El pobre viejo Bill es un rotundo relato de piratas lleno de humor negrísimo, misterio y saludable brevedad. Y por cierto, la tercera vez que traemos una creación del gran Dunsany a este (¿repetitivo?) blog. En una antigua guarida de marineros, una taberna del puerto, se apagaba la luz del día. Frecuenté algunas tardes aquel lugar con la esperanza de escuchar de los marineros que allí se inclinaban sobre extraños vinos algo acerca de un rumor que había llegado a mis oídos de cierta flota de galeones de la vieja España que aún se decía que flotaba en los mares del Sur por alguna región no registrada en los mapas.
Mi deseo se vio frustrado una vez más aquella tarde. La conversación era vaga y escasa, y ya estaba de pie para marcharme, cuando un marinero que llevaba en las orejas aros de oro puro levantó su cabeza del vino y, mirando de frente a la pared, contó su cuento en alta voz: Cuando más tarde se levantó una tempestad de agua y retumbaba en los emplomados vidrios de la taberna, el marinero alzaba su voz sin esfuerzo y seguía hablando. Cuanto más fosco hacía, más claros relumbraban sus fieros ojos.) Un velero del viejo tiempo acercábase a unas islas fantásticas. Nunca habíamos visto tales islas. Todos odiábamos al capitán y él nos odiaba a nosotros. A todos nos odiaba por igual; en esto no había favoritismos por su parte. Nunca dirigía la palabra a ninguno, si no era algunas veces por la tarde, al oscurecer; entonces se paraba, alzaba los ojos y hablaba a los hombres que había colgado de la entena. La tripulación era levantisca. Pero el capitán era el único que tenía pistolas. Dormía con una bajo la almohada ...
Edward John Moreton Drax Plunket fue un aristócrata británico (irlandés en concreto) muy propio de su tiempo en todos los aspectos. Decimoctavo barón de su estirpe, aficionado a la caza, buen atleta, participó en las guerras boer en Sudáfrica, una de tantas confrontaciones que la Gran Bretaña mantuvo en el siglo XIX para mantener o ampliar su inmenso imperio colonial. Cultivó también la literatura, llegando a ser un muy exitoso autor teatral. Sin embargo, todo eso, incluido su arrasador éxito en Broadway, estaba destinado a no ser sino una minúscula coma en las páginas de la historia, y a ser olvidado, como tantas vanidades humanas. Pero el destino, caprichoso, quiso que sir Plunket cultivara en varios relatos un género “menor”, un género secundario. Ese género era el fantástico. Y por esos relatos, la historia resguardó del olvido a este barón, inmortalizándolo bajo el nombre de su titulo: Lord Dunsany
En multitud de relatos cortos, Dunsany recreó con extraña sensibilidad mundos extraños, lejanos, oníricos, algunos de los cuales ha sido considerado por la crítica como antecesor del género de fantasía heroica. Limitada visión, en mi opinión. Porque lo que más llama la atención y cautiva en ellos es el distanciamiento, casi la desgana, con la que delinea sus mundos imaginarios; la exultante elegancia de sus descripciones, ajustadas, pausadas. La sensación, al leerlos, de estar escuchando el relato de un viajero que, reposando en la tranquilidad de su hogar, felizmente regresado, va desgranando para nuestro deleite las etapas de su periplo, sin prisas, sin urgencias, casi sin pasión, con pulcritud de escribano.
Pero a su vez, los mundos descritos por Dunsany son cercanos y reales. Más por lo que sugiere (y no nos cuenta) que por lo que nos relata . Las peripecias que en ellos ocurren son en algunos casos tan sólo apuntadas, aludidas de forma indirecta, como si importara menos la anécdota que la plasmación de esa otra realidad. La textura de su lenguaje es en todo momento un deleite para nuestras mentes, cansadas sin saberlo de tanto modernismo y posmodernismo supuestamente genial, supuestamente original. Leer los relatos de Lord Dunsany es introducirse en un jardín exótico, silencioso, cuidado por invisibles manos, en el que, mientras paseamos entre exuberantes plantas extrañas, escuchamos el lejano rumor de un manantial. Y ese rumor nos invita a que que sigamos caminando. Tal vez no para descubrir nada. Sólo por el placer de caminar en la penumbra del camino de piedras y hojas, por el placer de captar el misterio de lo sugerido, a su vez desconocido, a su vez fascinante. Toda una experiencia que nos espera, sin prisa. Como todos los libros.
Pos- post: Aquí les dejo uno de sus mejores relatos cortos: