Este blog se ha mantenido irredento hasta el momento actual frente a todo lo que huela a friki. Y no es que uno no tenga sus secretos gustos inconfesables, simplemente es que no creo que vaya con la onda del blog. Pero hoy me he tenido que rendir. Cómo si no: junten el maravilloso arte de uno de los mejores patinadores sobre hielo de la década; el software digital al alcance de casi todo el mundo; y un grupo de japonesitos fanaticos (pero fanáticos) de Star Wars.
"Descubriremos que el monstruo posee anverso y reverso, que los auténticos príncipes no tienen más remedio que intentar salvar al desvalido y al acorralado, que la comunicación con el extraño y el aprendizaje de la tolerancia puede ser un camino tan espinoso como gratificante, que ser valiente implica conocer el miedo"
Sealpuede presumir de una amplia trayectoria profesional. Se inició como cantante de un lejano hit de música electrónica de 1990. Ya por entonces sorprendía el timbre rasgado de su voz. Inició luego su carrera en solitario bajo la producción de Trevor Jones (el cerebro de Video Kills the Radio Star y creador de los Frankie Goes to Hollywood) obteniendo un éxito mundial con su "Crazy". Se mantuvo luego mal que bien en el panorama musical, con ayudas puntuales de la banda sonora de cierto chalado enmascarado, y algún que otro LP fracasado. Por eso, que a estas alturas lanzara un álbum de versiones de clásicos entre los clásicos del Rythm and Blues, y que se atreviera a llamarlo simplemente “Soul”, no podía dejar de sonar un tanto sospechoso. Y más, por mi parte, cuando la primera canción del LP y además su primer single es el clásico por excelencia de la música negra y seguramente la canción más versioneada en la historia del soul: nada más y nada menos que A Change is Gonna Come, del inmenso Sam Cooke. Pero… tenía que oír el álbum, porque desde luego la voz de Seal merecía ese margen. No voy a hacer reflexiones sesudas ni análisis profesionales: solo diré que “Soul” es contra lo que se podía esperar un respetuoso recorrido por la música negra del siglo XX, donde la producción se olvida de efectos hip-hoperos (no hay nada peor que intentar “modernizar” un clásico a base de caja de ritmos). y recupera (por fin) el sonido orquestal. Y su autor sabe no sólo mantener el tipo, sino que seguramente realiza, con su privilegiada garganta, algunas de las mejores versiones realizadas hasta la fecha, de canciones que (no lo olvidemos), por su estatus de estandars , lo ponen siempre muy difícil a los osados que se atreven con ellas. Si os gusta el soul, comprarlo en Amazon. O en ITunes. O pedirlo prestado. O buscadlo en la red.
Pos-post: Pero la joya, en mi opinión, de este álbum es la versión de una canción del sonido Filadelfia que es puro oro líquido, y que la foca sabe bordar.
«(estos audaces) pensaban que el objetivo de abrir las mentes es simplemente abrirlas, mientras que yo estoy absolutamente convencido de que el objetivo de abrir la mente, como el de abrir la boca, es cerrarla de nuevo sobre algo sólido»
En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así, ¿Cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche? Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial. El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Ureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: “¡Ahí vienen!” y después: “¡Los Dioses! ¡Los Dioses!”. Cuatro a cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos, llorando, eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el encovado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron. Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna del islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel, en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.
Hace pocos días hablábamos de un brillante momento pop de Sinead O'Connor y The Edge. Pero no me basta (al menos a mí). Sobretodo cuando podemos disfrutar de la maravillosa voz de Sinead en directo, y con una tan bella canción. Vean, escuchen (hasta la parte final por favor), y cuéntenme luego.