Las novelas de aventuras, como los cuentos de hadas, no tienen un día siguiente. Cuando se lee la última página, el héroe ha derrotado a sus enemigos y se ha llevado a su amada montado en su brioso corcel, la historia termina para siempre. Es natural: sería muy triste revisar su día después, en el que el héroe comprueba cómo, más allá de gestas épicas y sacrificios altruistas, su cuerpo sigue con la mala costumbre de necesitar comida y un techo para guarecerse, y no digamos si comparte lecho con una princesa. Sería sorprendente comprobar entonces que, acabada la gesta, debe buscar trabajo estable, mendigar a los poderosos su favor, o incluso hacerse guardaespaldas, matón de discoteca, o (imborrable ignominia) firmar una hipoteca, so pena de no poder ofrecer a su familia una mínima seguridad económica y una humilde choza. Por eso las novelas de aventuras finalizan cuando finalizan, porque no hablan (no pueden hablar) de la vida real. Por eso es extraordinario que mismo el escritor que ha redactado la gesta épica, se atreva a retomar a sus personajes muchos años después de donde los dejó, dispuesto a descubrirlos en sus debilidades, sus decepciones y su inevitable aburguesamiento. Tal osadía fue realizada por el rey del folletín, Alejandro Dumas, y justo con su novela más emblemática. “Los tres mosqueteros”.
"Veinte Años Después" retoma a D'Artganan, Athos, Portos y Aramis dos décadas después del fin de la primera parte. D'Artagnan no ha pasado de ser oficial de mosqueteros, y actúa movido ya solo por su interés personal, lamentando pasados altruísmos. Aramis sigue perdiendo el tiempo en aventuras amorosas, refugiado para su mayor comodidad en un monasterio. Portos ha conseguido buena fortuna y título nobiliario gracias a un afortunado matrimonio, y pasa aburrido los días entre banquetes y cacerías. Tan sólo Athos, el gran Athos, mantiene los ideales y la conducta de antaño.
La novela mantiene las constantes de Dumas, en particular una acción trepidante perfectamente imbricada en acontecimientos históricos reales. Así, nuestos cuatro mosqueteros viajarán a Inglaterra, donde están a punto de salvar al rey Carlos I de la decapitación a manos de Cromwell (porque sí, Inglaterra decapitó a un rey siglo y medio antes que Francia, hecho poco conocido fuera de Gran Bretaña); el pérfido cardenal Richelieu es sustituido por el cardenal Mazarino (efectivamente el favorito real en esa época), y la reina Ana de Austria (orgullosa española), sigue luchando por afirmar su autoridad real. Y aunque ya no está Milady (tal vez la rubia fatal más pérfida de la historia), su hijo toma el relevo para fatalidad y angustia de nuestros personajes.
Como siempre, encontramos escenas inverosímiles pero maravillosamente narradas, situaciones jugosas y momentos memorables, salidas todos de la mágica pluma de un escritor único.
Y como es de esperar, a lo largo de la novela los cuatro mosqueteros, aun sin abandonar sus aspiraciones materiales, reencuentran el gusto por las acciones nobles y la aventura, y vuelven a luchar por ideales más allá de las tristes pasiones humanas.
Y por lo que sé, existe una tercera parte, el Vizconde de Braggelone, que algún día (algún día...) leeré.
Más información interesante sobre el mito y la realidad de los tres mosqueteros, aquí y aquí.
Muchos de los más brillantes relatos de Borges se desarrollan en un pasado ficticio, o son desarrollados como episodios históricos apócrifos enmarcados en épocas concretas de la historia universal. El genio del argentino le permitió manejar este recurso con soltura sin caer en la pedantería o el simple ridículo. La Cámara de las Estatuas es uno de sus escasos relatos ubicados en un lugar y un momento histórico puntual, y que cuenta con una anécdota perfectamente imbricada en el devenir real de los hechos que ocurrieron. Lo descubrí con menos de 13 años, perdido al final de un capítulo de un libro de historia o literatura, no lo recuerdo (creo que de historia). Lo leí sin saber quién era Borges, sin saber qué me iba a deparar la lectura de esas palabras, sin saber por qué ese microrrelato estaba precisamente ahí. Por ello pude experimentar el sabor puro de la sorpresa, el descubrimiento de la felicidad inesperada de la literatura, la evocación de otro mundo. Hoy sin saber por qué me vino a la cabeza el recuerdo, y pude ubicar el relato en esa biblioteca de Babel que es internet. Y la felicidad del relato seguía allí, esperándome más de veinte años después...
No entiendo mucho de literatura, pero soy una devoradora de libros. Algunos son como platos que uno no le apetece volver a probar. Otros, en cambio, son como esa comida sencilla y a la vez complicada de realizar, que a uno le encanta degustar una y otra vez.
El ingrediente principal de los libros de Jane Austen consiste en unos personajes de primera calidad. Son sólidos, frescos y quedan bien en cualquier situación; están perfectamente definidos, y pueden resultar heroicos sin necesidad de grandes gestas, o terriblemente ridículos sin necesidad de faltarles el respeto.
Una vez elegidos los ingredientes, Jane Austen, los cocina poco a poco, nos va mostrando como se comportan en situaciones adversas, difíciles o felices, subiendo y bajando el fuego.
Como un buena cocinera, nos guía de la mano por una sociedad que no hemos conocido, y no juzga sus reglas, sólo nos las expone.
No permite jamás que un libro dure más ni menos de lo que debe hacerlo, y lo que mas me gusta, (y como decían las abuelas) todo lo cocina con amor, que es como saben bien los platos sencillos. Con un amor apasionado pero que se vive desde la sensatez, y al mismo tiempo consigue algo que para la época resulta tremendamente adelantado; logra que ese amor no sólo se base en la belleza física o los convencionalismos sociales, también en el respeto, la admiración y la amistad entre las parejas que a lo largo de sus libros se van enamorando.
Así que al igual que con el pan, tomate y jamón, me encanta volver a las páginas de los libros de Jane Austen para degustar un buen libro, al menos una vez cada cierto tiempo.
He comprobado con cierta sorpresa que los post dedicados a relatos cortos tienen un número de visitas superior al promedio. Aunque la esencia de este blog es hablar de un poco de todo, de cualquier cosa que a sus autores les resulte interesante, la verdad es que a mí personalmente me fascinan esas pequeñas cápsulas en las que con sólo 900 ó 1.000 palabras se consigue capturar un universo completo, que pasa a estar disponible para quien quiera acercarse a sus letras. Y como siempre, la sugerencia transmite más que la descripción exhaustiva.
Y ahora un breve relato traspasado de melancólica tristeza, del gran Dino Buzzati.
¿Puede tener sentido sacrificar la propia existencia tan sólo para saber si lo que uno no sabe si soñó o vivió fue realmente heroico o vergonzante? ¿Intentar revivir una noche maldita, sólo por comprobar si se tiene eso que llamamos valor? ¿Dejar la vida de los hombres corrientes y adentrarse en la oscuridad de las patotas, tan sólo por cumplir un destino que en verdad podemos evitar?
Todo eso y algo más nos contó Bioy Casares en una soberbia novela, cuya sencillez de lectura y extraña transparencia seguramente disgusta a más de un intelectual de los que les gusta dictaminar qué es profundo y qué no... El Sueño de los Héroes no es realismo mágico, no es ciencia ficción, es Bioy Casares en estado puro, honesto, sincero, triste.
Pura literatura.
Grafómano/a: Que tiene grafomanía Grafomanía: manía de escribir o componer libros, artículos, etc Así cuenta el diccionario de la RAE, en unas definiciones más bien pobres, y sin embargo por ello, muy amplias, de forma que podríamos considerar grafómano a cualquiera con la obsesión o necesidad compulsiva de escribir (o copiar) cualquier cosa, listas de la compra, un diario personal, crónicas de su barrio… Pero ¿ cuando el gusto por escribir deja de ser simple afición para convertirse en patología?. No creo que nadie esté en condiciones de señalarlo. Lo que sí está claro es que algunos grandes escritores experimentaron durante toda su vida esa pasión vehemente y contumaz por escribir, hora tras hora, día tras día… Quienes no tenemos tal dolencia, no podemos saber si sirve para extraerse de dentro los demonios que todos albergamos, o si por el contrario el exceso de sensaciones, de traumas, de experiencias, que llevan al sujeto a contar cosas sin cesar en el papel, permanece para siempre entre las paredes de la cabeza, por mucho que se garabatee sin cesar símbolos y letras. Amelie Nothomb sea seguramente una de las (¿felices? ¿tristes?) víctimas de esta patología.
Brillante aunque según dicen irregular escritora belga, mimada por la crítica francesa, y vituperada sin piedad fuera de Francia, parece estar especialmente dotada para escribir sobre lo absurdo y extremo, y la lectura de sus obras no deja indiferente a nadie. Poco más puedo decir de ella ya que sólo he leído “Metafísica de los tubos”, una curiosa y atrayente crónica de su infancia en Japón, su país natal. Los títulos de sus novelas son sin duda atrayentes: Cosmética del enemigo, Biografía del hambre, Diccionario de nombres propios, La entrada de Cristo en Bruselas… Su primera obra, que la consagró de forma inmediata se titula Higiene de un asesinato, y, por cortesía de este modesto blog, podéis leerla aquí. Pero lo más llamativo, al menos para mí, es su pulsión por escribir: en una reciente entrevista en Le Point, reconoció que aunque tiene publicadas 17 novelas, ya ha escrito 63 (con 41 años), a un ritmo de 3,7 por año. Cada diciembre, relee lo escrito durante el año y elige lo que quiere publicar. Nunca vuelve sobre lo desechado otros años, y ya ha planificado que se elimine cuando muera. Se levanta todos los días del año a las 4 de la mañana y escribe durante más de cuatro horas en cuadernos de espiral con bolígrafo bic azul, esté en forma o cansada. Se acuesta siempre a media noche, y como ella dice, sus noches son tan cortas que “no tiene tiempo de ser insomne”. Sueña a veces con una orgía de sueño, pero “no puede parar de escribir”.
¿Qué tipo de vida interna excesiva, tal vez atormentada, se debe experimentar para necesitar (y poder) escribir ficción cuatro horas por día sin falta? Tal vez no exista mucha diferencia entre A. Nothomb y cualquier jubilado que redacta pacientemente y obsesivamente el diario detallado de todos los nimios acontecimientos de su vida.
Tal vez la única diferencia sea la capacidad de crear ficción.
Ayer compré algunas cosas en una interesante librería de usados, el Desván del Libro, y con ello estaba comprando el pasaje para dos viajes en el tiempo, ambos mentales, ambos inesperados. Por tres euros adquirí “Persuasión”, de Jane Austen. Las formas, mentalidades y convenciones sociales de la Inglaterra de principios del XIX me esperan en su interior. También, la visión moderna, sagaz, deliciosamente irónica de una escritora que se adelantó a su tiempo más de un siglo. Es lo bueno de los libros, que siempre te esperan. “Tienes más paciencia que un libro”, suele decir un amigo mío… Pero además, la edición es muy especial. Colección “Primor", editorial "Juventud Argentina”, editado en Buenos Aires en 1941. Sus viejas tapas han recorrido 67 años, toda una vida, para llegar a mis manos. El libro como objeto físico es otro ticket al pasado, escrito no obstante con unas señales indescifrables. Sus manchas, sus arrugas, sus anotaciones en el interior, no me dirán nunca cómo nacieron. Pero imaginar es gratis. Porque en 1941, en Argentina, mandaba el general Perón. Y la mentalidad de esa época era muy concreta. El propio título de la colección marca el camino: “Juventud Argentina”, libros seleccionados para no distorsionar las buenas formas y principios que debían regir la educación de los jóvenes y las jovencitas porteñas. La II Guerra Mundial estaba en su primera fase, con Francia colapsada por el impulso de la Weirmach, y España vivía en plena posguerra. Ese era el entorno mundial cuando el libro que tengo entre las manos nacía en una imprenta en la calle Perú al 666. Tal vez lo leyó una joven de la buena sociedad porteña. Tal vez acabara pronto en la Biblioteca Nacional, donde Borges trabajaría. Seguramente en sus 67 años de vida hay muchos periodos grises, opacos, perdidos en desvanes polvorientos y penumbrosos, entre el silencio de otros libros hivernados. No sé cómo fue su travesía hasta Europa: Por qué no un viaje de retorno de alguien que en los noventa deja el cono sur y vuelve a la Europa donde nacieran sus abuelos. O simplemente una prosaica venta al por mayor de libros viejos, para una distribuidora madrileña. Y todo ese camino, ignorado, y lleno por ello de posibilidades sin fin, escribió un nuevo, modesto capítulo, cuando lo compré.
“Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”
Hace tiempo que me prometí no leer a mis contemporáneos vivos, al menos mientras no hubiera leído gran parte de las obras maestras que aún me faltan por leer (y ya dijo Borges que la única lectura posible es la relectura). Esta decisión, tan arbitraria como otra cualquiera, se ha visto refrendada cada vez que me he sido infiel, por lo que, tras cada novela, arrepentido de mi reciente pecado, me prometía de nuevo fidelidad a los clásicos con un propósito de enmienda tan inconsistente como mi propia voluntad. Sin embargo, de vez en cuando sucede que uno encuentra razones para seguir traicionando sus principios y eso es lo que me ha pasado con Retornamos como sombras. Reconozco, sin vergüenza, que desconocía a un autor con el poco literario nombre de Paco Ignacio Taibo II, que resulta ser, sin embargo, uno de los principales autores en lengua castellana del momento, reconocido internacionalmente y fundador de la semana negra de Gijón. Lo que he encontrado en esta novela es una estructura delirante, un argumento desquiciado pero con la solidez que sólo un bien aprendido oficio puede proporcionar. Dicen de él que es un escritor hispano mexicano y, sin embargo, no hay nada en España que permita suponer que un español, natural o asimilado, pueda crear un universo tan rico en matices, tan divertido en su fantasía metaliteraria, tan variado en líneas argumentales, como una orgía de serpientes en pleno frenesí reproductor, de modo que sólo cabe suponer que tal catarata sólo puede proceder de su mexicano exilio y, por lo tanto, no hay mérito alguno atribuible a esta tierras. Con sabiduría pero sin la intención de que la novela corrija los errores de la naturaleza, con compromiso pero sin la carga doctrinal tan común en los escritores de cualquier militancia, y con una cara de cachondo mental con quien apetece irse de cervezas, Paco Ignacio Taibo II me ha ganado para la literatura actual, al menos en parte.
A veces (casi siempre) sacar conclusiones precipitadas lleva a crasos errores. Más aun si juntas cine y literatura. Me dejarán explicarles:
a) Hace once años (dios mío, once!!) el que suscribe ve el cartel anunciador de una película de Gwyneth Paltrow, “Emma”.
b) En dicho cartel la rubia americana exhibe una eehh.. ¿cómo decirlo?.. ah sí, una innegable cara de bobalicona
c) Hace tres años se estrena “Orgullo y Prejuicio”
d) Dicha película no pasa de ser un ejercicio cinematográfico rutinario, en el que además Keira Knightley ya se empieza a poner pesadita.
e) La autora de las novelas originales (de las que las películas citadas son adaptaciones) es Jane Austen.
Corolario precipitado generado por mi subconsciente:
(a)+(b)+(c)+(d)+(e) = Jane Austen es una aburrida escritora inglesa del siglo XIX que se dedicó a redactar insulsas novelitas sobre damas de sociedad británicas en busca de marido y/o dedicadas en cuerpo y alma a buscarlo para otras, y que desenvuelven su superficial vida entre tés a las cinco y bordados de tul.
Afortunadamente la vida corrige en ocasiones las comprensibles (en mi caso) limitaciones humanas.
Una amiga mía de Valencia ejerce en sus escasos ratos libres como miembro de una secta oculta. El fin de dicha fraternidad secreta no está claro, pero se sabe que entre sus ritos periódicos se cuenta la lectura anual de “Orgullo y Prejuicio” y el culto por Colin Firth.
En fin, en conversación intrascendente con dicha amiga, surgió el “tema Jane Austen”. Su frase fue lapidaria: Una novela del siglo XIX que empieza con la frase "es una verdad universalmente conocida que un hombre soltero, en posesión de una cuantiosa fortuna, debe buscar esposa", no puede sino ser genial. Íntimamente impactado por tal irrefutable argumento, dediqué pues mis luces a la lectura de dicha novela.
A estas alturas los abundantes fans de Jane Austen deben estar más que irritados con este post, o lo que es peor, reflexionando sobre mi supina incultura literaria. Pues… sí, tendrán razón.
Orgullo y Prejuicio es una novela moderna (pero escrita en 1811!), donde , además de disfrutar con su lectura, uno encuentra una fina ironía solapada a lo largo de toda la obra, una hábil capacidad de interesar al lector (partiendo de una historia a priori tan aburrida como la caza de marido por jovencitas de la buena sociedad inglesa del siglo XIX), una letal crítica a la mojigatería social de la época, una brillante penetración psicológica en los personajes principales y… además, en el fondo se habla de una bonita historia de amor.
De más está decir que Darcy es seguramente uno de los personajes literarios más atractivos para el público femenino creados nunca.
Y poco más que añadir, me dispongo a comprar de segunda mano y devorar “Persuasión” (una vez termine la relectura de “El Hombre en el Castillo", de Dick), ya que ha sido la segunda recomendación de mi amiga preferida.
Pos-post: Se dice, se comenta, se rumorea, que existe un libro, "pride & promiscuity", en el que se se supone que se encuentran parte de los manuscritos que el editor de la Sta. Austen no le dejo poner en su momento, con autenticas animaladas sobre escenas sexuales. Buff...