Andrés Calamaro es junto a Fito Páez el mejor compositor argentino de los últimos quince años. Exacerbado, excesivo, tras su paso por Los Rodríguez demostró que no le importaba hacer buenas piezas disco o pequeñas joyas del pop, o sacar como si tal cosa un quíntuple disco con material completamente nuevo. Para mí sin duda una de sus mejores creaciones es "Estadio Azteca", una hermosa canción sobre derrota y fracaso (eeh... va sobre eso, no?).
Internet es un medio prodigioso para el acceso a imágenes, y en especial a las reproducciones de obras pictóricas. Sin embargo, siempre tengo la sensación de que la realidad que nos depara la red queda muy por debajo de las expectativas (ya lo hemos comentado antes), por dos motivos: el principal, la muy escasa calidad de las digitalizaciones de las obras pictóricas ”subidas” a las distintas páginas web y blogs, lo que hace que la experiencia de visión de la obra de arte sea pobre y frustrante. Otro argumento en contra es los a menudo insoportables comentarios sesudos y de tufillo elitista que acompañan las obras (muchas veces simples copy-past de otros sitios). No ocurre así en la impresionante “Arte y Artistas”, un magnífico blog en el que es de admirar la calidad de las imágenes pictóricas, el enorme volumen de ellas subidas para cada pintor comentado, y los comentarios atinados pero ligeros, adecuados para neófitos (como yo) en la materia. Para completar la alegría, la selección de pintores es amplia y dirigida con toda intención a artistas a los que las veleidades de los críticos han relegado a cierto olvido. Perfecto para sentarse en la cama con el portátil wi-fi, y disfrutar del arte mientras se toma una taza de café.
En un artículo anterior hablábamos de las esperanzas que ponen los ciudadanos en el estado en función de la aceptación o no de su propia espiritualidad, pero tal vez valga la penar reflexionar sobre las implicaciones que tal aceptación o rechazo tiene para quien ejerce el poder. Porque las consecuencias que se derivan naturalmente de la aceptación o no de la propia trascendencia implican que ante un mismo problema los gobernantes tomen decisiones contrapuestas.
Así, si la felicidad del individuo está en relación con su armonía espiritual, no habrá pues responsabilidad alguna del gobernante más allá de la gestión de los recursos comunes, y dicha gestión deberá realizarse conforme a los parámetros políticos socialmente establecidos y aceptados. Así, el gobernante ideal deberá ser garante del interés general, la paz social o, dicho en lenguaje de las épocas de bonanza, del bienestar.
Sin embargo, si ha de ser el estado el responsable de que sus ciudadanos alcancen la felicidad (porque éstos la identifican con los logros materiales) será una grave irresponsabilidad del gobernante sustraerse a la obligación de establecer los mecanismos por los cuales dicha felicidad debe ser alcanzada.
Dicho de otra forma, el estado no sólo deberá en este supuesto poner a disposición de todos y cada uno de lo ciudadanos los recursos necesarios para su enriquecimiento personal. Además no debería penar con impuestos dicho enriquecimiento, sino todo lo contrario, ya que un ciudadano rico sería un ciudadano feliz y, por tanto, un triunfo del estado, que no debería limitar la felicidad (los bienes) de sus ciudadanos.
Por tanto, las decisiones de un gobernante agnóstico serán tanto más acertadas en la medida en que reduzcan los impuestos de los ricos lo que, en definitiva, no significa otra cosa que aumentar las diferencias sociales
¿Pero debe ser objetivo del estado procurar la felicidad de sus ciudadanos?
La respuesta, ya hemos visto, sólo puede ser afirmativa desde el agnosticismo, y esa opción se contradice, curiosamente, con la tendencia de este tipo de gobiernos a la reducción de las diferencias sociales, aunque explica, eso sí, su corrupción, ya que la coherencia profunda de su esquema moral permanece intacta y siendo así ¿a quién le importan los ciudadanos?
Un Primer Recuerdo: Tendría 12 ó 13 años, cuando en un suplemento dominical leí un reportaje sobre un tal Rockwell, titulado “el pintor de la América feliz”. Se me quedó grabado el cuadro que lo ilustraba, “Comida de acción de gracias”. Su extraño realismo, su temática ingenua. Uno de esos recuerdos que se entierran en nuestro subconsciente para, pertinazmente, sobrevivir. Primera acción: De forma casual me topé en una librería con un volumen sobre el mencionado. Algo muy lejano se mueve en las catacumbas de mi cerebro. El libro es de Taschen, esa maravillosa editorial de éxito masivo (y por tanto sin prestigio alguno entre losentendidos) por haber puesto el arte al alcance de todos gracias a sus moderados precios (aunque últimamente publican sobre otras modalidades del arte). Compro el libro. Ahí están. Las ilustraciones realizadas durante seis décadas por un maravilloso creador, al que no le dolían prendas reconocer que utilizaba fotografías para utilizarlas como modelos de algunas de sus obras, y cuya obra se puede definir sin temor a equivocarnos como comercial, incluso, alimenticia. Pero muchas cosas de Norman Rockwell me gustan, aunque yo no entienda de arte ni de publicidad. La naturalidad de muchos de sus imágenes en movimiento. La facilidad para transmitir en determinados cuadros el espíritu y los anhelos de la sociedad americana de ese momento (aun con ingenuidad y candor). Una magnífica capacidad de observación para delimitar lo que se llegó a llamar “momentos Rockwell”. Y sus intentos, a veces logrados, a veces no, de trascender las meras portadas del Saturday Evening Post, revista bimensual cuya cabecera ilustrara durante casi cinco décadas. Un ejemplo: En un momento en que la mano de obra de las fábricas americanas era mayoritariamente femenina a causa del enrolamiento masivo por la II Guerra Mundial, supo plasmar el hecho en una imagen icónica y rotunda, que le ha pervivido: Rosie, la remachadora.
Con su herramienta sobre las piernas y aplastando el Mein Kampf, no es tan fácil adivinar que se inspiró de manera directa para esta obra en el Isaias de la Capilla Sixtina. Increíble cruce de caminos..
Otro de sus cuadros más conocidos es... ...leer más
Han sido tres largos y desoladores días escondidos. Temerosos de que los descubran y los maten por ser seguidores del hereje. Pero las mujeres les han dicho que algo ha ocurrido en la tumba. Y han tenido que salir. No querían, pero lo han tenido que hacer. Juan, el favorito, apocado como siempre, apenas puede disimular su terror. Pedro recuerda como pinchazos en el alma sus negaciones en la horrible noche de tres días antes, y camina firme pero con la mirada extraviada, sin saber realmente qué va a encontrarse en el sepulcro. Amanece. Tienen miedo, sí. Pero a la vez, una secreta esperanza, porque los prodigios que vivieron les dicen que es posible. Y aceleran el paso, pensando ¿Y si fuera verdad?
"Les disciples Pierre et Jean courant au sépulcre le matin de la Résurrection", de Eugène Burnand