Cualquier aficionado como yo a la ciencia ficción sabe que ésta nació en las revistas dedicadas a tal temática, de frecuencia casi siempre mensual, y a través de relatos cortos que se publicaban en las mismas. Las novelas de CF vendrían más tarde, pero al principio reinaron los magazines, al igual que lo hicieron en general en el mundo editorial norteamericano durante muchas décadas (luego la televisión, internet y el predominio de la imagen sobre la palabra escrita en el gusto de los consumidores las relegaron al pequeño ghetto en el que sobreviven ahora). Las portadas obviamente no eran de gran calidad, pero en el magazine por excelencia de los 50 y 60, Astounding Science Fiction, algunas de ellas alcanzaron cierto nivel gráfico, y revisadas ahora desprenden un aroma añejo que me resulta evocador y simpático. Aquí les dejo algunas, todas ellas de los años cincuenta. Por cierto que una de ellas fue burdamente explotada por ese insoportable grupo que se llamó Queen.
Llevo unos días bajoneado (como dirían los argentinos), y no es algo muy agradable. En estos casos, se puede hacer muchas cosas, tumbarse en la cama, hacer deporte, salir de copas con los amigos, etc Pero yo prefiero revisar los viejos oldies de la era disco, esos que están casi olvidados pero que conservan un extraño sabor.
Interesante y transcendental pregunta: ¿Cuál fue el primer nº 1 de la era disco? La respuesta es simple e indubitada: ya nadie se acuerda de George Mc Crae y del sonido miami (auténtico protodisco) que impulsó la TK Records desde la ciudad costera. Pero en su momento (1974) fue una bomba, un número uno absoluto con más de 11 millones de plásticos vendidos.Y justo es reconocer que la canción es todavía efectiva, una melodía sencilla y dulce muy agradable de escuchar. Y no se puede negar que el señor McCrae tenía unos agudos que ya quisieran muchos.
Éste es un relato reproducido con permiso de su autor, Dalmau Pérez, un ex-ejecutivo reconvertido a militante anarco-sindicalista, que entre conspiracion y conspiración encuentra tiempo para desarrollar una tardía, improbable y modesta vocación cuentista.
Sinelius Meltah era un sibarita en el sentido más elevado de la palabra. A sus cincuenta y tres años, su trayectoria vital se había caracterizado por la búsqueda constante y concienzuda de los placeres epicúreos y espirituales más refinados. Esta búsqueda se había visto coronada casi siempre por un éxito que ya se había convertido casi en un hábito. Porque la naturaleza, por una vez, había permitido la coherencia entre los dones y las aspiraciones otorgados, y junto a su necesidad constante de goces terrenales Sinelius había recibido una inteligencia natural y una constancia tenaz que habían actuado como una sinérgica dupla. Cuanto más se esforzaba (gracias a la segunda) en utilizar la primera, ésta se volvía más y más aguda.
Así, tras más cuarenta años desde que él mismo comenzara a considerarse adulto, Sinelius Meltah podía casi decir que no había placer que no hubiera catado, desde la degustación de las más insospechadas ambrosías sudanesas hasta la observación de los alfabetos espectriformes de Nueva Zelanda, pasando por la energización simultánea de chacras o por la lectura táctil de las estatuas mayas del templo de Chimaz Atzeic.
Su alma era un aventurero en busca de playas desiertas, no había posibilidad de disfrute terrenal o intelectual al que hubiera dicho que no. Tras seis años iniciales de absorción desordenada de información y de sensaciones, poco a poco había aprendido a juzgar a priori las posibilidades de cada opción que se abría ante los ojos, de forma que había desarrollado un carácter selectivo sin parangón sobre la tierra, que le permitía seleccionar de entre las infinitas posibilidades del universo,casi siempre sin equivocarse.
Sus relaciones personales no eran distintas, siempre sujetas a lo eventual y efímero de los placeres… hasta que conoció a Rada Magath. Supo al instante que estaban predestinados a compartir su eterno y gozoso peregrinar. No había criatura sobre la tierra que se pudiera equiparar a Sinelius, excepto Rada, y eso lo supo a la segunda frase que intercambiara con ella. Dotada de casi todas las gracias que la naturaleza pueda regalar a una fémina, su mente no rayaba a menor altura, de vivaz intelecto y mordaz lengua, se identificó de inmediato con la eterna búsqueda de Sinelius. Así, se habían convertido desde hacía catorce años en una pareja estable, si es que una denominación tan común era aplicable a ellos.
Pero ahora, el día en que cumplía cincuenta y cuatro años, Sinelius sabía que había arribado a la última posada. No estaba dispuesto a envejecer, no aceptaba por principio la degeneración física propia de la edad. Así que estaba dispuesto a paladear el que para él constituía último de los placeres: la decisión sobre la propia vida. No hace falta señalar que Sinelius era agnóstico practicante, y que más allá del plano intelectual, no admitía la existencia de ninguna dimensión espiritual donde tuviera cabida esa invención de las religiones denominada “alma”.
Así que allí estaba, sentado en su mansión de estilo dieciochesco, en el pabellón de otoño, paladeando un oporto de sesenta años de antigüedad, mientras esperaba a Rada. Por una vez en su extensa trayectoria vital, no estaba seguro de la respuesta que su pareja le daría (a pesar que desde hacía lustros la comunicación no verbal entre ellos y la coincidencia de pensamientos era casi total). Porque lo que le iba a plantear era compartir su destino final. Proponer, y no otra cosa. Dejaba para los folletines románticos las patéticas escenas del suicida que pretende arrastrar en su delirio final a sus seres queridos. Ni lo suyo era delirio, ni su alma se había vuelto tan egoísta para no respetar la voluntad ajena.
Entró finalmente Rada, con la elegancia de porte tan habitual en ella. Le dio un beso en la mejilla y se sirvió con confianza un vaso del añejo oporto, comenzando a paladearlo con calma, sin ansia alguna, mientras perdía la mirada en las nubes de otoño, a través de los cristales del elegante invernadero.
- Rada, quiero plantearte algo que tal vez ya hayas sospechado. Por supuesto que entendería si no compartes la propuesta, vaya eso por delante, pero…
-Calla Sinelius -interrumpió brusca pero armoniosamente Rada-, no hace falta que sigas. Sé (te conozco muy bien) que no soportas tu incipiente decadencia física. Sé también que aspiras a que comparta tu planificada suerte, ahora que ya se insinúa el inevitable fin de mi lozanía -proseguía mientras se acariciaba la todavía suave piel de su cuello-. Pero debo decirte algo: no he podido evitar como tú el lado oscuro del placer. Y ahora son otros los goces que me atraen.
Decía esto mientras despacio, casi con estudiada parsimonia, extraía un alargado y extraordinariamente afilado cuchillo de su escote.
Ayer paseaba al perro cuando ví a lo lejos acercarse un automóvil. Al volante estaba un señor ya mayor, calvo, unos sesenta y cinco años. Acababa de salir del garaje y enfilaba hacia la vía de servicio, que le llevaría a Madrid, a Torrelodones, qué se yo. Mientras comenzaba a acelerar, se santiguó con la mano derecha, con el aire mecánico y ensimismado común a todos los gestos rituales. Hacía mucho que no veía ese gesto en esa situación. “Como mi padre”, pensé. “Como la gente mayor”, a continuación. “Superstición”, dijo luego mi mente. “No, creencia en que hay algo más”, me dijo luego con tono pedante. Pero enseguida prosiguió: “Si cree que eso lo protege, es una superstición. Pero también significa que cree que algo por encima de la realidad material puede protegerle de un accidente. Y eso es en cierto modo fe. ¿Entonces toda fe es superstición? ¿Qué diferencia hay entre creer en la maldición de un espejo roto y la creencia de que en una oblea de pan está el cuerpo y espíritu de un dios? ¿Es sólo una cuestión de escala, o del ceremonial con el que revestimos el acto? Si a un acto supersticioso lo revestimos de latín, de púrpura e incienso, ¿se le puede entonces llamar fe sin que chirríe a nadie? O a lo mejor las cosas son más sencillas: con ese simple acto, aquel anciano está demostrando aun sin saberlo que no necesita a Newton, a Einstein y ni siquiera a Stephen Hawkins (al igual que éste no necesita a Dios) para vivir en este mundo, que no necesita una explicación racional para cada cosa porque siente que hay algo más que la simple realidad material, que hay otra dimensión, que existe el espíritu, que existen los ángeles de la guarda. No llegué a ninguna conclusión, mi cerebro cerró enseguida la ventanilla diaria de desvaríos y disgresiones de fin de semana, y cuando mi perro tiró de la correa me puse a pensar en cualquier otra cosa.
Hay canciones horripilantes que, ubicadas en el lugar y el momento adecuado, pueden alcanzar un status de idoneidad nunca antes imaginado. Para muestra, una muestra:
Pues sí, ya hemos hablado de ella hace dos post, pero creo que esta chica se merece volver sobre ella. Con solo veintisiete años ya tiene tres LPs a sus espaldas, el segundo de ellos de versiones de clásicos, y el tercero recién salido del horno. Tuvo además el buen gusto de colaborar con Ray Charles. Dotada de una magnífica voz que nos remite a los clásicos (con dejes de Mavis Staple y de la Aretha clásica), sus tres LPs me han resultado todo un descubrimiento. De hecho hay que resaltar que en el ultimo, solo dos canciones sobrepasan apenas los cuatro minutos, quedando el resto por debajo incluso de los tres minutos de duración. Lo que es de agradecer porque retoma en cierto modo la inmediatez que las canciones soul deben de tener, y evita con frecuencia el esquema intro-enlace-estribillo (repeat) tan tan aburrido. Algunas parecen meros apuntes, pero más que divertidos, evitando además los clichés del hip hop mainstream que tanto daño hacen a la música negra actual. Tiene además alguna canción ciertamente rotunda, como las dos que os cuelgo a continuación. El soul parece que se resiste a morir, bieeeeeen.