Hoy, día decimoséptimo del mes de marzo de 2010 de la era cristiana, las oscuras fuerzas falleras se han unido para hacer mi salida al exterior de la galaxia un poco más complicada. En el trayecto desde mi lugar de trabajo (porque somos muchos los que en estas fiestas trabajamos, pese a que en la Cridá la fallera mayor de valencia nos exhortó al grito de "Valencians y Valencianes, fallers, gent de tot el mon... (sic) a pasarlo en grande y lanzarnos a la fiesta”) Bueno a lo que iba, hoy en mi camino he tenido que atravesar cuatro concursos de paellas de otras tantas honorables comisiones falleras. Ello ha provocado que haya tenido que parar a comprarme una ración de paella, ya que mi triste pollo con curry no me atraía nada. Esto me ha dado que pensar ¿No me estarán abduciendo mediante publicidad subliminal? Por si esto fuera poco la falla que vive bajo de mi almohada hoy había intentado sobornar impúdicamente al barrio entero ofreciendo gratuitamente un plato de arros amb fessols i nabs (manjar de dioses menores poco conocido allende nuestras autonómicas fronteras). He de reconocer que a esas horas, y con el previo de las paellas, el tema resultaba tentador. Pero tras una lucha interior entre mi estomago hambriento y mi insobornable conciencia, he decidido comprarme otra ración de paella. Quiero poder enfadarme cuando ponen la música a horas intempestivas, abusan de la megafonía o cortan cuatro calles, y para ello no puedo renunciar en estas fechas a nuestro símbolo gastronómico por antonomasia. Debe de ser integridad de la de moño y peineta. La vuelta al trabajo no ha sido mejor: al cruzar el famoso pont de fusta, sin darme cuenta me he visto atrapada por una comisión fallera delante y otra detrás. He de decir que el trombón de la de delante sonaba “bien”, y me ha despejado las vías auditivas para bastantes días. Por lo demás Valencia está preciosa con la música, las falleras y los puestos de buñuelos, que si te descuidas y permaneces mucho tiempo junto a ellos te quedas para el resto del día con el típico y entrañable perfume eau d´bunyol. Mañana (o pasado) más.
Cuatrocientas calles cortadas. Tantos o más horribles barracones uniformes de plástico blanco, monumentos falleros y cientos de miles de personas andando sin rumbo fijo por las calles, éste es más o menos el panorama que tenemos en estos momentos desde la ciudad de Valencia.
La simple acción de coger un autobús parece sencilla pero no os engañéis: es una trampa mortal. Aunque todas las paradas de autobuses exponen bajo sus marquesinas unos preciosos planos explicativos de cómo llegar a las los principales monumentos falleros, la realidad es muy otra. Porque son (creedme) paradas fantasmas. Paradas por las que ya nunca pasarán autobuses (o al menos hasta el 20 de marzo). Ayer tuve la loca osadía de intentar cruzar la ciudad en sentido transversal. La inefable experiencia resultó semejante a intentar hacer en patinete la ruta de la seda (metáfora de los trajes de valenciana). Fui andando de parada en parada como si de una oca del juego fuera, movida por los dados descontrolados del oscuro y semioculto responsable municipal que con innegable pericia ha autorizado a cerrar todas las calles por las que pasa algún autobús. Así, siempre que llegaba a la parada deseada un cartelito me decía que el bus que necesitaba y que siempre, siempre había pasado por allí, ya no lo hacía.
Al fin, bordeando el mediodía, encontré una parada donde sí paraba una linea de bus...¿Era acaso alguna que me dejase cerca de mi destino? La respuesta es NO, pero para esas alturas, en las que buscando transporte público habia zigzageado por cientos de calles cual mosca después de ingerir unos cuantos trips,, me dio exactamente igual. Decidí subirme, derrotada y exhausta, al autobús que me llevaría a otro punto desde donde (no olviden que soy Sagitario) volví a comenzar el proceso.
Aunque parezca mentira por todas las opiniones que van a ser vertidas de aquí a unas pocas palabras, me gustan las Fallas. Me encanta el olor a pólvora, la música en la calle, el color con que se viste la ciudad, las mascletás, los castillos de fuegos artificiales, la sensación de que la vida rutinaria de la ciudad queda en suspenso por una semana. Desgraciadamente, una tara incurable de mi carácter me hace ser extremadamente realista, por lo que no puedo obviar el sufrimiento que supone vivir rodeado de falleros del estilo todovaleporlafiesta. En primer lugar la música: una, que se reconoce megalómana hasta la medula, no puede menos que llegar a aborrecer cualquier tipo de sonido, cuando tres semanas antes de que empiecen a plantar la falla, con motivo de recoger dinero por el distrito para el sostenimiento de la fiesta (acto conocido popularmente como Replegá) aprovechan en mi barrio para poner cualquier CD que tengan a mano. Uno podría pensar que un loco víctima de un síndrome de escritura compulsiva se ha adueñado del mando del Spotify y se dedica a escribir autores aleatoriamente y sin criterio alguno, desde los pitufos maquineros a David Bisbal, pasando eso sí por Julio Iglesias, que a diferencia de relajarnos (creo que esa es su misión), puede llegar a helar la sangre cuando su voz atrona por una megafonía defectuosa, ubicada dos pisos justo bajo de mi almohada. El suplicio se prolonga durante los fines de semana previos a las fallas, (preferiblemente en horario de siesta o a primeras horas de la mañana). Y llegada ya la semana de fallas, si mis oídos han sobrevivido a tal vía crucis sónico, me lanzo a la búsqueda de la felicidad por el entorno fallero. Mañana (o pasado), más.