Ayer paseaba al perro cuando ví a lo lejos acercarse un automóvil. Al volante estaba un señor ya mayor, calvo, unos sesenta y cinco años. Acababa de salir del garaje y enfilaba hacia la vía de servicio, que le llevaría a Madrid, a Torrelodones, qué se yo. Mientras comenzaba a acelerar, se santiguó con la mano derecha, con el aire mecánico y ensimismado común a todos los gestos rituales. Hacía mucho que no veía ese gesto en esa situación. “Como mi padre”, pensé. “Como la gente mayor”, a continuación. “Superstición”, dijo luego mi mente. “No, creencia en que hay algo más”, me dijo luego con tono pedante. Pero enseguida prosiguió: “Si cree que eso lo protege, es una superstición. Pero también significa que cree que algo por encima de la realidad material puede protegerle de un accidente. Y eso es en cierto modo fe. ¿Entonces toda fe es superstición? ¿Qué diferencia hay entre creer en la maldición de un espejo roto y la creencia de que en una oblea de pan está el cuerpo y espíritu de un dios? ¿Es sólo una cuestión de escala, o del ceremonial con el que revestimos el acto? Si a un acto supersticioso lo revestimos de latín, de púrpura e incienso, ¿se le puede entonces llamar fe sin que chirríe a nadie? O a lo mejor las cosas son más sencillas: con ese simple acto, aquel anciano está demostrando aun sin saberlo que no necesita a Newton, a Einstein y ni siquiera a Stephen Hawkins (al igual que éste no necesita a Dios) para vivir en este mundo, que no necesita una explicación racional para cada cosa porque siente que hay algo más que la simple realidad material, que hay otra dimensión, que existe el espíritu, que existen los ángeles de la guarda. No llegué a ninguna conclusión, mi cerebro cerró enseguida la ventanilla diaria de desvaríos y disgresiones de fin de semana, y cuando mi perro tiró de la correa me puse a pensar en cualquier otra cosa.