El pasado sábado disfruté de un privilegio: el de ver y escuchar en directo a la gran, grandísima Misia.
Un cuerpo pequeño, casi diminuto, que esconde una voz privilegiada y un dominio insultante de la entonación. Además, lo mejor es que sobre el escenario huyera de todo divismo, de esas afectadas poses de "ARTISTA" que suelen aquejar a tantas cantantes nacionales cuando se suben a unas tablas.
Por el contrario, un saludable distanciamiento de su propio rol de creadora hizo que la conexión con el público fuera natural y espontánea, sin obligar al auditorio a realizar esa absurda liturgia de [Gran Artista-Haciendo ARTE- a público adoratriz del ARTISTA], esquema que en esta sociedad que se empeña en tratar a los artistas como seres superiores portadores de profundas esencias místicas, parece ser el único posible para los conciertos en directo. Cabría recuperar para ellos el epíteto de artesanos, que en absoluto debiera ser despectivo. En el fondo es normal, porque esa palabra se desligó hace ya décadas del concepto de “cultura” o "arte” en esta sociedad del espectáculo en que vivimos.
Y frente a la declaraciones que me temía podían a salir de su boca, del estilo de “el fado sale de lo profundo del alma portuguesa”, o “quien no ha sufrido no puede entender el fado”, tuve el placer de escuchar expresiones tan cercanas como: “Yo no hago terapia para los nervios, porque me dedico a cantar fado, y así me voy limpiando las tristezas del interior”, o “cuando estoy baja de ánimo pido en el bar de mi barrio (ademán trágico) un alcohol fuerte, lo cual no quedaría muy correcto en un camionero o una ama de casa, pero pega mucho a una fadista, parece que viene con el kit".
Y junto a esa agradecida naturalidad, se escuchó en el teatro Albéniz auténtico sentimiento, y auténtica música. Un prodigio de música, tanto instrumental como vocal.
Y cerró la noche, afortunadamente, con su fado fetiche, Lágrima, cuya versión de estudio les dejo aquí:
Con su primer LP fue cuádruple platino en Portugal, y tres LPs después y con sólo 34 años ya se ha convertido en la fadista con mayor éxito internacional, gracias a una cuidada trayectoria que ha sabido conjugar el espíritu más tradicional del fado con unas adecuadas dosis de comercialidad, y una voz cada vez más hermosa y ajustada. Un ejemplo de cómo el fado puede atravesar todas las froteras sin renunciar a sus raíces, ya que la buena música no depende del estilo, sino de su calidad intrínseca y de su capacidad de transmitir. En el 2007 participa en la película Fados de Carlos Saura (que por cierto no me atrae nada ver), si bien ello no ayudará a hacer popular su música en este país para el que parece que Portugal no existe. Su último LP "Transparente" es una obra completamente recomendable.
Con ya siete discos editados, Cristina Branco ha sabido oscilar entre el fado más tradicional y la música portuguesa ligera. Su voz no tiene la rotundidad de otras fadistas, pero esto queda sobradamente compensado por la calidez y dulzura de su canto, y por el alto nivel de las composiciones. Una de las fadistas más interesantes, por su relecturaintimista de la saudade.
Dueña de una poderosa voz, heredera directa de Amália Rodrigues, Mísia recogió la antorcha del fado en un momento (principios de los noventa) en que hacerlo parecía una temeridad o simplemente un anclarse en el pasado. Enfrentada con el stablishment del fado en Portugal, ha desarrollado una extensa carrera musical con proyección internacional. Sin duda una de las más grandes, y en opinión del que suscribe, la que más.