Una de las paradojas de la sociedad que hemos creado es que vivimos abrumados por datos, pero tenemos muy poca información (Evidentemente no estoy descubriendo nada nuevo). No sólo por la dificultad de separar el ruido de la información veraz, sino también por la mala calidad general de los informantes, y desde luego por intereses creados que promueven la confusión mediática. Un simple ejemplo: intentad encontrar un análisis exhaustivo y coherente sobre la rentabilidad o no rentabilidad de la energía eólica frente a las fuentes tradicionales (carbón, petróleo)… misión imposible.
Algo parecido aunque amplificado ocurre con conceptos como sostenibilidad o capitalismo social: todos tenemos algún vago concepto al respecto, pero poco más, Así que cuando un día nos preguntamos “¿cómo podemos colaborar con el medioambiente, y con el tercer mundo, desde nuestro diminuto nido pequeñoburgués?”, la respuesta es inexistente… hasta que el omnipresente marketing llega para salvarnos! Y así, nos encontramos con la opción ecológica u opción solidaria, convenientemente presentada en lujoso packaging, cada vez en más casos: visitad Alcampo, os encontraréis con las “cajas verdes”, publicitadas con carteles que las venden como un “compromiso con la naturaleza”. ¿Tomáis café en el trabajo? En la máquina expendedora encontraréis la opción de cafés “comercio justo” (más caros, lo que presupone que si le damos a otro botón, estamos explotando a los débiles?). Por no hablar de los kilos solidarios, o incluso los coches híbridos, en realidad al alcance sólo de las economías más pudientes. Los ejemplos son cada vez más numerosos.
Es nuestra última necesidad inconsciente que el márketing se ha propuesto satisfacer: la de sentirnos útiles al mundo, acallar nuestras conciencias, y de esta forma que podamos seguir consumiendo sin descanso y sin remordimientos, tras haber aparcado en un rincón de nuestras vidas lo que (se supone que) debería ser uno de sus leitmotiv, la justicia social…
Evidentemente es (casi) todo puro fingimiento, un sistema narcótico, si en Matrix criaban seres humanos para extraerles la electricidad, en el capitalismo nos atiborran de estímulos y acallan nuestras conciencias para extraer nuestras rentas sin que nos quejemos de ello.
La sociedad en que vivimos está repleta de injusticias, aunque en promedio (qué peligro de palabra), el nivel sea inferior al de cualquiera de los últimos treinta siglos. Pero siendo como somos ciudadanos occidentales y miembros de la sociedad superdesarrollada, tenemos más que nunca un acceso diario, detallado y extenso a los vericuetos de cada una de estas injusticias a través de todo tipo de medios, fundamentalmente la televisión e internet. Pero, y aquí viene la terrible contradicción, la oportunidad o capacidad que tenemos para modificar estas situaciones es tan reducida como siempre, y en algunos casos incluso menor.. La corrupción, la trata de blancas, la indigencia, la dependencia… Pocos son los medios que tenemos para (desde nuestra posición de ciudadanos de clase media), contribuir aunque sea sólo una miaja a luchar contra estas lacras sociales [alerta lugar común]. Atrevámonos a enumerarlos: nuestro voto a una u otra opción política (o a ninguna) cada cuatro años; Nuestro aporte económico a una fundación u ONG . La dedicación de parte de nuestro tiempo a labores solidarias... Bien, si todos hiciéramos alguna de estas cosas (la primera con un poco de raciocinio), seguramente algunas cosas podrían cambiar. Pero hay otras que no. Sencillamente, porque son esas otras cosas que tan sólo podrían remediarse mediante la actuación directa y decidida de esa entelequia que llamamos poderes públicos. Y esa actuación directa simplemente no existe. Ahí tenemos la trata de blancas, el tráfico de drogas o las mafias para tráfico de inmigrantes, realidades cotidianas en cada municipio de España (sí, también en el tuyo), realizada por personajes y en lugares perfectamente conocidos por todos, pero permitida y usufructuada por los políticos y las fuerzas de seguridad, en especial si éstas son locales. Por eso me gustaría que, por lo menos como postura moral, no aceptáramos con tanta alegría esa droga blanda para nuestras conciencias que son las campañas publicitarias solidarias. Bien realizadas, creativas, brillantes incluso, son unas perfectas mitigadoras de cualquier sentimiento de culpa o de corresponsabilidad que pueda surgir en nuestras mentes burguesas, Pero, realmente creo que ninguna campaña contra la trata de blancas, contra la violencia de género o contra el abuso de menores por ejemplo sirva para nada de nada. La "conciencia social" no modifica la realidad. Nadie de entre los ejecutores de esas actividades va a dejar de realizarlas después de ver un spot. Y el tema es más triste cuando las campañas las realizan directores de prestigio o actores famosos, de los de perfil “solidario” pero que nunca se mojarían donde realmente hay que mojarse. Pero su presencia es coartada moral perfecta para muchas conciencias, que por el efecto de identificación, se sienten mejor al ver rostros famosos en su pantalla amiga. En fin. Ojalá todos esos millones gastados en inútiles pero artísticas campañas se dedicaran a algo práctico. Y ojalá nuestros políticos y fuerzas de seguridad dejaran de mamar de las ubres del delito. Pero ése es ya otro tema.
¿Por qué nos resultan tan atractivas las teorías conspirativas, aun cuando no creamos a pies juntillas en ellas?
Tal vez porque entroncan con nuestro secreto anhelo de encontrar alguna lógica o verdad sencilla que explique el caos en que se ha convertido el mundo. Así, si aceptamos la existencia de unos grupos de poder ocultos (masones, magnates del petróleo, trekkies, militares o quien sea) que manejan el mundo en secreto y hacen y deshacen guerras a su antojo, bien… seguramente la solución no sea de nuestro gusto, pero por lo menos nos puede parecer comprensible, con sentido, y aliviaría nuestra perplejidad diaria….
Además, todos, en el fondo, tenemos la sospecha de que vivimos en cierto tipo de “matrix” informativa, de que todo lo que nos cuentan es falso…
Un amigo mío por su parte tiene una versión a medio camino entre la creencia absoluta en las conspiraciones y la fe ciega en nuestros honestos gobernantes: No es positivo aplicar esa denominación a cualquier línea de pensamiento que intente ver lo que hay detrás de las apariencias.
La descalificación de cualquier teoría alternatva al discurso de los mass media es, de hecho, un mecanismo de control ejercido desde los propios líderes de opinión a través de los medios para adocenar a la gente.
Sí que existe un masterplan masónico. Sí que existe un lobby del petróleo. Sí que existen los intereses políticos detrás de los alimentos transgénicos. Otra cosa es que pretendamos ver que el lobby del petróleo se encuentra detrás de cada semáforo que se pone en rojo.
Es un terreno muy adecuado para que te califiquen, te descalifiquen y finalmente no te tomen en serio si defiendes una opción diferente a las líneas de pensamiento oficiales.
El ejemplo de los masones es estupendo para eso: en teoría no existen, o son una asociación como los criadores de canarios. Si pretendes decir que tienen algún poder se te adhiere el sambenito de franquista, paranoico o loco. Así funciona la verdadera conspiración: determinando una línea de pensamiento oficial o "políticamente correcto" que sea asumida por el subconsciente de la gran masa inconsciente de manera que nadie se atreva a pensar de forma diferente, so pena de ser marginado.
Por eso es tan importante para los que verdaderamente manejan el mundo eliminar cualquier opción de pensamiento crítico, un pensamiento crítico que un día tuvo la filosofía (y que perdió en favor del relativismo), pero que hoy en día mantiene por ejemplo la Iglesia Católica.
Tenemos miedo al silencio. Tal vez porque nos obliga a escucharnos a nosotros mismos, y nos aterra que nos disguste lo que oigamos, o tal vez no oír nada.
Una vez inmersos en él, no nos es posible sustraernos a la vibración de la realidad, y por eso, de forma natural, el silencio se ha impuesto a lo largo de los siglos para limitar la comunicación interpares allá donde el ruido no puede negar la evidencia de la muerte o del más allá (entierros, velatorios, ceremonias religiosas, etc).
Pero en esta sociedad española teledrogadicta, a fuerza de alienarnos somos cada vez más incapaces de asumir pautas de comportamiento propias. Preferimos banalizarnos en la mímesis de efectos televisivos de tercera, como si viviéramos en un telefilme de sobremesa de domingo.
Y cuando éste se une con otro fenómeno alienante, como es el de la dilución de la identidad propia en la masa, el efecto es vergonzante. Así, por ejemplo, entierros multitudinarios de víctimas de asesinatos de toda índole se orlan siempre con los aplausos y vítores de los asistentes, poseídos de un agudo horror vacui sonoro, sin que nadie se sorprenda, tal vez a la espera de que, “desde algún lugar más allá de crepúsculo” comiencen a subir los títulos de crédito.
Alguien podrá pensar que es inevitable esa catarsis en forma de aplauso para aliviar el dolor, y tal vez fuera cierto si tal proceso tuviera lugar siempre, y no sólo en los acontecimientos mediáticos.
¿Por qué aplaudimos?, ¿a quién demonios aprovechan nuestros aplausos? ¿al muerto? ¿por qué nos vemos abocados a hacerlo, incapaces de recogernos, de recrear el silencio, aun cuando sólo sea como señal de respeto?
Acaso ya no somos capaces de transmitir nuestro estado de ánimo por ningún medio que no sea los propios del show: aplausos, cabriolas, gestos exagerados… parece que la reflexión y ese mirar hacia dentro que tantas veces deberíamos hacer, no es que no exista, es que queda muy lejos de los endurecidos caparazones de nuestras almas.
Leyendo hace poco el “Glosario de las marcas” de la consultora Interbrand, me anoticié del concepto de cult brands (marcas de culto), que define como”marcas que gozan de una fidelidad de cliente que va más allá de la simple lealtad para convertirse en una devoción semejante al culto. La intensidad con que sus devotos viven la marca es algo esencial en sus vidas. También se las conoce como marcas tribales”. ¿Ejemplos?: Los propietarios de una Harley, o los que acuden todos los días a Starbucks. Madre mía. “Algo esencial en sus vidas”. Madre mía. Todos, en mayor o menor medida, realizamos los que los psicólogos llaman transferencia, algo así como “transferir parte de nuestra vida emocional hacia una persona”. Vivimos “como algo nuestro” los triunfos (o fracasos) de Nadal, de nuestro equipo de fútbol, de nuestro actor favorito o nuestro ídolo mediático. Pero hacer esto respecto a algo tan puramente mercantilista, irreal e instrumental como una marca, es todo un (triste) símbolo de nuestro tiempo. No voy a hacer de Namoi Klein de tercera, pero, realmente, cada vez estoy más convencido que el homo sapiens, inmerso en esta sociedad del espectáculo, va a extinguirse antes por la atrofia de su limitada mente, que por la caída de un meteorito o por la aparición de otra especie mejor dotada para la supervivencia.
La felicidad en el ser humano es algo más complejo que la simple satisfacción de los instintos primarios, debido al componente espiritual del que hablábamos en un post anterior, (componente que cabría considerar también un instinto humano primario).
Pero, con la misma fuerza con la que el hombre se ve impelido a la búsqueda de la felicidad, se ve abocado, en sentido contrario, a encontrar un culpable de su infelicidad.
La forma de concebir y enfrentarse a esta marea acción/reacción determina, en el fondo, el modelo de sociedad que cada uno de nosotros defiende. Me explico:
- Aceptar la propia espiritualidad implica una visión trascendental de la felicidad, en tanto en cuanto establece una relación con una cierta colección de parámetros éticos, normalmente relativos al "bien ajeno" y/o a la vida eterna.
- Negar, por el contrario, la propia espiritualidad, circunscribe la felicidad a la posibilidad de consecución de objetivos "inmediatos". Por tanto los medios que se utilicen para alcanzarlos son responsables en último término de haberlos o no conseguido.
Traducido al lenguaje político: mientras los primeros pueden considerar el estado como un mero garante de los mínimos de la convivencia cívica, los segundos no tienen más remedio que volcar sobre él sus esperanzas de felicidad, y éstas relacionadas directamente con la cantidad de recursos que puede proporcionarles.
Por eso, en función de quién ostente el gobierno de un país (y en función de su aceptación o negación de la espiritualidad antes comentada), el aparato del estado tenderá a crecer o a menguar (o, al menos, a no seguir creciendo), es decir a aumentar el déficit público o no, a asumir cada vez más y más competencias (incluso las propias del ámbito personal) o no, a desear el totalitarismo como forma ideal de gobierno o a... Bueno, eso lo desean todos.
Aunque uno no sea del todo consciente de ello y ésta no sea una regla universal, existe una relación directa entre la propia espiritualidad y la tendencia política ejercida. Por ello, además, hay una tendencia política más proclive que otra al ateísmo, y (más que al ateísmo), a la persecución de la natural tendencia espiritual del ser humano.
Como siempre, el gran Quino dando en la diana hace ya algunos años. En esta ocasión estoy repicando el post de un interesante blog, que me recordó la existencia de esta realista tira.
Hay algo realmente terroífico en la fiesta (¿?) de Halloween, que me hiela la sangre más que ninguna de las iconografías macabras con que somos obsequiados a primeros de noviembre, y es la facilidad con la que hemos asumido nuestro rol de periferia cultural, subyugados por el interés comercial de unos pocos. Y yo me pregunto: ¿qué tenemos que ver nosotros con esto?. No se trata ya de que Halloween sea una tradición (¿?) anglosajona (es casi inevitable un cierto grado de transferencia entre culturas en contacto) ni de que ni tan siquiera en el mundo anglosajón la noche de walpurgis tuvo hasta hace relativamente poco tiempo el formato con el que ahora se conoce ese esperpento llamado Halloween. Tampoco puedo decir que mi terror tiene su origen en la indecente manera en que nos venden y compramos el siniestro merchandising (sería absurdo pretender que alguno de nosotros está por encima del actual sistema de producción). No. La razón por la que jálogüin (en castellano) me parece obsceno es porque forma parte de una transición generalizada desde la trascendencia natural a la alienación esotérica. Es una muestra más de cómo dejamos de percibir la muerte como una parte necesaria del ciclo vital, es decir, de la normalidad, y la relegamos al ámbito de lo extraordinario, de lo que nunca debería existir, y por ello lo "celebramos" una sóla noche al año, en vez de asumirlo como parte consustancial de la existencia. Y esto es así porque en esta sociedad del espectáculoen que vivimos, tendemos a apartar la muerte de nuestra presencia, a borrarla, como un tabú (y si nos fijamos bien en el papel que la muerte juega en esta pantomima de disfraces, veremos que no está muy lejos de la forma en que las sociedades primitivas se relacionan con sus tabúes). Sin embargo, por estos pagos la festividad del primero de noviembre ha tenido que ver tradicionalmente con el no menos primitivo culto a los muertos, el cual, bajo la forma cristiana, adquirió un sentido piadoso de recuerdo y oración por los que nos precedieron. Era, en cierta medida, una especie de relación natural de dos planos de existencia contiguos, pero igualmente reales. Aún recuerdo cómo me llevaban de niño a recorrer las calles del cementerio y me presentaban al bisabuelo, a un tío segundo o a un primo lejano que murió siendo niño, y todos los años mis mayores hacían memoria de dónde deberían ser enterrados. Algún mentecato hablará ahora de traumas infantiles, pero lo cierto es que el conocimiento de los ancestros y la percepción de la propia finitud resultaba un remedio magnífico para la doctrina materialista que nos fuerza a pensar que sólo el ahora es válido. Traumático es lo actual, donde cualquier recordatorio de la muerte se trata como un producto contaminado; donde por eliminar, eliminamos hasta los cadáveres dispersando sus cenizas cuanto más lejos, mejor. ¿Qué es, en definitiva más cruel, llevar a nuestros hijos a visitar las tumbas familiares, o impedir que adquieran consciencia de un hecho tan universal como la muerte, y tan innegable como su propia muerte? Me aterra que muchos de nosotros prefiramos disfrazarlos como imbéciles, (yo el primero, oiga) permitiendo que clonen actitudes antisociales (el treat or trick ¿no es una coacción propia de futuros delincuentes juveniles?), pensando además que jugar con una ogüija resulta inofensivo.