Todos tendemos a pensar (con la necedad propia de quien es fruto de este siglo) que vivimos la culminación de los tiempos, que disfrutamos en definitiva de la mejor de las sociedades posibles. A muchos se les llena la boca con los principios de la revolución francesa y la independencia americana. Pero pasan por alto (bendita ignorancia) que durante los siglos XVII y XVIII un grupo de personas, considerados por la buena sociedad como la escoria entre la escoria, decidieron regirse según un código que el mundo no estaría dispuesto a aceptar hasta cien años después, cuando el control de los mecanismos del poder pudo cambiar de manos sin que realmente cambiara nada. Me refiero a los filibusteros. A los piratas. Visto desde la distancia, el único rasgo en común que tenían todos y cada uno de los integrantes de las heterogéneas tripulaciones piratas, reunión de todas las razas y religiones, era la conciencia de su marginalidad, de existir en la periferia de la moral y de que, precisamente por eso, no tardarían en exterminarse, siendo víctimas de su propia vileza. Esa necesidad de supervivencia les llevó a establecer un sistema democrático basado en la delegación de poder en el que el capitán del navío era elegido por la asamblea de tripulantes, y por ella podía ser destituido, si no cumplía con su cometido, esto es, gobernar el navío con destreza, perseguir el botín con valentía y ejercer su cargo con humanidad. A cambio tenía derecho a percibir un poco más de botín que los oficiales o artesanos de a bordo, nunca más del doble que un marinero raso (no exactamente como ahora, ¿verdad?) Se esperaba de un capitán que mantuviera el orden a bordo con un estricto sentido de la justicia, alejado de las prácticas despóticas y violentas de los capitanes de las flotas de las potencias europeas, lo que debía exigir de ellos una destreza en el manejo de la mano izquierda y en las artes negociadoras que seguramente harían sonrojar a la mayoría de nuestros políticos. Y aún mayor sería la vergüenza si conocieran la historia de la república pirata de Libertalia, cuya exigua vida en las costas del norte de Madagascar (¡en 1.700!), fue suficiente para promulgar una extensa colección de leyes humanísticas que hacían pensar en el advenimiento de una nueva era. Varias cosas fascinan de esta aventura, la primera es la maravillosa paradoja de que este tesoro fue fruto de una flota de maleantes, tan despreciables como los piratas que en la actualidad siguen asesinando, violando, secuestrando y robando en esas aguas del Índico. La segunda es que justo cuando creyeron que tales leyes se impondrían, por fin a la bajeza propia de su condición, Libertalia desapareció, exterminada, por las consecuencias de sus propios excesos. Y es que la podredumbre nunca se encuentra en la condición, aunque sea ésta una condición pirata, sino en la propia naturaleza humana que ninguna ley, por muy sabia que sea, es capaz de cambiar.