Lo siento por Proust, pero no es verdad que la infancia sea la verdadera patria del hombre (sí, ya sé, qué modesta forma de empezar un post). Cada cual debe tener la suya. En mi caso mi única patria es mi familia, aunque desde luego no pienso dogmatizar sobre ello.
Pero hay una parte de nuestra personalidad que nunca podremos transferir a nadie, ni a nuestros seres más queridos: me refiero a las experiencias vitales e impresiones visuales que experimentamos durante la adolescencia y que se nos quedan grabadas en la mente y en el espíritu de una forma más profunda que cualquier experiencia posterior. Tal vez sea por el estado vital característico de esa etapa, en que estamos abiertos a todo, ansiosos de alimento mental, sin compromisos personales ni cargas económicas, sin una contabilidad de frustraciones pero sí de ilusiones, de forma que nuestras neuronas son más fácilmente marcadas por películas, canciones, amistades, situaciones etc. Luego como decía Calamaro, nos ponemos duros y las experiencias no traspasan tan fácilmente el “cuero” del alma.
Hasta aquí nada nuevo ni que no haya sido explotado repetidamente por la cansina publicidad televisiva. Escribo todo esto (inspirado por este curioso post que leí anteayer), tan sólo como excusa para comentar las curiosas ocasiones en que la impresión almacenada en la memoria pervive aun cuando se la confronta con el estímulo original, llegando incluso a imponerse a éste. Seguro que alguna vez les ha pasado algo parecido a esto: Tenéis un vívido recuerdo (de esos que llamamos “imborrable”) de un capítulo de una novela, de un relato corto, de una escena o secuencia determinada de una película, o incluso de un cuadro. Os animáis un día a acercaros de nuevo a esa novela, esa película o ese cuadro, con la sana intención de revivir el placer original. Pero, ay, para nuestra decepción el efecto no es ya el mismo, el hasta ese momento idolatrado objeto nos parece ahora menos genial o brillante que antaño. Lo asumimos como algo un poco decepcionante pero inevitable. Pero, unos días después, nuestra juguetona cabeza decide evocar el capítulo, o secuencia, o experiencia original. Y, entonces, oh sorpresa, recuperamos aunque sea lejanamente el deleite original, la sensación de maravilla que percibiéramos la primera vez, hasta el punto de que nos damos cuenta de que el recuerdo original no ha sido modificado por la reciente comparación con el modelo original… el recuerdo se ha impuesto a la realidad, y ha conformado en nuestra cabeza una “realidad” propia, personal e intransferible, que para nosotros es realidad sin comillas ni cursivas, sólo con una característica especial: que no pertenece al mundo físico sino a nuestro propio mundo personal. Y en el fondo, ¿qué diferencia hay?
Esta web no se hace responsable de los comentarios escritos por los usuarios. El usuario es responsable y titular de las opiniones vertidas. Si encuentra algún contenido erróneo u ofensivo, por favor, comuníquenoslo mediante el formulario de contacto para que podamos subsanarlo.