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La Ciudad de Levrero


Un sujeto sin filiación descrita llega a un viejo caserón de una zona semirural de uruguay. No es el propietario, pero sin embargo es allí donde pretende instalarse para vivir. Las habitaciones están invadidas por el polvo y la humedad, la electricidad no funciona...  Finalmente el sujeto decide aventurarse en la noche lluviosa e inclemente e intentar llegar a un almacén cercano donde proveerse de lo imprescindible para poder cenar y dormir esa noche en el viejo inmueble.
 Inevitablemente se desorienta, se pierde, no sabe dónde está la casa ni el almacén. Hace auto-stop y es recogido por un camión que transporta basura y que incorpora en su equipaje a una pequeña y atractiva mujer. Ésta ignora con desdén al sujeto, pero imperceptiblemente se le va aproximando hasta que sus muslos se rozan.  Pronto el sujeto abandonará el camión. Pronto llegará a un poblado raro que se hace llamar ciudad, en medio de la nada, y en el que percibirá a cada momento un extraño pero casi imperceptible desajuste de la realidad, una sensación de que el orden natural de las cosas se quiebra en ese espacio, una sospecha de que tal vez todos los habitantes de ese lugar están tan sólo actuando, para convencerle de que se quede allí, de que no abandone nunca la ciudad...
No sé si con este resumen haré atractiva la última novela que he (re)leído, “La Ciudadde Mario Levrero, una de esas obras que exploran la extrañeza de las cosas desde el lenguaje más diáfano y el relato de hechos cotidianos... o no tanto. Un autor muy original, fuera de corrientes literarias, que a lo largo de su vida cultivó un perfil bajo, ejerciendo además de  fotógrafo, librero, guionista de cómics, humorista y redactor jefe de revistas de ingenio. Y además su apellido parece hacer homenaje al tono de su obra, ya que rompe una de esas leyes de ortografía que nos enseñaran en la extinta EGB y que parecía inquebrantable...
 
 

 

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(15/07/2011) -
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Efemérides Borgeana
Pues sí, veinticinco años ya de la muerte de Jorge Luis Borges, ya saben, ese argentino anglófilo, el escritor que relataba las pendencias de gauchos como si fueran tragedias shakesperianas, el cuentista que creó un Buenos Aires mítico a partir de sus recuerdos de niñez, el creador que era capaz de mezclar épocas, hechos históricos, teorías filosóficas y hallazgos lingüísticos en relatos cortos sin bordear el ridículo pero sí la genialidad.
En fin, uno de mis escritores icónicos, por mucho que algunos lo tilden de escritor juvenil.
 
Y una excusa para colgar uno de sus geniales relatos, "El Inmortal":
 

Salomon saith. There is no new thing upon the earth. So that as Plato had and imagination, that all knowledge was but remembrance; so Salomon giveth his sentence, that all novelty is but oblivion.
FRANCIS BACON: Essays LVIII.
 
 
En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Carthapilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y de inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló éste manuscrito.
 
El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.
 
I
 
Que yo recuerde, mis trabajos comenzaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.
 
Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín...
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(14/06/2011) -
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TROPEZONES LITERARIOS (Cuentos del Reino Secreto)

Una de las cosas más bonitas que creo yo que ha ocurrido a todos los aficionados a la lectura, es el tropezarse con un libro del que no tenemos referencia alguna, en una circunstancia en la que no estamos buscando nuevas lecturas (incluso en la que no estamos buscando nada) para luego descubrir en el volumen en cuestión un mundo insospechado y atrayente, el creado claro por su autor. Las ocasiones que propician estos encuentros casuales yo creo que también son comunes a todos los lectores, o por lo menos muy semejantes: un libro dejado por su anterior dueño en una casa o apartamento alquilado por nosotros; un estante semisecreto que en nuestra propia casa esconde unos volúmenes que uno no ha comprado (o no recuerda haberlo hecho). El viejo libro de tapa blanda con el que inopinadamente tropieza nuestra mirada en una librería de saldos, y que nos atrae por su título y su breve reseña de la contraportada. La colección de clásicos comprada décadas atrás por nuestros padres y que pacientemente ha esperado entre el polvo acumulado de décadas. Etc… 
Y por desgracia (hasta cierto punto) ahora internet nos ha privado de lo que antes era un placer añadido tras ese descubrimiento inicial. Me refiero a la búsqueda paciente de referencias del autor, de sus otras obras, etc.  Búsqueda que se extendía por semidesiertas y umbrías bibliotecas públicas, cafés con amigos y conocidos, conversaciones con libreros de rancia estirpe… Todo eso ya pasó, ahora un tecleo y un “enter” y la información (esa droga moderna) te llega en 0,05673 segundos según Google. ¿Práctico? Sí ¿Romántico? No son tiempos…
 El último “tropezón” que recuerdo es el que me llevó a descubrir a un autor leonés, Jose María Merino, y uno de sus libros de relatos cortos de corte sobrenatural, “Cuentos del Reino Secreto”. Entré en él tan sólo por lo sugerente del título, que necesariamente tenía que atraer a un impenitente aficionado a la ciencia ficción y el género fantástico como yo. 
Pero cuál fue mi sorpresa al encontrar una soberana colección de cuentos magníficamente escritos, elegantes, sugerentes, oscuros en ocasiones, todos cortados por el patrón común de lo sobrenatural forzando por momentos las débiles costuras racionales de nuestra realidad cotidiana. Sólo tengo la versión en papel, así que no puedo colgar ningún cuento del mismo. Lo haré sin embargo con un relato de otro volumen de relatos (Cuentos de los días raros) no tan redondo en mi opinión, pero igualmente necesario de leer. Un cuento además de corte clásico me parece a mí, que trenza con elegancia los recuerdos de la niñez con el efecto de aquellos primeros cuentos infantiles. Una preciosidad

La hija del Diablo 

Hay mucho brillo de fauces y humedad de salivas sanguinolentas en una zona lejana de mi memoria. La zona es tan borrosa que apenas la identifico como mía: yo mismo no soy allí una conciencia sino un personaje más, un niño crédulo capaz de aceptar con agradecida fascinación cualquier historia que le contasen. En el primer cuento que yo recuerdo haber oído, el lobo devoraba a la abuela de Caperucita y, tras una situación de terror progresivo la primera e insuperable escena de suspense de toda mi vida, a la propia Caperucita. En aquel tiempo debieron de contarme muchos cuentos en cuya trama central alguien era devorado, porque son los que más rebullen en esos pasadizos de mi alma. El lobo devoraba también a las siete cabritillas, tras entrar en su casa con la artimaña de enharinarse una de sus patas, para hacerla parecer la de la cabra madre. A las dos voraces bestias, el lobo de Caperucita y el de las siete cabritillas, la digestión les daba un sopor que no podían resistir, y su sueño era aprovechado por los cazadores, o por la cabra madre, para abrir su barriga, sacar de allí a sus víctimas, rellenarla de piedras y volver a cosérsela. Ese lastre arrastraría al lobo al río o a lo hondo de un pozo, cuando quisiese beber, empujado por una sed acuciosa. Pero también estaban presos de un ansia devoradora la bruja de Hansel y Gretel ¿quién se come mi casita? o el ogro de Pulgarcito, descuidado degollador de sus propias hijas. Eran historias feroces, cargadas de una glotonería caníbal que hacía aún más perversas las circunstancias que rodeaban el peligro mortal de los inocentes protagonistas...

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(28/03/2011) -
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El Fin de la Búsqueda de Sinelius Meltah
Éste es un relato reproducido con permiso de su autor, Dalmau Pérez, un ex-ejecutivo reconvertido a militante anarco-sindicalista, que entre conspiracion y conspiración encuentra tiempo para desarrollar una tardía, improbable y modesta vocación cuentista.
 
Sinelius Meltah era un sibarita en el sentido más elevado de la palabra. A sus cincuenta y tres años, su trayectoria vital se había caracterizado por la búsqueda constante y concienzuda de los placeres epicúreos y espirituales más refinados. Esta búsqueda se había visto coronada casi siempre por un éxito que ya se había convertido casi en un hábito. Porque la naturaleza, por una vez, había permitido la coherencia entre los dones y las aspiraciones otorgados, y junto a su necesidad constante de goces terrenales Sinelius había recibido una inteligencia natural y una constancia tenaz que habían actuado como una sinérgica dupla. Cuanto más se esforzaba (gracias a la segunda) en utilizar la primera, ésta se volvía más y más aguda.
Así, tras más cuarenta años desde que él mismo comenzara a considerarse adulto, Sinelius Meltah podía casi decir que no había placer que no hubiera catado, desde la degustación de las más insospechadas ambrosías sudanesas hasta la observación de los alfabetos espectriformes de Nueva Zelanda, pasando por la energización simultánea de chacras o por la lectura táctil de las estatuas mayas del templo de Chimaz Atzeic.
Su alma era un aventurero en busca de playas desiertas, no había posibilidad de disfrute terrenal o intelectual al que hubiera dicho que no. Tras seis años iniciales de absorción desordenada de información y de sensaciones, poco a poco había aprendido a juzgar a priori las posibilidades de cada opción que se abría ante los ojos, de forma que había desarrollado un carácter selectivo sin parangón sobre la tierra, que le permitía seleccionar de entre las infinitas posibilidades del universo,casi siempre sin equivocarse.
Sus relaciones personales no eran distintas, siempre sujetas a lo eventual y efímero de los placeres… hasta que conoció a Rada Magath. Supo al instante que estaban predestinados a compartir su eterno y gozoso peregrinar. No había criatura sobre la tierra que se pudiera equiparar a Sinelius, excepto Rada, y eso lo supo a la segunda frase que intercambiara con ella. Dotada de casi todas las gracias que la naturaleza pueda regalar a una fémina, su mente no rayaba a menor altura, de vivaz intelecto y mordaz lengua, se identificó de inmediato con la eterna búsqueda de Sinelius. Así, se habían convertido desde hacía catorce años en una pareja estable, si es que una denominación tan común era aplicable a ellos.
Pero ahora, el día en que cumplía cincuenta y cuatro años, Sinelius sabía que había arribado a la última posada. No estaba dispuesto a envejecer, no aceptaba por principio la degeneración física propia de la edad. Así que estaba dispuesto a paladear el que para él constituía último de los placeres: la decisión sobre la propia vida. No hace falta señalar que Sinelius era agnóstico practicante, y que más allá del plano intelectual, no admitía la existencia de ninguna dimensión espiritual donde tuviera cabida esa invención de las religiones denominada “alma”.
Así que allí estaba, sentado en su mansión de estilo dieciochesco, en el pabellón de otoño, paladeando un oporto de sesenta años de antigüedad, mientras esperaba a Rada. Por una vez en su extensa trayectoria vital, no estaba seguro de la respuesta que su pareja le daría (a pesar que desde hacía lustros la comunicación no verbal entre ellos y la coincidencia de pensamientos era casi total). Porque lo que le iba a plantear era compartir su destino final. Proponer, y no otra cosa. Dejaba para los folletines románticos las patéticas escenas del suicida que pretende arrastrar en su delirio final a sus seres queridos. Ni lo suyo era delirio, ni su alma se había vuelto tan egoísta para no respetar la voluntad ajena.
Entró finalmente Rada, con la elegancia de porte tan habitual en ella. Le dio un beso en la mejilla y se sirvió con confianza un vaso del añejo oporto, comenzando a paladearlo con calma, sin ansia alguna, mientras perdía la mirada en las nubes de otoño, a través de los cristales del elegante invernadero.
- Rada, quiero plantearte algo que tal vez ya hayas sospechado. Por supuesto que entendería si no compartes la propuesta, vaya eso por delante, pero…
-Calla Sinelius -interrumpió brusca pero armoniosamente Rada-, no hace falta que sigas. Sé (te conozco muy bien) que no soportas tu incipiente decadencia física. Sé también que aspiras a que comparta tu planificada suerte, ahora que ya se insinúa el inevitable fin de mi lozanía -proseguía mientras se acariciaba la todavía suave piel de su cuello-. Pero debo decirte algo: no he podido evitar como tú el lado oscuro del placer. Y ahora son otros los goces que me atraen.
Decía esto mientras despacio, casi con estudiada parsimonia, extraía un alargado y extraordinariamente afilado cuchillo de su escote.
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(08/12/2010) -
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NOVELA NEGRA CON ALMA

Puede que suene duro pero siempre he pensado que aquellos que ensalzan el uso de la violencia como el recurso literario más significativo de la novela negra adolecen de cierta debilidad de carácter para afrontar su propia sensibilidad o, como dirían los cursis, para afrontar su “lado femenino”.
Resulta que un maestro del género, un tal Chester Himes, que comenzó a publicar en los años de la gran depresión (de la del 29, no de ésta), escribió una pequeña joya del género llamada Yesterday Will Make You Cry en la que no puede encontrarse la descripción de un solo acto violento.
Es, sin embargo, una historia repleta de personajes torturados, que ya no esperan ni tan siquiera encontrar su justificación. Son personajes profundamente confusos, jóvenes encerrados en prisión que, buscándose, huyen de sí mismos. Son hombres que encauzan su necesidad afectiva hacia otros hombres, pero el resultado dista mucho de ser una novela gay (no lo habría podido soportar).
Lo mejor del asunto es que las historias de Chester Himes y del protagonista guardan un paralelismo asombroso, pues ambos tenían más o menos la misma edad cuando ingresaron en prisión y la misma edad cuando salieron pero, a diferencia de su protagonista, Himes vio sus novelas publicadas antes de verse en la calle mientras que al personaje literario únicamente le quedó la promesa de su muchacho de que algún día sería un autor reconocido.
Ésta es una novela negra con alma, dura y políticamente incorrecta, sin necesidad de alharacas sanguinolentas de gusto dudoso.

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(31/10/2010) -
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"Hay gente que se pasa la vida buscando a quién ceder su voluntad"

De "La ciudad para los borrachos" de Maranzano.

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(29/10/2010) -
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JT vs. Azorín
Ahora que estoy convaleciente y de baja, he comenzado a leer algunas novelas del póstumamente aclamado Jim Thompson. Concretamente 1280 almas, El asesino dentro de mí y Al sur del paraíso (en orden consecutivo, no simultaneo). No, no voy a contar la historia de este escritor por muy interesante que sea , para eso esta la interné, con sus miles de informaciones copypasteadas a disposición del gran publico, léase vulgo, entiéndase tú y yo. Pero algo (tal vez el teclear cansinamente con la mano izquierda) me mueve a comentar la primera impresión recibida, esa que nunca olvidamos cuando descubrimos la obra de un autor (¿o acaso no recordais las primeras líneas que leísteis de por ejemplo Vargas Llosa? ¿o el primer pleonasmo disfrutado de Garcia Marquez? ¿o… ?).
Las historias contadas por JT son duras, implacables, escritas a cuchillo. Y me parece olfatear (por lo menos en las tres que he leído) aromas de predestinación, de sino maldito, la imposibilidad para sus protagonistas de escapar a su destino fijado de antemano. Curiosamente intente adentrarme hace poco en la obra de Cormac McCarthy, y tuve que dejarlo a las veinte paginas (que siiii Toni, que lo volvere a intentar), mientras que el señor Thompson (con muchos puntos de estilo en común, según dicen) me captó desde el comienzo. Pero lo mas llamativo fue lo que me paso al acabar la segunda novela, la fracturada y sanguinolenta El asesino dentro de mí. Termine de leer el ultimo párrafo, y a pesar de haber disfrutado hasta el final, sentí que mi cerebro se ahogaba. Demasiada crudeza, demasiado realismo trágico. Necesitaba un calmante. ¿Y cual fue ese calmante? Ni mas ni menos que su antítesis, el pausado, blanco, entrañable (que no sentimental) Azorín. Leer Tomas Rueda fue el balsamo adecuado para recuperar el equilibrio, como quien tras una semana de tragar comida mejicana bien picante, descansara zambulliéndose en un caldo de pollo a la antigua. ¿Cómo explicarlo mejor que con estas burdas metonimias culinarias? Tal vez, tal vez, poniendo, uno detrás de otro, un fragmento de cada una de las novelas. Hagamos el experimento, y concluyamos con él este post(ín):

 —Lou —no comprendía nada—. ¡No permitiré que le hagas ningún daño a Elmer! No debes hacerlo, cariño. ¡Te cogerán y te llevarán a la cárcel! Y... ¡Oh, cariño, no se te ocurra!
—No me cogerán —exclamé—. Ni siquiera sospecharán de mí. Pensarán que Elmer estaba medio borracho, como de costumbre, que os peleasteis y os matasteis el uno al otro.
Seguía sin entenderlo. Se reía, aunque un poco inquieta.
—Pero, Lou... eso es una tontería. ¿Cómo voy a estar yo muerta si...?
—Muy fácil —dije, y le di una bofetada. Pero aún seguía sin entenderlo. Se frotó con lentitud la mejilla.
—No hagas eso, Lou, ahora no. Tengo que salir de viaje y...
—No vas a ninguna parte, preciosa. Y le volví a pegar. Al fin lo entendió. Se puso de pie de un salto, y yo también. La hice girar como una peonza y le di un rápido uno—dos, salió disparada hacia atrás, hasta chocar contra la pared, tambaleándose. Consiguió mantenerse en pie, dando manotazos, farfullando no se qué, para casi caer ante mí. Entonces volví a golpearla. La estampé contra la pared, pegándole una y otra vez, y era como machacar una calabaza. Dura al principio, para luego ablandarse de repente. Se derrumbó, con las rodillas dobladas, y la cabeza colgando.
Luego, lentamente, centímetro a centímetro, logró enderezarse otra vez. No veía nada: no sé cómo lo consiguió. No sé cómo podía sostenerse ni seguir respirando. Pero alzó la cabeza, tambaleante, levantó los brazos y los extendió hacia mí. Se me acercó, vacilante, al tiempo que un coche entraba en el garage.
—Ah... ah diós... bes s… am am… Tomé impulso y le lancé un gancho al mentón. Se oyó un craack seco, y todo su cuerpo fue proyectado hacia arriba, para caer otra vez hecha un guiñapo. Y ya no se movió. Limpié los guantes en su cuerpo; la sangre era suya y le correspondía por derecho. Saqué el revólver del armario, apagué la luz y cerré la puerta. 

Las bellas manos que cortaban las flores del huerto han desaparecido ya hace años. Hoy sólo vive en la casa un señor y un niño. El niño es chiquito, pero ya anda solo por la casa, por el jardín, por la calle. No se sabe lo que tiene el caballero que habita en esta casa. No cuida del niño; desde que murió la madre, este chico parece abandonado de todos. ¿Quién se acordará de él? El caballero -su padre- va y viene a largas cacerías; pasa temporadas fuera de casa; luego vienen otros señores y se encierran con él en otra estancia, se oyen discusiones furiosas, gritos. El caballero, muchos días, en la mesa regaña violentamente a los criados, da fuertes puñetazos, se exalta. El niño, en un extremo, lejos de él, le mira fijamente, sin hablar.
 ¡Qué extraña es esta casa! Un día ha desaparecido del salón un magnífico escritorio con labores de plata y nácar. ¿A dónde se lo habrán llevado? ¿No era aquí donde la madre guardaba sus labores, sus joyas? Otro día han descolgado los tapices y se los han llevado también. Ya el niño no verá un anciano de barbas blancas, tan bondadoso, que él veía siempre en uno de esos tapices. Otra vez han formado en la biblioteca grandes montones en el suelo, con libros, y después los han colocado en espuertas y los han bajado a la calle, donde esperaban unos carros. El niño, en esta estancia, pasaba largas horas, olvidado de todos, desdeñado por todos, él venía aquí, y con un ancho libro sobre la mesa, iba pasando las hojas con cuidadito y viendo las estampas. Ya no verá el niño ni el escritorio -que abría y cerraba mamá-, ni el anciano con la barba blanca del tapiz, ni el libro de las estampas. Otras muchas cosas se han llevado de casa.
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(02/09/2010) -
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"la vida es algo bastante insensible cuando llegas al fondo de ella: la insensibilidad es más sutil en los niveles de superficie; acuchillas a un hombre cortándole su crédito o traicionándole si eres su socio. Abajo, en el lodo en que estábamos, simplemente le acuchillabas"

Jim Thompson, "Al sur del paraíso"
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(01/09/2010) -
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UNA DEFENSA DE LAS NOVELITAS DE A PENIQUE
G.K. CHESTERTON

Uno de los ejemplos más raros de la manera en que se desprecia la vida corriente está en la literatura popular, la gran mayoría de la cual nos conformamos con considerar vulgar. Las novelitas para adolescentes pueden carecer de merito literario. Lo que equivale a decir que la novela moderna es pobre en un sentido químico, económico o astronómico. Pero no son intrínsecamente vulgares. En la practica, son el centro de un millón de imaginaciones ardientes.
 En siglos pasados, las personas cultivadas ignoraban en bloque la literatura del vulgo. La ignoraban y, por lo tanto, hablando con propiedad, no la despreciaban. Pasar algo por alto sintiendo indiferencia no infla de orgullo a la persona. Uno no se pasea por la calle, retorciéndose arrogante los mostachos, pensando en su superioridad sobre cierta clase de peces abisales.  Los antiguos sabios  dejaron todo el averno de la literatura popular en una oscuridad semejante.
 Hoy en día, sin embargo, aplicamos el principio opuesto. Despreciamos las obras vulgares sin ignorarlas. Corremos cierto peligro de volvernos mezquinos en nuestro estudio de la mezquindad. Actúa de fondo un axioma temible, semejante a la magia de Circe, que dice que si el alma se acerca demasiado al suelo para estudiar algo puede no volver a levantarse jamás. Creo que no hay categoría de la literatura popular sobre la que existan  mayor número de errores  y exageraciones, el colmo de ridículos, que el estrato mas bajo de la literatura popular para muchachos.
Es un tipo de composición que puede suponerse que siempre ha existido y siempre existirá. Carece de cualquier pretensión de ser buena literatura. Al igual que las conversaciones de sus lectores tampoco pretenden ser oratoria elevada...

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(13/07/2010) -
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EN DEFENSA DE LA LITERATURA JUVENIL
Con cierta frecuencia, sesudos críticos en busca de algún supuesto prestigio (que les distinga entre la podredumbre intelectual imperante), se han aprestado a calificar a algun escritor consagrado como “autor juvenil”, en espera de que tal boutade pase como visión preclara y novedosa de una obra hasta ese momento largamente estudiada. 
Así ha pasado más de una vez con Borges. Y con Dumas. Así sigue pasando con un maestro como Robert Louis Stevenson, a pesar de la importante reivindicación de la que éste ha sido objeto en las últimas décadas (no es casualidad que uno de los mayores defensores de éste último fuera precisamente un lector con gustos tan radicalmente alejados como el citado Borges). 
Pero más allá de que dicha calificación sea correcta o no (tema en el que no voy a entrar) no puedo estar de acuerdo con el carácter despectivo que se intenta imprimir a dicha calificación. Para nada.
 ¿Por qué? Bien, “juvenil” se define por la RAE como relativo a la etapa que se sitúa entre la infancia y la edad adulta. Por tanto, una obra juvenil es una obra pensada y dirigida a los gustos de la generación de entre, digamos doce y dieciocho años años. ¿Supone esto algún matiz de inferioridad respecto a otras obras supuestamente hechas para “gente adulta”? ¿Acaso son éstas de un nivel intelectual o sensibilidad superior per se? No seré yo quien caiga en la alabanza o valorización a priori de la juventud (rasgo característico tanto de muchos totalitarismos como de la lobotomizada sociedad consumista actual). Pero creo que no podemos caer en el pecado opuesto: pensar que por tener menos de dieciocho años, una obra dirigida a dicho público no pueda ser una obra maestra. Porque es en dicha época cuando se puede descubrir el fragante aroma de la aventura en estado puro, que una obra como “Secuestrado” puede brindar por primera vez. Es cuando se puede degustar el sentido agridulce y circular del azar que una breve maravilla como “La Lotería en Babilonia” puede revelar. O beber de las fuentes de la auténtica amistad, que pocas obras como “Los tres mosqueteros” han sabido plasmar de tan soberbia manera. Pero claro, dichos momentos de auténtica revelación literaria son algo a ocultar u olvidar por cierto sentido del pudor o la vergüenza (como muchas otras primeras veces por cierto), y en cambio, con varias décadas más en el cuerpo (y por desgracia en la mente), parece que sí es lícito para muchos críticos dogmatizar y enviar al cajón de las obras “ligeras” esas pequeñas o grandes obras maestras que en su momento les abrieran el corazón. 
 Triste visión de quienes apenas saben ya obtener placer de la literatura.
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(05/07/2010) -
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