¿Por qué nos resultan tan atractivas las teorías conspirativas, aun cuando no creamos a pies juntillas en ellas?
Tal vez porque entroncan con nuestro secreto anhelo de encontrar alguna lógica o verdad sencilla que explique el caos en que se ha convertido el mundo. Así, si aceptamos la existencia de unos grupos de poder ocultos (masones, magnates del petróleo, trekkies, militares o quien sea) que manejan el mundo en secreto y hacen y deshacen guerras a su antojo, bien… seguramente la solución no sea de nuestro gusto, pero por lo menos nos puede parecer comprensible, con sentido, y aliviaría nuestra perplejidad diaria….
Además, todos, en el fondo, tenemos la sospecha de que vivimos en cierto tipo de “matrix” informativa, de que todo lo que nos cuentan es falso…
Un amigo mío por su parte tiene una versión a medio camino entre la creencia absoluta en las conspiraciones y la fe ciega en nuestros honestos gobernantes: No es positivo aplicar esa denominación a cualquier línea de pensamiento que intente ver lo que hay detrás de las apariencias.
La descalificación de cualquier teoría alternatva al discurso de los mass media es, de hecho, un mecanismo de control ejercido desde los propios líderes de opinión a través de los medios para adocenar a la gente.
Sí que existe un masterplan masónico. Sí que existe un lobby del petróleo. Sí que existen los intereses políticos detrás de los alimentos transgénicos. Otra cosa es que pretendamos ver que el lobby del petróleo se encuentra detrás de cada semáforo que se pone en rojo.
Es un terreno muy adecuado para que te califiquen, te descalifiquen y finalmente no te tomen en serio si defiendes una opción diferente a las líneas de pensamiento oficiales.
El ejemplo de los masones es estupendo para eso: en teoría no existen, o son una asociación como los criadores de canarios. Si pretendes decir que tienen algún poder se te adhiere el sambenito de franquista, paranoico o loco. Así funciona la verdadera conspiración: determinando una línea de pensamiento oficial o "políticamente correcto" que sea asumida por el subconsciente de la gran masa inconsciente de manera que nadie se atreva a pensar de forma diferente, so pena de ser marginado.
Por eso es tan importante para los que verdaderamente manejan el mundo eliminar cualquier opción de pensamiento crítico, un pensamiento crítico que un día tuvo la filosofía (y que perdió en favor del relativismo), pero que hoy en día mantiene por ejemplo la Iglesia Católica.
Sí, de acuerdo, era un playback descarado (tal vez uno de los primeros de la televisión americana), y los dos hermanos Isley que hacían los coros no se habían esforzado mucho en preparar una coreografía, que digamos, pero... eso era ritmo, por Dios!
Tenemos miedo al silencio. Tal vez porque nos obliga a escucharnos a nosotros mismos, y nos aterra que nos disguste lo que oigamos, o tal vez no oír nada.
Una vez inmersos en él, no nos es posible sustraernos a la vibración de la realidad, y por eso, de forma natural, el silencio se ha impuesto a lo largo de los siglos para limitar la comunicación interpares allá donde el ruido no puede negar la evidencia de la muerte o del más allá (entierros, velatorios, ceremonias religiosas, etc).
Pero en esta sociedad española teledrogadicta, a fuerza de alienarnos somos cada vez más incapaces de asumir pautas de comportamiento propias. Preferimos banalizarnos en la mímesis de efectos televisivos de tercera, como si viviéramos en un telefilme de sobremesa de domingo.
Y cuando éste se une con otro fenómeno alienante, como es el de la dilución de la identidad propia en la masa, el efecto es vergonzante. Así, por ejemplo, entierros multitudinarios de víctimas de asesinatos de toda índole se orlan siempre con los aplausos y vítores de los asistentes, poseídos de un agudo horror vacui sonoro, sin que nadie se sorprenda, tal vez a la espera de que, “desde algún lugar más allá de crepúsculo” comiencen a subir los títulos de crédito.
Alguien podrá pensar que es inevitable esa catarsis en forma de aplauso para aliviar el dolor, y tal vez fuera cierto si tal proceso tuviera lugar siempre, y no sólo en los acontecimientos mediáticos.
¿Por qué aplaudimos?, ¿a quién demonios aprovechan nuestros aplausos? ¿al muerto? ¿por qué nos vemos abocados a hacerlo, incapaces de recogernos, de recrear el silencio, aun cuando sólo sea como señal de respeto?
Acaso ya no somos capaces de transmitir nuestro estado de ánimo por ningún medio que no sea los propios del show: aplausos, cabriolas, gestos exagerados… parece que la reflexión y ese mirar hacia dentro que tantas veces deberíamos hacer, no es que no exista, es que queda muy lejos de los endurecidos caparazones de nuestras almas.
La semana ha sido dura, así que lo mejor será relajarse con este precioso y no tan conocido tema de la Voz. Si el amor fue bueno para él, sus canciones son buenas para nosotros.
Próximos al desenlace final, de nuevo nuestra aportación a la originalidad en la blogosfera, intentando evitar tanto copy-past salchichero... Su autor, Salvador Bayona, se ha irritado conmigo por la tardanza en publicar el capítulo... y tiene razón.
Hace un par de semanas, Abe Moscowitz se murió de un infarto y vino a reencarnar en una langosta. Lo atraparon en la costa de Maine y lo enviaron a Manhattan, donde fue a parar a un tanque de un lujoso restaurante especializado en mariscos. En el tanque había otras langostas, una de las cuales lo reconoció: «¿Abe, eres tú?», preguntó la criatura levantando las antenas. «¿Quién es? ¿Quién me habla?», dijo Moscowitz, todavía confundido por el místico desbarajuste post-mórtem que lo había transmutado en un crustáceo. «Soy yo, Moe Silverman», dijo la otra langosta. «¡A-la-bao!», chilló Moscowitz al reconocer la voz de un antiguo compañero de gin rummy, un juego de cartas. «Hemos renacido», explicó Moe. «Como un par de langostas de dos libras». «¿Como langostas? ¿Así es como termino luego de haber vivido una vida justa? ¿En un tanque en Third Avenue?». «El Señor trabaja de maneras misteriosas», explicó Moe Silverman. «Mira a Phil Pinchuck. El tipo se fue del aire por culpa de un aneurisma, y ahora es un hámster. Se pasa el día corriendo en la estúpida rueda. Durante años fue profesor en Yale. Lo que digo es que a estas alturas le gusta la rueda. Pedalea y pedalea, corriendo hacia ninguna parte, pero con una sonrisa». A Moscowitz no le gustaba su nueva condición en lo absoluto. ¿Por qué un ciudadano decente como él, un dentista, un hombre a todo que merecía volver a la vida como un águila en pleno vuelo o acurrucado en el regazo —y recibiendo caricias en su pelaje— de una mujer sexy de la alta sociedad habría de regresar ignominiosamente como el plato fuerte en un menú? Era su cruel destino ser delicioso, convertirse en el “Especial del día”, acompañado de una patata asada y un postre. Esto llevó a un debate entre las dos langostas sobre los misterios de la existencia, de la religión, de cuán caprichoso era el universo cuando alguien como Sol Drazin, un pastuzo que ambos conocían del negocio de comida por encargo, había regresado luego de un infarto fatal como un semental que preñaba a unas adorables potrancas de pura raza y recibía por ello altos dividendos. Sintiendo lástima por sí mismo y furioso, Moscowitz nadó de un lado a otro, incapaz de adoptar la resignación budista de Silverman ante la posibilidad de ser servidos a la termidor. En ese momento, entró en el restaurante y se sentó en una mesa cercana nada más y nada menos que Bernie Madoff. Si Moscowitz se había sentido amargado e irritado con antelación, ahora jadeaba...