Con cierta frecuencia, sesudos críticos en busca de algún supuesto prestigio (que les distinga entre la podredumbre intelectual imperante), se han aprestado a calificar a algun escritor consagrado como “autor juvenil”, en espera de que tal boutade pase como visión preclara y novedosa de una obra hasta ese momento largamente estudiada.
Así ha pasado más de una vez con Borges. Y con Dumas. Así sigue pasando con un maestro como Robert Louis Stevenson, a pesar de la importante reivindicación de la que éste ha sido objeto en las últimas décadas (no es casualidad que uno de los mayores defensores de éste último fuera precisamente un lector con gustos tan radicalmente alejados como el citado Borges).
Pero más allá de que dicha calificación sea correcta o no (tema en el que no voy a entrar) no puedo estar de acuerdo con el carácter despectivo que se intenta imprimir a dicha calificación. Para nada.
¿Por qué? Bien, “juvenil” se define por la RAE como relativo a la etapa que se sitúa entre la infancia y la edad adulta. Por tanto, una obra juvenil es una obra pensada y dirigida a los gustos de la generación de entre, digamos doce y dieciocho años años. ¿Supone esto algún matiz de inferioridad respecto a otras obras supuestamente hechas para “gente adulta”? ¿Acaso son éstas de un nivel intelectual o sensibilidad superior per se? No seré yo quien caiga en la alabanza o valorización a priori de la juventud (rasgo característico tanto de muchos totalitarismos como de la lobotomizada sociedad consumista actual). Pero creo que no podemos caer en el pecado opuesto: pensar que por tener menos de dieciocho años, una obra dirigida a dicho público no pueda ser una obra maestra. Porque es en dicha época cuando se puede descubrir el fragante aroma de la aventura en estado puro, que una obra como “Secuestrado” puede brindar por primera vez. Es cuando se puede degustar el sentido agridulce y circular del azar que una breve maravilla como “La Lotería en Babilonia” puede revelar. O beber de las fuentes de la auténtica amistad, que pocas obras como “Los tres mosqueteros” han sabido plasmar de tan soberbia manera. Pero claro, dichos momentos de auténtica revelación literaria son algo a ocultar u olvidar por cierto sentido del pudor o la vergüenza (como muchas otras primeras veces por cierto), y en cambio, con varias décadas más en el cuerpo (y por desgracia en la mente), parece que sí es lícito para muchos críticos dogmatizar y enviar al cajón de las obras “ligeras” esas pequeñas o grandes obras maestras que en su momento les abrieran el corazón.
Triste visión de quienes apenas saben ya obtener placer de la literatura.
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