... del adiós definitivo de Bob Marley. Comocí de verdad su música cuando estudiaba Económicas (es un decir) en Valencia. Desde entonces no ha cambiado mi opinión respecto a su obra: con esas rastas, esa pinta eterna de fumao... un músico genial.
Un día descubrí que las canciones, si las usas mucho, se gastan, como los libros o las fotos. Sí, creedme, se empiezan a arrugar, sus esquinas se doblan, pierden el color original, y empiezan a ser una sombre de lo que fueron… Eso me pasó con una canción de la que usé y abusé durante años, de tanto que me gustaba. Era una balada muy sencillita cantada por un grupo un tanto particular, DeBarge. La canción era “I like it”. Los componentes del grupo eran todos hermanos, y fueron uno de los muy escasos grupos con éxito de la Motown en los ochenta. Sus canciones eran de tono pop y más bien intrascendentes, pero esta balada les salió particularmente lograda. O eso creo. Porque finalmente, de tanto escucharla al final no me decía nada, y empecé a dudar de si era o no una gran canción, o una simple melodía que se había colgado de mis neuronas, la muy tunanta.
La historia de DeBarge es más bien terrible. La Motown hizo con ellos lo que al fin y al cabo había hecho veinte años antes con todos sus grupos, es decir, hacer y deshacer a su antojo, potenciar a unos componentes e ignorar a otros, en definitiva digitar sus carreras como si fueran simples figuritas de juguete. Pero ya no eran los sesenta, sino los ochenta, y además el grupo era familiar, con lo cual estaban jugando con una cosa mucho más seria. Su epílogo fue tremendo, con dos componentes cumpliendo condena en la carcel, otros hundidos en las drogas (uno falleció), otro abrazando el misticismo… realmente triste.
Y sin embargo unos de sus vocalistas, El DeBarge, logró volver a los escenarios y hasta volver a grabar en el 2010 con buenos resultados. Rebuscando en la red encontré una actuación en directo del mismo, de hace poco tiempo, donde volvía a cantar “I like it”. Y demostraba que es un magnífico vocalista, con una capacidad para los falsetes en vivo y un dominio de sus cuerdas vocales muy difícil de encontrar en el panorama actual, en el que escuchar a una estrella en auténtico directo suele ser algo decepcionante. El vídeo tiene una pésima calidad de sonido pero lo cuelgo porque pienso que vale la pena. Fijaros, al final de su interpretación, la expresión que por un momento muestra su rostro. Seré exagerado pero parece que está diciendo "ya estoy aquí de nuevo, no me rechacéis por favor".
Además, mira tú por donde, al escucharle, la canción ha recuperado parte de su color, se ha puesto tersa de nuevo y ya la vuelvo a mirar con cariño…
Pos-post: Bueno, qué pena, la Wikipedia dice al final de su entrada sobre El Debarge: "On Valentine's Day of 2011, DeBarge's record label announced that all appearances, including a tour dubbed "Intimacy" have been postponed and that DeBarge had checked himself into a rehabilitation center, having suffered a relapse. DeBarge did not attend the 2011 Grammy Awards ceremony."
Ya hablamos alguna vez en este blog de Soft Cell, aquel grupo tecno de los primeros ochenta formado por un genio de los teclados (Dave Ball), y una reinona del escenario con una voz inesperadamente expresiva y magnífica (Marc Almond). Los conocí de pequeño a través de mi hermano, por aquel entonces ya muy aficionado a la música inglesa. Recuerdo que un día trajo el maxi-single (todos sabéis todavía lo que es, no?) de uno de sus sencillos, What!. Lo oí con mucha frecuencia. Y nunca me pareció por aquel entonces una gran canción. Sencillamente me resultaba aburrida.
Pero unas décadas después me descargaba el mp3 de la canción, y oh, sorpresa, al escucharla pensaba "pero qué puta maravilla". ¿Qué había pasado? ¿Tanto había cambiado yo? ¿Tanto habían cambiado mis gustos?
No, no era nada de eso. El secreto radicaba en que yo había conocido la canción sólo a través de su versión extendida, con una duración de más de 9 minutos. Y al escuchar el mp3, éste era el de la versión original, que no llega a los tres minutos. Y es una joya pop. Y como toda joya pop, una de sus características es la fugacidad, el fulgor instantáneo, el brillo breve pero intenso . Y como tal, no se puede alargar artificialmente, destruyes su esencia. ¿Os imagináis She loves you de los Beatles con una extensión de diez minutos? Sería algo horrible, aburrido, insoportable. Pero tarde décadas en descubrirlo.
El vídeo tiene cierto encanto naif que lo hace digerible, aquí os lo dejo.
No hay duda de que existen causas nobles por las que vale la pena batirse el cobre, y que una de esas grandes causas bien podría ser la defensa de la propiedad intelectual, el pan de los “probes artristras”, y todas esas cosas. Y no debería de ser yo quien alzara la voz contra la propiedad intelectual, pero me permito hacerlo porque ya he perdido definitivamente la esperanza de vivir de ella.
En sentido estricto esto no es un alegato contra la propiedad intelectual (refiriéndome sólo a los productos culturales), a la que respetaré en cuanto la pobreza me lo permita, sino contra su aparente constitución como principio sagrado de una sociedad madura, desarrollada. Veamos por qué:
En virtud de la defensa de los derechos de propiedad intelectual, se ha legislado para convertir al estado en mamporrero de una sociedad de gestión privada, al tiempo que se hace añicos la presunción de inocencia (canon digital), el habeas corpus, el sentido común y todas esas milongas por las que alguna vez algunos pensaron que valía la pena derramar su sangre o la de otros (preferiblemente). En virtud de esos derechos de unos pocos, de pronto un órgano administrativo ha asumido competencias judiciales para obligar a los proveedores de Internet a cerrar o bloquear el acceso a esas perniciosas webs, entre las que se cuenta, tal vez, el blog que alberga este texto.
¡Eso es protección y lo demás son cuentos!. Si señor. Con un par.
Sin embargo hoy, en nuestro país, un niño de ocho años puede acceder libremente a una web pornográfica en la que cinco mastuerzos penetran a un cacho de carne que una vez fue una persona, o a recibir en su correo electrónico una snuff movie que reproduce el meticuloso trabajo de unos narcos mejicanos separando la cabeza del tronco de su víctima, o puede pasar a formar parte de un chatroulette para disfrute de pederastas varios.Y digo yo: ¿Se pueden bloquear las webs piratas y no se puede hacer lo mismo con aquellas que no establezcan los filtros adecuados para garantizar la mayoría de edad de sus usuarios?. ¿Por qué se preserva como derecho sacrosanto la propiedad de un artista pero se deja expuesta la integridad del menor?. ¿Por qué cualquier creación audiovisual (o textual, como es este caso) merece más protección que la psique en formación de un menor?. ¿Qué tipo de sociedad puede considerarse madura si no arbitra los medios para el adecuado crecimiento de sus futuras generaciones?
Los medios existen. Siempre han existido. Pero hacer lo correcto es difícil. Sobre todo si no recibes votos por ello (o tu parte del botín).
Y aunque triste sea decirlo, hoy en día en este país tomar una medida política con un carácter estrictamente moral (e impedir que menores accedan a pornografía lo es) parece cosa de otro siglo… o de otro mundo.