Audrey Hepburn y Grace Kelly. Backstage de la 28 ceremonia de entrega de los premios Oscar, 21 de Marzo de 1956. Audrey Hepburn presentaba el oscar a la mejor película ("Marty"); Grace Kelly el de mejor actor (Ernest Borgnine).
Matthew Sweet es un joven americano, blanco, gordito, con cara de buen tipo, y al que le encantan los Beatles. Matthew lleva ya algunos años haciendo discos de pop. Pop guitarrero, alegre, resultón. Como he dicho antes, Matthew es un buen tipo, al que seguro que le encantan los comics de la Marvel.
En ocasiones escribe canciones redondas, que al sonar nos evocan sensaciones blancas, como cuando una luz irrumpe de repente un sótano abandonado, haciendo brillar las motas de polvo que flotan en el aire.
O algo parecido.
Pos-post: Un premio para quien me logre localizar en internet la letra de esta canción (Push the feelings). Yo me declaro incapaz.
Los conceptos realmente revolucionarios, aquellos que podrían hacer tambalear los pilares de esta sociedad, suelen pasar inadvertidos o, peor aún, suelen ser fagocitados por el sistema e integrados como extravagancias y boutades sin posibilidad de desarrollo posterior. Algo así pasó hace tres cuartos de siglo con un texto de Walter Benjamin. Se titula "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica", y sus implicaciones debían haber derrumbado la idea del Sagrado Objeto Artístico y haberla sustituido por la volátil mirada artística. La pregunta era, y sigue siendo: ¿Qué sentido tiene que en una época en la que original y copia pueden ser exactamente iguales, el original tenga más valor, y sigamos experimentando una sensación singular cuando creemos estar ante un original? Pero en lugar de la respuesta evidente (“ninguno”), el sistema hace caso omiso y lleva ciclos enzarzado en reinventos conceptuales intentando encontrar una esencia ajena a la destrucción que implica esa respuesta.
Pero no la hay. O, al menos, no en la forma en la que se la busca, pues el motivo último no es conocer la naturaleza del arte, sino encontrar aquello que permita sostener el valor económico del objeto artístico contemporáneo. Baste por ahora esta tesis que pretende inaugurar una línea de breves reflexiones sobre el arte actual.
Ruthie Foster no tiene el cuerpo de Rihanna. Ni el glamour de Beyoncé Knowles. Ni la fama y el divismo de Janet Jackson. Difícilmente vaya a ganar un Grammy, o vender millones de discos. Pero Ruthie Foster canta blues, soul y country traspasado de soul (que es casi lo mismo). Y lo hace con sencillez y cercanía, sin aspavientos, sin coreografías espectaculares ni una hora de maquillaje previo a cada aparición pública. Sin escotes atractivos ni parrafadas de rap entre cada estribillo. Ella sólo canta. Y sin nada de lo mencionado antes, pero con una voz arrasadora y canciones directas y poderosas, consigue en muchas ocasiones reconciliarnos con la música, y hacernos volver a creer que es algo más que brillantes producciones o singles adictivos, que es algo más que dinero, productores estrella y Billboard.
Hoy es sábado, por lo tanto, esto es Atenas... no, uf, perdón por el lapsus, quiero decir que ya toca colgar un nuevo capítulo de nuestra gran novela on-line...
Aun siendo uno de mis autores favoritos, siempre me ha parecido demasiado obvio escribir sobre Borges. Maestro del relato corto, dedicarle un post puede ser como escribir sobre la capacidad de mojar del agua: no aportaría nada. Pero, sin que sirva de precedente, no me resisto a dejarles uno de sus más atroces relatos, cuyo clasicismo absoluto se puede constatar de forma muy sencilla: basta notar que la sociedad actual se aproxima cada vez más a la imaginada por él, hace ya sesenta y cuatro años. Todo lo demás (la prosa pura y diáfana, el elegante distanciamiento, las referencias cultas auténticas mezcladas con las apócrifas), lo pueden encontrar en cualquier manual de literatura al uso.
Pos-post: Hay voces que han criticado la presunta genialidad de Borges, tildádole incluso de autor juvenil. Es curioso, a él le habría encantado saberse encasillado en el mismo género menor que su admirado Stevenson...