Con este post comienzo una serie dedicada a aquellos músicos blancos que a lo largo de su carrera o en algún momento de ella se dedicaron a hacer música negra, vía versiones (lo más habitual) o con material propio. La crítica musical, con esa manía tan suya de etiquetar, lo llamó en su momento Blue-eyed soul (una auténtica tontería). Lo cierto es que en muchas ocasiones los mejores frutos musicales han nacido de la confluencia de las dos razas. No es casualidad que una de las mejores canciones de la historia (Sittin' on the dock of the bay)la compusieran Otis Redding y un señor blanco llamado Steve Crooper (una de las alma matter de la inolvidable Stax). El propio Prince no es negro, sino mulato. Y como alguna vez he comentado, por mucho que le pese a los puristas, el blues, el soul e incluso el gospel no están tan distanciados del country como pudiera parecer, y no son pocos los cantautores negros que han versioneado clásicos country (Ray Charles el primero). Bueno, dejemos las disgresiones a un lado y vayamos al bife: Una buena manera de empezar la serie (cuya extensión ignoro), es con un señor de prestigio bien ganado, y que además suele versionear los clásicos de la música negra con el detalle y el nivel de autoexigencia habitual en toda su obra: Ñoras, ñores, con ustedes el gran Paul Weller, versioneando el clásico por antonomasia de la black music de los setenta.
Bueno, otro pedazo de historia de la black music que se nos va. Gil Scott-Heron ya no está entre nosotros. Su obra se caracterizaba por su contenido social y político y el carácter crítico de sus letras, sin embargo, eso no fue obstáculo para que supiera arropar musicalmente sus soflamas, diseñando auténticos trallazos de funky, soul y, sí, también, música disco. Dotado de una hermosa voz, su repertorio está lleno de buenas canciones, y a pesar de la dificultad del idioma para los que somos monolingües, en mi caso le tenía un cariño especial a sus canciones.
Llevo unos días bajoneado (como dirían los argentinos), y no es algo muy agradable. En estos casos, se puede hacer muchas cosas, tumbarse en la cama, hacer deporte, salir de copas con los amigos, etc Pero yo prefiero revisar los viejos oldies de la era disco, esos que están casi olvidados pero que conservan un extraño sabor.
Interesante y transcendental pregunta: ¿Cuál fue el primer nº 1 de la era disco? La respuesta es simple e indubitada: ya nadie se acuerda de George Mc Crae y del sonido miami (auténtico protodisco) que impulsó la TK Records desde la ciudad costera. Pero en su momento (1974) fue una bomba, un número uno absoluto con más de 11 millones de plásticos vendidos.Y justo es reconocer que la canción es todavía efectiva, una melodía sencilla y dulce muy agradable de escuchar. Y no se puede negar que el señor McCrae tenía unos agudos que ya quisieran muchos.
Sí, de acuerdo, lo admito,la música disco setentera puede resultar, escuchada hoy, intragable. "Disco sucks" fue el lema que se popularizó en los postreros años setenta. La saturación según cuentan era insoportable por aquella época, encendías la radio y todo sonaba con el mismo chumba-chumba, la imaginación había desaparecido. Luego, en los ochenta, llegaron la new wave, el tecno, el house, etc, y el sonido disco pasó a la historia.
Pero no. No todo fue realmente como se cuenta. No todo fue Saturday Night Fever, o los Village People montando su show. Hubo un grupo seminal, que prácticamente inventó el estándar de la música disco, la llevó a un nivel de calidad inigualable, sembró la semilla del rap y el pop bailable moderno, y nos dejó un ramillete de deslumbrantes canciones que han resistido el paso del tiempo con pasmosa facilidad. Me refiero, por supuesto, a CHIC, el grupo de Bernard Edwards (bajo), Nile Rodgers (guitarra) y Tony Thompson (batería), que masacró los charts musicales con sus creaciones, revestidas de una elegancia sonora, de una pulcritud en la producción y de un virtuosismo en la ejecución difícilmente igualados en las décadas posteriores. Una fórmula sencilla pero difícil de hacer sin el talento necesario para ello: una batería rotunda, un bajo omnipresente y genial y una guitarra eléctrica llenando cada intersticio sonoro de sus creaciones. Añade unos elegantes violines y una voz femenina, y los éxitos se sucederían uno tras otro. Canciones comerciales, incluso (por qué no) intrascendentes, destinadas tan sólo a bailar y divertirse, sin duda.. Pero grandes canciones, magníficamente diseñadas y ejecutadas. Y que asumían su condición de mero divertimento, frente a tanta fingida profundidad del rock actual. Y además seguramente resultaría insoportable para todo mortal en sus cabales estar todo el día escuchando a Marlango, a Amaral o incluso a Beethoven [alerta comentario políticamente incorrecto]. Basta con escucharlos (ojo, son canciones con más de treinta años!) para dejarse llevar.