No cabe duda: Rufus Wainwright es una auténtica reinona. Y continuador de la nunca bien reconocida corriente gay-pop que naciera durante la era disco, y que cuenta con ilustres representantes como Jimmy Sommerville, Marc Almond, Erasure, Petshop Boys (sí lo son), Elton John o incluso George Michael.
Admirador irredent0 de Judy Garland y Elton John, adalid del pop sinfónico (capaz de hacer una canción basada en el bolero de Ravel), deudor de los primeros Queen y relatista impúdico de su despertar sexual, no voy a contar más de este singular personaje, porque ya se ha contado mucho mejor en otros sitios.
Sí diré que, en ocasiones, el brillo de las plumas y el tronar de la orquesta no esconden más que vacuidad musical, pero éste no es uno de esos casos. El señor Wainwright sabe componer canciones, y sabe cantarlas. Con ya cinco LPs a sus espaldas, el tercero (Want One) es en mi opinión el mejor, una obra redonda con un ramillete de hermosas perlas pop, si bien en todos sus álbumes suele haber cosas interesantes.
El desarrollo tecnológico ha difuminado en las dos últimas décadas las diferencias entre “versionear”, “copiar”, “tomar prestado” o “inspirarse en”. El sampling (ya sabe, tomar prestado fragmentos de otra canción para insertarla en la propia) ha ayudado mucho a difuminar estas fronteras. Pero a veces da lugar a extrañas y productivas relaciones esporádicas. Stephen Stills firmó en 1967 una hermosa canción, For What It's Worth, sobre el enfrentamiento entre jóvenes y la policía que ya por entonces se producían. Un punteo hipnótico y las arenosas voces de Buffalo Springfield conformaron un pequeño gran clásico del rock.
Treinta y un años después, los adalides del hip hop más poderoso, Public Enemy, “tomaron prestada” la línea de guitarra y la voz de Stills (que regrabó para tal ocasión su aporte vocal) para hacer el single de una banda sonora (He Got Game de Spike Lee). La canción es puro hip-hop, pero hacia el final de la misma se introducen, oh sorpresa, unos hermosos coros góspel, que dan la canción densidad soul allí donde en principio no se podía esperar.
REM saltó al estrellato completo a mediados de los noventa, y fueron (son) de lo más valioso que ha dado el rock USA en las últimas décadas.
Sin embargo, tuvieron una amplia trayectoria, digamos underground, antes de dar el gran salto. De esa época vale la pena rescatar una de sus canciones menos serias y trascendentes, lo cual siempre es de agradecer. Es el fin del mundo tal como lo conocemos, título que tal vez se podría aplicar al momento que vivimos.
¿Cómo es posible que en la nación más consumista e insolidaria del mundo se pueda producir un brote de ilusión y confianza en el futuro, que resultaría impensable en ninguna nación de esta nuestra civilizada y sensible Europa?
Un presidente de raza negra que afirma “Sí, podemos sanar el mundo”; “Sí, podemos ganar el futuro”, “Sí, podemos…” Un desconocido total hace tan sólo un año, que ha arrastrado a millones de personas a corear sus proclamas idealistas, a compartir la esperanza de un futuro mejor, a recuperar la confianza en el poder de la ilusión.
Un amigo mío, caracterizado por su habitual acidez, me señala que no me debería sorprender, porque existe una explicación a todo esto, incluso científica:
“los Estados Unidos son un país consumista por excelencia, que no tiene apenas pasado, todo un futuro por delante, cierto autismo respecto a los que no sea ellos mismos, una gran ignorancia, y confianza ciega en sus posibilidades… Y estas características son comunes, de hecho, a los niños de cinco años. Para los niños (como para los estadounidenses), no existe el pasado, todo es presente; lo quieren todo ya, son ligeramente egoístas, y… terriblemente ingenuos. Los USA son así: un país ingenuo, hecho de ciudadanos narcotizados por el consumo, insolidarios, y a la vez o por ello terriblemente infantiles”.
Bien. Puede ser. De hecho, si así fuera, sería más bien preocupante. En nuestra vieja Europa, esos idealismos ya son historia: el siglo de las luces fue hace trescientos años, los ritos relacionados con el poder hace tiempo que han perdido su significado, y la mística del poder dejo de serlo cuando se decapitó en Francia a un rey.
Pero, ¿No nos vendría bien un poco de ingenuidad de vez en cuando?
No acabo de comprender cómo la defensa de la naturaleza humana que hacen los que se llaman a sí mismos (en un osado alarde de incultura) "humanistas", excluya tan fácilmente las aspiraciones trascendentes del hombre. Porque la procedencia de sus postulados tiende a inyectarnos sin que nos demos cuenta consignas útiles para el sistema ("consuman", "progresen", "trabajen"…) consignas que en sus versiones refinadas nos imponen un modelo de familia, unas pautas de comportamiento, un lenguaje políticamente correcto, etc. Incluso la libertad es obligada, siempre que no se utilice para oponerse al discurso oficial. De manera que tener una concepción no oficial, no ya del bien y el mal, sino de los comportamientos, admisibles o no, es tachado inmediatamente de totalitario. Como consecuencia de esto, el individuo, convertido en marioneta y desarraigado de su propia naturaleza, es impulsado por esas mismas consignas oficiales a buscar su identidad de pueblo, de lengua, de Rh, de tendencia sexual, sus preferencias culturales, muchas veces utilizando la historia (real o no, eso no importa) como argumento. Sin embargo, una de las cosas que distingue al ser humano es obviada, ridiculizada, y hasta proscrita: su ansia de trascendencia. Provocada o no por el miedo a la muerte, lo cierto es que la espiritualidad del hombre le ha acompañado desde los albores, ha sido motor social, ha influido más que ninguna otra cosa en la organización social, ha producido las mayores obras salidas de manos humanas. Debería ser, por tanto, más propio que desde el aparato estatal se incentivara el desarrollo de la espiritualidad como signo de identidad en lugar de invertir en recuperar lenguas, bailes regionales, o en convertir en héroes del hecho diferencial a papanatas que no destacarían por méritos propios en una convención de mediocres. Y sin embargo se niega sistemáticamente la espiritualidad. Como si no existiera, como si creer en Dios en cualquiera de sus manifestaciones fuera propio de subnormales (nótese que no he dicho disminuidos psíquicos), como si para encontrar nuestra identidad tuviéramos que negar esta parte tan importante de nosotros. Pero hay una explicación: Ni los bailes regionales, ni la lengua propia de mi comarca, ni mi tendencia sexual me crearán nunca una conciencia crítica. Aunque tal vez me conviertan en un borrego trisexual vestido de lagarterana.
Pos-post: Espero que no se molesten los colectivos de plurisexuales, de borregos o de lagarteranas.
Sitúense por un momento. Navidades de 1968. USA. En el Billboard reina el sonido motown. Los Beatles siguen sacando sus hermosos discos de pop biempensante. Simon y Garfunkel ya han comenzado a arrasar con sus dulces melodías. Sinatra sigue en la cresta de la ola. Elvis todavía sigue siendo Elvis. Un norteamericano medio cualquiera, blanco, anglosajón y protestante, enciende desprevenido su televisor, dispuesto a relajarse un poco viendo el night show decano de la televisión estadounidense, el show de Ed Sullivan. Y entonces, de repente, se encuentra esto:
Allí se encontraba, dos años antes de que empezaran, todos los años setenta a nivel musical (y parte de los ochenta): El funk. El p-funk. Prince. El rock-soul. El deep funk. George Clinton. Todo. Sólo un genio arrasador como Sly Stone podía fusionar y anticipar toda una década musical, y además, sonar en directo como sonaba con su increíble banda (¿han oído alguien que suene así en una actuación televisiva?). Durante siete años Sly and the Family Stone no solo estuvo a la vanguardia de la música negra, sino que supieron prestar las ideas que luego desarrollarían otros en los siguientes quince años. Desde finales de los setenta, y hasta hoy, Sly vive colgado de las drogas, con frecuentes estancias en clínicas de desintoxicación, sin ni siquiera poder hacer un regreso o revival con fines económicos. Pero eso no quita grandeza a su aporte, y sobre todo, a sus increíbles canciones, de las que les dejo una pequeña muestra a continuación.
Pos-post: Las versiones de las creaciones de Sly Stone sido continuas, y más de uno le sonará la que suena en el vídeo, ya que se utilizó para la escena final del primer Shrek.
Siempre me ha sorprendido el atractivo que las llamadas tribus urbanas tiene para periodistas y medios de comunicación en general. Parece que el hecho de que un grupo de veinteañeros urbanos opten por un tipo de música y un estilo en la vestimenta y peinado determinados, les convierte automáticamente en objeto de atención mediática, social y hasta científica. Así, tenemos los clásicos (rockers, punks, skins, redskins, góticos, moods, pijos, skaters, metaleros, etc), y los más recientes y relacionados con las plataformas de internet y la nueva realidad social (floggers, geeks, poligoneros, etc) aunque también éstos comparten una estética y una música propias. Voy a resistir la tentación de hacer juicios de valor sobre todos ellos, y no hablaré de su supuesta frivolidad, narcisismo, autismo social, etc (ojo que estos son tópicos comunes). Lo que sí puedo señalar es que los medios de comunicación parecen aburrirse con la sociedad normal y sus aburridos miembros normales. Puede usted ser un maravilloso chelista, un egregio escritor, un consumado swinger o una simple y esforzada madre de familia o amo de casa. No importa. Si quiere ser considerado como representativo socialmente, debe unirse a otros consumados violinistas, egregios escritores, cachondos swingers o esforzados amos de casa, adoptar todos un estilo de peinado lo más raro posible y unos atuendos extravagantes, y pasear de vez en cuando por el centro de Madrid o Barcelona con actitud distanciada y hasta embelesada. No lo dudéis: en breve tendréis el honor de haber sido etiquetados, incluso tal vez con un nombre rimbombante (snackers, housers, qué se yo) Y tal vez el meollo de la cuestión es ese: a muchos les gustaría (en el fondo) ser etiquetados, caracterizados, para por fin poder sentirse diferentes , originales, separados de la informe, insulsa y amorfa masa social que les rodea y de la que forman parte con secreta y reprimida angustia.