Encumbrada como paradigma de espíritus elevados, señalada como arma de bendición masiva que puede romper el círculo vicioso de opresión-explotación-esclavitud, reseña y punta de lanza para cualquier campaña o declaración de intenciones internacional, tal vez ha llegado el momento de plantearse si tiene sentido desde un punto de vista práctico seguir caracterizando este concepto (solidaridad) como algo práctico en vez de cómo una declaración de intenciones bella pero inoperativa.
Salvo iniciativas aisladas de muy escaso alcance y carácter siempre particular, los flujos financieros, los presupuestos públicos, las relaciones internacionales, las pugnas laborales, siguen todos de forma estricta el principio de competitividad, la búsqueda constante de la ganancia sin límite y la defenestración del contrario, sin interés alguno en los daños colaterales. Siendo como son estas corrientes las que determinan la renta final disponible para cualquier proyecto, parece garantizado que no se destinarán nunca los fondos necesarios a fines sencillos como acabar con el hambre o las pandemias del tercer mundo.
Hablaríamos entonces como conclusión de la necesidad de cambiar el modelo, pero no el modelo económico o social, sino el modelo mundial, es decir, "cómo está organizado el planeta". Y entonces (y discúlpenme la brutal simplificación), la pregunta es ¿por dónde empezar? ¿Tenemos algunos o todos nosotros juntos el poder para iniciar ese cambio? Y aun más importante, ¿Alguien sabe qué dirección tomar? ¿Cómo actuar?
Se podría tal vez empezar por nuestras propias vidas, pero… ¿realmente tenemos idea de cómo hacerlo? ¿Reciclando? ¿Comprando productos ecológicos? ¿Aportando a una ONG?
Tal vez seamos sin darnos cuenta como esas hormiguitas de laboratorio que viven un hormiguero de cristal previamente diseñado, y como ellas creemos que hacemos lo que queremos con nuestras despensas, nuestra sala de cría, nuestros habitáculos, cuando en realidad seguimos lo establecido por otros… o no?
Los ochenta fueron una década complicada para el soul. Los cada vez más patéticos coletazos de la música disco empañaban las ondas, las nuevas tendencias estaban revestidas en su imagen y sonido de la inevitable horterez ochentera, y el soul en su versión más pura (que diera maravillosos hitos en la década anterior), parecía, y de hecho estaba, desaparecido.
Pero (o tal vez por ello) vale la pena recordar una actuación en directo de 1987 en la que Prince supo reencontrar el soul, con un sonido eléctrico, coros auténticos, ritmo hipnótico, una voz sentida y desgarrada, y una letra… romántica, por decirlo de algún modo.
La Universal elimina sin piedad cualquier vídeo de este artista subido a YouTube o semejantes por lo que no puedo garantizar su futura accesibilidad.
Sí su calidad.
Aviso a navegantes. Ya está próximo, ya se avizora el estreno de una nueva película del inimitable Terry Gilliam, que, por lo que indica el trailer, parece que alcanzará las cotas de imaginería visual, fantasía y barroquismo de obras maestras de este creador como el Baron de Munchaussen o Los Héroes del Tiempo.
No alcanzará las cimas de Brazil (sencillamente porque ninguna obra creada por un ser mortal puede hacerlo), pero todo indica que habrá que verla con esperanza. Ah, y es el papel póstumo de Heath Ledger. Y sale Johnny Depp. Y Colin Farrell. Y Jude Law...
Dejémonos de palabras, con ustedes el trailer.
¿Es inevitable la tendencia del ser humano a alienarse con cualquier estímulo externo que le abstraiga de la realidad de forma artificial? Casi todos en mayor o menor medida, tendemos a “engancharnos “ con algo, ya sea en dosis leves o en algunos casos, en niveles cercanos a lo patológico. Videojuegos, alcohol, televisión, comer, chats de internet, sexo, drogas, trabajo, o… pareciera que todos tenemos en nuestro interior un gen que nos induce a repetir compulsivamente una actividad durante horas, más allá de la simple diversión, de forma que nuestra actividad mental, absorbida por una única actividad, quede en “stand-by” y nuestra vida social aparcada para un mejor momento.
¿Es acaso un mecanismo de autodefensa frente a una realidad demasiado compleja (o simplemente demasiado “grande”) para soportarla veinticuatro horas al día? ¿Es una tendencia específicamente humana o por el contrario una inesperada regresión a instintos ancestrales? ¿Nos aporta algo, aunque sea una especie de válvula de escape, o podríamos sustituirlo por algo más productivo (como por ejemplo la escritura compulsiva)?