Figura conocida pero poco mentada, auténtico fogonero de los trenes literarios, oculto desarrollador de tramas y escenas, el negro literario merece una reivindicación aquí y ahora.
¿Por qué?
- Porque sin su figura, la obra de muchos autores como AlejanDro Dumas o tal vez Verne, sería mucho más reducida, y no necesariamente a costa de sus peores títulos.
- Porque ser negro literario es una forma sacrificada pero muy efectiva de desarrollar, a la hora de escribir, eso llamado oficio. ¿O no fue tal vez el propio Dumas en sus comienzos un negro más? Escribir para la gloria de otro, a destajo, afila la pluma y pone orden en la mente, condición sine qua non para luego ser capaz de dar rienda suelta al talento, que (en el caso de tenerlo), nunca basta por sí solo y siempre necesita de dura disciplina para ser transmitido al papel.
- Porque los negros literarios hacen posible que hombres y mujeres de este nuestro querido país (y algunos adyacentes), puedan tener entre sus manos (y hasta leer en ocasiones), libros escritos por sus dioses televisivos particulares, alcanzando pequeñas cimas de satisfacción y culminación personal, que nadie tenemos el derecho a negarles.
- Porque a veces las mejores obras han salido de la interacción entre el escritor oficial y su negro, ya que a veces la idea brillante y el genio creativo del primero, necesita ser encauzado por el pulso narrativo y la sapiencia terrenal del segundo. Argumentos para este razonamiento: baste con acometer un libro puro genio y creatividad desbocada: lean (si pueden) el Ulysses, de Joyce. Entonces entenderán.
- Porque Cyrano de Bergerac fue al fin y al cabo, eso.
- Porque el mundo es así, y tanto en la empresa privada, como en la medicina, como en el mundo del espectáculo, hay muchos negros que trabajan para que otros se lleven los oropeles. Porque lejos quedó la época en que era sencillo hacer algo heroico, encontrar el cuerno de la abundancia o tumbar a Goliath. Cuando el mundo se hizo mayor todo se volvió un poco gris, complicadoy el éxito tiene una parte de suerte, un punto de inteligencia y un mucho de cinismo, y los negros son un engranaje necesario.
Reivindiquémosles pues, aquí y ahora, con admiración por el trabajo bien hecho, y dejemos la eternidad literaria para el ayer.
A menudo no sabemos distinguir la información en sí, del fruto obtenido tras el procesado de esa misma información. Así tendemos a evaluar el nivel cultural de alguien en función de la datos nuevos que puede proporcionarnos, sin preocuparnos de si dichos datos van acompañados de un análisis coherente o no. Se trata (tal vez) de la sustitución de la inteligencia por la memoria. En estos tiempos parece que ya no hace falta entender (palabra con la misma raíz etimológica que inteligencia) sino sólo repetir. Eso sí, con un tono y unos ademanes que dejen muy claro la seriedad y “nivel” del memorista de turno. Pero además, la concepción mercantilista de la cultura nos ha traído la necesidad (casi social) de aportar información nueva, diferente, sorprendente, lo que obliga a quien quiere seguir manteniendo una imagen de persona culta a focalizarse en áreas poco exploradas, en muchas ocasiones áreas reservadas a estudiosos especializados. Así, para cultivar una imagen de persona erudita sólo hacen falta dos cosas: una memoria sólida y un extenso acerbo de datos inconexos sobre temas banales, especialmente anécdotas históricas. No es fácil, pero es mucho más sencillo que cultivar el intelecto, intentar sacar conclusiones o por lo menos hacerse preguntas (en definitiva dudar, que no es malo) a partir de la información digerida. De la otra manera, qué duda cabe que cualquiera (usted y yo) podemos salir cultamente airoso de cualquier conversación sin mostrar nuestra realidad oculta, de forma que sólo nosotros podemos saber si somos una persona que valora la cultura o un necio que sólo pretende mantener una imagen pública. Hagamos esta sencilla prueba, básica y simple pero no por ello menos efectiva: Si se alegra de que los demás sepan tanto como usted, o sólo una pequeña fracción, tal vez usted disfruta y comparte la cultura, pues la circunstancia citada sólo puede mejorar sus posibilidades de conversación y reflexión con sus congéneres. Pero si a usted le molesta, siente cierto resquemor cuando alguien adquiere por otro medio que no sea usted mismo una parte de la información que usted posee, enhorabuena: es candidato para el premio al necio del año. Puedo imaginar la alegría de algún experto bienintencionado ante el "conocimiento popular" de Hipatia de Alejandría o de Nicholas Flamel, aunque sea éste un conocimiento superficial y basado en información errónea: su aparición no hace sino aumentar la probabilidad de despertar el interés de alguien que, algún día, pueda convertirse en experto, lo que asegurará la pervivencia del conocimiento y la información correctos. También puedo imaginar el disgusto de quien, tras haberse quemado las pestañas durante años en busca del conocimiento arcano con el que poder epatar a sus semejantes, protesta airado ante la falsedad de los datos popularizados. En el fondo lo que realmente duele, es que algo tan asequible como una película de cine de noventa minutos haya aniquilado la posibilidad de una conversación en la que hacer gala de erudición, posibilidad que le habrá llevado años de esfuerzo.
Los géneros musicales tradicionales (rock, pop, funk, soul, etc) cada vez tienen menos sentido en una época como la nuestra en que la mezcla comercial, el mix destinado a las listas de éxitos, es lo que predomina. El fenómeno no es nuevo, pero últimamente hemos tenido ejemplos dignos de figurar en el museo de los horrores. Porque veamos: que la espectacular Beyoncé comparta movimientos de caderas con Shakira puede ser algo hasta lógico bajo la óptica del marketing (dos productos semejantes pueden hacer casi siempre una buena combinación). Que la texana realice single y vídeo con Lady Gaga es casi inevitable (y sorprendentemente, la canción tiene su punto). Pero el asunto toma un cariz preocupante cuando descubrimos al inefable Alex Lumbago compartiendo tema con Craig David, adalid de los solistas-de-color-moñas (que lleva por cierto diez años haciendo la misma canción). El resultado es un poco (muy) estomacante. Y la cuestión alcanza límites insospechados y realmente hirientes cuando descubrimos, contra todo orden establecido de valores, contra toda lógica universal, al ínclito Alejandro Sanz con la actual reina del soul, la casi siempre fantástica Alicia Keys. La mezcla es indigerible, y no me puedo dejar de imaginar, cada vez que la oigo, al ejecutivo de la discográfica explicándole a la cantante “Alicia, queremos introducir a un español muy majete en el mercado norteamericano, y contamos contigo para que nos eches una mano”. Realmente, los berridos del señor Sanz diciendo “oh mai sister” merecen estar en una antología de simas de la historia de la música. Pero como nadie se merece un post que acabe con semejante despropósito, una vez más echaré mano de la historia para acabar con buen sabor de boca: ya dije que el fenómeno no es nuevo, y podemos encontrar ejemplos sorprendentes como éste: el siempre grandioso Marvin Gaye vacilando con una irreconocible Tina Turner (sí, es ella), en una mezcla de canciones que anticipaba lo que hoy conocemos como mash-up.
Y puestos a poner mezclas, les dejo una muy interesante, un mashup en el que se fusionan un clásico del grupo por antonomasia, con Oasis, uno de sus mejores imitadores:
Cuando una obra discográfica, cinematográfica o literaria no alcanza el nivel de profundidad, excelencia o extensión de otras anteriores del mismo autor, los críticos se suelen apresurar en denominarla "obra menor", como si inevitablemente fuera inferior al resto de sus creaciones. Yo creo que ese criterio es, en muchas ocasiones, sesgado y por tanto equivocado. Los consumidores de obras culturales, por denominarlos de alguna forma (alguno preferirá “degustadores” para no traicionar sus principios), no podemos estar consumiendo constantemente obras del calado intelectual, ideológico, estético o simplemente físico que comporta toda “obra maestra”, o al menos las obras que son así catalogadas por el discurso social imperante (es decir, la obra magna, larga, profunda y susceptible de múltiples lecturas a distintos niveles). Consumir una tras otra las obras de tales características nos puede llenar de gozo el espíritu al principio, pero pronto e inevitablemente nos encontraríamos saturados de genialidad, por decirlo en parco castellano. Es bien sabido que hasta los habituales lectores y relectores de obras maestras universales (género muy escaso por cierto) intercalan, entre estas lecturas, novelas históricas estilo Dumas u obras jocosas de autores clásicos, para “engrasar las neuronas” y reequilibrar el fiel de la balanza del gusto (y ni siquiera me molestaré en la reivindicación como mayor del género de aventuras, de tan obvio que me parece). De la misma forma, si estuviéramos consumiendo todos los días las mejores obras de la nouvelle cuisine o de Ferrán Adria, nuestro paladar podría quedar “devastado por la finura”: un bocata de atún con pimientos o un plato de arroz a la cubana se haría necesario de vez en cuando para recuperar o recordar el gusto de lo básico. Fernando Savater hizo al respecto un aporte muy interesante en el prólogo a una novela de ciencia ficción escrito en el año 2000: Con cierta altanería, algunos dómines enseñan que la diferencia cualitativa que hay entre la Gran Literatura y las orillas del mero entretenimiento es que las primeras admiten periódicas y suculentas relecturas, mientras que las segundas son de usar y tirar. Es decir, que si volvemos sobre éstas nos dan cada vez menos (entretenimiento) mientras que las obras maestras cada vez nos dan (lo que nos den) más y mejor. Sin oponerme frontalmente a esta doctrina rigurosa, que considero cierta en lo esencial, aventuro dos reservas y una restricción mental ante tal jerarquía literaria. Objeciones: primera, que no hay por qué devaluar lo que hace disfrutar una vez y nunca más, como los grandes vinos, los mejores cigarros puros y los condones; segunda, algunos buenos libros de entretenimiento, dejando pasar el tiempo suficiente y gracias a la pérdida de memoria propia de la edad, pueden ser releídos de modo satisfactorio… siempre que uno no exagere demasiado las ventajas compensatorias de la madurez (léase envejecimiento). En cuanto a la restricción mental, es muy sencilla y se refiere a que cada cual tiene derecho a añadir a lista oficial de Grandes Obras algunas otras fruto de su gusto personal, que quizás para los demás sean de simple “entretenimiento”.
Volviendo a la tierra, es por esta visión que no me avergüenzo de mi pasión por la buena música disco o por las obras de Terry Pratchett. Hay un momento para cada cosa…
Todas las sociedades son, a su manera, seres vivos. Entidades que son más que la suma simbiótica de los pequeños organismos que las crearon y las componen –usted y yo-, y que reaccionan ante los estímulos externos de distinta forma, como si fueran colonias de hormigas en cuyo comportamiento se advierten signos de inteligencia propios que no se dan en sus individuos considerados aisladamente. En nuestro caso, hemos hecho de la sociedad occidental un ser a nuestra imagen y semejanza, un niño pequeño consentido y acomodaticio, propenso a la enfermedad y al trauma, sin los redaños suficientes como para afrontar el sufrimiento –y el gozo- de que se compone la vida. Este ser, que tomó conciencia de sí mismo seguramente a principios del XVIII tiene su propia psique, una psique débil y manejable, que en ocasiones ha vivido de sus propias fantasías –como en todas las crisis financieras que hemos vivido en los últimos siglos-, en ocasiones del abuso de sí mismo y del descontrol –los felices setenta-, de las tensiones internas y la pulsión autodestructiva –la guerra fría-. Tal vez a causa de estas fases de su propia caótica historia de desarrollo personal, nuestra sociedad tiene en la actualidad enormes problemas para asumir y afrontar la realidad y así, mientras por una parte se obstina en la negación de los dramas que la rodean, del dolor que causa, del peligro en que se encuentra, de la fantasía que vive, otra parte pugna por asimilar los acontecimientos traumáticos, darles una forma digerible. Al igual que los secuestrados desarrollan el síndrome de Estocolmo como mecanismo de supervivencia, así nuestra sociedad tiende a desarrollar sus propias estrategias. En otro artículo se defendió la idea de emplear contra Al Qaeda herramientas propias de la guerra de marcas, lo que nos valió severos calificativos por parte de algunos . Pero, mientras escribo este artículo tengo en mis manos un mechero, adquirido en un mercadillo de un polvoriento pueblecillo del sudoeste de Afganistán (recuerden este dato). Es de plástico amarillo, cutre, seguramente fabricado en China por la filial de una empresa americana. Tiene un pequeño botón en la base que, al ser pulsado, activa una linterna led, como otros muchos de su clase. La diferencia fundamental es que, si la oscuridad es suficiente, puede verse proyectada en la pared la imagen de Osama Bin Laden, enmarcado en un círculo colorista, casi pop. Lo significativo no es la procedencia de este objeto, sino el efecto festivo que tiene en todos los occidentales que han visto esta pequeña pieza de merchandising terrorista.
Cuando la yihad se viste de colores pop, se disfraza para la fiesta del orgullo gay? (¡esto es la guerra santa, pirataaa!)
Una de las paradojas de la sociedad que hemos creado es que vivimos abrumados por datos, pero tenemos muy poca información (Evidentemente no estoy descubriendo nada nuevo). No sólo por la dificultad de separar el ruido de la información veraz, sino también por la mala calidad general de los informantes, y desde luego por intereses creados que promueven la confusión mediática. Un simple ejemplo: intentad encontrar un análisis exhaustivo y coherente sobre la rentabilidad o no rentabilidad de la energía eólica frente a las fuentes tradicionales (carbón, petróleo)… misión imposible.
Algo parecido aunque amplificado ocurre con conceptos como sostenibilidad o capitalismo social: todos tenemos algún vago concepto al respecto, pero poco más, Así que cuando un día nos preguntamos “¿cómo podemos colaborar con el medioambiente, y con el tercer mundo, desde nuestro diminuto nido pequeñoburgués?”, la respuesta es inexistente… hasta que el omnipresente marketing llega para salvarnos! Y así, nos encontramos con la opción ecológica u opción solidaria, convenientemente presentada en lujoso packaging, cada vez en más casos: visitad Alcampo, os encontraréis con las “cajas verdes”, publicitadas con carteles que las venden como un “compromiso con la naturaleza”. ¿Tomáis café en el trabajo? En la máquina expendedora encontraréis la opción de cafés “comercio justo” (más caros, lo que presupone que si le damos a otro botón, estamos explotando a los débiles?). Por no hablar de los kilos solidarios, o incluso los coches híbridos, en realidad al alcance sólo de las economías más pudientes. Los ejemplos son cada vez más numerosos.
Es nuestra última necesidad inconsciente que el márketing se ha propuesto satisfacer: la de sentirnos útiles al mundo, acallar nuestras conciencias, y de esta forma que podamos seguir consumiendo sin descanso y sin remordimientos, tras haber aparcado en un rincón de nuestras vidas lo que (se supone que) debería ser uno de sus leitmotiv, la justicia social…
Evidentemente es (casi) todo puro fingimiento, un sistema narcótico, si en Matrix criaban seres humanos para extraerles la electricidad, en el capitalismo nos atiborran de estímulos y acallan nuestras conciencias para extraer nuestras rentas sin que nos quejemos de ello.
La sociedad en que vivimos está repleta de injusticias, aunque en promedio (qué peligro de palabra), el nivel sea inferior al de cualquiera de los últimos treinta siglos. Pero siendo como somos ciudadanos occidentales y miembros de la sociedad superdesarrollada, tenemos más que nunca un acceso diario, detallado y extenso a los vericuetos de cada una de estas injusticias a través de todo tipo de medios, fundamentalmente la televisión e internet. Pero, y aquí viene la terrible contradicción, la oportunidad o capacidad que tenemos para modificar estas situaciones es tan reducida como siempre, y en algunos casos incluso menor.. La corrupción, la trata de blancas, la indigencia, la dependencia… Pocos son los medios que tenemos para (desde nuestra posición de ciudadanos de clase media), contribuir aunque sea sólo una miaja a luchar contra estas lacras sociales [alerta lugar común]. Atrevámonos a enumerarlos: nuestro voto a una u otra opción política (o a ninguna) cada cuatro años; Nuestro aporte económico a una fundación u ONG . La dedicación de parte de nuestro tiempo a labores solidarias... Bien, si todos hiciéramos alguna de estas cosas (la primera con un poco de raciocinio), seguramente algunas cosas podrían cambiar. Pero hay otras que no. Sencillamente, porque son esas otras cosas que tan sólo podrían remediarse mediante la actuación directa y decidida de esa entelequia que llamamos poderes públicos. Y esa actuación directa simplemente no existe. Ahí tenemos la trata de blancas, el tráfico de drogas o las mafias para tráfico de inmigrantes, realidades cotidianas en cada municipio de España (sí, también en el tuyo), realizada por personajes y en lugares perfectamente conocidos por todos, pero permitida y usufructuada por los políticos y las fuerzas de seguridad, en especial si éstas son locales. Por eso me gustaría que, por lo menos como postura moral, no aceptáramos con tanta alegría esa droga blanda para nuestras conciencias que son las campañas publicitarias solidarias. Bien realizadas, creativas, brillantes incluso, son unas perfectas mitigadoras de cualquier sentimiento de culpa o de corresponsabilidad que pueda surgir en nuestras mentes burguesas, Pero, realmente creo que ninguna campaña contra la trata de blancas, contra la violencia de género o contra el abuso de menores por ejemplo sirva para nada de nada. La "conciencia social" no modifica la realidad. Nadie de entre los ejecutores de esas actividades va a dejar de realizarlas después de ver un spot. Y el tema es más triste cuando las campañas las realizan directores de prestigio o actores famosos, de los de perfil “solidario” pero que nunca se mojarían donde realmente hay que mojarse. Pero su presencia es coartada moral perfecta para muchas conciencias, que por el efecto de identificación, se sienten mejor al ver rostros famosos en su pantalla amiga. En fin. Ojalá todos esos millones gastados en inútiles pero artísticas campañas se dedicaran a algo práctico. Y ojalá nuestros políticos y fuerzas de seguridad dejaran de mamar de las ubres del delito. Pero ése es ya otro tema.
¿Por qué nos resultan tan atractivas las teorías conspirativas, aun cuando no creamos a pies juntillas en ellas?
Tal vez porque entroncan con nuestro secreto anhelo de encontrar alguna lógica o verdad sencilla que explique el caos en que se ha convertido el mundo. Así, si aceptamos la existencia de unos grupos de poder ocultos (masones, magnates del petróleo, trekkies, militares o quien sea) que manejan el mundo en secreto y hacen y deshacen guerras a su antojo, bien… seguramente la solución no sea de nuestro gusto, pero por lo menos nos puede parecer comprensible, con sentido, y aliviaría nuestra perplejidad diaria….
Además, todos, en el fondo, tenemos la sospecha de que vivimos en cierto tipo de “matrix” informativa, de que todo lo que nos cuentan es falso…
Un amigo mío por su parte tiene una versión a medio camino entre la creencia absoluta en las conspiraciones y la fe ciega en nuestros honestos gobernantes: No es positivo aplicar esa denominación a cualquier línea de pensamiento que intente ver lo que hay detrás de las apariencias.
La descalificación de cualquier teoría alternatva al discurso de los mass media es, de hecho, un mecanismo de control ejercido desde los propios líderes de opinión a través de los medios para adocenar a la gente.
Sí que existe un masterplan masónico. Sí que existe un lobby del petróleo. Sí que existen los intereses políticos detrás de los alimentos transgénicos. Otra cosa es que pretendamos ver que el lobby del petróleo se encuentra detrás de cada semáforo que se pone en rojo.
Es un terreno muy adecuado para que te califiquen, te descalifiquen y finalmente no te tomen en serio si defiendes una opción diferente a las líneas de pensamiento oficiales.
El ejemplo de los masones es estupendo para eso: en teoría no existen, o son una asociación como los criadores de canarios. Si pretendes decir que tienen algún poder se te adhiere el sambenito de franquista, paranoico o loco. Así funciona la verdadera conspiración: determinando una línea de pensamiento oficial o "políticamente correcto" que sea asumida por el subconsciente de la gran masa inconsciente de manera que nadie se atreva a pensar de forma diferente, so pena de ser marginado.
Por eso es tan importante para los que verdaderamente manejan el mundo eliminar cualquier opción de pensamiento crítico, un pensamiento crítico que un día tuvo la filosofía (y que perdió en favor del relativismo), pero que hoy en día mantiene por ejemplo la Iglesia Católica.