No entiendo mucho de literatura, pero soy una devoradora de libros. Algunos son como platos que uno no le apetece volver a probar. Otros, en cambio, son como esa comida sencilla y a la vez complicada de realizar, que a uno le encanta degustar una y otra vez.
El ingrediente principal de los libros de Jane Austen consiste en unos personajes de primera calidad. Son sólidos, frescos y quedan bien en cualquier situación; están perfectamente definidos, y pueden resultar heroicos sin necesidad de grandes gestas, o terriblemente ridículos sin necesidad de faltarles el respeto.
Una vez elegidos los ingredientes, Jane Austen, los cocina poco a poco, nos va mostrando como se comportan en situaciones adversas, difíciles o felices, subiendo y bajando el fuego.
Como un buena cocinera, nos guía de la mano por una sociedad que no hemos conocido, y no juzga sus reglas, sólo nos las expone.
No permite jamás que un libro dure más ni menos de lo que debe hacerlo, y lo que mas me gusta, (y como decían las abuelas) todo lo cocina con amor, que es como saben bien los platos sencillos. Con un amor apasionado pero que se vive desde la sensatez, y al mismo tiempo consigue algo que para la época resulta tremendamente adelantado; logra que ese amor no sólo se base en la belleza física o los convencionalismos sociales, también en el respeto, la admiración y la amistad entre las parejas que a lo largo de sus libros se van enamorando.
Así que al igual que con el pan, tomate y jamón, me encanta volver a las páginas de los libros de Jane Austen para degustar un buen libro, al menos una vez cada cierto tiempo.