¿Es nuestra realidad lo que creemos que es? ¿O tan solo una mera ilusión? Mucho antes de que llegara Matrix (e incluso antes de cierto predecesor argentino), Philip K. Dick había puesto en el cuerpo central de su producción esta duda terrible, esa posibilidad de descubrir que no somos quienes creemos que somos, que el mundo que nos rodea no es real.
Junto a su incertidumbre más famosa, la de no ser humano sino tan sólo (o nada menos que) un sofisticado replicante con los recuerdos implantados, PKD laboró otras angustiosas novelas y relatos cortos en los que el leif motiv es la duda-certeza de que somos sólo reflejos pálidos de otra realidad. Así, tenemos la cínica, descorazonadora y cruel A maze of death(Laberinto de muerte), novela respecto a la cual tengo pocas dudas que los creadores de "Lost" la han leído más de una vez: un grupo de personas sin conexión alguna entre sí, varados en un extraño planeta, esperando a algo o a alguien, encontrándose con extraños acontecimientos, y adentrándose en la desazón a medida que pasan los días… la explicación al misterio, la dejo para el final de la sexta temporada :-) . Y junto a esta, la genial Ubik, pequeña gran obra maestra del sinsentido, de la paranoia existencial y militante, capaz de irritar y asombrar a partes iguales, y, al igual que muchas otras de sus creaciones, argumento perfecto para una película que sin embargo sólo podría filmar en condiciones (de eso no tengo duda) un Terry Gilliam en sus momentos más desbocados. Hay otras novelas y muchos relatos cortos de Dick que juegan con ese delgado filo entre la locura y la cordura, entre lo normal y lo aberrante… pero descubrirlos tal vez sea misión de quien quiera ir más allá de Blade Runner.
"Yo, Benjamin Malaussène, quisiera que alguien me enseñara a vomitar en lo humano, algo tan seguro como dos dedos en las profundidades de la garganta, que alguien me enseñara el desprecio o ese buen odio bestial, el que mata con los ojos cerrados, quisiera que alguien apareciera un día, me enseñara a otro y me dijera, aquél es el cabrón integral, cágate en su cabeza, Benjamín, que se coma tu mierda, mátalo y acaba con sus semejantes. Y quisiera poder hacerlo en serio. Quisiera ser de los que exigen el restablecimiento de la pena de muerte, y que la ejecución sea pública, y que guillotinen al condenado comenzando por los pies, que luego lo curen, que lo cicatricen, y que vuelvan a comenzar una vez sanado, guillotina de nuevo, también por la otra punta, las tibias esta vez, y a curarlo de nuevo, y cicatrizado de nuevo, y ¡chas!, ahora las rodillas, a la altura de la rótula, donde más duele; quisiera pertenecer a la auténtica familia innumerable y unida de todos los que desean el castigo, llevaría a los niños al espectáculo, podría decirle a Jeremy: “¿Ves lo que te espera si sigues pegándole fuego a la Educación Nacional?” Y al pequeño le diría: ”¡Mira, mira, éste también transformaba en flores a los tipos!”. Y en cuanto la pequeña Verdún abriera la boca, la blandiría al extremo de mis brazos , por encima de la multitud, para que viera bien la ensangrentada cuchilla: ¡disuasión! Quisiera pertenecer a la gran, Hermosa Alma Humana, la que cree a pies juntillas en la ejemplaridad de la pena, la que sabe dónde están los buenos y dónde los malvados, quisiera ser el feliz propietario de una convicción íntima, ¡ joder, cómo me gustaría! ¡Dios mío, cómo simplificaría eso mi vida!"
Hace un par de semanas, Abe Moscowitz se murió de un infarto y vino a reencarnar en una langosta. Lo atraparon en la costa de Maine y lo enviaron a Manhattan, donde fue a parar a un tanque de un lujoso restaurante especializado en mariscos. En el tanque había otras langostas, una de las cuales lo reconoció: «¿Abe, eres tú?», preguntó la criatura levantando las antenas. «¿Quién es? ¿Quién me habla?», dijo Moscowitz, todavía confundido por el místico desbarajuste post-mórtem que lo había transmutado en un crustáceo. «Soy yo, Moe Silverman», dijo la otra langosta. «¡A-la-bao!», chilló Moscowitz al reconocer la voz de un antiguo compañero de gin rummy, un juego de cartas. «Hemos renacido», explicó Moe. «Como un par de langostas de dos libras». «¿Como langostas? ¿Así es como termino luego de haber vivido una vida justa? ¿En un tanque en Third Avenue?». «El Señor trabaja de maneras misteriosas», explicó Moe Silverman. «Mira a Phil Pinchuck. El tipo se fue del aire por culpa de un aneurisma, y ahora es un hámster. Se pasa el día corriendo en la estúpida rueda. Durante años fue profesor en Yale. Lo que digo es que a estas alturas le gusta la rueda. Pedalea y pedalea, corriendo hacia ninguna parte, pero con una sonrisa». A Moscowitz no le gustaba su nueva condición en lo absoluto. ¿Por qué un ciudadano decente como él, un dentista, un hombre a todo que merecía volver a la vida como un águila en pleno vuelo o acurrucado en el regazo —y recibiendo caricias en su pelaje— de una mujer sexy de la alta sociedad habría de regresar ignominiosamente como el plato fuerte en un menú? Era su cruel destino ser delicioso, convertirse en el “Especial del día”, acompañado de una patata asada y un postre. Esto llevó a un debate entre las dos langostas sobre los misterios de la existencia, de la religión, de cuán caprichoso era el universo cuando alguien como Sol Drazin, un pastuzo que ambos conocían del negocio de comida por encargo, había regresado luego de un infarto fatal como un semental que preñaba a unas adorables potrancas de pura raza y recibía por ello altos dividendos. Sintiendo lástima por sí mismo y furioso, Moscowitz nadó de un lado a otro, incapaz de adoptar la resignación budista de Silverman ante la posibilidad de ser servidos a la termidor. En ese momento, entró en el restaurante y se sentó en una mesa cercana nada más y nada menos que Bernie Madoff. Si Moscowitz se había sentido amargado e irritado con antelación, ahora jadeaba...
Soy lector habitual de las novelas de Terry Pratchett, ambientadas habitualmente en el Mundodisco, un planeta imaginario que, para empezar, es plano, y no esférico, para continuar, reposa sobre cuatro elefantes gigantes, y para terminar, esos cuatro elefantes dan vueltas sobre el caparazón de una gigantesca tortuga estelar (Gran A’tuin) que navega por el universo.
Extravagante, sin dudas, pero Terry Pratchett desarrolla en este universo alternativo una serie de divertidas novelas de fantasía que suponen con frecuencia una inteligente parodia de la sociedad occidental, y que en sus mejores momentos consigue arrancarnos carcajadas.
Muchas están ambientadas a nivel local en Ankh- Morpork, ciudad que ha conseguido un interesante pacto social para mantener controlada la delincuencia de todo tipo. Me refiero al Gremio de Ladrones, Rateros, Revientapisos y Profesiones Relacionadas, que Pratchett describe de la siguiente forma:
“Respetable cuerpo que, de hecho, representaba a los agentes de la ley de la ciudad. La explicación de esto es la siguiente: se entregaba al Gremio una cuota anual que representaba un nivel socialmente aceptable de robos, asaltos y asesinatos. A cambio, el Gremio se comprometía a encargarse de que todo crimen no oficial fuera aplastado, apuñalado, descuartizado y repartido por la ciudad en bolsas de papel. La gente consideraba que era un acuerdo económico y muy aceptable, aunque con algunas disidencias: no opinaban así, por ejemplo, las víctimas de los robos y asesinatos, que se negaban a desempeñar su papel en la sociedad. De esta manera, los ladrones de la ciudad pudieron estructurar decentemente sus carreras, instaurando exámenes de ingreso y códigos de conducta similares a los de otras profesiones…, a las que rápidamente empezaron a parecerse, ya que en el fondo no eran tan diferentes.”
¿Hilarante? ¿Absurdo?.. Si se piensa en el funcionamiento de nuestras fuerzas de seguridad, su relación con el crimen y las mafias, la actuación interesada de los poderes públicos, y la actitud de la población, tal vez se concluya que, al fin y al cabo, la realidad no está tan distante…
«(estos audaces) pensaban que el objetivo de abrir las mentes es simplemente abrirlas, mientras que yo estoy absolutamente convencido de que el objetivo de abrir la mente, como el de abrir la boca, es cerrarla de nuevo sobre algo sólido»
En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así, ¿Cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche? Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial. El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Ureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: “¡Ahí vienen!” y después: “¡Los Dioses! ¡Los Dioses!”. Cuatro a cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos, llorando, eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el encovado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron. Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna del islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel, en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.
Las novelas de aventuras, como los cuentos de hadas, no tienen un día siguiente. Cuando se lee la última página, el héroe ha derrotado a sus enemigos y se ha llevado a su amada montado en su brioso corcel, la historia termina para siempre. Es natural: sería muy triste revisar su día después, en el que el héroe comprueba cómo, más allá de gestas épicas y sacrificios altruistas, su cuerpo sigue con la mala costumbre de necesitar comida y un techo para guarecerse, y no digamos si comparte lecho con una princesa. Sería sorprendente comprobar entonces que, acabada la gesta, debe buscar trabajo estable, mendigar a los poderosos su favor, o incluso hacerse guardaespaldas, matón de discoteca, o (imborrable ignominia) firmar una hipoteca, so pena de no poder ofrecer a su familia una mínima seguridad económica y una humilde choza. Por eso las novelas de aventuras finalizan cuando finalizan, porque no hablan (no pueden hablar) de la vida real. Por eso es extraordinario que mismo el escritor que ha redactado la gesta épica, se atreva a retomar a sus personajes muchos años después de donde los dejó, dispuesto a descubrirlos en sus debilidades, sus decepciones y su inevitable aburguesamiento. Tal osadía fue realizada por el rey del folletín, Alejandro Dumas, y justo con su novela más emblemática. “Los tres mosqueteros”.
"Veinte Años Después" retoma a D'Artganan, Athos, Portos y Aramis dos décadas después del fin de la primera parte. D'Artagnan no ha pasado de ser oficial de mosqueteros, y actúa movido ya solo por su interés personal, lamentando pasados altruísmos. Aramis sigue perdiendo el tiempo en aventuras amorosas, refugiado para su mayor comodidad en un monasterio. Portos ha conseguido buena fortuna y título nobiliario gracias a un afortunado matrimonio, y pasa aburrido los días entre banquetes y cacerías. Tan sólo Athos, el gran Athos, mantiene los ideales y la conducta de antaño.
La novela mantiene las constantes de Dumas, en particular una acción trepidante perfectamente imbricada en acontecimientos históricos reales. Así, nuestos cuatro mosqueteros viajarán a Inglaterra, donde están a punto de salvar al rey Carlos I de la decapitación a manos de Cromwell (porque sí, Inglaterra decapitó a un rey siglo y medio antes que Francia, hecho poco conocido fuera de Gran Bretaña); el pérfido cardenal Richelieu es sustituido por el cardenal Mazarino (efectivamente el favorito real en esa época), y la reina Ana de Austria (orgullosa española), sigue luchando por afirmar su autoridad real. Y aunque ya no está Milady (tal vez la rubia fatal más pérfida de la historia), su hijo toma el relevo para fatalidad y angustia de nuestros personajes.
Como siempre, encontramos escenas inverosímiles pero maravillosamente narradas, situaciones jugosas y momentos memorables, salidas todos de la mágica pluma de un escritor único.
Y como es de esperar, a lo largo de la novela los cuatro mosqueteros, aun sin abandonar sus aspiraciones materiales, reencuentran el gusto por las acciones nobles y la aventura, y vuelven a luchar por ideales más allá de las tristes pasiones humanas.
Y por lo que sé, existe una tercera parte, el Vizconde de Braggelone, que algún día (algún día...) leeré.
Más información interesante sobre el mito y la realidad de los tres mosqueteros, aquí y aquí.
Muchos de los más brillantes relatos de Borges se desarrollan en un pasado ficticio, o son desarrollados como episodios históricos apócrifos enmarcados en épocas concretas de la historia universal. El genio del argentino le permitió manejar este recurso con soltura sin caer en la pedantería o el simple ridículo. La Cámara de las Estatuas es uno de sus escasos relatos ubicados en un lugar y un momento histórico puntual, y que cuenta con una anécdota perfectamente imbricada en el devenir real de los hechos que ocurrieron. Lo descubrí con menos de 13 años, perdido al final de un capítulo de un libro de historia o literatura, no lo recuerdo (creo que de historia). Lo leí sin saber quién era Borges, sin saber qué me iba a deparar la lectura de esas palabras, sin saber por qué ese microrrelato estaba precisamente ahí. Por ello pude experimentar el sabor puro de la sorpresa, el descubrimiento de la felicidad inesperada de la literatura, la evocación de otro mundo. Hoy sin saber por qué me vino a la cabeza el recuerdo, y pude ubicar el relato en esa biblioteca de Babel que es internet. Y la felicidad del relato seguía allí, esperándome más de veinte años después...
No entiendo mucho de literatura, pero soy una devoradora de libros. Algunos son como platos que uno no le apetece volver a probar. Otros, en cambio, son como esa comida sencilla y a la vez complicada de realizar, que a uno le encanta degustar una y otra vez.
El ingrediente principal de los libros de Jane Austen consiste en unos personajes de primera calidad. Son sólidos, frescos y quedan bien en cualquier situación; están perfectamente definidos, y pueden resultar heroicos sin necesidad de grandes gestas, o terriblemente ridículos sin necesidad de faltarles el respeto.
Una vez elegidos los ingredientes, Jane Austen, los cocina poco a poco, nos va mostrando como se comportan en situaciones adversas, difíciles o felices, subiendo y bajando el fuego.
Como un buena cocinera, nos guía de la mano por una sociedad que no hemos conocido, y no juzga sus reglas, sólo nos las expone.
No permite jamás que un libro dure más ni menos de lo que debe hacerlo, y lo que mas me gusta, (y como decían las abuelas) todo lo cocina con amor, que es como saben bien los platos sencillos. Con un amor apasionado pero que se vive desde la sensatez, y al mismo tiempo consigue algo que para la época resulta tremendamente adelantado; logra que ese amor no sólo se base en la belleza física o los convencionalismos sociales, también en el respeto, la admiración y la amistad entre las parejas que a lo largo de sus libros se van enamorando.
Así que al igual que con el pan, tomate y jamón, me encanta volver a las páginas de los libros de Jane Austen para degustar un buen libro, al menos una vez cada cierto tiempo.