No son muchos los artistas que desde cero fueran capaces de crear ellos sólos su propio universo musical, y por tanto ser los forjadores únicos de su éxito. Antes al contrario, muchos grandes artistas alcanzaron su cénit cuando coincidieron en tiempo y espacio con grandes productores, arreglistas y/o compositores, y crearon con ellos una simbiosis artística en la que se gestó la genialidad. Así, el inmenso Teddy Pendergrass alcanzó sus prodigiosas cimas musicales gracias a las composiciones de Gamble y Huff y a sus suntuosas producciones. Al Green encontró en el sello Hi Records y su manager Willie Mitchell el cauce para dar rienda suelta a su excelsitud vocal.
Igualmente, la simpar Aretha Franklin alcanzó el olimpo del soul cuando recaló en Atlantic y comenzó a trabajar con el productor Jerry Wexler. Cuando abandonó el sello y el productor, su carrera perdió pie, y no ha encontrado rumbo desde entonces, hace ya más de treinta años. Pero durante esos años en los que todas las piezas encajaron, resulta sorprendente la cantidad de brillantísimas canciones que supo (supieron) crear, de forma que aun dejando a un lado sus mayores éxitos, es fácil encontrar composiciones maravillosas entre las menos conocidas.
Ésta es una de ellas (aunque de hecho sea una versión): bajo palpitante, metales acerados, piano omnipresente, coros rotundos, una hermosa composición y una voz suprema: un tema poco conocido pero lleno de genialidad próxima y digerible.
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Y que lo digas Aquiles. Una maravilla de principio a fin, para mí perfecta, no sobra y falta nada, no se podría mejorar de ninguna forma.