"Estaba dándole vueltas al seis cuando se dio cuenta, de un golpe, que se había enamorado absurda y totalmente de la mujer de los ojos violetas. El impacto de las imágenes le arruinó la pericia del afeitado y estuvo a punto de costarle la vida porque la navaja resbaló sobre la piel del cuello.
Amor y suicidio era una vieja relación, una combinación de palabras conocida y artera. Indeseable pero real. La gente se enamora y luego se suicida para... para no sentirse ridícula ante el desamor. - Oiga usted, oiga usted, qué bueno verlo de pie -dijo Gonzaga, el dibujante estrella de El Demócrata-. Yo lo hacía en cama. - Gonzaga, qué agradable sorpresa -dijo el periodista bendiciendo al personaje que lo sacaba de turbias ideas. Gonzaga, que no había sido bien recibido en ningún lado en los últimos diez años de su vida, se detuvo desconcertado. Traía un block de dibujo en la mano derecha y la izquierda sostenía penosamente una Smith Corona portátil, pero que no dejaba de pesar sus buenos 15 kilos. - Yo, este... -dijo omitiendo el «oiga usted» por una vez- le traía trabajo de la redacción. Gonzaga colocó la máquina de escribir sobre la mesa y esperó mientras Manterola, que lo contemplaba en el espejo, terminaba de afeitarse. - ¿No pueden esperar a que me levante de la cama en esa cueva de explotadores? - Oiga usted, la iniciativa fue mía, pensé que la historia ésta apasionaríalo hasta la locura -dijo Gonzaga abriendo su block de dibujo y acercándose al periodista. El dibujo, que combinaba los enérgicos trazos de lápiz y las sombras en carboncillo, mostraba a un domador vestido con un uniforme de húsar imperial austríaco del siglo pasado, que esgrimía su látigo contra una docena de leones. La ilustración tenía como fondo una jaula de altos barrotes. Los leones se mostraban agresivos, varios de ellos rugían o lanzaban su zarpa contra el domador que tenía el revólver en la funda y la mano izquierda colocada rumbosamente en la cadera. - ¿Y esto? ¿Podría usted sin abusar del lenguaje de telegrama narrarme la historia? - Circo Krone, seis de la tarde, oiga usted. Domador de origen alemán, hispano-alemán. Silverius Werner Cañada. Vuelto loco por amores con trapecista. - ¿Trapecista macho o trapecista hembra? No abuse de los genéricos, Gonzaga. El aludido miró fijamente a Manterola y respondió: - Trapecista hembra, un poco puta. - Ah, bien. - Metióse jaula de leones a mitad del espectáculo... - ¿Como siempre? - Cosa normal, oiga usted. Pero en lugar de hacer número dedicóse a romperles el forro de los cojones a las fieras a punta de latigazos, hasta que se hartaron de él y se lo comieron. - ¡Carajo! - dijo Manterola. - Historia de amor inolvidable, oiga usted. Público aterrado contemplólo todo. - ¿Y por qué chingaos no lo sacaron? - Encerróse digo, oiga usted. Tiró la llave a la mierda una vez hubo entrado, cerrando candado y ya... - Vaya precisión... ¿Y cómo lo sacaron? - Oiga usted, no se me había ocurrido preguntarlo. Queda en duda. - ¿Cómo que queda en duda? ¿No lo han sacado aún? - Oiga usted, sospecho se lo siguen merendando las fieras.
- Oiga usted -repitió el periodista sin saber si ponerse a reír o a llorar."
Esta web no se hace responsable de los comentarios escritos por los usuarios. El usuario es responsable y titular de las opiniones vertidas. Si encuentra algún contenido erróneo u ofensivo, por favor, comuníquenoslo mediante el formulario de contacto para que podamos subsanarlo.