficial.
Y por eso me refugio muchas veces, como tantos otros, en mi pequeño mundo familiar y mi pequeño mundo interno, donde vuelvo a encontrar algún sentido a estas fechas (no crean que es fácil), independientemente de que no sea creyente.
 Y por eso éste es el único post navideño que voy a colgar, eso sí, con una preciosa versión de “The little drummer boy” (El Tamborilero para los castizos y raphaelitas), realizada con sensibilidad y talento por un refinado crooner, el entrañable Perry Como.


(02/12/2009) -
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DOLL FACE

 
(07/07/2009) -
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TRANQUILOS, LAS ANOMALÍAS HAN SIDO RESUELTAS: PUEDEN SEGUIR CONSUMIENDO (II)
Una de las paradojas de la sociedad que hemos creado es que vivimos abrumados por datos, pero tenemos muy poca información (Evidentemente no estoy descubriendo nada nuevo). No sólo por la dificultad de separar el ruido de la información veraz, sino también por la mala calidad general de los informantes, y desde luego por intereses creados que promueven la confusión mediática. Un simple ejemplo: intentad encontrar un análisis exhaustivo y coherente sobre la rentabilidad o no rentabilidad de la energía eólica frente a las fuentes tradicionales (carbón, petróleo)… misión imposible.
Algo parecido aunque amplificado  ocurre con conceptos como sostenibilidad o capitalismo social: todos tenemos algún vago concepto al respecto, pero poco más, Así que cuando un día nos preguntamos “¿cómo podemos colaborar con el medioambiente, y con el tercer mundo, desde nuestro diminuto nido pequeñoburgués?”, la respuesta es inexistente… hasta que el omnipresente marketing llega para salvarnos!  Y así, nos encontramos con la opción ecológica u opción solidaria, convenientemente presentada en lujoso packaging, cada vez en más casos: visitad Alcampo, os encontraréis con las “cajas verdes”, publicitadas con carteles que las venden como un “compromiso con la naturaleza”. ¿Tomáis café en el trabajo? En la máquina expendedora encontraréis la opción de cafés “comercio justo” (más caros, lo que presupone que si le damos a otro botón, estamos explotando a los débiles?). Por no hablar de los kilos solidarios, o incluso los coches híbridos, en realidad al alcance sólo de las economías más pudientes.  Los ejemplos son cada vez más numerosos.
Es nuestra última necesidad inconsciente que el márketing se ha propuesto satisfacer: la de sentirnos útiles al mundo, acallar nuestras conciencias, y de esta forma que podamos seguir consumiendo sin descanso y sin remordimientos, tras haber aparcado en un rincón de nuestras vidas lo que (se supone que) debería ser uno de sus leitmotiv, la justicia social…

Evidentemente es (casi) todo puro fingimiento, un sistema narcótico, si en Matrix criaban seres humanos para extraerles la electricidad, en el capitalismo nos atiborran de estímulos y acallan nuestras conciencias para extraer nuestras rentas sin que nos quejemos de ello.
 
(30/06/2009) -
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SILENCIO POR FAVOR (el horror silentium de nuestra sociedad)

Tenemos miedo al silencio. Tal vez porque nos obliga a  escucharnos a nosotros mismos, y nos aterra que nos disguste lo que oigamos, o tal vez  no oír nada.
Una vez inmersos en él, no nos es posible sustraernos a la vibración de la realidad, y por eso, de forma natural, el silencio se ha impuesto a lo largo de los siglos para limitar la comunicación interpares allá donde el ruido no puede negar la evidencia de la muerte o del más allá (entierros, velatorios, ceremonias religiosas, etc).
Pero en esta sociedad española teledrogadicta, a fuerza de alienarnos somos cada vez más incapaces de asumir pautas de comportamiento propias. Preferimos banalizarnos en la mímesis de efectos televisivos de tercera, como si viviéramos en un telefilme de sobremesa de domingo.
Y cuando éste se une con otro fenómeno alienante, como es el de la dilución de la identidad propia en la masa, el efecto es vergonzante. Así, por ejemplo, entierros multitudinarios de víctimas de asesinatos de toda índole se orlan siempre con los aplausos y vítores de los asistentes, poseídos de un agudo horror vacui sonoro, sin que nadie se sorprenda, tal vez a la espera de que, “desde algún lugar más allá de crepúsculo” comiencen a subir los títulos de crédito.
Alguien podrá pensar que es inevitable esa catarsis en forma de aplauso para aliviar el dolor, y tal vez fuera cierto si tal proceso tuviera lugar siempre, y no sólo en los acontecimientos mediáticos.
¿Por qué aplaudimos?, ¿a quién demonios aprovechan nuestros aplausos? ¿al muerto? ¿por qué nos vemos abocados a hacerlo, incapaces de recogernos, de recrear el silencio, aun cuando sólo sea como señal de respeto?
Acaso ya no somos capaces de transmitir nuestro estado de ánimo por ningún medio que no sea los propios del show: aplausos, cabriolas, gestos exagerados…  parece que la reflexión y ese mirar hacia dentro que tantas veces deberíamos hacer, no es que no exista, es que queda muy lejos de los endurecidos caparazones de nuestras almas.

(18/04/2009) -
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COLAS DE MANHATTAN (Woody Allen vs Bernie Madoff)
Hace un par de semanas, Abe Moscowitz se murió de un infarto y vino a reencarnar en una langosta. Lo atraparon en la costa de Maine y lo enviaron a Manhattan, donde fue a parar a un tanque de un lujoso restaurante especializado en mariscos. En el tanque había otras langostas, una de las cuales lo reconoció: «¿Abe, eres tú?», preguntó la criatura levantando las antenas.
«¿Quién es? ¿Quién me habla?», dijo Moscowitz, todavía confundido por el místico desbarajuste post-mórtem que lo había transmutado en un crustáceo.
«Soy yo, Moe Silverman», dijo la otra langosta.
«¡A-la-bao!», chilló Moscowitz al reconocer la voz de un antiguo compañero de gin rummy, un juego de cartas.
«Hemos renacido», explicó Moe. «Como un par de langostas de dos libras».
«¿Como langostas? ¿Así es como termino luego de haber vivido una vida justa? ¿En un tanque en Third Avenue?».
«El Señor trabaja de maneras misteriosas», explicó Moe Silverman. «Mira a Phil Pinchuck. El tipo se fue del aire por culpa de un aneurisma, y ahora es un hámster. Se pasa el día corriendo en la estúpida rueda. Durante años fue profesor en Yale. Lo que digo es que a estas alturas le gusta la rueda. Pedalea y pedalea, corriendo hacia ninguna parte, pero con una sonrisa».
A Moscowitz no le gustaba su nueva condición en lo absoluto. ¿Por qué un ciudadano decente como él, un dentista, un hombre a todo que merecía volver a la vida como un águila en pleno vuelo o acurrucado en el regazo —y recibiendo caricias en su pelaje— de una mujer sexy de la alta sociedad habría de regresar ignominiosamente como el plato fuerte en un menú? Era su cruel destino ser delicioso, convertirse en el “Especial del día”, acompañado de una patata asada y un postre. Esto llevó a un debate entre las dos langostas sobre los misterios de la existencia, de la religión, de cuán caprichoso era el universo cuando alguien como Sol Drazin, un pastuzo que ambos conocían del negocio de comida por encargo, había regresado luego de un infarto fatal como un semental que preñaba a unas adorables potrancas de pura raza y recibía por ello altos dividendos. Sintiendo lástima por sí mismo y furioso, Moscowitz nadó de un lado a otro, incapaz de adoptar la resignación budista de Silverman ante la posibilidad de ser servidos a la termidor.
En ese momento, entró en el restaurante y se sentó en una mesa cercana nada más y nada menos que Bernie Madoff. Si Moscowitz se había sentido amargado e irritado con antelación, ahora jadeaba...
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(15/04/2009) -
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Nuestra Vida en un Objeto

 

Leyendo hace poco el “Glosario de las marcas” de la consultora Interbrand, me anoticié del concepto de cult brands (marcas de culto), que define como”marcas que gozan de una fidelidad de cliente que va más allá de la simple lealtad para convertirse en una devoción semejante al culto. La intensidad con que sus devotos viven la marca  es algo esencial en sus vidas. También se las conoce como marcas tribales”. ¿Ejemplos?: Los propietarios de una Harley, o los que acuden todos los días a Starbucks.
Madre mía. “Algo esencial en sus vidas”. Madre mía.
Todos, en mayor o menor medida, realizamos  los que los psicólogos llaman transferencia, algo así como “transferir parte de nuestra vida emocional hacia una persona”. Vivimos “como algo nuestro” los triunfos (o fracasos) de Nadal, de nuestro equipo de fútbol, de nuestro actor favorito o nuestro ídolo mediático. Pero hacer esto respecto a algo tan puramente mercantilista, irreal e instrumental como una marca, es todo un (triste) símbolo de nuestro tiempo. No voy a hacer de Namoi Klein de tercera, pero, realmente, cada vez estoy más convencido que el homo sapiens, inmerso en esta sociedad del espectáculo, va a extinguirse antes por la atrofia de su limitada mente, que por la caída de un meteorito o por la aparición de otra especie mejor dotada para la supervivencia.

Al tiempo...
 


Hummmm...12

(25/03/2009) -
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Evolution of Beauty
(16/03/2009) -
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¿LO SOPORTAREMOS? (La Sobreestimulación de Nuestro Sistema Nervioso)

Vamos a hacer un ejercicio de imaginación histórica (que seguro ha hecho alguien antes).
Imaginémonos al europeo (o americano) promedio de hace doscientos años. No me refiero a los que vivían en las grandes urbes, porque aunque  ya por entonces existían eran muy escasas, sino al sujeto que podía personificar la moda demográfica o valor más frecuente. Planteémonos (y contestemos) las siguientes cuestiones, todas ellas formuladas sobre el horizonte temporal de su esperanza de vida por aquel entonces:
- ¿Cuánta gente habría conocido al cabo de su vida?
- ¿Cuál es el viaje más largo que podría haber hecho? ¿Con qué frecuencia viajaría más de 20 km?
- ¿Cuántos periódicos habría leído en dicho periodo? Si lo hacía,¿Con qué frecuencia?
- ¿Leería libros? ¿Cuántos al año?
- ¿Cuánto tiempo dispondría habitualmente para el ocio creativo?
- ¿Cuántos gastos suntuarios (no de primera necesidad) realizaba cada mes?
- ¿Cuántas opciones tenía a la hora de comprar cualquier bien o insumo?

Una vez contestadas estas cuestiones para ese hipotético hombre promedio, podemos asumir (esto no es un estudio científico) que las respuestas son aplicables a los 500.000 años anteriores que como mínimo lleva el homo sapiens sobre la tierra.
Bien… Contestad ahora las mismas preguntas para el hombre occidental promedio actual (para vuestro caso, si es que os consideráis promedio :-). Poned unas cifras al lado de otra.
Pensad ahora que nuestro sistema cerebro se ha moldeado a lo largo de la evolución, estando por tanto preparado y adaptado a la primera situación, que supone el 99,95% de la historia del ser humano como tal. No a la segunda
Y pensad en la capacidad de adaptación que alberga nuestro sistema nervioso frente  al radical cambio de situación, es decir, la avalancha de estímulos y  desafíos de la realidad circundante.

Dato adicional: La mayor incidencia de enfermedades en las sociedades desarrolladas no corresponde a patologías clásicas, ni siquiera a la obesidad. Corresponde a afecciones del sistema nervioso central: Depresión. Ansiedad. Trastornos de adaptación. Trastornos obsesivos (el dato me lo dio un compañero de trabajo).
La pregunta es: ¿puede sobrevivir relativamente sano nuestro delicado sistema nervioso al exagerado y repentino nivel de estímulos visuales, sensitivos, comerciales, publicitarios, informativos, que nos rodea? ¿Y al nivel de presión laboral, social, mediática que nos envuelve?

¿Realmente lo estamos soportando bien?
¿U os están volviendo un poquito locos??

(05/03/2009) -
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El Estado, la Opción Política y la Felicidad
S. Bayona

La felicidad en el ser humano es algo más complejo que la simple satisfacción de los instintos primarios, debido al componente espiritual del que hablábamos en un post anterior, (componente que cabría considerar también un instinto humano primario).
Pero, con la misma fuerza con la que el hombre se ve impelido a la búsqueda de la felicidad, se ve abocado, en sentido contrario, a encontrar un culpable de su infelicidad.
La forma de concebir y enfrentarse a esta marea acción/reacción determina, en el fondo, el modelo de sociedad que cada uno de nosotros defiende. Me explico:
- Aceptar la propia espiritualidad implica una visión trascendental de la felicidad, en tanto en cuanto establece una relación con una cierta colección de parámetros éticos, normalmente relativos al "bien ajeno" y/o a la vida eterna.
- Negar, por el contrario,  la propia espiritualidad, circunscribe la felicidad a la posibilidad de consecución de objetivos "inmediatos". Por tanto los medios que se utilicen para alcanzarlos son responsables en último término de haberlos o no conseguido.
Traducido al lenguaje político: mientras los primeros pueden considerar el estado como un mero garante de los mínimos de la convivencia cívica, los segundos no tienen más remedio que volcar sobre él sus esperanzas de felicidad, y éstas relacionadas directamente con la cantidad de recursos que puede proporcionarles.
Por eso, en función de quién ostente el gobierno de un país (y en función de su aceptación o negación de la espiritualidad antes comentada), el aparato del estado tenderá a crecer o a menguar (o, al menos, a no seguir creciendo), es decir a aumentar el déficit público o no, a asumir cada vez más y más competencias (incluso las propias del ámbito personal) o no, a desear el totalitarismo como forma ideal de gobierno o a... Bueno, eso lo desean todos.
Aunque uno no sea del todo consciente de ello y ésta no sea una regla universal, existe una relación directa entre la propia espiritualidad y la tendencia política ejercida. Por ello, además,  hay una tendencia política más proclive que otra al ateísmo, y (más que al ateísmo), a la persecución de la natural tendencia espiritual del ser humano.

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